EL SEÑOR NECESITA ENVIARNOS


 

                   Durante muchos siglos, la tarea evangelizadora, la acción misionera, la responsabilidad en las comunidades cristianas ha estado casi totalmente en manos de los que llamamos «pastores», del clero. O si acaso de algún laico bajo la supervisión total de algún ministro ordenado. Conocemos algunas pocas pero notables excepciones, generalmente en «tierra de misión». Así, la palabra «vocación» todavía es sinónimo -en la cabeza de muchos- de «vocación sacerdotal o religiosa». 

                    La mentalidad de que la «misión» es cosa de todos los bautizados yo no sé decir en qué momento se perdió, porque en las primeras comunidades cristianas era algo inseparable del bautismo: ser anunciadores del Evangelio de Jesús. El Vaticano II, el Papa Pablo VI y otros han querido recuperar esta dimensión esencial de la Iglesia. Todo bautizado tiene un encargo, una tarea, una misión de Jesucristo. Y misión supone «ir», «salir de» para «llegar a», moverse, cambiar de sitio. Si mi ser cristiano, si mi relación personal y espiritual con el Señor, no me «descentra» y me lanza a los otros… es que es muy imperfecta o inmadura.

El Papa Benedicto XVI, por ejemplo, hablando a la Iglesia Latinoamericana, dijo:

“La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios, y recordar también a los fieles que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.

Þ Por lo tanto, una primera llamada de hoy sería plantearnos la implicación, el compromiso, la responsabilidad de todos los que formamos cada comunidad cristiana en el anuncio del Evangelio.

Þ Pero la invitación y envío de Jesús afecta primeramente a la Gran Iglesia Universal y a cada pequeña comunidad cristiana. La comunidad parroquial, o cualquier comunidad cristiana debe ofrecer a los fieles el alimento de la fe e ir en busca de los alejados y extraños, realizando así la misión. Ninguna comunidad cristiana es fiel a su cometido si no es misionera: o es comunidad misionera o no es ni siquiera comunidad cristiana, pues se trata de dos dimensiones de la misma realidad, tal como es definida por el bautismo y los otros sacramentos.  Este empeño misionero de cada comunidad reviste la máxima urgencia hoy que la misión, entendida como primer anuncio del Evangelio a los no-cristianos, pero también aplicable a las comunidades cristianas de antigua evangelización, y se presenta cada vez más como «misión entre nosotros». (Domund 1991)

Þ ¿Y cómo responder cada uno a esta llamada? Este envío misionero no se entiende como una invitación a ponerse a hablar de Jesucristo en cualquier sitio, como «mosqueteros defensores» de lo cristiano ante la gente que se mete con nosotros. Ni a ir por las casas «armados» con una Biblia y un crucifijo, a ver si convencemos a alguien con nuestros discursos y argumentos. Ni a publicar creativos (pocas veces) folletos de propaganda, o abrir blogs, o repartir estampas o catecismos o libros, o servirnos de las nuevas tecnologías para darnos a conocer, organizar campañas, etc etc. Puede que sea necesario, no lo sé. Y desconozco su eficacia.

Þ La misión que Jesús encomienda a sus 72 enviados en primer lugar  es que «desbrocen» el camino, que preparen al personal para que Él puede llegar en el momento que sea. Por una parte, se trata de evitar el protagonismo, que se confunda al mensajero con el mensaje: es Cristo de quien hay que hablar. No de uno mismo, ni del propio grupo, ni siquiera de la Iglesia. Y por otra, se trata de «acciones» que hoy llamaríamos tareas de «humanización» (porque el Reino de Jesús va de esto): 

+ en primer lugar ser «portadores de paz», de la paz de Jesús, de la Paz de Dios… El discípulo misionero conoce cuánta paz falta en la convivencia humana, cuánta paz falta en muchísimos corazones, cuánta agresividad hay en nuestro lenguaje y actitudes. Reconciliar, tender puentes, huir de radicalismos y fanatismos.

+ en segundo lugar curar enfermos. ¡Hay tantas heridas y enfermedades físicas y espirituales que necesitan atención, acompañamiento y sanación! No es necesario que tengamos poderes para hacer milagros, pero sí el milagro de ser signos de que el Dios del que somos testigos es un Dios de la salud, del bienestar, interesado por el dolor de las personas.

+ en tercer lugar compartir la mesa. Comer y beber lo que tengan, es lo mismo que compartir la vida cotidiana, colaborar para que crezca la cercanía, el diálogo, la ayuda mutua, la comunión interpersonal, el saber estar todos a la misma altura (en la mesa todos son comensales con la misma dignidad, o servidores de la mesa, no hay más diferencias)… y conformarse con lo mucho o lo poco que puedan ofrecernos. No vamos buscando dinero.

Þ Es significativo que lo primero que han de hacer los enviados es «orar» al dueño de la mies (que es Jesucristo). No se apunta uno a esta tarea porque le apetece, le atrae o se le da bien. La iniciativa es de Dios que ha querido contar conmigo, para que vaya «en su nombre» y hable de él y no de mí mismo o de lo que a mí se me ocurra, o de mis «personales teologías»… Ha de ser al estilo del dueño de la mies, y en su nombre.  Además, al ver que hay tanta mies y al orar al dueño de la mies… esa oración me tiene que cuestionar a mí mismo en primer lugar. Porque parte de la mies… «me toca a mí». No oramos sólo para que vayan otros. Y además oramos con otros, para que crezca el número de los obreros. 

Þ Son enviados «de dos en dos». Las leyes de la época decían que para que un testimonio fuera válido hacían falta al menos dos personas. Es decir: que van enviados como testigos. Pero también es que el mensaje que portan es un mensaje de «comunidad» y de «comunión» y los «apóstoles» por libre no valen para este anuncio. Lo decía el Papa Benedicto: «en la evangelización no hay solistas». Y también: «cuando no hay «comunidad» cristiana que envía, acompaña y acoge… la evangelización es estéril»

                Los recursos necesarios son muy sencillos: «ligeros de equipaje», sencillamente, humildemente. No usaremos los medios habituales de los «lobos» (los poderosos), sino que iremos como «corderos», «como el Cordero Jesús». Los mensajeros (su estilo de vida, su amistad y comunión personal y su testimonio conjunto) son el principal mensaje. Somos TESTIGOS.

Concluyendo:

– EL ENVÍO MISIONERO DE TODOS Y CADA UNO DE LOS BAUTIZADOS
– UNA IGLESIA MISIONERA, EN SALIDA,  Y UNA PARROQUIA MISIONERA Y MÁS COMUNITARIA.
– Y una Iglesia sinodal, que escucha, que es participativa, que a nadie excluye, más comunitaria, más evangelizadora, más atenta a las necesidades de los hombres y mujeres de hoy.

Empecemos ya por el punto primero: Orar al dueño de la mies. ¡A ver qué (me) pasa!

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imágenes de José María Morillo

Domingo 13 T Ordinario Ciclo C (26 junio ’22)

EMPEÑADOS EN NO SALIR DEL SURCO


 

            La primera lectura nos ha presentado a un hombre conduciendo unas yuntas de bueyes, unas detrás de otras. Él sujeta la última. Esta estampa nos resulta insólita hoy en nuestros campos, aunque no en otros rincones del mundo.  Podemos deducir que Eliseo es un labrador bastante rico, pero que su trabajo es duro porque necesita la fuerza de 24 bueyes para conseguir hacer los surcos en el terreno. También podemos suponer que, mientras Eliseo avanza lentamente, irá haciendo sus cálculos sobre la cosecha, planeando, tal vez, comprar una nueva pareja de bueyes. Y, seguramente, soñando cuando pueda tener algunos criados que le hagan el trabajo, sin tener que quemarse al sol ni empaparse con la lluvia.

           Pero ¿quién guía a quién?. ¿Eliseo conduce a los bueyes? ¿O es más bien al revés? Porque en realidad, es el labrador quien tiene que adaptar su paso al de los bueyes, sostener su ritmo y aguantar sus costumbres. En el fondo, quien lleva el yugo a la espalda es él: Los campos, las cosas, los bienes son quienes dominan su vida, le tienen prisionero, ocupando su tiempo, sus energías, sus planes de futuro, y su mismo corazón. Y aunque probablemente nosotros no poseamos bueyes, nos parecemos mucho a él: También nos atan «las cosas», y vamos a rastras de las costumbres, de las ideologías, del modo de pensar (¡o de no pensar!) de nuestro ambiente, de las conveniencias, de nuestros cálculos. Caminamos muy cansinamente, a pesar de tanto ajetreo, sin ímpetu, sin fantasías, con cuidado para no perder terreno, preocupados sobre todo de tener el pajar lleno de heno. Y repetimos gestos, palabras, ideas, fórmulas, normas… sin lanzarnos a tomar decisiones propias, sin riesgos, sin prestar oído a las voces del corazón. En una palabra: no nos atrevemos, o no sabemos o no queremos salir del surco.

Nos puede pasar como a aquel hombre que era llevado por sus amigos para ser enterrado. Cuando el féretro estaba a punto de ser introducido en la tumba, el hombre revivió inesperadamente, y comenzó a golpear el féretro.
Abrieron, y el hombre se incorporó: – ¿Qué estáis haciendo?, dijo a los sorprendidos asistentes? Estoy vivo. No he muerto.
Sus palabras fueron acogidas con asombrado silencio. Al fin, uno de los presentes acertó a hablar:
– Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes han certificado que habías muerto. ¿Cómo van a equivocarse los expertos?
Así pues, volvieron a atornillar la tapa del féretro y lo enterraron debidamente. (
Anthony de MELLO, El canto del pájaro).

             Podemos parecernos a éstos de esta absurda historia, porque «los expertos» nos han convencido de que ése es nuestro lugar. Seguimos los criterios y opiniones de los que se dedican a pensar por nosotros y los que nos mandan lo que consideran lo mejor, y nos dictan lo que tenemos que ser, opinar, actuar, votar… Y, como bueyes, nos dejamos poner el yugo de «lo de siempre»: «siempre así ha sido así», «hay que respetar las tradiciones», los experimentos «con gaseosa», es mejor «lo malo conocido que lo bueno por conocer» (¡vaya tela!)… Total: que acabamos dando vueltas interminables dentro del mismo surco. Y ojalá no seamos de los que atornillan la tapa del féretro y lo entierran debidamente. Y es que nos incomoda, nos da miedo, que alguien venga, como a Eliseo, y nos eche por encima ese manto que nos haga descubrir que nuestro lugar, nuestra vocación, nuestras futuro está en otro sitio.

                En cambio Jesucristo, en el Evangelio de hoy, comenzaba «tomando una decisión» para ir a otro sitio: a Jerusalem, porque allí es donde Dios Padre le espera y le quiere. Aunque eso, como sabemos, le trajera muchos riesgos e inconvenientes. Nosotros, sin embargo, somos más bien indecisos: nos planteamos la vida como ése que está a la orilla del mar, pensando si entra o no entra, que mete los pies en el agua, se moja un poco la cara con las manos, se pasea un rato por la orilla, mira «lo grande que es el mar», y lo peligrosas que pueden ser las olas…, y no termina de lanzarse al agua.
              O tal vez sí, nos lanzamos al agua por donde no cubre mucho, quizá con salvavidas, con el socorrista cerca, sin meternos muy adentro, por si acaso. O chapoteamos un poco y, nos salimos enseguida del agua como si ya estuviéramos agotados ¿de nadar?

              Algunos hay que van probando un poco de todo, sueñan y diseñan mil proyectos, puede que empiecen alguno de ellos… pero acaban dejándolos a medias. 

En el Evangelio de hoy encontramos a varios que: «sí, pero espera un poco», «es que antes tengo que…»  Maneras de vivir que no le interesan a Jesús, no son compatibles con su camino. Cuando Jesús llama y ofrece su camino, pide con claridad:

  ♠ Romper con el pasado (deja que los muertos entierren a sus muertos). Los muertos son los que no tienen planes, los que no se mueven, los que se dejan llevar. Y suelen ir acompañados de los que siempre tienen que llorar, quejarse y lamentarse porque «ya nada tiene remedio», porque ¡qué pena!, porque «todo está muy mal», porque «y ahora qué hacemos…», porque «antes las cosas eran mejores»…

  ♠ Lanzarse adelante, hacia la meta, sin andar pendientes de lo que se queda atrás (el que pone la mano en el arado…). Mirar hacia adelante, es tener expectativas, ilusiones, sueños, proyectos que merezcan la pena. No conformarse con lo ya conseguido…  

  ♠ Disponibilidad para vivir en la inseguridad (las zorras tienen madriguera...), para ir donde haga falta, con quien haga falta, en el momento que sea… ¡Que nos salgamos del surco y no permitamos más que los bueyes sean los que nos marquen el camino, el tiempo y el cansancio!

              A su modo nos lo decía hoy San Pablo: «estamos llamados a la libertad». No podemos vivir a golpe de deseos (de lo que me apetece), de satisfacciones inmediatas («vive el presente como puedas y no te comas la cabeza»), de «devorarnos» unos a otros para defender lo nuestro, sin metas, sin sueños.

             Los que prefieren andar arando al remolque de la publicidad, de lo que dicen en las tertulias, de lo que han leído por cualquier sitio, o les ha contado no se quién, (o les ha llegado por WhatsApp); los que encuentran mil excusas y razones muy razonables para no lanzarse al camino con Jesús… ¡NO VALEN PARA EL REINO DE DIOS!.

             Que cada cual elija si prefiere andar entre bueyes, y en los mismos surcos… o prefiere las alas de la libertad de los hijos de Dios, para levantar vuelo y llegar a lo más Alto, donde nos espera Dios. Y eso empieza por responder sin excusas, con decisión y confianza la llamada de Jesús.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Corpus Christi, Ciclo C (19 Junio ’22)

EN MEMORIA SUYA


 

                La Eucaristía fue el testamento de Jesús: el signo-resumen de su vida, el encargo más importante, la tarea encomendada a sus apóstoles antes de faltar: su «memoria» quedó inseparablemente unida a la mesa compartida.

Uno de los rasgos más peculiares de Jesús era su gusto por compartir la mesa con sus discípulos, y con todo tipo de personas. Especialmente con pecadores. Precisamente una de las primeras definiciones de «discípulo» que encontramos en el NT es «los que comieron con Jesús, antes y después de la Pascua».

La memoria viva de Jesús, el que su obra siga adelante, depende, por tanto, en buena medida, de que nosotros “celebremos bien la Eucaristía”, que hagamos lo mismo que él hizo, en memoria suya.

           Uno de los enfados más serios que encontramos en las cartas de san Pablo es que algunos cristianos se reunían, repitiendo los gestos de Jesús con el Pan y el Vino, pero vaciándolos de su auténtico significado: no eran expresión de entrega mutua, no ayudaban a construir la comunidad, había divisiones y desigualdades entre ellos,  aquellos gestos no iban acompañados de una atención a los más necesitados. Comían la cena juntos, pero no compartían nada entre ellos. Y les dice: «esto que hacéis ya no es celebrar la Cena del Señor» (1Cor 11, 17ss).

Por lo tanto, lo que tenemos que hacer en «memoria suya» no puede reducirse a repetir sus gestos de la última Cena. Porque su petición o encargo es bastante más fuerte: que vivamos como él, que nos entreguemos como él, y que construyamos fraternidad como él.

Propongo algunos puntos, sin pretensión de de ser exhaustivo, que nos podrían ayudar a vivir mejor, con más autenticidad eso que nos ha pedido el Señor.

  ♠ Lo primero es que Jesús realizó ese gesto «antes de ser entregado». Al despedirse de los discípulos, toma un trozo de pan, y dice «esto soy yo, este es mi Cuerpo» y lo pone en manos de cada discípulo. Es decir: literalmente se está poniendo «en sus manos» antes de su muerte, de manera que es responsabilidad de cada uno de los que reciben ese pan el que Jesús siga vivo y actuando en adelante. Igual que Jesús puso su vida en las manos del Padre en la cruz, también se puso en nuestras manos antes de ser entregado. Y cada vez que recibimos el Pan, estamos expresando nuestra disponibilidad para ser presencia viva suya.

  ♠ Por contraste, Jesús cuenta con la fragilidad humana de esos discípulos. A pesar de que no tardaron en dejarle solo, en dormirse al pedirles que le acompañen en su oración del Huerto, a pesar de las negaciones… a todos ofreció su Cuerpo y Sangre. Quiere esto decir que «La Eucaristía no está reservada, como ningún sacramento, para los perfectos; es el alimento reservado para quienes por el Bautismo hemos sido liberados de la esclavitud y hemos llegado a ser hijos de Dios y hemos de crecer en esa filiación y en esa fraternidad que nace de la comunión con Cristo» (Mons. Carlos Osoro).  No es el «premio» a los que consiguen estar limpios de pecado. Por eso nos exhorta: “¡No tengáis miedo! Tomad y comed”(Papa Francisco). No es para creyentes ejemplares…,es más bien la ayuda que Cristo ofrece a los que quisiéramos vivir como hijos de Dios y hermanos unos de otros… y no lo conseguimos con nuestras pobres fuerzas. Es la ayuda para los que están luchando por vencer sus pecados, por enderezar sus caminos… y no lo consiguen por sí mismos. Ya dijo Jesús que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Y a menudo compartió la mesa con pecadores como Zaqueo. La Eucaristía es la «medicina» que nos ayuda a ir curando nuestras heridas y pecados. Es para quien «quiere» y no «puede». Lo principal es que «quiero vivir y poner en práctica» la voluntad de Dios. Jesús quiere precisamente estar cerca de los discípulos aunque le fallen, y cuando le fallen. «Sin mí no podéis hacer nada». Sin Eucaristía no vencemos la tentación, nos llega menos la fortaleza del Señor.

              Yo entiendo a los que se aburren en Misa, a los que no les dice nada, a los que afirman que “siempre es lo mismo”. Porque han aprendido a «oír misa», a «asistir» a misa, a «estar en misa»,  pero no «entran», no se implican, no «pactan» esa alianza nueva y eterna por la que el amor que Jesús les ofrece se convierte en manantial de amor y de vida para otros que tienen hambre.

 ♠ Tomarse en serio la Eucaristía duele y cuesta... Aquella cena ocurrió «la noche de su pasión, cuando iba a ser entregado». Aquella cena fue un símbolo y adelanto de que iba a ser roto, partido, entregado… Su vida/sangre iba a ser derramada: y si nosotros tenemos que «hacer lo mismo en memoria suya». Comulgar su Cuerpo y Sangre es comulgar su entrega, su romperse, ofrecerse, entregarse, y por tanto algo tiene que morir en nosotros. Algo tiene que ser distinto. Comulgamos para morir nosotros con él y empezar a vivir una vida de resucitados. Que podamos decir con san Pablo:  «Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí«.

  ♠ Comulgamos para que crezca esa Comunidad de discípulos donde nadie llama suyas a sus cosas,  donde se reparte a cada uno según sus necesidades. Donde hay un solo corazón y una sola alma (Hechos de los Ap.)

  ♠  Cada vez que comemos de este pan en memoria suya anunciamos que es posible la entrega, el amor, la misericordia, el perdón en medio de la traición, de la injusticia, de la corrupción política, del fracaso y de la soledad. Como en Getsemaní. Como en el Calvario.

  ♠ Cada vez que comemos de este pan nos hacemos pan, nos dejamos partir y dejamos que el Señor nos reparta a esos hermanos que él mismo elige.

  ♠ Cada vez que compartimos este pan nos enfrentamos con las desigualdades,  por el mal reparto de los bienes del cielo y ofrecemos nuestros humildes cinco panes y dos peces para que nadie pase necesidad. Dadles vosotros de comer.  Porque es para todos ese pan nuestro de cada día  que nos da nuestro Padre común. Anunciad que el mensaje del Reino (un mundo fraterno) es posible. Haced que todos puedan sentarse juntos: sin diferencias, sin barreras, sin que nadie se quede “fuera” de la mesa de la vida, sin que nadie se sienta indigno. Servid a la gente necesitada. Nada de que se vayan a buscar “lo suyo” por ahí como propusieron los apóstoles (?).  Servid al que está enfermo, al que está solo, al que llora. Servid a quien espera la justicia, a quien no tiene paz, al que le falta el pan, y la enseñanza, y la dignidad personal, y sus derechos como persona, mejor, como hijo del Padre universal.

               Así se hace/celebra la Eucaristía. Así se hace memoria del Señor. Así se comulga con él. Así -sólo así- somos discípulos suyos. ¡Cuánto nos queda para que “esto” que realizamos sea “memoria suya”! ¡Cuánto nos falta para ser nosotros Cuerpo de Cristo que se entrega! 

¡Corpus Christi!  A los Doce les costó entenderlo y vivirlo. Como también a nosotros. Pero lo iremos consiguiendo con la ayuda de la Eucaristía y de los hermanos que forman su Cuerpo. Amén.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen superior Sieger Koder y central Jorge Ruiz cmf

Domingo de la Trinidad Ciclo C (12 de junio ’22)

A IMAGEN Y SEMEJANZA DE LA TRINIDAD


 

            ♦ Φ No es indiferente lo que digamos de Dios, porque afirmamos estar hechos «a su imagen y semejanza». Por lo tanto, si no comprendemos siquiera un poco cómo es Dios… no sabremos cómo es el hombre, o qué está llamado a ser. Incluso podemos afirmar: «Dime cómo es tu Dios y te diré qué es para ti el ser humano».

             ♦ Φ A Dios nunca lo comprenderemos del todo. Pues si lo comprendiésemos bien, si alguien nos lo pudiera explicar con unas buenas clases de teología… Dios sería más pequeño que nuestros pensamientos y nuestras teorías (y siempre limitado por los conocimientos científicos, culturales y el momento histórico, que son siempre cambiantes). Y probablemente sería un Dios a nuestra imagen y semejanza, del tamaño de nuestras limitadas cabecitas. San Agustín escribió que «cuando uno cree conocer a Dios, en realidad está lejos de Él; y al contrario, cuando uno siente una gran oscuridad, eso mismo es señal de cercanía a Dios.

             ♦ Φ Si Dios fuese aquello que a cada uno le hace falta, lo que a cada uno le conviene, lo que cada cual se inventa o necesita, ese «dios a la carta» tan frecuente hoy… tendríamos a un Dios «manejable» y disponible al que acudiríamos en casos de emergencia, cuando las cosas se pongan mal. Por supuesto que en tal caso no nos plantearíamos si Él espera algo de nosotros, si tiene algo que decirnos o pedirnos. Sería un Dios sin palabra, como una especie de «buzón» donde depositar nuestras necesidades, a la espera de que las atienda.

             ♦ Φ Si Dios estuviera «fuera» de nuestra realidad, desentendido y al margen de nuestra tierra, de nuestra vida, y viviera allá lejos, “en el cielo”… no tendríamos que preocuparnos por esta «casa común», ni por lo que pasa entre los hombres porque estaríamos aquí como de paso, como una mala noche en una mala posada… hasta que llegue el momento de irse a otro cuerpo (reencarnación), o a otra dimensión… Sería indiferente contar con él, o prescindir como si no existiera… 

             § Pero los cristianos afirmamos que Dios es PERSONA, un «Tú» con quien podemos encontrarnos en la oración y otras mediaciones (en el pobre, en la comunidad, etc), y esa relación nos “personaliza”, nos ayuda a ser más personas, mejores personas, más humanos. No hará falta recordar cómo los grandes santos han sido siempre grandes humanistas, grandes personas.

             § Afirmamos también que Dios es TRINIDAD/COMUNIÓN/RELACIÓN/COMUNICACIÓN.
Es un Dios que mira hacia fuera de sí mismo, preocupado por los hombres. Pero no para espiarlos, ni para imponerles sus deseos, ni para controlar nuestras acciones y premiarnos o condenarnos según el caso. No. Como dice el 4 Evangelio : Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Al ponernos delante de este Dios… nos encontramos con que quienes más le preocupan e interesan son los que están peor, los que lo pasan peor, a los que la vida u otros hombres tratan mal. Nos lo encontramos mirando hacia nosotros, y por eso automáticamente nuestra mirada debiera orientarse en la misma dirección: el pobre, el enfermo, el emigrante, el descartado… Su deseo mayor («la gloria de Dios consiste en que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios«, escribió San Ireneo) es nuestra felicidad.

             § Su deseo y su proyecto salvador consiste en estar cerca de nosotros, encontrarse con nosotros, ayudarnos a ser felices y eso le llevó a la «locura» de poner su tienda entre nosotros, a ser uno de nosotros, a HUMANIZARSE en JESUCRISTO, a ser barro como nuestro barro, de tal modo que podemos decir sin exagerar que cuanto más humanos/personas seamos, más nos parecemos a Dios, más hacemos su voluntad, más contento le ponemos. El Dios humanizado que es precisamente Jesús de Nazareth nos muestra que cuanto más libres somos, cuanto más desarrollamos nuestras capacidades, cuando más nos entregamos a los otros… más nos parecemos a Dios, más somos imagen de Dios.

             § Es un Dios ESPÍRITU, que no nos deja aquí solos con nuestros problemas, empantanados en nuestros charcos: NOS HABITA, nos acompaña, vive nuestra vida con nosotros. Le encontramos en el interior de todo ser humano, y está en nosotros sosteniendo nuestras luchas, ayudándonos a discernir el bien, dándonos luz en los callejones sin salida, sosteniendo nuestra esperanza, empujándonos siempre hacia arriba, hacia Él.

             § Pero sin olvidar que es un Dios “MISTERIO”, y por lo tanto no lo terminaremos de conocer nunca. Del mismo modo que tampoco nos terminamos nunca de conocer a nosotros mismos, ni podemos decir que conocemos perfectamente a otra persona, por mucho tiempo que llevemos juntos. La PERSONA es siempre un misterio, una sorpresa que se nos escapa, que no podemos atrapar ni definir ni manejar.

           Aunque sí lo podemos experimentar y sentir. Como ocurre con un buen número de realidades que forman parte de nuestra condición humana: Yo no sé explicar la belleza, pero sí sé reconocerla, gozarla y contemplarla. Tampoco sé definir la verdad, el amor, el bien, la libertad, la poesía… no son objeto de explicación, sino más bien de búsqueda, de contemplación, de sorpresa, de dejar que nos afecten, de callar ante ellas en silencio. Es lo que intentan hacernos entender los contemplativos (hoy celebramos su Jornada): El silencio, la oración, la reflexión, la comunidad, el estudio… son caminos de acceso a Dios. Sólo estando con él y entregándonos a él llegaremos a conocerlo… siquiera un poco.  Y lo mismo podemos decir con respecto a las personas con las que queremos estar en comunión. Por eso la fiesta del Dios Trinidad es también la Fiesta de la Humanidad donde «ella» se hecho presente y es nuestro modelo. Imagen y semejanza suya como ya hemos dicho.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior, «Trinidad» de Marko I. Rupnik