Domingo de Pascua (17 Abril 2022)

PASCUA: CADA COSA EN SU SITIO


 

  •  ¿Cómo dejaron las cosas «los hombres» en aquel Triduo, que fue culmen de la vida de un Justo, el Hijo de Dios entregado a la voluntad del Padre? 

– Por una parte los poderosos, los políticos, las autoridades religiosas, los manipuladores de masas, los ricos, los que no tienen escrúpulos, los que no quieren buscarse problemas, los que prefieren servirse de Dios y no servir a Dios…llevaron a Jesús hasta la fría tumba. Como han hecho siempre que han podido.

– Por otra parte, no podemos olvidarnos del silencio cómplice de los amigos («el silencio de los buenos», que decía Martin Luther King») y sus dudas, sus miedos y cobardía… O cómo las gentes se dejaron arrastrar tan fácilmente por el espectáculo, la manipulación y la superficialidad.

El resultado fue desolador. Aquel Hombre bueno había terminado mal, ante la satisfacción de unos pocos, el profundo dolor de algunos y la indiferencia de muchos.

  •  Pero ese Dios al que el Justo Jesús había gritado:«¿por qué me has abandonado?» decidió intervenir, quiso proclamar de parte de quién estaba. Quiso poner CADA COSA EN SU SITIO y dejar claro para el resto de la historia de los hombres:

+ dónde está la verdad y en qué consiste: «Yo soy la Verdad» 
+ dónde se encuentra el futuro: «Yo soy la vida» 
+ que la justicia (injusticia, mejor) de este mundo no coincide con la suya, ni aquélla tiene la última palabra, no «gana»
+ cuál es el estilo/proyecto de vida que tiene realmente «éxito», a pesar de los traspiés y zancadillas que se ponen tantas veces en nuestra historia 
+ qué es lo absoluto y qué lo relativo 
+ qué es lo pasajero, y qué es lo que permanece 
+ quiénes son los importantes, y quiénes quedarán descalificados y fracasados

  •  Y en cuanto a nosotros mismos, esto de la Resurrección de Jesús cambia mucho las cosas… hasta las más cotidianas:

+ Quien quiere «ganar» su vida (Marcos 8, 34) 
            vivir bien,
            acumular dinero o bienes,  
            tener éxito…
está perdiendo su vida, aunque consiga cierto bienestar en esta corta vida.

+ Quien pretenda entendérselas a solas con Dios
            en sus rezos y devociones, 
            en su proyecto de vida y en sus decisiones, 
            en sus compromisos personales y apostólicos,  
sin contar con los hermanos/comunidad, con los pobres, los desgraciados, los pequeños y sufrientes…  No está siguiendo el mismo camino de Jesús, ni es ésa la voluntad del Padre,  y corre el riesgo de situarse en el bando equivocado

+ Que la amistad con Jesús, («a vosotros os llamo amigos»), el amor a los hermanos, a ejemplo del suyo («amaos como yo os he amado»), la solidaridad y compromiso con los necesitados, han recibido del Padre un certificado de validez y eternidad, más allá de la muerte, con la resurrección de Jesús.

+ Que cada palabra y cada gesto de Jesús no son simples «ideas», teorías, normas, predicaciones de un Rabino o de un Profeta entre tantos otros, sino experiencias de vida que nos revelan y hacen entender el corazón de Dios; nos muestran «el» (y no «un») Camino de felicidad.  Y ya que él «se rebajó» tanto, se puso tan abajo, se hizo tan como nosotros… nadie puede decir que no puede llegar a ser como él, incluso más que él, porque nos ofrece la ayuda de su Espíritu para que hagamos obras como las suyas y aún mayores (Jn 14, 12).

  •  Por eso PODEMOS Y DEBEMOS SER INSTRUMENTOS DE LA PAZ QUE ÉL NOS DEJA 
Y DEVOLVER 
         bien por mal, 
         perdón por heridas, 
         amor por odio, 
         luz por oscuridad, 
         sencillez contra retorcimiento, 
         sinceridad contra oscuridad, 
         fraternidad en lugar de individualismo, 
         esperanza por desilusión y vacío, 
         austeridad y compartir en vez de derroche y egoísmo, 
         denuncia y compromiso contra conformismo o indiferencia 

  •  Por eso nosotros, los que nos hemos enterado de la Victoria de Jesús en la mañana de Pascua escucharemos, aprenderemos,  meditaremos, y haremos vida nuestra, cada Palabra y cada gesto de Jesús

+ Procuraremos orar juntos, discernir juntos, orar unos por otros, 
+ seguiremos compartiendo la Mesa para demostrar que «somos de Jesús», y lo haremos en memoria suya
+ Dejaremos de creer que lo más importante es «lo mío», para aprender a pensar, sentir y hacer cada día «lo nuestro» 
+ No estaremos tan pendientes de la imagen, 
           de la opinión de los demás, 
           de caer bien, de quedar bien, 
           de amoldarnos a la mayoría… 
Para ocuparnos más del «jardín interior», y de reflejar el rostro de Jesús que habita en nosotros.

+ Compartiremos mucho más nuestro tiempo, 
         nuestro dinero, 
         nuestras cualidades y responsabilidades (¡sinodalidad!, cómo no), 
         nuestros sentimientos, 
         nuestros proyectos, 
         nuestras debilidades y necesidades.

+ No nos dará vergüenza pedir perdón, ni celebrarlo juntos, ni pensaremos jamás que no tenemos remedio, o que todo está perdido.

+ Y casi todas las noches -casi-, y siempre en los momentos difíciles, diremos sencillamente: Padre, me pongo en tus manos.

  •  Por último, ya no nos pasa como a María Magdalena: no es que «Dios no está, se me lo han llevado, no sabemos dónde lo han puesto».  Sino: que «no está aquí», donde lo habíamos dejado, donde creíamos que estaba. Sino que va siempre por delante de nosotros, abriendo caminos, llevándonos más lejos… y también más arriba y más hacia dentro. 

¡Felicidades hermanos! Tenemos un tesoro y una promesa de Dios: «Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria».
Qué bien. ¡¡¡Aleluya!!!

Enrique Martínez de la Lama-Noriega

Domingo de Ramos Ciclo b (10 Abril ’22)

UN ASNO QUE ESTORBA


 

Entra Jesús en la ciudad, sobre un asno: 

– rechazando todo triunfalismo, 
– rechazando imponerse, o aprovecharse de tantos que le apoyan y aclaman 
– rechazando cualquier tipo de violencia, llega «en son de paz» 
– rechazando las expectativas de la gente, que aguardan un Mesías Libertador.

Dios no llega como quisiéramos, como nos gustaría que llegara… 
No es un político populista, que se aproveche del desencanto de las gentes.
Por eso, este asno que ha elegido Jesús ciertamente nos estorba 
             ya que nos obliga a renunciar a nuestros sueños de grandeza, de triunfo,
             de ser muchos y con influencia para alcanzar nuestros nobles objetivos…
Y en cambio, optar por el trabajo sencillo, humilde y tenaz, entre gente sin poder…
Optar por la Palabra que construye, por la cercanía a los que sufren, por sanar,
                 por la transformación de los corazones, por integrar a los descartados… aunque esto sea fatigoso y de lentos resultados;
                 nos obliga a bajar la guardia, renunciando a nuestras armas y escudos,
                 para acogerle con paz, con nuestros mantos, con nuestros cantos, 
                 con nuestras gritos de esperanza,
                 reconociendo que necesitamos la presencia de Dios entre nosotros,
y atentos cuando se presente de manera tan desconcertante, 
acogiéndolo y aclamándole con la alegría de los niños.

               Pero siempre corremos el peligro de que el espectáculo exterior, las aclamaciones, la procesión, los cantos, las liturgias…. tengan poco que ver con lo que «pasa» por dentro. Toda aquella gente que ha acudido a la procesión con sus palabras y ramos de olivo, que le recibe, le aclama, le aplaude… ¿dónde está los días siguientes? ¿De qué modo han sintonizado con él, se han identificado con él, se han puestos a su disposición? Según terminaron con su desfile, se marcharon a casa como si no hubiera pasado nada. Decían que estaban con el Mesías, que confiaban en él… pero no se han quedado con él. Por dentro no parece que haya cambiado nada. Como si lo esperaran todo de Dios… pero sin poner nada de su parte. 

Por eso, la lectura de la Pasión (según San Lucas) y la Primera Lectura nos ponen sobre aviso.

            Este hombre que se despojó de su grandeza, 
            que se presentó (se presenta) como un esclavo, 
            que soporta escupitajos, latigazos, insultos y desprecios, 
            que quedó sin túnica, HOMBRE DESNUDO, 
            sin títulos,
            sin multitudes alrededor,
nos deja a nosotros al desnudo, con nuestra verdad al aire.

Cuando él realmente se presenta como es —y no es fácil reconocerlo— habrá quienes:

– Como la gente, podremos cruzarnos de brazos y marcharnos a nuestras cosas y cambiar de opinión en un sólo día, del «hijo de David» al «crucíficalo».

– Como los sumos sacerdotes, podremos acusarle de muchas cosas: 

+ de descolocar nuestras ideas y expectativas sobre Dios 
+ de poner en evidencia hipocresía de nuestra religiosidad y culto 
+ de protestar y quejarnos porque no resuelve nuestros problemas: ¿Dónde estás cuando estalla una guerra que no queremos? ¿Dónde estás cuando la enfermedad agarra a los nuestros? ¿dónde estás cuando no sabemos qué elegir en nuestra vida? ¿Por qué nos haces sentir mal cuando nuestros estilos, planes, y opciones… no están de acuerdo, no se parecen a los tuyos?

– Como Pilatos, tendríamos muchísimas preguntas que hacerle, pero ningún interés por sus respuestas, si pretendemos defender nuestros «tronos», si suponen reconocer que tenemos otros señores a los que servimos, si podríamos « perder » algo… si preferimos lavarnos las manos en vez de mojarnos por defender la justicia y la verdad.

– Como Simón de Cirene, se muestren dispuestos a ayudarle con sus cruces, aunque la iniciativa no haya sido nuestra, y a lo mejor lo hagamos con desgana

– Como Pedro, puede ser puesto a prueba nuestro testimonio público y hacer que se tambaleen nuestra autosuficiencia y chulería.

– Podemos burlarnos de él: ¿Quién necesita un rey como ése? Demuéstranos quién eres, cuál es tu poder, danos buenas razones para ponernos de tu parte frente a los tiranos de siempre.  

– Podemos también permanecer orando con él en la noche de la fe («orad para no caer en la tentación»), o quedarnos dormidos primero, y salir huyendo después.

– Podemos aceptar su Pan y su Copa, permitir que nos lave los pies… o negarnos, venderle, marcharnos

                En fin, ya se irá viendo dónde y cómo se coloca cada uno en la celebración de esta Semana Santa. Porque el Evangelio es Palabra Viva hoy, no es un simple «recuerdo» de lo que ocurrió entonces… sino de lo que hoy sigue ocurriendo entre nosotros. La historia se repite y cada cual elegiremos uno o más «papeles» para asistir a la Pasión del Cristo de HOY.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Domingo 5 Cuaresma Ciclo C (3 Abril ’22)

UN PERDÓN QUE NO CONDENA, RECONSTRUYE


 

               Los letrados y fariseos eran considerados (por la gente y por ellos mismos) los responsables de la moralidad pública. Estudiaban y se conocían al dedillo las normas, los criterios morales, los comportamientos inaceptables, lo que dictaban las autoridades religiosas. Incluso hablaban «en el nombre de Dios», cuya voluntad conocían perfectamente puesto que estaba recogida en las normas oficiales. Pretendían acabar con la corrupción social y religiosa. No era un mal propósito. Y andaban «a la caza» para pillar, denunciar y condenar. Eso sí: procuraban que fueran otros los que aplicaran las sentencias. Ellos conservaban sus manos «limpias» y su conciencia tranquila, al haber conseguido reducir la inmoralidad y el pecado.

               En la escena de hoy la mujer realmente no pinta gran cosa. El objetivo es Jesús. Lo cierto es que Moisés mandaba apedrear a los adúlteros. Al hombre y a la mujer: ¿y él dónde está?

               Cuando se pone la ley/norma al lado de un pecado concreto, la sentencia adquiere rigor matemático. Pero las cosas cambian cuando al lado de la ley se coloca a una persona concreta. Esto pocas veces lo hacemos. Algunos prefieren «cargarse» a la persona antes que cuestionar la ley, o plantearse si es justa. Les resulta impensable sospechar que quizá la Ley no haya que aplicarla como ellos la entienden. Están deseando «tirar piedras». 

                Esta gente que rodea a Jesús, «armada» con una mujer a la que han «pillado» pecando, se siente representante de la Institución Judía y del mismo Dios, y pretenden ponerle una trampa: A ver si se atreve a decir algo en contra de «lo que está escrito», de sus sagradas leyes (es decir: de Dios). A ver si así deja de una vez de hablar de «misericordia» y de comprensión en el nombre de Dios. Nada de tener manga ancha con los débiles y pecadores. Hay que cumplir lo que ha mandado Moisés.

    Todo está a punto: el delito evidente, los testigos, las piedras en las manos y la Ley que mandaba matar. Jesús: «¿tú qué dices?«. 

     Pero Jesús no dice, «hace». Y lo primero que hace es callar, dar tiempo al silencio, esperar. Da una oportunidad a los acusadores a ver si son capaces de mirar la situación de otro modo, con calma, con otros ojos, a ver si alguien tiene algo «nuevo» que aportar. Pero es inútil. Todo está muy claro; están seguros de tener razón. Para ellos no hay otro camino. Son un ejemplo de aquel dicho: «Sabes muy bien dónde mirar: por eso no consigues encontrar a Dios«.Porque Dios es imprevisible, original, sorprendente. Si crees que entiendes, es señal de que no entiendes nada. Pero a esta mentalidad educada y dependiente de preceptos, normas, leyes, definiciones, juicios y condenas… le resulta casi imposible dar el salto. No saben nada de Dios. Han hecho a Dios a su imagen. Precisamente aquello que está tan prohibídisimo en el primer mandamiento, el más importante: hacerse imágenes de Dios (Éxodo 20, 2-5).

              El Maestro pide a todos aquellos señores con vocación de jueces que dejen de acusar, que no miren a los demás siempre desde arriba, que se pongan al nivel de todo el mundo, que traten de experimentar de algún modo la debilidad de los demás, y que recuerden sus propias incoherencias y pecados. Él mismo optó entrar en nuestro mundo «bajando», poniéndose a nuestra altura, hasta el punto de rebajarse hasta morir en una cruz. Por eso, tal vez, ante estos señores «tan altos», tan prepotentes, tan intransigentes, tan subidos en su verdad y en su cátedra, él se baja, se echa al suelo, donde está tirada la mujer. Sólo desde donde está ella se puede hacer un juicio justo. ¡Pobre del que no se acuerda de esto: más pronto o más tarde terminará lanzando piedras! El que se olvida de sus propios pecados y de la misericordia que han tenido con él, al final no será capaz de resistir la tentación de apedrear a cualquier pecador que se le ponga por delante. 

             El diálogo final entre Jesús y la mujer tiene una ternura especial. Ella necesita, por encima de todo, que la reconstruyan: Está destrozada. No ha abierto la boca. Y esta es la tarea que asume el Señor. Como si recordara esas palabras de Isaías que hoy hemos escuchado: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». Lo importante no es lo que ha pasado, sino lo que tiene que brotar, lo nuevo. Ella necesita un camino en su desierto, un río en su vida seca. 

¿Cómo llegó a tan lastimosa situación? ¿Qué pasaría en su vida de pareja para que haya tenido que ir a buscar cariño a otro sitio? ¿Qué ganamos con apedrearla? Lo que debiera importarles e importarnos es que se rehaga, que se encuentre a sí misma, que sea una persona nueva… 

               ¿Habéis visto aquí la «penitencia» que Jesús pone ante un pecado evidente? ¿Habéis visto cómo riñe a la mujer? ¿Habéis visto qué condiciones le pone para perdonarla? Si recordáis la parábola del domingo pasado: ¿Le echo aquel padre alguna «bronca» al hijo derrochador, desobediente y cabeza loca? ¿Recordáis que le dijera: «vas a tener que demostrar que estás arrepentido»? Incluso le defiende ante el juicio objetivo e implacable de su hermano. Su perdón es sin condiciones, un «regalo», que es lo que significa «per-dón».

             Y es que Dios cuando se encuentra con el pecado, sólo le inquieta una cosa: ¿Qué hacemos para vencerlo? ¿Cómo superarlo? No importa lo que ha pasado, lo que hemos hecho: «Yo tampoco te condeno«. Él lo que procura es hacer que surja algo nuevo en nosotros. Porque la peor situación es la desesperanza, el sentirse «malo», superado, humillado, vencido. Así no hay progreso espiritual ni revitalización cristiana ni eclesial, ni salvación. Y el hombre/mujer se pierde. 

              Necesitamos escuchar la voz que Dios quiere dirigirnos en nuestro pecado y ante el pecado que descubrimos en los otros: Necesitamos sentirnos nuevos, que se nos abran los caminos. Necesitamos escuchar muchas veces de sus labios: «Yo tampoco te condeno, anda y no peques más», y se nos caerán todas las piedras de las manos.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Domingo 4 Cuaresma Ciclo C (27 Marzo ’22)

PARÁBOLA DE LOS TRES CABEZOTAS


 

EL HERMANO MAYOR: CABEZA Y CORAZÓN DUROS

 § Jesús nos dibuja en el hermano mayor a alguien a quien no le preocupan ni le importan para nada los demás. Le da igual que su otro hermano pueda tener problemas, que se sienta solo, que ande perdido, que se haya ido lejos… No se ha enterado de que tiene un hermano, de lo que significa «ser hermano». No entra en la escena casi hasta el final, y lo hace para quejarse, protestar y reñir a su padre. No consta que echara de menos, al hermano, que saliera a buscarle, ni siquiera que se asomara a la ventana. No hay ningún deseo de que vuelva. Sólo pretende conservar sus derechos y plantear reivindicaciones.

 § Por otro lado, tampoco se entera de la angustia, preocupación y tristeza de su padre que echa de menos, que ha perdido el sueño, que sufre por el hijo que no está, que se pasa los días enteros a la puerta a ver si lo ve, aunque sea de lejos. El mayor está físicamente en casa, continuamente al lado de su padre, pero su corazón está lejísimos del suyo. 

No disfruta de la compañía de su padre. Seguramente podamos suponer que ni le pregunta a su padre cómo está, cómo se siente, si puede hacer algo por él. Ni comenta con él lo que más le angustia… Es el hermano «silencioso» e incomunicado. Para colmo, no se siente libre. Estar en casa para él significa: obedecer, trabajar y cumplir. Y le sienta fatal que otros se tomen tantas libertades, vivan tan «relajados», se salten los cumplimientos y normas. Él cumple sus obligaciones de manera intachable. Vive pendiente casi solo de sí mismo. Y es como si fuera hijo único. Yo me lo imagino riñendo, acusando y reprochando a su hermano, poniéndole mala cara y presionándole cada día para que cambie y se comporte «como Dios manda». Es decir: como él.

 § No tiene ninguna iniciativa. No se arriesga nada. Estar en casa para él es un deber, y su padre debiera estarle agradecido porque se lo MERECE. ¡Trabajito le cuesta ser bueno! Pero le falta la alegría, la ilusión. Y hasta se permite reñir/corregir a su padre por ser tan flojo, tan poco exigente, por consentir tanto. En el fondo no sabe lo que es tener un padre, ni tiene la más mínima idea de lo que significa ser hijo y hermano (son tres cosas inseparables entre sí).  Incluso, me sospecho que tenga parte de la culpa de que su hermano haya terminado marchándose. Es bien desagradable vivir con personas tan estiradas, tan perfectas, tan cumplidoras.

Este hijo mayor anda tan perdido o más que su hermano… aunque esté dentro de casa, aunque aparentemente tan «en regla» con su padre. Aquí quedan retratados los fariseos que murmuraban de Jesús por comer con pecadores. 

EL HERMANO MENOR CABEZA HUECA Y CABEZOTA TAMBIÉN

 §  Parece que al hermano menor le han enseñado o ha entendido que estar en casa, y ser buen hijo… consiste en seguir un montón de normas y deberes que le quitan libertad y no le dejan ser feliz. Él quisiera ser independiente, y tomar sus propias decisiones sin tener que dar explicaciones a nadie, y mucho menos a su hermano mayor. Y se va lejos:  Lejos de su casa, lejos de su hermano, lejos de su padre… y también lejos de sí mismo. No hay explicaciones. Tiene derecho a irse y a llevarse «lo suyo», para hacer lo que le parezca. No parece importarle el disgusto que le da a su padre. Y el padre le deja marchar en silencio, sin sermones, sin amenazas ni advertencias.

 § Al principio se dedica a disfrutar de lo que tiene, sin previsiones… y las cosas parecen irle bien. Por eso no se da cuenta de que está vacío, sin metas, sin proyectos, sin sueños. Mientras «tiene», no le faltan los «amigos», que se aprovechan de su fortuna, le usan. Pero realmente está solo. Y es que… porque no tiene tiempo para pensar, analizar, reflexionar

 §  Y cierto día las cosas se ponen mal. No sabemos cuánto tiempo tardó en ocurrir. Pero los problemas y el fracaso le hicieron entrar dentro de sí mismo. Se atrevió a mirar de frente ese corazón aventurero, con ansias de disfrutar, pero tan vacío y solitario… Pero sigue siendo muy terco para reconocer: «me he equivocado», sino…. No, sólo: «tengo hambre y en mi casa había comida». No se trata del arrepentimiento, es el hambre lo que le anima a volver. Y lo hace convencido de que, a pesar de todo, su padre al menos le dará trabajo y pan. En eso llevaba razón. Pero se quedó muy corto en sus expectativas.

El caso es se prepara su discursito para ver si, una vez más, se sale con la suya. Cuánto debió costarle el larguísimo camino de vuelta a casa. No aspiraba a recuperar su sitio, porque «no se lo MERECE». Ni tampoco recuperar el cariño de su padre. Se conforma con ser un jornalero más.

Menos mal que hay otro cabezota en esta historia:

EL PADRE CON UN AMOR CABEZOTA

 § Este padre es muy distinto de sus dos criaturas. ¿A quién habrán salido? Su comportamiento descoloca a los dos. En esta historia no abre la boca casi hasta el final. Al principio da lo que le exigen. No dice nada. No protesta. No reprocha. No avisa. No riñe. No amenaza. Ni pide explicaciones…

 § Pero antes de darle la palabra, Jesús describe sus «gestos»: ve venir, se enternece, se conmociona, corre y llena de besos. No le interesan las explicaciones. No pregunta a qué vuelve ni por qué. Y corta el discursito que el hijo intentaba soltar. Ni hace caso de lo «poco» que le pide su hijo. En cambio, tira la casa por la ventana, dando brincos de alegría porque tiene al hijo de nuevo en casa. Aún tendrá que hacer esfuerzos para que aprenda lo que es «ser hijo», y descubra de una vez cómo es de verdad el corazón de su padre y cómo se vive en aquella casa. Sin humillaciones, castigos, condiciones ni exigencias. Sólo el deseo y el empeño de que sea y se comporte como hijo.

¿Y CÓMO ANDA NUESTRO CORAZÓN?

 §  El pecado aquí consiste en estar «lejos»: de sí mismo, del hermano, de su Padre. Y derrochando la vida. 

 § Para orar y saborear: el Padre está empeñado en hacerme sentir hijo querido y ponerme en mi sitio, que tal vez no es el que yo me he buscado, o en el que estoy ahora, o con el que intento conformarme.

 § Unos verbos que nos retan: acoger, conmoverse, recibir, salir corriendo hacia, celebrar el retorno… 

           Esta parábola es una invitación a la fraternidad, a la comunión, al empeño de darle alegrías al Padre trayendo a casa a los hermanos que se fueron. Al menos… ¡que no los espantemos con nuestras actitudes!

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen superior Sieger Koder. Imagen inferior Cody F Miller

Domingo 3 Cuaresma ciclo C (13 Marzo ’22)

ES URGENTE CONVERTIRSE


 

              Arrancamos nuestra reflexión de la frase central del Evangelio de hoy: «Si no os convertís… todos pereceréis de la misma manera». Tiene un tono de amenaza, o de urgencia, o al menos de advertencia seria.  La vida entera no sería suficiente para«convertirnos», es una tarea permanente, diaria, interminable. Pero en el ecuador de la Cuaresma, quiere espolearnos para que hagamos un esfuerzo más serio. Pero ¿qué debemos entender por «conversión»?

              + Convertirse no equivale a hacer una «confesión general», aunque esto pueda ser bueno. Ni se confunde con el esfuerzo por corregir algún defecto o pecado concreto, o ponernos en orden con nuestras obligaciones como cristianos, quizá un poco debilitadas. La palabra «conversión» hace referencia a un giro, a una transformación personal, a un vuelco en nuestra vida. Convertirse es transformarse (ser trasnformado por Dios) en otro diferente. Es una urgente llamada a ser «distintos», y a dar al Señor los frutos que quisiera encontrar en cada uno de nosotros y en la comunidad cristiana y eclesial.

• Convertirme no es un esfuerzo para evitar el abismo, sino lanzarme a la conquista de la cima.

• Convertirme no es llorar sobre el pasado sino la vuelta al esfuerzo cotidiano a pesar de las caídas y decepciones.

• Convertirme no es decir No al pasado que no puedo cambiar sino decir Sí a la vida nueva que se me ofrece hoy, decir Sí a Aquel y aquellos que creen en mí y cuentan conmigo a pesar de todo.

• Convertirme no es mirar angustiado e impotente las cadenas que no me dejan mover sino esforzarme para romper las cadenas que me paralizan la inteligencia y el corazón.

• Convertirme es acoger el amor y la esperanza en los ojos y en el corazón, es poner vida y amor allá donde sólo hay muerte y vacío.

• Convertirme es creer, de una vez y de verdad, en mí mismo, en Dios, en los demás, en la riqueza de la vida y del amor. (Josep Codina i Farrés)

              + La conversión es una invitación a parecernos más a Dios. O como dice Xavier Quinzá: Se trata de «cambiar de Dios» y descubrir un Dios diferente que se parezca más al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Un cambio en el que se nos ofrece una nueva manera de relacionarnos con el Dios tierno, clemente y misericordioso.

               Aunque afirmemos en el Credo que «creemos en un solo Dios»… entre nosotros hay muchos rostros diferentes de Dios. Y no todos acertados ni convergentes, ni todos son realmente el Dios de Jesús. Por ejemplo: En el Evangelio de hoy Jesús se encuentra con un rasgo que deforma el auténtico rostro de Dios. Es esa mentalidad supersticiosa y mágica que atribuye a Dios todo lo que ocurre en el mundo, y lo interpreta a su modo: accidentes, curaciones, crímenes, enfermedades, desastres naturales, etc. Ha explicado el Papa Francisco : 

«Jesús conoce la mentalidad supersticiosa de su auditorio y sabe que ellos interpretan de modo equivocado ese tipo de hechos. En efecto, piensan que, si aquellos hombres murieron cruelmente, es signo de que Dios los castigó por alguna culpa grave que habían cometido; o sea: «se lo merecían». Y, en cambio, el hecho de salvarse de la desgracia equivalía a sentirse «sin falta». Ellos «se lo merecían»; yo no «tengo faltas». Jesús rechaza completamente esta visión, porque Dios no permite las tragedias para castigar las culpas, y afirma que esas pobres víctimas no eran de ninguna manera peores que las demás. Más bien, Él invita a sacar de estos hechos dolorosos una advertencia referida a todos, porque todos somos pecadores. En efecto, así lo dice a quienes lo habían interrogado: «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo»» (28 Febrero 2016)

Entonces, ¿cómo es Dios?

               La primera lectura nos ha presentado un relato muy significativo para el pueblo de Israel. Se trata de la «tarjeta» de presentación de Dios a Moisés, cuando tanto él y su pueblo apenas le conocen. «Cuando me pregunte tu pueblo quién me envía, cuál es tu nombre, ¿qué les digo?». Dios da una contestación bastante enigmática: «Yo soy el que soy». Mucho se ha escrito sobre esta respuesta de Dios, y muchas interpretaciones se han ofrecido. Donde mejor podemos acudir es al propio pueblo judío que narró esta escena de la zarza. Este pueblo no acostumbra a hacer filosofías ni razonamientos complicados como hacemos los occidentales de cultura greco-romana. Ellos son más bien «vitales», y prefieren hablar de «experiencias».

                 Y así nos explican que a Dios nunca lo conoceremos del todo, nunca podremos manipularle, nunca podremos dar una definición completa de él. Por eso ni siquiera pronuncian su Nombre. Es decir: Dios es más grande que todos nuestros conceptos, explicaciones, definiciones y disquisiciones filosóficas. No podemos encerrarle en nuestros catecismos y dogmas. Siempre hay que estar dispuestos a corregir nuestras ideas sobre él, como ya hemos dicho.

               En segundo lugar esta «expresión» vendría a significar que a Dios se le conoce «sobre la marcha», por el camino, a lo largo del recorrido de nuestros desiertos, ¡de la vida entera!. Lo vamos conociendo y experimentando poco a poco a base de escuchar, obedecer, orar, confiar y poner en práctica sus exigencias... De hecho, si nosotros quisiéramos explicar «quién es Dios para mí», tendríamos que repasar nuestra vida, porque mi experiencia y conocimiento de Dios va cambiando conmigo, con lo que voy viviendo, sufriendo, experimentando, gozando, eligiendo cada día de mi vida. Lo mismo que cambio yo y cambian también mis percepciones sobre los demás.

Pero antes de revelarle a Moisés su «Nombre», ha hablado en primera persona, con una serie de verbos importantes que (auto) describen cómo es y cómo actúa este Dios:

+ he visto la opresión 
+ he oído sus quejas 
+ Conozco sus sufrimientos 
+ He bajado a librarlo 
+ A sacarlo de esta tierra y conducirlo…

          Por lo tanto, si queremos parecernos a Dios (convertirnos), podemos empezar por estos verbos:  ver, oír, conocer los sufrimientos de las gentes, liberar, llevar a «tierra segura»…  Se trata de acercarnos al mundo, a tantas personas que hoy le importan a Dios, y dejarnos «afectar» y «bajar» hasta ellas. No creo que haga falta enumerar tantas situaciones de violencia, desamparo, injusticia, guerra, soledad… como ocurren en todo el mundo, lejos y al lado de nosotros. Y hoy como entonces Dios buscará quiénes vayan en su nombre, y los ayudará, como hizo entonces y siempre. 

              Parafraseando a San Pablo en la segunda lectura de hoy, podríamos decir: todos fuimos bautizados, todos nos decimos «del pueblo de Dios», todos hemos comido el pan de la Eucaristía, todos hacemos oración, todos… pero…  la mayoría no agrada a DiosEl que se sienta seguro, cúidese. Es decir: cuidado con pensar o creer que por participar en unos ritos y tener unas creencias religiosas ya está todo resuelto. Como Iglesia y como personas individuales, la llamada a la conversión supone «agradar a Dios»…

              Nuestra vida es frágil, limitada, no está en nuestras manos y el comprobar cada día cómo muchos la pierden de manera imprevista… debiera ser una urgente invitación a no dejar para mañana (que no sabemos lo que dará de sí) el empeño en producir frutos. Tenemos «un año más» para cavar alrededor y echar estiércol… Que cuando quiera que el Señor rebusque entre nuestras ramas, pueda encontrar al menos algunos frutos y no solo hojarasca, apariencias, buenos propósitos… Frutos de compasión, de solidaridad, de justicia, de liberación. Nuestros «frutos» serán aquellos que puedan servirles… a otros.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf,
Imagen inferior de Ernesto Lovera 

Domingo 2 Cuaresma Ciclo C (13 Marzo ’22)

LA ORACIÓN QUE TRANSFIGURA


(Si pinchas arriba en «Domingo 2 Cuaresma Ciclo C» podrás leerlo mejor, y de paso dejar algún comentario al final de la página. Gracias por adelantado)

             En el Evangelio del Miércoles de Ceniza Jesús nos invitaba: «entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que ve en lo escondido». Tradicionalmente, el tiempo de Cuaresma ha sido un tiempo fuerte de ORACIÓN.  Y hoy nos encontramos al propio Jesús que se retira a un monte con tres de sus mejores amigos, para orar. Bien nos vendría hoy aprovechar para ponerle el termómetro a nuestra oración.

Muchos cristianos reconocen que les CUESTA esto de orar.

          Quizá sólo aprendieron algunos «rezos» y oraciones para repetir en distintas circunstancias: el Padrenuestro, el Avemaría, el rosario, el Ángelus… O leen algún libro con meditaciones… Su momento más importante para orar seguramente sea la Eucaristía.

             A la mayoría se nos da bien aquello de «pedir por»: por nuestra familia y amigos, por otros que están peor o que lo necesitan (un poco «en general»), y por uno mismo en los momentos difíciles. O sencillamente desahogamos nuestro corazón con el Señor. No es que ninguna de estas cosas esté mal o sea criticable. Para muchos cristianos ha sido más que suficiente. Aunque a veces reconocen que con este modo de orar se distraen mucho y se les va la cabeza a los asuntos pendientes, que se aburren, que hay batante rutina… Otros, en cambio,  dicen que les resulta insuficiente todo esto. Y buscan, incluso en otras espiritualidades y religiones… lo que parecen no encontrar entre nosotros…

También podemos recoger algunas DIFICULTADES PRÁCTICAS

             – Dónde encontrar un sitio tranquilo y apartado que ayude al silencio y el recogimiento. En casa resulta difícil. O cuándo es el momento más apropiado, con lo superocupados y superacelerados que andamos todo el día. Y si por fin tenemos un rato libre… estamos tan cansados… que no nos apetece, o nos quedamos dormidos en el empeño. ¡Y lo que nos cuesta concentrarnos!, porque llevamos tantas cosas en la cabeza, y hay tanto desorden e incoherencia en nuestra vida, tantos asuntos pendientes… que acabamos por agobiarnos y lo dejamos «para otro día».

             – Hay quienes sospechan que están hablando solos, porque no parece que Dios les diga nada, o les hace más bien poco caso, no les resuelve sus dificultades. Y se dedican a darles mil vueltas a las mismas cosas… sin llegar a ninguna parte. 

             – O les desanima no «sentir» lo que sentían en otros tiempos, o no sentir nada, o que los métodos que usaban para orar parece que ya no sirven.

             – No pocos se plantean una importante inquietud: ¿Cómo relacionar lo que yo vivo cada día, lo que tengo que hacer cada día, con mi oración y con Dios?

        Muchas preguntas y dificultades que no pretendo responder aquí. La verdad es que la oración es todo un camino, es como la subida a un monte, en el que a veces se avanza, pero otras se presentan dificultades. Es una «escalada» para la que necesitamos «guías» experimentados (que no abundan, es cierto) , que nos orienten en el cómo y el por dónde, para no quedarnos atascados. Ésta ha de ser una de las tareas principales de los pastores de la Iglesia (sean clérigos o laicos). Y todos podemos y debemos buscar orientación y ayuda… aunque cueste encontrarla. Pero lo primero de todo es echarse a andar, empezar a subir, ¡ponerse a orar!: «Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro».

¿Qué nos enseña el Evangelio de hoy sobre la oración de Jesús?

– Que a pesar de que Jesús tenía siempre mucho que hacer y que decir (muchos enfermos que atender, mucha urgencia de dar a conocer su mensaje, de instruir a sus torpes discípulos…) siempre encuentra esos momentos. En la escena evangélica de hoy necesita «recargar» las baterías porque se acercan momentos difíciles, y también discernir lo que debe hacer.

– Su oración es «en un lugar apartado», aunque se lleva con él a tres de sus mejores amigos. Es que también ellos lo necesitan tanto o más que él. Y su corazón de Hijo es también «fraterno», ellos le acompañan en su entrega y búsqueda de la voluntad del Padre. Ora con otros.  A veces le hemos visto «orar sobre la marcha», metido en sus tareas cotidianas: y agradece, pide ayuda… pero no es suficiente y con frecuencia busca un lugar apartado para estar a solas con el Padre.

– En su oración están presentes «Moisés y Elías». Es decir: Su oración tiene que ver con la Escritura, con la Biblia. Ahí es donde busca luz: El Señor es mi luz y mi salvación, el Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?  Las Escrituras contienen la Palabra que el Padre le dirige para su vida y su destino. Jesús no se deja atrapar por lo que le ocurre, «repasa» lo que ha vivido durante el día a la luz de la Palabra, y proyecta sus siguientes pasos…

– Con Moisés y Elías «dialoga» sobre su muerte cercana. Seguro que no es éste un tema frecuente en nuestra oración. Y eso que hay muchos momentos de «muerte» en nuestra vida, muchas noches donde parece que Dios se calla, desaparece, nos deja abandonados, fracasamos. O eso nos parece. Pues Jesús precisamente en el sufrimiento cercano, en el desconcierto, ante los momentos duros que se avecinan… ora y busca el apoyo y la luz del Padre: ¿quién me hará temblar?.

– Mientras ora, se escucha la voz del Padre: «Éste es mi hijo amado, escuchadle». Estas palabras nos revelan el contenido de la oración de Jesús: Profundizar en su condición de Hijo amado, mirar el rostro del Padre, asumir su voluntad… para vivir como Hijo en todas las circunstancias que van llegando. También en el fracaso, la derrota, el desprecio, la traición, la injusticia… 

Las palabras que oye Jesús también se dirigen a los discípulos, a nosotros: que «escuchemos» a Jesús, que es para nosotros la Palabra Vida del Padre.

– Más que mirar hacia atrás, Jesús «suele mirar hacia adelante», a lo que viene, al futuro. Sin despegar los pies del presente, sabiendo que el futuro se construye desde el hoy. Es una trampa andar mirando continuamente hacia atrás, hacia lo que hicimos mal, lo que pudiéramos haber hecho, o añorando lo que ya no está. La oración es para abrir horizontes, para salir, para contar las estrellas, para ponerse en camino…

En conclusión: echar a andar de nuevo si nos hemos quedado parados, salgamos fuera y miremos hacia arriba, donde se pueden contar las estrellas y confiemos en que Dios nos tiene preparada una tierra mejor a la que nos irá guiando, a través de las mil dificultades que vayamos encontrando.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Domingo 1 Cuaresma Ciclo C (6 Marzo ’22)

TIEMPO PROPICIO PARA SEMBRAR EL BIEN


«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Gálatas 6,9-10a)

 

                   Me ha parecido oportuno, en este pórtico de la Cuaresma que dio comienzo el pasado Miércoles de Ceniza,  centrar mi reflexión no en las lecturas del domingo, sino en el Mensaje del Papa para este tiempo, que toma de la Carta a los Gálatas (6, 9-10): «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» 

                       El tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio,  favorable, para afinar los acordes disonantes de nuestra vida cristiana, y recibir la siempre nueva, alegre y esperanzadora noticia de la Pascua del Señor. La Iglesia nos propone prestarle especial atención a todo aquello que pueda enfriar y oxidar nuestro corazón creyente. Así que es un tiempo que mira a la Pascua. (Papa Francisco 2018)

                    Es un tiempo propicio, oportuno, para todos aquellos que no se sienten satisfechos y en paz consigo mismos, con los otros o con Dios, y están dispuestos a moverse, caminar y cambiar. Pues la Cuaresma es un camino (salir de donde estamos, movernos, dar pasos, avanzar, llevar una dirección) para ir hacia la Vida que nos ha ofrecido Jesús.

                  Es un tiempo propicio para cambiar de mentalidad, de criterios, de actitudes y de hábitos rutinarios que ya nada nos aportan (esto es la «conversión»), de modo que la verdad y la belleza de nuestra vida no se centren tanto en el poseer como en el dar, no tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir, no tanto en mí mismo, como en los otros,

                 Y es también un tiempo propicio, como nos dice este año el Papa, para sembrar el bien.

                  El sembrador por excelencia es Dios mismo, que generosamente «sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (Fratelli tutti, 54). Sus semillas nos llegan especialmente (aunque no solo) por medio de la Palabra, por lo que este es un tiempo propicio para escucharla con frecuencia, de modo que nos ayude a madurar y hacer fecunda nuestra vida. 

                Pero el Dios Sembrador ha querido contar con nosotros (contigo) para ser sus colaboradores, aprovechando el tiempo presente («hoy es el tiempo de la misericordia»). Y hacerlo generosamente, sin medir el esfuerzo, ni tampoco los resultados. Escribió San Pablo: «Mirad: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará». (2Cor 9, 6). 

                Es verdad que muchas veces no veremos los frutos de nuestra siembra, como dice el Evangelio: «Uno siembra y otro cosecha» (Jn 4, 7). Por eso es de una gran nobleza poner en marcha procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra (son «semillas»). Sembrar el bien de este modo, gratuitamente, sin que podamos disfrutar de los resultados nos libera de las estrechas y frecuentes lógicas del beneficio personal y da a nuestras acciones un mayor valor.

            Por eso no podemos dejarnos atrapar o apagar por el «cansancio» o por la falta de resultados.

+ Y es que nos cansamos al ver que nuestros sueños y proyectos se frustran por tantos motivos

+ Nos cansa mirar de frente tantos retos que nos afectan, al reconocer que nuestros recursos son escasos o pobres.

+ Nos cansa este ya largo tiempo de pandemia que tantas cosas ha limitado o eliminado, que tanto ha debilitado la salud física o mental de muchísimos, y las relaciones personales, y…

+ Nos cansamos al ver que el ser humano, a pesar de su larga historia, sigue utilizando la violencia, la fuerza, el enfrentamiento, el menosprecio del distinto, la guerra… para «resolver» sus conflictos, que así nunca se resuelven, y no pocas veces dejan las cosas peor.

+ Nos cansa (y escandaliza) el comportamiento de algunos miembros de la Iglesia, o lo lentamente que avanza en ciertos temas necesarios…

+ Nos cansan a menudo los que tenemos más cerca, porque si el roce hace el cariño (como dice el refrán), también hace que salten chispas.

+ Nos cansan los políticos y sus recursos poco éticos para conseguir el poder, a la vez que se desatienden tantas necesidades reales de los ciudadanos.  Y nos cansan los bulos, la falta de trasparencia, los intereses ocultos…

+ Y también nos cansamos a menudo de nosotros mismos: porque no avanzamos, repetimos los mismos errores y pecados, y muchos de nuestros mejores deseos y propósitos … no los llevamos a la práctica…

                Precisamente en los momentos de cansancio, de desánimo, de oscuridad… es cuando aprovecha el Tentador para proponernos (Evangelio de hoy) con «razonables» argumentos, que nos encerremos en nosotros mismos, que busquemos nuestro propio interés, que nos refugiemos en el individualismo egoísta o en la indiferencia hacia los otros, o esperemos que sean otros o el mismo Dios quien encuentre las soluciones.  Sin embargo, Dios «da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. […] Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40,29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor. 

Por eso el Papa nos ha invitado:

+ No nos cansemos de orar. Jesús nos enseñó que es necesario «orar siempre sin desanimarse». Necesitamos orar porque necesitamos a Dios, contar con Él, apoyarnos en Él. La fe no elimina las dificultades de la vida, pero nos permite atravesarlas unidos a Dios en Cristo, con la gran esperanza que nos ofrece el Misterio Pascual.

+ No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Aunque sea sólo un poco: podemos seleccionar algún aspecto concreto de nuestra vida, buscar algún  recurso oportuno, marcarnos  pequeños objetivos… El ayuno puede fortalecer nuestro espíritu para la lucha contra el pecado.

+ No nos cansemos de acudir al sacramento la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar

+ No nos cansemos de luchar contra los deseos incontrolados de bienes materiales, de placeres inadecuados… La austeridad de vida, el autocontrol y la generosidad deben ser nuestros estilos de vida. 

+ No nos cansemos de luchar contra el riesgo de dependencia de los medios de comunicación digitales (móviles/celulares, redes, etc), que empobrecen las relaciones humanas. La Cuaresma es un tiempo propicio para cultivar una comunicación humana más integral hecha de «encuentros reales». Aprovechemos esta Cuaresma para cuidar mejor a quienes tenemos cerca, y hacernos prójimos de aquellos hermanos que están heridos en el camino de la vida.

                       Por tanto, no nos cansemos de sembrar el bien. Tenemos la certeza en la fe de que «si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos» (la «cosecha» de lo que Jesucristo sembró dio mucho futo «a su tiempo»), y de que, con el don de la perseverancia, nuestro grano sembrado dará muchos frutos, porque el Espíritu del Señor es quien los hace fecundos. Lo nuestro es sembrar. Que tu Cuaresma merezca la pena.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen central Agustín de la Torre, imagen inferior Laurent Hrybyk

Domingo 8 Ciclo C (27 Febrero ’22)

MAESTROS DE VIDA PARA DISCERNIR


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           Siguiendo con el Sermón de las Bienaventuranzas, y después de llamarnos al perdón y al amor a los enemigos, y a ser misericordiosos como su Padre… propone Jesús una breve parábola sobre los «guías» ciegos y la necesidad del arte del discernimiento y del acompañamiento. Para saber cómo ponerlas en práctica, necesitamos  orientación, apoyo, acompañamiento para no quedarnos en generalidades, vaciarlas de contenido o desanimarnos ante sus exigencias. Realmente es difícil que uno, por sí mismo, con su único y personal criterio crezca y madure en su fe, progrese en el discipulado o vaya descubriendo la voluntad de Dios sobre él. Y no es extraño atascarse, darle mil vueltas a ciertos aspectos, autoengañarse, cansarse, conformarse, confundir «lo bueno» con lo que el Señor realmente espera de mí, plantearme unas exigencias tan elevadas que acaben por agotarme, etc

         Es decir: que necesitamos a alguien que nos guíe, nos muestre el camino, algún Maestro de Vida que nos ayude a «aterrizar» el Evangelio en nuestras circunstancias personales concretas… pero sin imponernos, sin tomar decisiones por nosotros, que nos respete… que no sean «guías ciegos». ¿De quién o de quiénes hablamos?

          Pues en primer lugar, claro, el Espíritu Santo. Jesús nos dice en el Evangelio de Juan que «cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará»(Jn 16, 13-14).  Es un Espíritu que el Padre dará a los que se lo piden (Lc 11,13) y que ya ha sido derramado en nuestros corazones, somos sus Templos.  Por tanto, podemos fácilmente pedirle ayuda en la oración: Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. (Secuencia de Pentecostés).

              Y después podemos contar con «personas de Espíritu» que nos iluminen y saquen de nuestras dudas y callejones sin salida. No se trata de un «especialista» que nos suelta un rollo teórico y abstracto, ni nos llena la cabeza de ideas, o de normas y condiciones. Menos todavía toma decisiones que nos competen, ni nos impone ni nos manda nada. Sino que más bien nos muestra un camino práctico, experiencial, que nos va guiando hacia la gloria del Señor, sin esquivar el sacrificio, la renuncia o el sufrimiento de la cruz. El Espíritu nos conduce siempre por los caminos de la compasión, de la solidaridad, del amor, de la entrega personal, de la verdad, de la justicia, del encuentro, de la paz. 

                  Por eso explica Jesús que lo primero que tenemos que reparar y perfeccionar es nuestro modo de mirar y de juzgar. La comparación que usa es bien clara: me tengo que sacar primero la viga de mi ojo antes de pretender sacar la brizna de hierba del ojo de mi hermano. El Papa Francisco insiste a menudo en la sana costumbre de “acusarse uno mismo, en vez de (o antes) de acusar a los demás«.

Hay que revisar esa seguridad de que tenemos razón y que todo lo tenemos claro porque nos condicionan muchas voces, que serían como vigas que lo tapan y deforman todo. Por eso, hay que empezar por detectar en mí los afectos, las ideas, los prejuicios, las vendas que pueden cegar o hacer que mi juicio sea equivocado.  No podemos encontrar o discernir el bien y la verdad si, por ejemplo, nos encastillamos en nuestras ideas y posturas previas, en los nuestros, en los que piensan y son como yo (la polarización tan extendida últimamente, la cerrazón, la rigidez). Así no hay discernimiento ni acompañamiento que valga, puesto que somos seres de encuentro, para tener puentes, facilitar diálogos y acuerdos, relativizar posturas cerradas…

Como tampoco podemos buscar  la voluntad de Dios si sólo tenemos en cuenta nuestro bien particular, nuestros gustos y conveniencias, perdiendo de vista o ignorando a los otros, a los que están peor (esos «bienaventurados»…).

Por último, el Maestro presenta el criterio de los frutos. Cada árbol se reconoce por su fruto. No por los bellos ramajes, o por su tamaño, o porque adorna y queda bien. Los higos o los racimos no brotan de cualquier árbol. Si el corazón va sacando el bien, la bondad, el perdón, la solidaridad, la generosidad, la paz, la justicia, la dignidad, el respeto… querrá decir que estamos en el camino correcto. Y se notará hasta en las palabras que salgan de nuestra boca.

Concluyendo: 

+ Primero es necesaria la guía y la acción del Espíritu y el empeño de buscar en nuestra vida la voluntad de Dios. En esto no podemos quedarnos atascados: «ya soy bueno», o «no sé qué más debiera hacer». 

+ Segundo, son mas necesarios que nunca auténticos maestros de vida que nos ayuden a caminar y a seguir dando fruto incluso en la vejez, estando lozanos y frondosos (así nos ha dicho el Salmo).

+ Tercero: coger la grúa y empezar a quitar tantas vigas de en medio que nos tapan la mirada.

+ Y cuarto: Los frutos. Son lo que vale. No los discursos ni las palabras.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf  (a partir de una meditación de Diego Fares, sj) 
Imagen superior de Robert Sherer

Domingo 7 Ciclo C (20 Febrero ’22)

VENCER A LOS ENEMIGOS


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Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto (Salmo 120)

 

         Dicen que el culmen del mensaje evangélico está recogido en estas palabras: «amad a vuestros enemigos…para que seáis hijos de nuestro Padre celestial». 

       La palabra «enemigo» es una palabra fuerte, y probablemente evitemos aplicarla, e incluso digamos: «Yo no tengo enemigos».  Un enemigo sería alguien que no nos quiere bien, que pretende hacernos daño, que nos lleva por sistema la contraria o desprecia nuestros puntos de vista, su presencia nos incomoda, compite con nosotros para dejarnos por debajo…

El Papa Francisco ha escrito:

«… me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? (Evangelii Gaudium 100)

           Habrá quien tenga enemigos porque él mismo se los busca con su manera inadecuada de ser o estar (alguien antipático, borde, mentiroso, inmaduro, manipulador…).  Pero otras veces no hay una justificación: Si hasta el mismísimo Jesús tuvo enemigos declarados, porque sus valores, actitudes y opciones chocaban abiertamente con las de otros que se sentían amenazados o puestos en evidencia por él.

             Para comprender la radicalidad y el alcance de las palabras de Jesús, que pide a sus discípulos: «amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada… y seréis hijos del Altísimo» nos vendrá bien repasar brevemente algunos con quienes tenemos que ponerlas en práctica:

 §  El otro, es decir, el que tiene distinto carácter, criterios, ideas, intenciones… O sea, el diferente. El que no tiene mis gustos, mis ideas, no comparte mis puntos de vista. Aquel con quien me resulta tan difícil un entendimiento aceptable. No los podemos aguantar. Entre nosotros hay incompatibilidad de caracteres, de mentalidad, de temperamento. Ocurren fácilmente malentendidos, incomprensiones y sufrimiento. ¿Recordáis aquello que decía Sartre: «el infierno son los otros»?

 §   El adversario, el que por la razón que sea, compite conmigo, me suele llevar la contraria, intenta ponerse por encima de mí, salirse con la suya, quiere tener siempre la razón, imponerme su manera de ver las cosas. ¡Cuántas veces alguien de casa: pareja, hijos, padres, hermano!, o un compañero de trabajo… 

 §  El pesado o inoportuno, que me hace perder el tiempo, que me repite las cosas mil veces como si no me hubiese enterado, el que tiene la habilidad de interrumpirme en el peor momento, que me cansa, me aburre, me agota.  

 §  El chismoso que va haciendo comentarios a mis espaldas, o tiene que poner verde a alguien, el que me desprestigia, el que hace correr rumores y comentarios con fundamento o sin él, es indiscreto, no sabe guardar un secreto, ni disculparme…

 §  El hipócrita que tiene varias caras, y ocultas intenciones, que disimula cuando le conviene, que no te puedes fiar de él, que no sabes si va o si viene, o lo que realmente piensa… No está muy lejos del «mentiroso».

 §   El antipático, el que me cae mal, no me gusta su forma de ser o estar, con el que no tengo casi nada en común, me cuesta mucho aguantarle, y prefiero evitarlo…

 §   Y el arrogante, el aprovechado, el celoso, el que me la ha jugado, el manipulador… 

¿Qué nos pide Jesús que hagamos con todos estos «personajes»? 

Primero cuatro peticiones generales:

– Amad a vuestros enemigos

– Haced el bien a los que os odian, 

– Bendecid (hablad bien) a los que os maldicen, 

– Orad por los que os calumnian. 

Y luego algunos comportamientos concretos:

– Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; 

– Al que te quite la capa, no le impidas que se lleve la túnica. 

– A quien te pide, dale 

– Al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames 

           Es decir, que la vieja Ley del Talión («Ojo por ojo, diente por diente») no vale. Tampoco hacerles frente,  esto es, no corresponder con sus mismas actitudes. Si ellos «disparan» y yo también disparo… entonces me he puesto a su altura, y de algún modo se puede decir que me han ganado. Y luego, encima, me sentiré mal. Yo no quería disparar. Pero en el fondo se han llevado su merecido. Total, que la enemistad y la violencia permanecen.

                 No invita Jesús a la «pasividad», a dejarse pisotear, a que se aprovechen de ti. Se trata más bien, como dice la Escritura en otros lugares, de «vencer el mal a fuerza de bien». No echar más basura a la que ya hay. Incluso ser «excesivos» en nuestro modo de tratarles «bien». Amarles para desarmarles.

Ahora bien: «amarles» no significa:

* Quitarle importancia a lo que nos ha hecho daño. Si la tiene, hay que dársela

* Tampoco significa «aquí no ha pasado nada». Porque ha pasado. Puede que el otro se corrija y cambie de actitud…o quizá no. Puede que no fuera muy consciente del daño que me hacía, y procure disculparle, como hizo Jesús en la cruz con sus asesinos («perdónales porque no saben lo que hacen»). Es el triunfo del amor en mí, por encima del dolor, la rabia o el deseo de maldecir o vengarme. 

Para que esto sea posible es necesario contar con la ayuda de Dios, con ese amor sin condiciones con que Él me ha tratado a mí, un amor que nunca me retira aunque yo me lo merezca. Quien es consciente de sus limitaciones y errores y  experimenta que Dios le trata bien a pesar de todo… deja de ser intransigente con los demás. 

* No tengo por qué tener sentimientos positivos hacia él. Los sentimientos no se pueden forzar. Surgen o no surgen. No dependen de nuestra voluntad. Si alguien me cae mal… no puedo obligarme a mí mismo a que me caiga bien, por ejemplo. Pero puedo tratarle bien, correctamente, amablemente, educadamente. No es necesario que me lo lleve a comer a casa.

* Las heridas tardan en cerrarse. Aunque yo perdone… no deja de dolerme automáticamente. Necesito darme tiempo. Quizá nunca me deje de doler. Pero tampoco es nada conveniente seguir dándole vueltas a lo que pasó, haciendo que la herida se mantenga abierta o incluso se profundice y se pudra. Eso es como «darles poder» para que nos amarguen la vida, aunque haya pasado tiempo de aquello. Es un modo absurdo de traer el presente… lo que es mejor dejar en el ayer.

          Este es el reto de Jesús: Sed perfectos como lo es nuestro Padre celestial. Una perfección que consiste y está centrada en nuestro trato con los demás, y no en esa «autoperfección» en la que tanto esfuerzo gastaban los fariseos. Una perfección que sólo es posible en la medida en que experimentamos en nosotros el amor/misericordia de Dios.

Quique  Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen Superior «Sr. García en El País», imagen inferior «Red de Oración del Papa»

Domingo 6 Ciclo C, 13 Febrero ’22

LA FELICIDAD QUE NO TENEMOS


 

          Después del Bautismo, Jesús pronunció su primera homilía en la sinagoga de su pueblo, Nazareth. Lo meditamos hace un par de domingos. Allí ya «proclamó» que venía a traer una Buena Noticia a los pobres. Su pretensión no fue bien recibida por sus paisanos, como ya sabemos. Luego eligió o llamó a unos compañeros para que fueran «pescadores de hombres». No les dio mayores explicaciones en aquel momento: Ni cómo, ni para qué, ni nada. Sólo les anunció que «los hombres» era lo más importante, especialmente aquellos que están peor.

        Hasta el momento de comenzar su misión, Jesús pasó largos años callado o apartado de la escena pública: Observando, compartiendo la realidad cotidiana de la gente, orando, sintiendo, discerniendo, buscando.., Necesitaba encontrar un punto de partida o de «enganche» que fuera válido, importante,  necesario, para todo el que le escuchara. Tenía que ser algo positivo, ilusionante, esperanzador. No sólo para algunos fieles judíos, ni siquiera sólo para creyentes: ¡Para todos!. Y lo encontró en el profundo deseo de felicidad que todos llevamos dentro. En definitiva: su planteamiento consistiría en una propuesta, un camino, un proyecto para poder vivir una vida en plenitud, feliz.

             Muchos, muchos, pero que muchos de sus paisanos no eran felices. Ellos lo necesitaban más que nadie. A ellos decidió dedicar toda su vida hasta desvivirse. Y para ellos fueron sus primeras palabras. La tarea principal de los recién llamados «pescadores de hombres» sería «empezar a vivir así». Mostrar con el propio testimonio un nuevo modo de vivir, que les vieran felices y lo contagiasen. La raíz y la motivación de todo esto era que Dios desde el principio, cuando colocó al hombre en el paraíso, deseó y procuró que fuera feliz. La Historia de la Salvación es la peregrinación de un pueblo que, guiado por Dios, fue aprendiendo el camino de la felicidad en libertad y comunitariamente, contando con todos.

           El hombre ha sentido siempre una gran nostalgia de felicidad. También hoy. Existen indicadores que nos hablan de un «malestar», de que somos pocos felices: Hay más de 50 (nuevas) terapias enfocadas en el bienestar emocional, psicológico, mental… libros de autoayuda, un creciente consumo de psicofármacos. 2020 ha sido el de más suicidios en la historia de España: Cada día se quitan la vida 11 personas: una cada 2 horas y cuarto. Con particular incidencia en los menores de 30 años. Algo no va bien en nuestra sociedad.

            No es éste el lugar para analizar estos síntomas y sus causas. Dice Marino Pérez, catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo que los individuos se están centrando demasiado sobre sí mismos: “Vivimos en una sociedad muy individualista en la que ya somos considerados más como consumidores que como ciudadanos”, y los consumidores siempre tienen que estar satisfechos, siempre supervisando su propio bienestar”. Los consumistas van quedando atrapados por ese individualismo que les hace insolidarios, ciegos a las necesidades ajenas, indiferentes. El lema de esta jornada de MANOS UNIDAS va por aquí: «Nuestra indiferencia nos hace cómplices». Nuestro individualismo consumista nos hace cómplices (dura palabra). 

              Muchos se han creído que lo decisivo para ser feliz es «tener dinero», porque nos abriría todas las puertas. Por lo tanto, trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas o alcanzar algunos planes y proyectos. Poseer cosas, acumular experiencias para adquirir una posición y ser algo/alguien en la sociedad. Como si  la felicidad consistiera en «vivir mejor». Aunque luego comprobamos que no es verdad, pero no cambiamos.

              El bienestar, la seguridad, el éxito, la satisfacción de placeres, la buena imagen, el dinero, el poder, los viajes… son todo ocasiones de girar en torno a uno mismo. Incluso llegamos a mentir, defraudar, destrozarnos unos a otros para conseguir lo que creemos «necesario», traicionando los mejores valores.  

            Procuramos satisfacer inmediatamente cualquier deseo, sin discernir si se trata de un deseo superfluo o necesario, sin esfuerzo a ser posible, sin sacrificios ni renucnias. No aceptamos los límites de la condición humana: el dolor, la enfermedad, el envejecimiento, la muerte… no queremos contar con ellos, y cuando llegan… se convierten a menudo en fuente de frustración y miedo. 

              Tampoco ponemos cuidado en nuestras relaciones personales, que se vuelven frágiles, virtuales, pasajeras, prescindibles… y entonces la soledad se vuelve inseparable compañera de muchos, que no la soportan.

          Nuestra civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no razones para vivir, para trabajar, luchar, gozar, sufrir y esperar. Hay poca gente feliz. Hemos aprendido muchas cosas, pero no sabemos ser felices. O quizás nos da miedo serlo.

Y, ¿si Jesús tuviera razón?¿No tendremos que imaginar una sociedad diferente, cuyo ideal no sea el desarrollo material sin fin, un consumismo que nos están consumiendo a todos y lo consume todo… sino la satisfacción de las necesidades vitales de todos? ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más?

               Jesús pretende que todos los hombres – y de manera especial los que nos llamamos discípulos suyos-  vivamos de una manera nueva y provocativa, alternativa, modelada por valores diferentes: compasión, defensa de los últimos, servicio a los desvalidos, acogida incondicional, lucha por la dignidad de todo ser humano. 

El Papa Francisco, en su catequesis sobre el Padrenuestro, comentaba:

Hay una ausencia impresionante en el texto del Padrenuestro. Si yo os preguntara cuál es esa ausencia, ¿qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestro tiempo (quizás siempre ha sido así) todos sienten una gran estima. Cuál es esa palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? (…) Falta la palabra «yo»Nunca se dice «Yo».  Jesús nos enseña a rezar teniendo en nuestros labios primero el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. “Yo” no, no va. Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda parte del Padrenuestro se declina en la primera persona plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo”. (13 Febrero 2019)

Para rezar el Padrenuestro de corazón hace falta vivir el espíritu de las bienaventuranzas. Reducir los «yo» y multiplicar los «nosotros» .

              Es decir: Que dejemos de creernos el ombligo del mundo, que renunciemos a nuestra autosuficiencia, a nuestros planteamientos tan profundamente individualistas, de estar tan preocupados por nuestras cosas, por los nuestros (que no son sino una prolongación del «yo»). No existe felicidad en primera persona. Yo me imagino al Buen Padre Dios, mirándonos y diciendo desde los cielos: ¡Ay, ay, ay pero qué torpes los hombres, malgastando su vida buscando algo que sólo conseguirán con otros, dándose, saliendo de sí mismos al encuentro de los otros. !Ay, ay, ay!, pero qué pena.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen superior de Anna Parini en El País. Inferior: Jorge Cocco Santángelo