DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B

¿QUIÉN ME HA TOCADO?

Jesús iba camino de la casa de Jairo. Centenares de personas se apretujaban alrededor para poder oírlo. Casi no le dejaban avanzar. Es el típico y conocido barullo de la gente que quiere cotillear, curiosear, 

chismorrear. Muchos se acercaban a aquel “Maestro-Rabino” para luego poder contar que lo habían visto, o tocado. Es el acercamiento «superficial» que tantas veces se da entre nosotros mismos: nos acercamos, nos miramos, nos decimos algo, nos damos la mano o un abrazo pero no ha ocurrido un auténtico encuentro. Y también nos pasa con el Señor: nos reunimos en su nombre, le decimos lo que sea, oímos su Palabra, lo recibimos en la Eucaristía… pero nada o casi nada cambia en nosotros.

Un encuentro «auténtico» con un hermano o con el mismo Dios…  es aquel que produce en nosotros algo nuevo, algo bello, que nos hace crecer, que nos hace mejores, que nos cambia de alguna manera. No por estar juntos, ni por hacer cosas juntos, ni por estar en el mismo lugar… nos encontramos realmente. 

En esta escena, entre tantos que le rodean, le miran y le admiran, le oyen, le apretujan y le empujan… Entre tantos… realmente solo una persona se «encontró» realmente con Jesús. Sólo una mujer se le acercó silenciosamente, y por detrás le tocó el borde del manto. Había en ella mucha necesidad y mucha confianza. Llevaba años sufriendo por culpa de sus hemorragias. Iba cargada de humillaciones y de dolor por una enfermedad vergonzosa que la hacía despreciable para la gente: ¡impura!

Tenía prohibido participar en cualquier reunión. Nadie podía tocarla. Y también se volvía impuro todo lo que ella tocara. Incluidas las personas. Eso decían las normas sociales y las sagradas leyes religiosas escritas en la Biblia.  «Impura» significaba también que su enfermedad era una señal de su alejamiento de Dios. Es decir: que se consideraba una pecadora. ¡Doce años! sin recibir una caricia, un abrazo, un beso… (Qué bien la entendemos todos después de esta pandemia y sus «distancias» físicas). Había buscado la ayuda de especialistas inútilmente, hasta gastárselo todo y gastarse ella. Su último recurso era aquel Maestro de Nazareth que decían que hacía milagros.

           Se parece esta mujer a tantas personas que se sacrifican por otros, ponen sus bienes a disposición, siempre disponibles para lo que haga falta, ofrecen su tiempo… pero lo que inconscientemente y realmente andan buscando es reconocimiento, que les tengan en cuenta, que les hagan caso. Pretenden comprar lo que no se compra. Todos conocemos a personas que se nos acercan para contarnos achaques, problemas, complicaciones y desgracias… Siempre les pasa algo malo. Es su modo (inconsciente) de buscar nuestra atención, que les hagamos caso, aunque sólo sea un rato. No necesitan ayuda, ni consejos, ni… ¡Necesitan no sentirse tan solas!

Pero al final, pocas veces encuentran lo que necesitan, y se sienten vacías, usadas, agotadas, tristes… Ya no saben qué dar o qué hacer o qué contar para que alguien las atienda.

Cuando aquella mujer anónima alargó su mano para rozar el borde del manto del Señor, salió de ella toda una corriente de soledad, de impotencia, de vergüenza, de culpa… Pero para lograr alcanzar el borde de su manto, para abrirse paso, tuvo también que tocar a la gente, haciéndola impura.  Como también Jesús quedó «manchado» con su impureza. Se había saltado las normas religiosas que seguramente conocía muy bien. E intentó ocultarse en el silencio y entre la gente. El caso es que sus hemorragias se habían detenido.

¿Quién me ha tocado?”.

Jesús notó que allí había alguien «diferente», que se le había acercado de otra manera: con sinceridad, discretamente, sin molestar, sin interrumpir, pero con todas sus miserias, su dolor, su tristeza, su incomprensión. Sin palabras, sin pedir nada. Sólo un gesto de confianza (¡y atrevimiento!): tocarle. Y de él brotó un chorro de comprensión, de paz, de gracia, ¡de vida!

Jesús pregunta: «¿quién ha sido?». Busca a la persona: un rostro, una palabra para dialogar. Quiere que recobre también su dignidad personal, su autoestima, y no sólo la salud. No va con Jesús la «caridad anónima». 

Ella aún se escondía, tenía vergüenza, estaba asustada y temblorosa. Temía, con toda razón, que le reprocharan su atrevimiento por no respetar las leyes sagradas.

Pero lo que se encuentra en el Señor es ternura, acogida, respeto, comprensión, diálogo. La saca de su miedo, de su vergüenza, de su anonimato y de su exclusión de 12 años. Jesús la llama «hija», ¡nada menos!, declarándola familia de Dios,  y alabándola por su fe, por su confianza, aunque se haya saltados las normas religiosas. 

La persona y su dolor están por encima de cualquier regla religiosa o social. Y el Señor le dirige una palabra de ánimo: Vete en paz y con salud.

Comentaba el Papa Francisco: 

Él nos espera, nos espera siempre, no para resolvernos mágicamente los problemas, sino para fortalecernos en nuestros problemas. Jesús no nos quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón; no nos quita la cruz, sino que la lleva con nosotros. Y, con Él, todo peso se vuelve ligero (Cfr 30), porque Él es el descanso que buscamos. Cuando en la vida entra Jesús, llega la paz, aquella que permanece aún en las pruebas, en los sufrimientos. Vayamos a Jesús, démosle nuestro tiempo, encontrémoslo cada día en la oración, en un diálogo confiado y personal; familiaricemos con su Palabra, redescubramos sin miedo su perdón, saciémonos con su Pan de vida: nos sentiremos amados y nos sentiremos consolados por Él. (Julio ‘17)

Hoy, en esta Eucaristía, cuando extiendas tu mano para recibirle, tocarás al Señor. No sólo el borde de su manto. Sino a él en persona.

Ojalá que sientas que te restaura la vida, esa que a veces se te escapa a chorros o que te quitan otros. No importa si estás así desde hace muchos años. Él no va a reñirte, ya lo has visto. 

A Jesús le bastan la sinceridad y la confianza… y que seas un poco atrevido. Confía en ti mismo, y en él. Te hará mucho bien.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen de José María Morillo

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6 comentarios

  1. QUIQUE
    En la reflexión del Evangelio, que nos regalas hoy, descubro que las personas somos seres creados para relacionarnos con los demás y con Dios. Nuestras relaciones con las personas son un reflejo de nuestra relación con Dios. Toda relación implica “acercamiento o encuentro”
    En tu comentario me gusta la diferencia entre el acercamiento superficial y el encuentro auténtico.
    • Acercamiento superficial. Simplemente lo considero un intercambio de gestos, palabras, a nivel anecdótico, muchas veces solo comunico angustias, problemas, miedos, ideales, fracasos… pero no me paro a pensar en la raíz de estas situaciones Inconscientemente me voy alejando de lo que Jesús llama “la Comunidad”; sin pensar en los verdaderos excluidos de la sociedad, que son los que más sufren.
    La hemorroisa, se la consideraba una pecadora e impura. Nadie se podía acercar a ella y ella a nadie.
    Como bien dices, hoy la entendemos bien. Pero nosotros, en este tiempo de guardar distancias, hemos recibido: abrazos, besos, saludos, llamadas de ánimo… de personas que estando lejos permanecen cercanas. Hay personas que no han tenido esos gestos de cercanía.
    Me pregunto, ¿soy consciente que Jesús de Nazaret, el Cristo Resucitado, pasa a mi lado siempre para dejarse tocar por mí?

    • Encuentro auténtico
    Tocar y dejarse tocar, desde la fe y la confianza.
    Jesús notó la presencia del “diferente” y desde la acogida y el amor, la mujer recobró su dignidad como persona y se sintió incluida en la Comunidad.
    Me gusta el gesto de Jesús. Él quiere saber quien le ha tocado, como bien dices: a Jesús no le gusta la caridad anónima porque para Él somos únicos. Somos hijos de Dios.
    Los gestos que tiene Jesús con ella, los tiene conmigo, me sacan del anonimato.
    Pienso en la persona, en la mujer, la consideraban impura y ella también se considera impura. Todo lo que tocaba se volvía impuro. Ella se salta las normas y en silencio oculto se acercó a Jesús para quedar sana.
    Buena estrategia, muchas veces, desde el silencio oculto y con la ayuda de Jesús Resucitado, rompiendo leyes y esquema, que hay much@, pueda dar un poco de atención a las necesidades de otras personas.
    Termino haciendo una súplica del final de tu reflexión:
    Señor aumenta mi fe y confianza en ti, para que no gaste energías en cosas que no merece la pena. Que restaures mi vida y me des valentía para tocarle a Él, en los excluidos más cercanos.
    Gracias Quique

    Teresa Gil

  2. Miguel Angel Pulido

    ¿Cuantas veces nos sentimos ya casos perdidos? Nos vemos tan impuros y débiles que tememos hasta buscar la luz, y Dios entra en la vida de uno como cuando tumba a Saulo del caballo. Ojalá todo toquemos el manto del maestro, y éste siempre nos guie.

  3. Carmen Díaz Bautista

    Con este evangelio he aprendido con el corazón que no con la cabeza solo, lo que es el encuentro personal con Jesús.. muchas vueltas y razones le daba yo a este tema. Hay personas que han tenido una experiencia puntual que las ha vuelto del revés, un encuentro fulminante, maravillo que los ha deslumbrado. Es el caso de unos amigos que no pisaban una iglesia ni por motivos culturales, pero un buen día hicieron el camino De Santiago – naturalmente por razones deportivas y turísticas. Allí conocieron a un grupo llamado Identes y se convirtieron.
    Yo nunca he tenido una experiencia de ese calibre y dudaba si no sería capaz de llegar a ese encuentro personal.
    Pero creo que sí lo tengo, de otro modo: tranquilo, sosegado y paulatino casi con timidez como le ocurría a esta pobre mujer del evangelio. Y hoy al comulgar me he dado cuenta de la cantidad de veces que he tocado a Jesús en la eucaristía y en el contacto con los demás.
    Gracias, Quique, por abrirnos los ojos y acercarnos a Jesús. También gracias a Teresa y quienes participan de estos comentarios porque siempre aprendo de todos.

    • Quique como explicas de bien la confianza del corazón de cada uno de nosotros para relacionarnos con Dios. Todos un poco «enfermos» en nuestra vida.Pasamos por muchas etapas y por muchos momentos en los que el Señor sabe de nuestras necesidades. Sólo quiere que le «toquemos». Él se va a dar cuenta enseguida. Va a notar nuestra necesidad y nuestro cariño si ese toque es sincero y lo mejor es que lo desea. Necesita esa intención nuestra para poder ayudarnos pero Él tiene sus tiempos y muchas veces no coinciden con los nuestros…Muchas veces nos ocurren situaciones que a pesar de intentar tocarlos no sufren la respuesta esperada. Jesús tiene sus tiempos aunque no coincidan con los nuestros…»Tocar» a Jesús no significa como un interruptor que la luz se enciende al presionarlo. Como digo los tiempos de Jesús muchas veces no coinciden con los suyos…pero que bonitas las palabras del Papa Francisco…Ticar a Jesús no significa solucionar nuestras cosas terrenales…sino que las sepamos llevar con amor y que el sufrimiento muchas veces aunque parezca raro tiene que llevarnos a Él. Él lo quiso para su hijo y ante eso…qué vamos a decir…»Padre aparta de mi este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la tuya»..
      Señor quiero seguirte tocando y sé que tú te das cuenta. Si es posible que se solucione tal o cual problema y si no es que será siempre por mi bien aunque no lo entienda. Tú no quieres nada malo para mí. Te pido que me ayudes en mis necesidades y que tú que sabes más que nadie estarás siempre conmigo. Quiero decirte que pase lo que pase ayúdame a que siempre te siga queriendo. Así sea.

    • Gracias a ti y a todos los que pasamos por aquí dando distintas experiencias, ideas y consejos que nos ayudan mucho a todos.
      Pasad un buen domingo.

  4. Hola Quique,me ha encantado tu reflexión. Cuántas veces se nos acercan personas para contarnos algo y sin embargo no les escuchamos y simplemente se acercan para no sentirse solas. Tenemos que pararnos y ver en el otro el encuentro con Dios

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