DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO CICLO C

UN ABISMO NOS SEPARA ACÁ… PERO MÁS… ALLÁ

El relato evangélico del domingo XXVI es estremecedor, a pesar de la cortesía que manifiestan todos sus personajes. Jesús les cuenta a unos “amigos del dinero” lo que él imaginaba que sucedería entre Abraham y dos de sus hijos: un mendigo y un rico. Aunque en su parábola Jesús no menciona a Dios directamente, sí lo hace indirectamente porque Lázaro significaba “¡Dios ayuda!”. La parábola se divide en tres escenas: la primera en el palacio del rico, la segunda en el palacio del cielo y la tercera el diálogo entre el rico y Abraham.

El contraste: primera escena 

Nos sitúa en el palacio del rico: un hombre espléndidamente vestido (púrpura y lino blanquísimo y fino), que todos los días banqueteaba. A las puertas de aquel palacio había un pobre -que se llamaba Lázaro- casi desnudo, hambriento, cubierto de llagas, que perros sin dueño le lamían. Esperaba alimentarse con las sobras del banquete. Pero nadie le atendía.

La sorpresa: segunda escena 

Murieron los dos: el rico fue llevado al sepulcro; Lázaro fue llevado por los ángeles al “seno de Abraham”, es decir a recostarse como invitado de honor delante de Abraham en el banquete del Reino de los cielos. Jesús había dicho en otra ocasión: “muchos vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el reino de los cielos”. ¡El contraste es estremecedor! Aquí podemos recordar las palabras de la madre de Jesús en el Magnificat: “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

Dos peticiones, una imposible, otra innecesaria: tercera escena 

El rico suplica a Abraham que le envíe a Lázaro y refresque un poco su boca seca ante los tormentos del fuego. ¡Imposible! le responde Abraham: la distancia es inmensa, como la existente entre “bienes” y “males”. 

Entonces el rico le hace otra súplica al parecer muy generosa: le suplica a Abraham que, si no a él al menos les envíe a Lázaro a sus hermanos para que cambien su estilo de vida. Abraham le responde que no es necesario: ¡ya tienen a Moisés y los Profetas! Si no hacen caso a éstos, tampoco lo harán a un muerto que resucite. 

¿Una parábola dirigida también a mí?

Los destinatarios del relato de Jesús fueron algunos fariseos que “eran amigos del dinero” (fil, argiroi) y se burlaban de Jesús. A ellos Jesús les decía que el culto al dinero y culto a Dios son incompatibles. Hoy Jesús nos dice también a nosotros que la avaricia y la tacañería es una idolatría que nos distancia absolutamente de Dios y de su Reino. Y también nos dice que la generosidad con los necesitados y la atención a ellos es la forma de ganarnos un tesoro y pagar la entrada para participar en el banquete del Reino de Dios. 

Para meditar:
VOS SOS EL DIOS DE LOS POBRES

José Cristo Rey García Paredes, cmf

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

GENEROSIDAD, INCLUSIÓN, SAGACIDAD

Generosidad, inclusión y sagacidad. He aquí las tres palabras que resumen el mensaje del profeta Amós, del apóstol Pablo y de Jesús, nuestro Señor en este domingo 25 del tiempo ordinario. 

El profeta Amós: ¡generosidad! Am 8, 4-7

¡Que nadie se sienta seguro con sus riquezas… injustas!

El profeta Amós proclama que la avaricia lleva a las mayores injusticias: explotación del pobre, despojo de miserable, vender y nunca dar. Así actúan hoy determinadas empresas, instituciones y también determinadas personas. La avaricia se oculta tras legislaciones logradas a base de corrupción. Las personas, instituciones y naciones avaras se benefician de todo, empobrecen a los demás, y actúan aparentemente “según lo legal”. El imperio de la avaricia hace imposible la gratuidad, empuja a la miseria a millones de seres humanos y maltrata a la creación. 

Amós concluye su profecía con una terrible amenaza a los avaros: “¡Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones! Escuchará el gemido de los pobres y ¡les hará justicia! ¡Que nadie se sienta seguro con sus riquezas injustas! Y el salmo 112 lo ratifica cuando proclama que Dios “levanta del polvo al desvalido, alza de basura al pobre”.

El apóstol Pablo: ¡inclusión! (1 Tim 2, 1-8)

Orar por todos… expresión de un amor sin fronteras. San Pablo nos habla en la segunda lectura -carta a Timoteo- sobre la inclusión: ¡Orar por todos, sin excepción!  La oración de intercesión es una forma privilegiada del amor sin reservas, sin excepción ni discriminación: “A vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian” (Lc 6,27; Mt 5,44)). La oración por los enemigos es expresión de amor.

La oración por las personas que nos dirigen y rigen, por nuestras autoridades civiles, es un ejemplo de la oración por todos. Quienes representan a nuestras naciones, a nuestros pueblos, necesitan de la energía secreta de nuestro amor orante para ejercer su misión para bien de todos. 

La actitud partidista nos impide orar por quienes nos dirigen, porque nuestro deseo interior es que pierdan sus puestos, que sean destituidos. Pablo, en cambio, nos pide amarlos, aproximarnos a ellos, orar por ellos.  Y el argumento que nos ofrece es éste: ¡Dios quiere que todos los seres humanos se salven!  

Jesús murió “por todos”. Él es el mediador de la humanidad donde existen tantísimas diversidades humanas. Jesús vino a llamar a los pecadores. Quiso la humanidad de la inclusión y nunca de la exclusión, de la reconciliación y el perdón y nunca del enfrentamiento y la guerra. 

Jesús, nuestro Señor: ¡sagacidad! (Lc 16, 1-13)

¡Sagacidad para ser acogido y participar en el Reinado de Dios y no quedar excluido!
Jesús nos habla en su parábola de un administrador que fue acusado de malgastar y dilapidar los bienes de su señor, de cometer un enorme desfalco. El propietario lo cita y le exige presentar toda la documentación. El administrador, consciente de haber cometido fraudes, hace escribir nuevos recibos -enormemente rebajados- en perjuicio de su amo y destruye los anteriores. Consigue de ellos así “el derecho de hospitalidad” de aquellos deudores a los que ha favorecido. 

Concluye ahí la parábola. El “señor” que alaba al administrador fraudulento es Jesús. No alaba su delito, sino su astucia y resolución, su imaginación y forma de calcularlo todo, su rapidez y eficacia, por convertirse en un “héroe inmoral”. Y esto es lo que le interesa a Jesús: que sus discípulos comprendan que en el reinado de Dios solo pueden tener por Señor a Dios. Quien tenga otros señores aparte de Dios estará dividido y tensionado. No se comprometerá, no arriesgará, no tendrá fuerza interior. El administrador fraudulento no hizo nada a medias. Se arriesgó. Fue a por todas. Y por esto únicamente Jesús lo admira y lo pone como ejemplo. En momentos difíciles hay que ser sagaces, jugárselo todo, como el “héroe inmoral” de la parábola (cf. Gerhard Lohfink, Las cuarenta parábolas de Jesús, EDV) .

El mensaje de este domingo se resume en tres palabras: generosidad, inclusión y sagacidad. Se necesita inteligencia, talento, cordialidad para poder entrar en la arriesgada escuela del seguimiento de Jesús.

José Cristo Rey García Paredes, cmf

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO C

LA OTRA PERSPECTIVA: ¡NO EL PECAR… SINO EL PERDERSE!

En lugar de emplear la terminología del “pecado”, las lecturas de este domingo XXIV nos hablan de “perdidos”, “perdición”, “extravío”.  Y nos presentan tres ejemplos: “Perdido y extraviado” estuvo el pueblo liberado de Egipto cuando se entregó idolátricamente a un dios extraño. “Perdido y extraviado” estaba Saulo cuando siendo un judío celoso de la ley perseguía a muerte a los cristianos, y en ellos a Jesús. Perdidos estaban los dos hijos de la Parábola cuando el más joven abandonó la casa y se fue a experimentar otro mundo, y el mayor se negó a entrar en la sala de fiesta.

Es interesante la perspectiva que Jesús adopta: no habla de “pecado”, sino de “pérdida”, de “extravío”. Perdida está aquella persona que desconoce dónde se encuentra exactamente, que ha equivocado el camino y no sabe ya adónde dirigirse. Pero Jesús también reconoce que cuando alguien se pierde, Dios mismo es el perdedor… y por eso ¡reacciona!

 

Pueblo “perdido” en la idolatría

Nos dice la primera lectura (Éxodo 32) que el pueblo liberado de Egipto, impaciente ante la aparente ausencia de Dios, no aguantó el aparente abandono y consintió que Aarón le hiciera un dios a su medida, como los dioses-ídolos de los pueblos vecinos. 

Moisés, el gran amigo de Dios, baja del monte de la Alianza y se topa con un pueblo “perdido”, que adora un becerro de oro. Siente en sí mismo los celos de Dios, cuando Dios le dice: “Déjame que encienda mi ira contra ellos y los aniquile”. Siente también en sí mismo la Fidelidad de Dios que se acuerda de la promesa de amor eterno que le hizo a Abraham, a Isaac, a Jacob. Dios vuelve en sí, se retracta y renueva su amor. Siente en sí mismo la fidelidad eterna de Dios que “se arrepiente de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”.

Pensemos un momento en lo que significa para cada uno de nosotros que “Dios se arrepiente por el inmenso amor que nos tiene”, cuando nos perdemos y adoramos a otros dioses.

Saulo, el perdido y recuperado

Debía ser un hombre recto, coherente, fiel a la Alianza… pero estaba “perdido”… porque se había abierto un “nuevo camino” y sin embargo, se empeñaba en continuar por el “viejo camino” que ya no llevaba a ninguna parte. En su viejo camino Saulo era blasfemo, violento, ignorante, perseguidor de la Iglesia. En su extravío Jesús le salió al encuentro, y lo eligió para conducir al buen camino a todos los extraviados. El mérito no fue de Saulo, sino de Aquel que se le apareció y lo eligió y lo nombró Pablo. “Yo soy el camino” 

Esa experiencia personal le llevó a ser el predicador del Evangelio de la Gracia, de la Misericordia de Dios hacia los extraviados. Su contenido es fantástico: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y no para condenarlos. Jesús es misericordioso, generoso, da vida, vida eterna.

¡Así es Dios! ¡Su misericordia es grande y fiel hasta el extremo!

¡Estaba perdido y lo hemos encontrado! El hijo pródigo, ¿y el hijo mayor?

¿No es la parábola del Hijo pródigo la parábola de los perdidos? Jesús nos presenta al padre como el gran perdedor: pierde al hijo menor, pero también se siente dolido ante la pérdida -por envidia- del hijo mayor.

La parábola no habla de algo que ya sucedió. Nos plantea algo que está hoy sucediendo: Dios-Padre contempla lo extraviados y perdidos que estamos muchos de sus hijos e hijas: unos porque son “los alejados”, otros porque aun estando “en casa” tienen su corazón “lejos”. 

Nos perdemos cuando nos olvidamos optamos por romper moldes, esquemas, por “ir a nuestro aire”. Perdidos, la vida se nos vuelve inaguantable. Recapacitamos y sentimos de nuevo la seducción de la casa, aunque lleguemos a ella “sin méritos”. Jesús nos dice, que el Padre nos espera y que se abalanzará hacia nosotros para abrazarnos. Más que Padre parece Madre. 

Nos perdemos también cuando no arriesgamos: nos quedamos en casa; Decía Charles Péguy que “lo peor no es tener un alma perversa, sino un alma acostumbrada”. Somos “el hijo mayor” cuando aparentemente cumplimos con todo, pero nuestro camino ya no nos lleva al Padre, sino que nos paraliza e incluso nos orienta hacia otra dirección: los amigos, que de alguna manera lo sustituyen.

Hemos hablado mucho en la Iglesia del “pecado”. Jesús nos habla más de la “perdición”, del “extravío”. Pecar es “perderse”, iniciar un camino hacia la pérdida total que es infierno. Pecar no es merecer un castigo, es ya en sí mismo un castigo que nos infligimos a nosotros mismos: optar por ir perdiéndonos y perdiéndolo todo. Es convertirse en “oveja perdida”, en “dracma perdida”.

Menos más que nuestro Dios providente sale en busca de la oveja, de la dracma, del hijo perdido -aunque tenga que abandonar todo lo demás-. Así nos lo dijo Jesús: “Ésta es la voluntad de Aquel que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día”(Juan 6,39); y también lo repite Pedro en su segunda carta: “No tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan” (2 Ped 3,9).

José Cristo Rey García Paredes, cmf

Para meditar:
SE MARCHÓ, SE MARCHÓ (Palazón)

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO C

¿QUIÉN PODRÁ RASTREAR LO QUE ESTÁ EN EL CIELO?

La respuesta

Las lecturas de este domingo nos ofrecen una respuesta negativa, otra positiva, una advertencia y un ejemplo

  • La respuesta negativa: “Nosotros somos incapaces”. Nuestra inteligencia es frágil. Nuestro razonamiento es inseguro. Nuestro cuerpo oprime nuestro espíritu y no lo deja libre y en paz (Sab 9, 13-15).  
  • La respuesta positiva: Es posible si Dios nos concede el don de la sabiduría, si nos envía su santo Espíritu desde lo alto (Sab 13,16-18). Es posible si uno se hace discípulo de Jesús. Y ser discípulo de Jesús requiere -según el evangelio que acabamos de proclamar: ir inmediatamente detrás de Él cargado con la cruz. Entre Jesús y el discípulo no se interpone la familia, ni siguiera el propio ego, ni tampoco los bienes o propiedades (Lc 14,25-27.33). San Benito condensó esta exigencia en una famosa frase: “No anteponer nada a Cristo”.

La advertencia y el ejemplo

  • Una advertencia de sabiduría (Lc 14, 28-32): Sin embargo, Jesús nos alerta ante cualquier tipo de inconsciencia o precipitación. Nos dice: ¡Piénsatelo, si quieres ser mi discípulo o discípula! Vete preparando tus recursos pues tienes que construir algo grande y no lo puedes dejar a medias; porque tienes que entablar una gran batalla y no puedes perderla. Sí así lo haces, me seguirás. 
  • Un ejemplo: al cristiano Filemón se le fugó un esclavo llamado Onésimo. Providencialmente este esclavo cuidó en la cárcel a Pablo “prisionero por Cristo”. Pablo, a su vez, lo evangelizó, lo bautizó, y el esclavo se convirtió en “discípulo de Jesús”. Pablo lo recomendó a Filemón, pero desde nueva identidad de Onésimo: ¡era un discípulo de Cristo! Por tanto, le pide al amo que ahora lo acoja no como siervo, sino como “hermano”. Quien sigue a Jesús ve cómo se transforman las relaciones con los demás. 

Nunca presumamos de tener las claves del “discernimiento de la voluntad de Dios”. Nuestro Consejero y Maestro es el Espíritu Santo que se derrama sobre nosotros cuando quiere, donde quiere y en la forma que quiere.

Más que conocer la voluntad de Dios, hemos de clamar como Jesús nos enseñó: “Hágase en mí tu voluntad” , o como María nuestra madre “Fiat”, o como el Hermano Carlos de Foucauld, “Padre me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias… lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas”.

José Cristo Rey García Paredes, cmf

Confirmaciones

El Espíritu Santo se manifiesta cuando quiere y como quiere. Así ha sido en esta parroquia en la celebración presidida por el Cardenal claretiano P. Aquilino Bocos. Dos jóvenes universitarias, un profesional pronto a crear una familia, una bibliotecaria que acaba de entrar en la treintena, una entrada en los 60 y finalmente una anciana que su deseo era antes de ir a la casa del Padre, recibir la Confirmación. Este acontecimiento lo ha obrado el Señor el día 4 de junio de 2022.

Enhorabuena a todos los confirmandos.

 

 

Domingo 2 tiempo ordinario. ciclo c

UNA BODA EXCEPCIONAL

       Curiosa retransmisión de una boda la que nos encontramos nada más comenzar el cuarto Evangelio. Si esta descripción la hubiese hecho alguno de los periodistas de la prensa del corazón, no habría durado demasiado en su puesto de trabajo. Veamos:

– No tenemos ni idea de quiénes son los que se casan. El novio, propiamente, sólo «sale» en las fotos una vez: cuando le están dando la enhorabuena por el vino bueno que ha mandado servir… a pesar de que él no ha tenido nada que ver. Y no responde nada al respecto.

– Con lo bien que se suelen preparar las bodas, ya es raro que se acabe el vino a mitad de la fiesta. Un inexplicable descuido que podría estropearlo todo.

– Sorprende que sea una de las invitadas quien se dé cuenta, y se ponga a dar instrucciones. No consta que fuera pariente de los novios. Sin embargo, es ella la que intenta resolver semejante contratiempo. Y no lo hace dirigiéndose a los novios ni a los responsables de aquel banquete, sino que acude a su Hijo, y luego da órdenes a los camareros/sirvientes, que por cierto la obedecen.

– Tampoco sabemos qué pintan allí tantas tinajas vacías (seis) tan grandes (de unos 100 litros cada una), y además especificando que son «de piedra» (no es un material muy manejable, ni frecuente para hacer vasijas de ese tamaño).

– El cuarto Evangelio sólo nos narra «7»  milagros (por usar mejor la palabra, «signos»), y éste es el primero. Lo debe considerar, por tanto, muy importante. Pero no deja de resultar desconcertante que un acontecimiento tan milagroso y espectacular como éste, sólo nos lo haya contado uno de los apóstoles, cuando dice el texto que «estaban todos allí».

Cualquiera puede caer en la cuenta de que este «signo» no encaja en el «estilo» de los milagros que conocemos de Jesús: No es una curación, ni una multiplicación de panes para gente hambrienta… Como uno de mis alumnos comentaba espontáneamente: «¿Jesús facilitando que la gente siga bebiendo en medio de una juerga? No me pega».

– Tampoco es muy comprensible la contestación que Jesús da a su Madre: Primero por llamarla «mujer» (tan inusual en su cultura, como en la nuestra), y luego por lo que le dice: «Déjame, no ha llegado mi hora. ¿A ti y a mí qué nos va en este asunto?». Otros traducen «¿qué tienes que ver tú conmigo?». 

Y esto de «la Hora» también tiene su «misterio», porque este Evangelio reserva esta expresión para hablar de la hora de la muerte de Jesús, de su Pascua. ¿A qué viene mencionarla ahora, qué tiene que ver la escasez de vino con la «Hora»?

         Todo esto ha hecho pensar a biblistas y teólogos que esta historia es algo más que un «milagro» de Jesús, y que esta boda tiene algo especial, excepcional. Buscando explicaciones a tantas preguntas, comprenden que San Juan quiere decir algo importante, al situar esta boda como pórtico de la tarea misionera de Jesús, como el primero de sus «signos» (siete en total), y que está estrechamente  relacionado con su «Hora» y con la Cena Eucarística (el Vino).

            Para responder a algunas de estas cuestiones, los profetas del Antiguo Testamento resutan de gran ayuda. Ellos nos han ido presentando el compromiso y la relación de Dios con la Humanidad a través del símbolo del matrimonio. No otra cosa significa la «Alianza». Esa misma que Jesús instaurará cuando llegue su «Hora», esa alianza nueva y eterna que se renueva en cada Eucaristía.

             Por otra parte, su Madre, como miembro del pueblo de Dios, constata una realidad y la convierte en oración: Hace tiempo que se les ha acabado el «vino». En toda la escritura el vino es símbolo del amor, de la amistad, de la alegría, del Espíritu. Israel ya no tiene nada de eso: sólo les quedan vasijas vacías (aquellos ritos religiosos que ya no dicen nada a nadie), y aquellos Mandamientos esculpidos en piedra se han quedado en eso, «en piedra»: Enormes vasijas de piedra vacías. La madre de Jesús aparece como portavoz de Israel, del pueblo fiel que aún confía en Dios, y se dirige al único que puede hacer que las cosas cambien radicalmente. Estaba ya profetizada una futura alianza nueva de amor, escrita en los corazones (Ezequiel). Para que sea posible hay que hacer lo que él os diga. El resto del Evangelio irá concretando qué es eso que hay que hacer.

¿Y todo esto qué nos dice a nosotros hoy?

            Seguramente necesitamos que María, la nueva «Mujer», la nueva Eva, La Hija de SIón, el nuevo Pueblo de Dios, nos haga caer en la cuenta de nuestro inmenso vacío, de nuestras grandes tinajas vacías de amor, de esperanza, de sentido, de fe madurada … aunque andemos (distraídos) con nuestras fiestas, con nuestras ocupaciones, con nuestras cosas de cada día… Que nos ayude a ver y actuar con esa gran parte de la humanidad que se ha quedado sin «vino»… porque unos pocos nos lo estamos bebiendo todo. 

          Y, sobre todo, necesitamos la valentía de buscar en Jesús, en lo que Él nos dijo, nos dice y nos pueda decir… el modo eficaz de cambiar radicalmente todo: Nuestra religión (todavía demasiadas normas, cumplimientos, obligaciones…), nuestras  relaciones familiares, las estructuras sociales y económicas, ¡y políticas!

                 La carta de San Pablo de hoy nos viene muy bien para todo esto que comentamos: El Espíritu, también simbolizado en la Biblia por el vino, y que hace posible la alianza nueva y eterna de Dios con sus discípulos… hace surgir los ministerios, los carismas, las capacidades necesarias para construir el mundo nuevo, para ponerse al servicio de los muchos que no tienen nada o casi nada. Nadie puede excusarse diciendo que no sabe qué hacer, o que no puede hacer nada… porque el Espíritu no deja a nadie sin algún don para construir la comunidad y el Reino. 

        Ponerse a disposición de la Comunidad, de los hermanos, es la condición y la consecuencia de celebrar la Eucaristía, sellando la Alianza Nueva y Eterna de Jesús, el Novio, que al llegar su Hora nos brindó y nos brinda a sus discípulos, el poder comprometernos en «amar como él nos amó», en ser uno, en lavarnos los pies mutuamente… Y quien bebe su Sangre (sella su alianza de bodas), tendrá vida eterna. 

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen Superior: Bajorrelieve Religiosas de San Bruno del Monasterio de Belén
Imagen inferior: Icono copto Rania Kuhn

Bautismo de Jesús. Ciclo c

Bautizarse y mojarse

             Al echar el primer vistazo al Evangelio de hoy… me he quedado pensando en esto: «Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado». Me han venido a la mente las muchas «filas» que hemos podido ver en estos días, en España y también fuera: Filas para vacunarse, filas para hacerse un test o ser atendidos en el ambulatorio, filas de personas que necesitan ayudas para poder comer, las filas de parados ante las oficinas de empleo, y tantas otras. Muchas de estas filas son filas «de la vergüenza», porque sólo se ponen en ellas los más necesitados, los que no tienen otros recursos para conseguir rápidamente lo que necesitan. Y el evangelista nos sitúa a Jesús en una de estas filas, mezclado con la gente, con los pecadores, recibiendo el mismo bautismo que ellos. 

          Jesús no necesitaba convertirse, ni prepararse para la llegada del Mesías que anunciaba Juan, claro está. Pero ya vemos un rasgo esencial de la personalidad y la misión de Jesús: estar cerca, mezclarse e implicarse en las necesidades, esperanzas, ansias y sufrimientos de su pueblo. Es todo lo contrario de Herodes y de tantos «jefes» que se les parecen: pretenden estar informados por lo que otros le cuenten (así se lo pidió a los Magos), pero sin moverse de su palacio. Sin «mojarse».

             Bautizarse significa «mojarse», en su sentido real y simbólico: empaparse e implicarse. A distancia uno no se moja, no se entera, no se ve afectado: es necesario acercarse, estar en contacto, conocer de primera mano. 

              Bautizarse significa dejar que te llene la vida el Espíritu de Dios, de modo que empiecen a correr por tus venas los ríos de solidaridad en favor del débil. Como hizo Jesús de Nazareth. Es significativo que el Espíritu «aprovecha» la presencia de Jesús entre los pecadores, entre la gente del pueblo, para bajar sobre él.

              Jesús ha pasado largo tiempo sin que tengamos noticias de él por los evangelistas, hasta este preciso momento. Pero no cabe duda que ha estado «creciendo en sabiduría», compartiendo la condición humana de las gentes, trabajando como uno más, en las difíciles circunstancias económicas y políticas de la Galilea de entonces. Y a la vez escuchando insistentemente en su interior una llamada del Reino, una voz de Dios, que le empujaba a  ponerse al lado y al servicio del pueblo débil.

          Para dar comienzo a su actividad misionera, ha elegido un escenario de «debilidad»: Se ha acercado al desierto, que no es un lugar frecuentado por la gente bien. Allí, en torno a Juan Bautista, se han ido reuniendo los que están «expectantes», aquellos que tienen una profunda necesidad de que las cosas cambien, siendo ellos los primeros dispuestos a cambiar, renovarse, purificarse, sanarse, convertirse… Allí van llegando los pobres, los enfermos, los esclavos, los pecadores, los inquietos…

Al mezclase Jesús con todos ellos, y unirse a la cola de los que se meten al agua está mostrando que su verdadera vocación es servir y entregarse a la persona herida, estar junto al pueblo necesitado de compañía,  de atención, de estímulo, de consuelo, de liberación.

El Espíritu del Padre que desciende sobre él es la respuesta a su oración. No lo recibe para gritar, vocear, quebrar, apagar, eliminar, sino para promover el derecho, abrir ojos de ciegos, liberar cautivos de sus prisiones externas o internas… (primera lectura). 

Es precisamente ahora cuando Dios le reconoce públicamente como su Siervo, como su «Hijo Amado». Por haberse bautizado con ellos, por haber decidido ofrecerles su vida, por haber aceptado «mojarse» compartiendo su situación estar dispuesto a llegar incluso hasta el sacrificio final de la cruz. Por eso mismo, también el Espíritu será quien le comunique la fortaleza necesaria para una tarea tan contra corriente, de manera que «no vacilará ni se quebrará». 

Para nosotros ser bautizado significa unirse a su causa, a su misma misión. Significa empezar a llenar la historia de cada día de «vida», de ese Espíritu que hemos recibido: Pasó haciendo el bien.  Pasar nosotros haciendo el bien. Con ayuda de ese Espíritu que lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo… Doblega lo que es rígido, caliente lo que es frío, dirige lo que está extraviado…

¡Hay tantos que viven sin tener vida! ¡Hay tanta debilidad que acompañar y fortalecer!

¡Hay tantos necesitados de consuelo, de esperanza!… 

¡Hay tantas personas sobre nuestra tierra que están «expectantes» de que algo cambie!

Muchos recibimos el bautismo sin «conciencia» de lo que significaba. Pero algún día, con el paso del tiempo y en ambiente adecuado, el bautismo empezó a «hacer su efecto», y decidimos asumirlo libremente… aunque luego hayamos necesitado tiempo para ir comprendiendo lo que eso supone. El «Espíritu» nos va trabajando por dentro desde ese día… hasta que empecemos a experimentar personalmente lo mismo que Jesús: «tú eres mi hijo amado».

            El bautizado se plantea no tanto «¿qué puedo yo hacer»? sino más bien: «¿qué estoy dispuesto a hacer?».  El bautizado elige un día conscientemente tener como criterio vital la lucha por la vida digna, hacer que todo sea más humano, ayudar a que todo hombre descubra que es un «hijo amado de Dios» y viva con gozo y esperanza, olvidándose de sí mismo. Está muy atento a lo que necesitan los otros. Y según la vocación que cada uno va descubriendo, decidimos vivir entregando la vida a Dios a través de las personas más débiles de nuestra tierra. 

          Todo ese proceso es imposible sin la «oración». Una oración que consiste sobre todo en mirar hacia afuera de nosotros mismos, con los ojos misericordiosos de Dios, y dejarnos interpelar y ser creativos y valientes. No es aceptable esa oración centrada siempre en nuestro yo, los míos, y para mí. Una oración que gire en torno al propio ombligo, limitada a nuestro pequeño mundo. La oración del discípulo, del hijo, tiene que estar llena de rostros, de situaciones y de discernimiento, porque siempre hay algún bien que podemos hacer, siempre podemos amar más y mejor, siempre podemos descubrir nuevas formas de ser «instrumentos del Reino».  Así era la oración de Jesús. Esto es lo que significa estar bautizado con Espíritu Santo y fuego, como profetiza el Bautista. Ser personas luminosas, apasionadas, ardientes en el amor, vitales, comprometidas, arriesgadas… 

Por eso, ¡qué agradecido estoy al día en que me bautizaron mis padres! Aunque entonces no contaran conmigo. Pero a nadie hace mal un regalo así, aunque tardemos años en desenvolverlo. Cuando por fin yo descubrí la grandeza de este regalo… decidí regalarme yo mismo a los demás. 

Como muchos. ¿Como tú?

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen inferios Marko Ivan Rupnik