Jesús les dijo algo que debió sonarles a escándalo: “Os conviene que yo me vaya.”
Me imagino la cara de los discípulos. Pedro a punto de levantarse. Tomás frunciendo el ceño. Juan sin poder creerlo. ¿Que te vayas? ¿Que nos conviene? ¡En manera alguna! ¡No! Llevamos tres años contigo. Lo hemos dejado todo. Hemos visto los milagros, hemos escuchado tus palabras, hemos creído en ti… ¿Y ahora nos dices que te vas y que encima nos conviene?
Pero Jesús estaba diciendo algo mucho más profundo de lo que ellos podían entender en ese momento.
Estaba diciendo: Misión cumplida.
No como derrota. Como plenitud. Todo lo que vine a hacer, está hecho. El amor se ha entregado hasta el fondo. Ahora viene la segunda parte. Y para la segunda parte… necesitáis otro.
Otro Paráclito. Otro defensor. Otro misionero.
La Santa Ruah. El aliento eterno de Dios. No de visita. Para quedarse. Para habitar. Para recordaros todo. Para llevarnos a la verdad completa.
Desde ahora, confiados a su Misterio.
Ella es la gran misionera de esta era. La que llegó a Samaría antes que Pedro y Juan. La que convirtió a los que todos consideraban herejes. La que no entiende de fronteras ni de prejuicios.
Y yo me pregunto —y os pregunto— ¿la estamos dejando actuar? ¿O la tenemos encerrada en nuestros esquemas, en nuestras rutinas, en nuestra manera de siempre de hacer las cosas?
Porque si la Ruah habita en nosotros, somos morada de Dios. No edificios vacíos. Templo vivo.
No somos huérfanos. Nunca lo hemos sido.
Confiémonos a su Misterio. Con los brazos abiertos. Sin miedo.
Tomás dijo lo que todos pensamos pero nadie se atreve a decir.
“Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?”
Qué valiente. Qué humano. Qué parecido a nosotros.
Porque hay momentos en que uno no sabe adónde va. En que el futuro es niebla. En que rezas y el cielo parece de piedra. Tomás no fingió entender. Y Jesús no lo regañó. Le respondió con una de las frases más grandes de la historia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
No dijo: te doy un mapa. Dijo: soy yo. El camino no es una idea. Es una persona. Pero entonces Felipe pidió algo que me llega muy adentro. Algo que yo mismo he deseado en más de un momento:
“Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”
Detengámonos aquí.
¿Hay algo más grande que pueda desear un ser humano? Ver el rostro del que nos creó, del que nos pensó antes de que existiéramos, del que nos ama sin límites. Felipe no pedía riqueza ni poder. Pedía lo único que colma el corazón hasta el fondo: contemplar la belleza de Dios Padre.
Y Jesús le respondió con ternura: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Jesús es el rostro visible del Padre. Su abrazo hecho carne. A ese corazón turbado —el de Felipe, el mío, el tuyo— Jesús le hace una promesa: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.
No nos pide que entendamos todo. Confiemos juntos en que Él va delante. En que en la casa del Padre hay lugar para cada uno. Con nuestra historia. Con nuestras dudas. Con nuestro nombre.
No necesitamos saber adónde vamos. Necesitamos saber con quién vamos. ¡Aleluya!
Jesús estaba hablando de ladrones y bandidos. De pastores que entran por la puerta y de salteadores que saltan la tapia. Y ellos no entendían.
Entonces Jesús hizo una pausa, y dijo lo que nadie esperaba: “Yo soy la puerta.” No un maestro. No un profeta. No un líder religioso más. ¡La puerta que da acceso a la vida verdadera!
Los bandidos …los que roban, manipulan a las ovejas… no pasan por esa puerta. Se la saltan y entran por la tapia, aunque no están autorizados.
El Papa Francisco llamó mundanidad y clericalismo a este mal antiguo que corroe a la Iglesia. Esos pastores ya “no huelen a oveja”: vive lejos del rebaño; hablan un idioma que nadie entiende; se instalan cómodamente en el poder… Y Jesús hasta los llama “bandidos”. Cuando aparecen las ovejas tiemblan. Y huyen.
Cuando las ovejas escuchan -en cambio- la voz de Jesús, el corazón se aquieta. Se detienen. Lo siguen. No porque les obliguen. Porque lo reconocen. Porque esa voz les suena a casa.
El Buen Pastor huele a oveja. Se mete en el barro. Conoce tu nombre. No el nombre de tu expediente. Tu nombre. El que solo saben los que te quieren de verdad.
Junto a Jesús, en cambio, se respira. Se vive. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.” Hoy quizás hay alguien aquí que siente que Jesús lo llama a ser pastor, a cuidar, a servir. A entrar por la puerta. A oler a oveja.
No lo pienses demasiado.
Y aunque camines hoy por sendas oscuras, no temas. Él va contigo. Su vara y su cayado te defienden. Porque conoces su voz. Y ella te basta. ¡Aleluya!
Iban caminando. Tristes. Con la cabeza gacha. Llevaban un cadáver dentro. Y Jesús estaba a su lado. Y no lo veían.
No es que fueran malas personas. Es que el dolor cierra los ojos. La decepción pone un velo. Cuando algo que esperabas no ocurrió, dejas de esperar cualquier cosa. Así iban los de Emaús.
Antoine de Saint-Exupéry lo escribió en El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos.” Llevaba razón. Lo más importante casi nunca se ve a primera vista.
Jesús no se rindió con ellos. Caminó. Escuchó. Entró en su casa. Y entonces —en ese gesto sencillo y humilde de partir el pan— lo reconocieron todo.
No fue en el gran discurso. Fue en la mesa. No fue en la argumentación brillante. Fue en el pan roto.
Hay personas que llevan años viniendo a misa. Conocen cada gesto, cada respuesta, cada momento del rito. Y sin embargo, algo falta. Van por inercia. Cumplen. Pero no encuentran. Son expertos en la liturgia… y extraños a Quien está en ella. Como los de Emaús: lo tienen delante y no lo ven.
El ritualismo sin corazón es otro camino a Emaús. Mucho caminar. Mucho hablar. Y Jesús, invisible.
¿Cuántas veces ha estado Jesús a tu lado y no lo has reconocido? En la persona que te escuchó cuando nadie más lo hacía. En la palabra que llegó justo a tiempo. En la paz inexplicable en el momento más oscuro.
Y aquí, en esta mesa. En este pan que se parte. En este vino que se derrama. Él se entrega de nuevo. No como recuerdo. Como presencia real. Como el mismo gesto de amor que descubrió todo a los discípulos de Emaús.
La Eucaristía no es un rito que cumplir. Es un encuentro que recibir.
Hoy tenemos otra oportunidad. Abramos los ojos. Dejemos que nos alcance. ¡Aleluya! José Cristo Rey García Paredes, CMF
“TOCAR AL RESUCITADO” – Domingo de la Divina Misericordia
Tomás quería tocar. No conformarse con palabras. No quedarse con el relato de otros. Quería meter la mano en el costado abierto de Jesús y saber, desde adentro, que era verdad.
Y Jesús no le negó ese deseo. Se lo concedió. Porque ese deseo —tocar al Resucitado— no es falta de fe. Es el deseo más hondo del corazón humano.
«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.»— Salmo 117.
Y ese mismo don se nos sigue dando. Aquí. Ahora. En la Eucaristía.
Cuando extiendes las manos y recibes la hostia, no estás recibiendo un símbolo ni un recuerdo. Estás tocando el Cuerpo de Cristo. El mismo Cuerpo que fue llagado, que resucitó glorioso, que Tomás tocó aquella tarde con el corazón temblando.
Los primeros cristianos lo sabían. Los Hechos lo dicen con una sola frase: perseveraban en la fracción del pan. No era una obligación. Era el centro. El lugar donde encontraban al Señor vivo.
Pedro escribe a comunidades que sufren y les dice: «Le amáis sin haberle visto.» Nosotros sí le vemos. Velado, pero real. En el pan partido. En el vino derramado. En las manos abiertas del sacerdote que repite sus palabras.
Hoy, domingo de la Divina Misericordia, acércate a comulgar como Tomás se acercó a las llagas: con hambre, con humildad, sin miedo. Y escucha lo que Jesús te dice en ese silencio después de recibir su Cuerpo: «La paz esté con vosotros.»
PENTECOSTÉS: EL ESPÍRITU DE LA RECONCILIACIÓN APARENTEMENTE IMPOSIBLE
Nos resulta difícil armonizar la diversidad y la unidad. Nos encanta la biodiversidad en la naturaleza. No tanto, la humano-diversidad cuando ella nos resulta incomprensible, o nos enfrenta a unos con otros. Pentecostés nos habla del Espíritu de la diversidad y la unidad, de la que parece “reconciliación imposible”
Dividiré esta homilía en tres partes:
Muchos carismas… un solo Espíritu
El Espíritu de la diversidad y la unidad
El deseo del Reino … dejarse llevar por el Espíritu
Muchos carismas… un solo Espíritu
Sin embargo, el Espíritu de Dios actúa como el gran diseminador y unificador. De Él brotan la variedad y la diferencia, pero también la fuerza que nos une y nos lleva a la comunión. San Pablo nos recuerda que hay muchos carismas, servicios y dones, pero un solo Espíritu que los anima a todos. El Espíritu no busca una uniformidad que aplaste la riqueza de lo diverso, sino que crea armonía, haciendo posible la unidad en la diferencia.
En Pentecostés, los apóstoles, siendo tan distintos entre sí, recibieron el Espíritu y formaron un solo pueblo, capaz de entenderse más allá de lenguas y culturas. Así, la Iglesia nace como una comunidad variada y universal, llamada a vivir la comunión y la inclusión, superando las divisiones y aprendiendo a escucharse y complementarse.
El Espíritu Santo nos invita hoy a crecer en esta profunda comunión, a acoger la diversidad como riqueza y a buscar juntos la armonía y la paz.
Vemos que la historia y el universo están rotos, fragmentados. Hay divisiones religiosas (diversas religiones, diversas confesiones cristianas, diversas y opuestas tendencias en la misma confesión…), divisiones políticas (causas de guerras frías y calientes), divisiones que nos hacen vivir la relación con la naturaleza de forma tensa, problemática, dramática (tifones, terremotos, desgracias ecológicas)..
Hay divisiones que proceden del diablo (dia-bolon), de ese poder misterioso que nos divide y enfrenta. Pero lo diabólico también crea unidades de maldad, redes perversas que intentan destruir la legítima y sana diversidad.
El Espíritu de Dios es el Espíritu de la variedad, la diferencia, la pluralidad. Pero también el Espíritu de la unidad. Pablo nos dice hoy que son muchos los carismas, muchos los servicios, muchas las energías de las que disponemos. Pero ¡uno solo es el Espíritu!
Jesús nos invita a la paciencia, recordándonos que solo Dios puede transformar el mundo según su Reino. La verdadera inspiración y libertad nacen de la espera humilde y confiada, sostenida por el Espíritu, quien nos abre a la tolerancia y nos conforta en el camino. Frente a la impaciencia de los tiranos, el Espíritu nos enseña a esperar y a colaborar con su presencia sorprendente, dándonos esperanza y vida nueva.
Conclusión
Pentecostés es la fiesta de la Belleza, como decía san Agustín: unidad en la variedad. El Espíritu, fuente de armonía y creatividad, embellece el mundo al recomponer el proyecto original de Dios, donde la diversidad se convierte en riqueza. Esta belleza, que vence la hostilidad y la violencia, es la manifestación activa del Amor y la libertad de los hijos de Dios, llamados a la glorificación y al gozo de la creación reconciliada.
LA NOSTALGIA DEL PARAÍSO – CIELO – ASCENSIÓN DEL SEÑOR
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, le dijo Jesús al buen ladrón. Ese es el sueño del ser humano: tener la oportunidad de disfrutar en algún paraíso. Porque fue en el paraíso donde nacimos… pero también desde donde fuimos expulsados.
Hoy celebramos la ascensión de Jesús al Paraíso y nos abrió sus puertas.
Cuando los seres humanos soñamos nos surge el sueño y el ansia de “un paraíso”. El Jesús que le prometió al ladrón “hoy estarás conmigo en el paraíso” habló muchas veces del cielo. El cielo es el trono de Dios o la sede de su dominio y su reinado (Mt 5,34; 23,22). Incluso nos dijo que Él mismo había bajado del cielo: “Yo soy el pan que han bajado del cielo”. Del cielo bajó el Espíritu Santo, que se posó sobre Jesús -en forma de paloma- y sobre los discípulos el día de Pentecostés forma de fuego y viento impetuoso. Del cielo bajan los ángeles que anuncian y que consuelan, las voces de Dios que manifiestan el sentido de lo que acontece. El cielo es el punto de referencia cuando Jesús o sus discípulos oran: “levantan los ojos hacia el cielo”.
El gran sueño de Jesús consistía en unir cielo y tierra, en interrelacionarlos, de modo que todo el cielo se hiciera presente en la tierra: “así en la tierra como en el cielo”.
¿Cómo es el cielo, cómo es el paraíso? San Pablo nos advierte que “ni el oído oyó, ni el ojo vio, ni el corazón humano puede imaginar, lo que Dios tiene reservado a los que ama” (1Cor 2,9). Cualquier ejercicio de imaginación podría convertirse incluso en una tortura, por nuestra incapacidad de imaginar lo que excede nuestras categorías de tiempo y espacio. Por eso, ¡no imaginemos lo inimaginable!, pero dejémonos caer rendidos y confiados en manos de nuestro Dios. En Él está nuestro misterioso futuro. Él nos asegura que algo hay en nosotros que nunca morirá y que tiene vida eterna.
Jesús ascendió al cielo: “Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres, sino en el mismo cielo para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros”, proclama hoy la segunda lectura. Jesús se ha entregado totalmente y “ha destruido el pecado con el sacrificio de sí mismo”. Jesús ha inaugurado el camino que nos lleva al cielo. Por eso siguiéndolo a Él tenemos entrada libre al cielo.
Jesús no nos abandona ni nos deja huérfanos. Desde allí nuestro buen Pastor cuida de nosotros, intercede por nosotros, nos prepara la morada. Desde el cielo, viene en cada Eucaristía, en la Palabra, en la Iglesia-su-Cuerpo, en los hermanos que se aman, en los más necesitados que requieren nuestra ayuda.
¡Qué cerca tenemos el cielo! El cielo está de nuestra parte. En él tenemos nuestra morada, nuestro estado definitivo, nuestro destino irrevocable.
Conclusión
Aunque estemos enfermos, no estamos desahuciados. Aunque suframos, no es el sufrimiento nuestro último destino. Aunque experimentemos aquí un infierno, ese infierno es sólo antesala del cielo, si volvemos a Jesús y en Él ponemos toda nuestra esperanza.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
NUEVA JERUSALÉN, CIUDAD DEL CIELO
LETRA
[Coro] “Nueva Jerusalén, ciudad del cielo, desciende ya a nuestro suelo,
y disipa nuestra muerte y dolor,
Maranatha, ¡ven Señor!
[Estrofa 1]
Del cielo bajas, ¡ciudad sagrada!
como esposa para su amado engalanada.
Entre nosotros Dios hace su morada,
nos transfigura una vida renovada.
[Coro] “Nueva Jerusalén, ciudad del cielo, desciende ya a nuestro suelo,
y disipa nuestra muerte y dolor,
Maranatha, ¡ven Señor!
[Estrofa 2]
Morimos para ser al fin transformados
renacemos como imagen de Dios
con el Espíritu de Dios iluminados
en un éxtasis inmenso, fascinados
[Coro] “Nueva Jerusalén, ciudad del cielo, desciende ya a nuestro suelo,
y disipa nuestra muerte y dolor,
Maranatha, ¡ven Señor!
[Estrofa 3]
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
su aguijón se desvanece en lo etéreo,
Tu Gracia, oh Abbá, nos resucita
y tu Espíritu a vida nueva nos invita.
[Coro] “Nueva Jerusalén, ciudad del cielo, desciende ya a nuestro suelo,
y disipa nuestra muerte y dolor,
Maranatha, ¡ven Señor!
“Si alguno me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Por eso, la pregunta que hoy nos lanza la Escritura santa es: ¿Amamos de verdad a Jesús? ¡No respondamos apresuradamente! ¡Meditémoslo antes!
Dividiré esta homilía en tres partes:
¿Amar a Jesús?
El acceso emocional a Él
Razón de amor
¿Amar a Jesús?
“A quien me ame, mi Padre lo amará”. Jesús nos dijo que tenemos asegurado el amor de Dios Padre si le amamos. Pero ¿no es verdad que de Jesús nos distancia dos mil años? ¿Será posible amarlo? En su tiempo muchas personas lo amaron, lo acompañaron y siguieron. No pocas hasta dieron su vida por Jesús. Hoy Jesús nos pregunta también como a Pedro: “Me amas”?
El acceso emocional a Él
Nuestra fe no es solo intelectual, es emocional. Creemos en Jesús cuando nos emociona, y no a través de meros conocimientos teológicos. Amarlo es emocionarse.
“Jesús es digno de amor porque es más moderno y actual que la misma Iglesia” (dijo Johan Baptist Metz). Amar a Jesús es soñar, contemplar la historia con casi una loca esperanza en aquello que vendrá.
Quien sigue a Jesús siente que el universo se sustenta en un acto de amor continuo e infinitamente paciente; que es el amor lo que le permite seguir existiendo; que el amor mueve el sol y todos los demás astros”, como decía Dante. El Dios Amor es el fundamento de nuestra existencia. Dios “está tan cerca de ti como las venas de tu cuello”, escribe el libro sagrado de “El Corán”.
Razón de amor
El gran teólogo Karl Barth describía a Jesús como “nuestro contemporáneo”. El Espíritu Santo lo trae a nuestro tiempo y espacio. De Jesús no habría que decir: “tan fascinante que es imposible conocerlo del todo! Él es el Creador en medio de su Creación. Y sin embargo, sometido a todo. Él decía con frecuencia: ¡no temáis” y enseñaba el arte de la no-violencia: “si alguien te pide el manto, dale también la túnica”, “si alguien te hieres en la mejilla derecha, ponle también la izquierda” (Mt 5,39). Transmitía sus enseñanzas en los camino, en los prados -donde pacen las ovejas-, en un monte o una llanura, también en el templo. Con sus bienaventuranzas enseñaba el arte de la felicidad. Deseaba forma una comunidad donde la violencia termina.
A quien le preguntó: “entonces quien podrá salvarse? Él respondió: ¡Con Dios todo es posible! (Mt 19,25-26). Hizo gala de una desconcertante despreocupación por la sexualidad y dirigió su propia vida sexual como si la tuviera, fuera de página. Rechazó, eso sí, explícitamente el divorcio. Y sobre la corrupción, le preocupaban los “sepulcros blanqueados”. Para Jesús, amor es más fuerte que la muerte.
Conclusión
Dios Padre que es Amor, nos ama cuando Jesús nos entusiasma, cuando le seguimos, cuando le amamos y establecemos amistad con Él. Las enseñanzas de Jesús son vida. Quien ama a Jesús se convierte en Morada de Dios. Cuando Dios está con nosotros, nada hemos de temer.
“Si alguno me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Por eso, la pregunta que hoy nos lanza la Escritura santa es: ¿Amamos de verdad a Jesús? ¡No respondamos apresuradamente! ¡Meditémoslo antes!
Dividiré esta homilía en tres partes:
¿Amar a Jesús?
El acceso emocional a Él
Razón de amor
¿Amar a Jesús?
“A quien me ame, mi Padre lo amará”. Jesús nos dijo que tenemos asegurado el amor de Dios Padre si le amamos. Pero ¿no es verdad que de Jesús nos distancia dos mil años? ¿Será posible amarlo? En su tiempo muchas personas lo amaron, lo acompañaron y siguieron. No pocas hasta dieron su vida por Jesús. Hoy Jesús nos pregunta también como a Pedro: “Me amas”?
El acceso emocional a Él
Nuestra fe no es solo intelectual, es emocional. Creemos en Jesús cuando nos emociona, y no a través de meros conocimientos teológicos. Amarlo es emocionarse.
“Jesús es digno de amor porque es más moderno y actual que la misma Iglesia” (dijo Johan Baptist Metz). Amar a Jesús es soñar, contemplar la historia con casi una loca esperanza en aquello que vendrá.
Quien sigue a Jesús siente que el universo se sustenta en un acto de amor continuo e infinitamente paciente; que es el amor lo que le permite seguir existiendo; que el amor mueve el sol y todos los demás astros”, como decía Dante. El Dios Amor es el fundamento de nuestra existencia. Dios “está tan cerca de ti como las venas de tu cuello”, escribe el libro sagrado de “El Corán”.
Razón de amor
El gran teólogo Karl Barth describía a Jesús como “nuestro contemporáneo”. El Espíritu Santo lo trae a nuestro tiempo y espacio. De Jesús no habría que decir: “tan fascinante que es imposible conocerlo del todo! Él es el Creador en medio de su Creación. Y sin embargo, sometido a todo. Él decía con frecuencia: ¡no temáis” y enseñaba el arte de la no-violencia: “si alguien te pide el manto, dale también la túnica”, “si alguien te hieres en la mejilla derecha, ponle también la izquierda” (Mt 5,39). Transmitía sus enseñanzas en los camino, en los prados -donde pacen las ovejas-, en un monte o una llanura, también en el templo. Con sus bienaventuranzas enseñaba el arte de la felicidad. Deseaba forma una comunidad donde la violencia termina.
A quien le preguntó: “entonces quien podrá salvarse? Él respondió: ¡Con Dios todo es posible! (Mt 19,25-26). Hizo gala de una desconcertante despreocupación por la sexualidad y dirigió su propia vida sexual como si la tuviera, fuera de página. Rechazó, eso sí, explícitamente el divorcio. Y sobre la corrupción, le preocupaban los “sepulcros blanqueados”. Para Jesús, amor es más fuerte que la muerte.
Conclusión
Dios Padre que es Amor, nos ama cuando Jesús nos entusiasma, cuando le seguimos, cuando le amamos y establecemos amistad con Él. Las enseñanzas de Jesús son vida. Quien ama a Jesús se convierte en Morada de Dios. Cuando Dios está con nosotros, nada hemos de temer.
Formamos la Iglesia actualmente casi dos mil millones de seres humanos. Y nos preguntamos por nuestra identidad: ¿somos Iglesia en misión, o una empresa de servicios y asuntos religiosos? ¿Es un organismo vivo o simplemente una organización? ¿Es nueva Jerusalén o se parece más a la antigua Jerusalén con sus rivalidades, envidias y tensiones? La Iglesia que Jesús soñó tiene tres rasgos característicos: Iglesia misionera, Iglesia morada de Dios entre los hombres, la casa del amor fraterno.
Dividiré esta homilía en tres partes
La Iglesia que Jesús soñó
Iglesia en Misión
“Nueva Jerusalén”
La Iglesia que Jesús soñó
Estamos en tiempo de Pascua, de Resurrección. Celebramos en estos días el Poder sin límites de Dios. ¡Todo es posible para Él! En el Espíritu, Dios Padre tiene la energía capaz de transformarlo todo. Jesús ha resucitado como primicia, pero tras Él resucitará también su Cuerpo, la Iglesia. La Iglesia podrá ser aquella nueva Jerusalén, casa del Amor y de la Misión que Jesús soñó cuando estaba físicamente entre nosotros.
La Iglesia que Jesús soñó es excéntrica: es decir, nació para salir (Iglesia en salida), para evangelizar a todas las Naciones y etnias, para bautizar en el nombre de la Trinidad Santa. La misión pertenece a la quintaesencia de nuestra comunidad cristiana. No es una actividad esporádica, temporal… es nuestro verdadero ser. Hemos sido bautizados para ser “sal de la tierra”, “luz del mundo”. Y no, vivir encerrados, en nuestras iglesias y comunidades.
Pablo y Bernabé, esos dos apóstoles –creativos, audaces, apasionados– expresaron de forma única el ser misionero de la Iglesia. La Iglesia de Antioquía se mostró desde el principio como una comunidad profética, con fuerte identidad misionera. Aquella Iglesia era ex-céntrica, centrífuga, en misión permanente. Todo se cocía en la oración, en el diálogo comunitario. La comunidad enviaba a sus mensajeros a anunciar el reino de Dios. No son ni Pablo, ni Bernabé quienes envían a la Iglesia, es la Iglesia la que envía a Pablo y Bernabé.
Las actividades pastorales de nuestras comunidades nunca deberían prescindir de esta “mística”, de esta “conciencia” capaz de configurarlo todo de otra forma. Sin Misión no hay Iglesia, sino únicamente un grupo de empleados en tareas que nosotros mismos nos hemos asignado. Por eso, es urgente revivir en cada una de nuestras comunidades cristianas la experiencia de la Iglesia profética y misionera de Antioquía. ¡Ésa es la señal!
La vieja Jerusalén es conocida por su pasado violento y sus estructuras caducas, mientras que la nueva Jerusalén, que desciende del cielo, representa la novedad de Dios que transforma todo.
Esta nueva Jerusalén no se limita a ser una promesa futura; es un don que se manifiesta misteriosa y sacramentalmente a quienes Dios escoge como testigos. Estos testigos viven las realidades eclesiales con una conciencia transformada, dejando atrás estilos de poder, tradiciones muertas y valores caducos. Así, la nueva Jerusalén se revela como el Cuerpo resucitado de Cristo, invitándonos a preguntarnos: ¿a qué Iglesia sirvo, a la vieja o a la nueva Jerusalén?
El amor fraterno es la esencia y señal auténtica de la Iglesia de Jesús. Sin este amor, la comunidad pierde su unidad y sentido, convirtiéndose en algo distante del sueño que Jesús tuvo para su Iglesia. Él nos llama a amar como Él ha amado, superando divisiones y abriendo nuestros corazones hacia todos. Vivir el amor a los hermanos nos permite anticipar la nueva Jerusalén, colaborando con el Espíritu en la transformación del mundo. En el amor encontramos no solo la manifestación del Reino, sino también la vida misma que une y armoniza.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
EN LA TRAMA DEL TIEMPO, LA IGLESIA CAMINA…
[Estribillo]
En la trama del tiempo, la Iglesia camina,
con la fuerza de ayer y el sueño que anima.
Jesús nos inspira, su Espíritu guía:
¡Continuidad que renueva, esperanza encendida!
[Primera estrofa]
Hoy resuena su voz en la era digital,
la inteligencia de Cristo nos invita a pensar.
No tememos la máquina, buscamos verdad,
la fe se hace diálogo, justicia y dignidad.
Como León XIV proclama y Francisco soñó,
la misión es salida, la Iglesia en acción.
En la nueva Jerusalén, el amor es motor,
¡creativos, audaces, con el mismo fervor!.
[Estribillo]
En la trama del tiempo, la Iglesia camina,
con la fuerza de ayer y el sueño que anima.
Jesús nos inspira, su Espíritu guía:
¡Continuidad que renueva, esperanza encendida!
[Segunda estrofa]
En el mundo de redes, de guerra y rivalidad,
la paz de Jesús es semilla de eternidad.
No es huida ni miedo, es fuego y misión,
su shalom nos transforma, nos da compasión.
Forjamos los puentes, vencemos la división,
el Evangelio es levadura de reconciliación.
Nación tras nación, la Iglesia será
testigo de la paz que solo Él nos da.
[Estribillo]
En la trama del tiempo, la Iglesia camina,
con la fuerza de ayer y el sueño que anima.
Jesús nos inspira, su Espíritu guía:
¡Continuidad que renueva, esperanza encendida!
[Tercera estrofa]
En la era de algoritmos y de inteligencia artificial,
el sueño de Jesús es humano y universal.
La Iglesia reflexiona, abraza el desafío,
con ética y ternura, discernimos el camino.
No somos solo historia, ni tradición sin razón,
el Espíritu sopla, renueva el corazón.
En la casa del amor, la misión es servir,
¡con Jesús a la cabeza, todo puede surgir!
[Estribillo (final)]
En la trama del tiempo, la Iglesia camina,
con la fuerza de ayer y el sueño que anima.
Jesús nos inspira, su Espíritu guía:
¡Continuidad que renueva, esperanza encendida!