DOMINGO 15. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
UN SEMBRADOR SALE A SEMBRAR…
Jesús se sienta a la orilla del lago. … Y empieza a contar.
Un sembrador sale a sembrar. Y la semilla cae en sitios muy distintos. En el camino. Entre piedras. Entre espinos. Y en tierra buena.
Simple. Casi demasiado simple. Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que esta parábola no va de los demás. Va de mí. De cómo estoy yo recibiendo lo que Jesús me dice. Y eso me obliga a hacerme una pregunta incómoda:
¿Qué tipo de tierra soy hoy? Porque noto que no siempre soy el mismo.Hay días que soy camino. Escucho, asiento, y en cinco minutos ya no queda nada. La palabra entró pero no aterrizó. Demasiado duro por dentro, demasiada prisa por fuera.
Hay días que soy terreno pedregoso. Me entusiasmo rápido. Qué bonito, qué verdad, qué bien me ha venido esto… Y a la primera dificultad, al primer momento en que seguir a Jesús me cuesta algo de verdad, me echo atrás.
Hay días que soy espinos. La palabra está ahí, pero hay tanto ruido alrededor, tantas preocupaciones, tantas pantallas, tanto querer tenerlo todo controlado… que la semilla se ahoga sin que yo apenas me dé cuenta.
Y hay días, también, en que algo funciona. En que una frase, una imagen, un silencio… cae de verdad. Y algo crece. Despacio, sin que lo vea nadie, pero crece.
Lo que me consuela de esta parábola es que el sembrador no deja de sembrar. No calcula antes qué tierra merece la semilla. La lanza generosamente, sobre todo, sobre todos.
Jesús sigue hablando. Sigue ofreciendo. Sigue esperando. No se cansa de ti aunque hayas sido camino muchas veces. Aunque te hayas entusiasmado y luego enfriado. Aunque el ruido te haya ganado la partida más de una vez.
La pregunta que me llevo hoy no es ¿soy buena tierra? Es más sencilla y más exigente: ¿Qué necesito quitar hoy para dejar que algo crezca?
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 14. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
“VENID A MÍ… ¡YO OS ALIVIARE”
Hay un momento en este evangelio que impresiona. Jesús… ora. No enseña, no cura, no predica. Se detiene y le habla a su Padre. Y lo que dice suena a algo muy íntimo, muy de dentro:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños.”Jesús se muestra alegre y casi emocionado. Porque los pequeños lo están entendiendo. Pero… ¿quiénes son los pequeños?
No los más listos. No los más preparados. Los que saben que no lo saben todo. Los que no tienen miedo de necesitar. Los que llegan con las manos vacías y las abren.
Y yo me pregunto: ¿seré capaz de ser así de pequeño? A veces me cuesta pedir ayuda y reconocer que estoy cansado. ¡Cuánto nos cuesta admitir que solos no podemos!
Y sin embargo… Jesús nos dice algo que puede llegarnos muy adentro:
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.”
Todos. No los que tienen todo resuelto. No los que ya no necesitan nada: ¡los cansados. Los agobiados. ¡Muchos!
Hay un cansancio que todos conocemos. El de cargar con demasiado. El de aparentar que todo va bien. El de no parar nunca. El de sentir que nunca es suficiente.
Y Jesús no dice esfuérzate más. Dice ven.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.
El Hijo de Dios diciéndose a sí mismo: “Soy manso. Soy humilde. No vengo a aplastaros. Vengo a caminar con vosotros”.
Hay algo tremendamente tierno en esto.
El yugo que propone Jesús no es una carga más. Es compartir el peso con alguien que ya lo conoce desde dentro. Que sabe lo que pesa. Que no te juzga por estar agotado.
Hoy, si podemos llevarnos solo una cosa de este evangelio, es esta: “No tenemos que llegar a Jesús cuando estemos bien. Podemos ir ahora. Tal como estemos. Cansados, con las manos vacías. Porque es precisamente así cómo Él nos espera.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 13. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
“EL QUE NO CARGA CON SU CRUZ Y ME SIGUE…”
Voy a ser honesto con vosotros. Este evangelio me incomoda a mí el primero. Jesús dice:
“el que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
Y yo me pregunto: ¿estoy a la altura? ¿De verdad Jesús ocupa el primer lugar en mi vida, o me cuento esa historia pero luego mis decisiones cuentan otra cosa?
Creo que esta pregunta nos toca a todos.
No creo que Jesús esté pidiendo que queramos menos a nuestra familia. Está pidiendo algo más difícil todavía: que no dejemos que ningún amor, por hermoso que sea, se convierta en una excusa para no seguirle.
A veces me escondo detrás de mis responsabilidades, de mis relaciones, de mis miedos… y le digo a Jesús: ahora no puedo, tengo demasiado.
Pero Jesús no dice tendrás que renunciar a todo. Dice carga con tu cruz. La tuya. La que ya tienes. La que ya pesa.
Seguirle no es huir de la vida. Es atravesarla con él.
Y entonces viene esa frase que parece una paradoja pero es pura verdad:
“El que encuentre su vida, la perderá. El que la pierda por mí, la encontrará”.
Yo entiendo esto así: cuando me agarro demasiado a mis planes, a mi imagen, a mi seguridad… paradójicamente me pierdo. Y cuando me suelto, cuando confío, cuando doy sin calcular tanto… algo se abre por dentro.
No lo digo como teoría. Lo he notado. Cuando he dado sin esperar, cuando he acompañado sin mirar el reloj, cuando me he dejado interpelar por alguien que necesitaba un poco de agua fresca…
Ahí he encontrado algo que no se compra.
Y eso es lo que dice Jesús al final. Dar un vaso de agua. Lo más pequeño. Lo más cotidiano.
Eso también cuenta. Eso también tiene recompensa.
Hoy no os propongo heroísmos.
Solo una pregunta, que me hago yo también: ¿A quién le puedo dar hoy un vaso de agua?
José Cristo Rey García Paredes, CMF
domingo 12. tiempo ordinario. ciclo a
¡NO TENGÁIS MIEDO! ¡Tres veces!
Jesús dice tres veces en este texto: «¡No tengáis miedo! ¡Tres veces! Como si supiera que lo necesitamos escuchar más de una.
¿De qué tenemos miedo exactamente?
De muchas cosas. Pero quizás sobre todo de esto: de que si nos mostramos de verdad, si decimos lo que creemos, si vivimos abiertamente nuestra fe… algo malo va a pasar. Que nos van a juzgar. Que vamos a quedar en ridículo. Que vamos a perder algo.
Y Jesús no niega que haya riesgos. Pero entonces dice algo que lo cambia todo. Dos gorriones. Los pájaros más insignificantes del mercado. Tan baratos que los vendían de dos en uno, por una moneda de nada. Y sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que el Padre lo sepa. ¡Ni uno!
Y tú, vosotros, dice Jesús, valéis más que muchos gorriones. Parémonos aquí un momento.
No dice que valemos algo. Dice que valemos más. Que el Padre tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza. Que somos conocidos, vistos, sostenidos, con un detalle que no alcanzamos a imaginar.
Ese es el argumento de Jesús contra el miedo. No es valentía de los dientes para afuera. No es hacerse el fuerte. Es algo mucho más profundo: saber que estás en manos de alguien que no te pierde de vista. Cuando sabemos eso, podemos hablar. Podemos pregonar desde las azoteas lo que escuchamos en la oscuridad. Podemos dar la cara. No porque no nos importe lo que pasa, sino porque sabemos quién nos sostiene.
Y hay una promesa al final que es preciosa. “Al que me reconozca ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre.” Jesús poniéndose de nuestra parte. Jesús diciendo nuestro nombre delante del Padre.
¿Qué más necesitamos para perder el miedo? Hoy, en algún momento se nos va a presentar la oportunidad de dar la cara. Hoy en algún momento. ¡No lo dejemos pasar!
José Cristo Rey García Paredes, CMF














