Quizás hoy no te sientes con ganas de aleluyas. Quizás llevas duelo encima. Quizás la muerte está demasiado cerca.
No pasa nada. Escucha igual. Una tumba. Vacía. Eso es todo lo que hay esta mañana. Y nadie — ni las mujeres, ni Pedro, ni los apóstoles — lo creyó de golpe.
La fe en la resurrección no es un esfuerzo intelectual. No es voluntad. No es emoción religiosa. Es un regalo. Una revelación. “Se les apareció.” No dice: “lo buscaron hasta encontrarlo.”
El poeta irlandés W.B. Yeats escribió sobre otro domingo de pascua:
“Todo ha cambiado, cambiado absolutamente. Una terrible belleza ha nacido.”
Lo escribió para una revolución política. Pero esta mañana lo robamos para la revolución más grande de la historia.
Porque si esa tumba está vacía de verdad — la muerte no es un muro. Es una puerta.
Dietrich Bonhoeffer lo entendió. Teólogo. Preso. Ejecutado por los nazis: “El Dios del comienzo absoluto es el Dios de la Resurrección”.
No te han dado la vida para que mueras. Naciste para nacer de nuevo. Lo que le pasó a Él, te va a pasar a ti.
¿Te resulta difícil creerlo? Normal. A todos nos cuesta. Hoy solo te pido una cosa: Detente ante la tumba vacía. Y deja que esa terrible belleza te alcance.
¿Sabes por qué hoy el mundo entero está en silencio?. No es un silencio de muerte; es el silencio de un Rey que se ha quedado dormido para despertarnos a todos.
El gran Silencio
Hoy la tierra está temerosa y sobrecogida. Pero mientras nosotros vemos soledad, en lo invisible está ocurriendo una conmoción. Dios ha muerto en la carne, sí, pero para bajar a buscar a nuestro primer padre, Adán, como si fuera la oveja perdida. Cristo no se ha quedado en la tumba: ha bajado a visitar a los que viven en tinieblas.
El encuentro en el infierno
Imagina la escena: Jesús llega a las prisiones del abismo con las armas vencedoras de la cruz en sus manos. Al verlo, Adán queda asombrado y grita: “¡Mi Señor esté con todos!”. Y Cristo, tomándolo de la mano, le responde con la mayor ternura: “Y con tu espíritu”. Es el encuentro de Dios con su humanidad herida.
El mensaje de Cristo
Escucha lo que Jesús le dice a Adán, y lo que nos dice a nosotros hoy:
“Despierta, tú que duermes”. No te creé para que permanecieras cautivo en el abismo.
Mira los salivazos de mi cara, para devolverte tu aliento de vida.
Mira los azotes en mi espalda, para aliviarte del peso de tus pecados.
Mira mis manos clavadas al madero, porque tú extendiste maliciosamente la tuya al árbol prohibido.
“Mi sueño te saca del sueño del abismo”.
De la Prisión al Trono
El rescate es total. Jesús le dice: “Levántate, salgamos de aquí”. El enemigo te sacó del paraíso, pero yo te coloco en un trono celeste. Ya no hay querubines que te prohíban el paso; ahora hay ángeles que reconocen tu dignidad y te sirven.
El reino de los cielos está preparado para ti desde toda la eternidad. Hoy, en el Gran Sábado, nada está perdido. ¡Despierta! Porque tu Dios ha bajado hasta tu propia oscuridad para sacarte a la luz.
EL SECRETO DE “DISCÍPULO AMADO”: EL TRIUNFO DEL AMOR
¿Viernes Santo es la historia de un fracaso?. El autor del cuarto evangelio, el “discípulo amado”, nos dice que no. Él era su confidente y mejor amigo, por eso su mirada merece toda nuestra atención. Hoy no venimos a ver una tragedia externa, sino a encontrarnos con el auténtico Jesús del Viernes Santo.
Olvida la imagen de una víctima pasiva o deprimida. En el relato de Juan, vemos a un Jesús lleno de energía interior.
Cuando lo buscan, Él da el paso: “¡Yo soy!”.
A Pedro le ordena: “¡Mete la espada en la vaina!”.
Ante el poder del mundo afirma: “¡Mi reino no es de este mundo!”. Jesús es Señor hasta el último momento; sus verdugos son, en realidad, las víctimas de su no-violencia.
Junto a la cruz, el discípulo amado es testigo de un testamento de amor. Jesús mira a su madre y al amigo y redefine la familia: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”. No es solo un gesto de consuelo; es la creación de una comunidad unida por el cuidado mutuo y el amor extremo.
Llegamos al clímax. Jesús dice: “¡Todo está cumplido!” y entrega el Espíritu. Para quienes están al pie de la cruz, este es el primer Pentecostés. No es un último suspiro de muerte, sino un “derrame” de vida. En ese instante, el amor de Dios empieza a circular “a borbotones” sobre la Iglesia naciente. Es una energía que todo lo supera y que vence amando incluso a quienes le quitan la vida.
Porque, hermanas y hermanos, tiene más fuerza el amor que el odio. Tiene más poder quien enciende una luz que quien apaga las luces de una ciudad. Al final, en la Cruz, ¡venció el Amor de los Amores!.
¿Quieres este señorío de Jesús?.
Borra resentimientos.
Corta la crítica permanente.
Perdona y ama sin condiciones. Haz del amor tu arma más poderosa. Porque hoy, lo que no es amor… ¡se está ahogando!
Hoy es Jueves Santo. Y hoy… todos estamos en un Cenáculo. Aquí en la Iglesia, allá… ¡en nuestra casa! con las puertas cerradas. Como aquellos primeros discípulos.
Jesús vivió esta Cena con una amenaza rondándole. Con el miedo presente. Con la traición sentada a su mesa: ¡Judas!
Y aun así… Se levantó. Se ató una toalla a la cintura. Se puso de rodillas. Y empezó a lavar pies. Los pies de Pedro, que protestó. Los pies de Juan, que le amaba. Los pies de Judas, que ya había decidido traicionarle.
A todos. Sin excepción.
Y me imagino… que también llegaría hasta mí. Con esa delicadeza suya. Con esa ternura que descoloca. Y me lavaría los pies a mí. Eso es lo que el evangelio de Juan nos quiere decir esta tarde: “Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo.”No a medias. No cuando era fácil. Hasta el extremo.
Y luego tomó el pan. Tomó la copa. Y dijo: “Tomad… esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre.” ¡El regalo más inesperado en el momento más oscuro!
El evangelista Juan nos guarda además otro tesoro. Un largo y misterioso discurso de despedida que Jesús dedica a los suyos.
Habla del Amor. Habla de su Abbá. Habla del Espíritu Santo que vendrá. “Os lo recordará todo… os llevará a la verdad completa.” Un discurso lleno de misterio, lleno de ternura, lleno de promesas. Como si Jesús quisiera dejarnos todo su mundo… en las manos.
Y hoy… sigue haciendo lo mismo. No solo en la Iglesia, sino también en tu casa. En mi casa. Aunque las puertas estén cerradas. Aunque el mundo parezca detenido.
Porque desde aquella noche… no ha dejado de amarnos. Hasta el extremo. Nuestra casa puede ser hoy un cenáculo. Nuestra mesa… puede ser un altar.
Que el Espíritu Santo convierta cada hogar en lugar de encuentro con Él. Feliz Jueves Santo.
Primera homilía: Antes de la procesión de Ramos — Mt 21, 1-11
Hace dos mil años, en Jerusalén, algo extraordinario estaba a punto de ocurrir. Un hombre entra en la ciudad. No en un caballo de guerra. No con ejércitos. No con poder. Entra en un asno. Y la gente… explota de alegría. Extienden sus mantos en el suelo. Cortan ramas de los árboles. Y gritan: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
¿Quién es este hombre que provoca tanto?
La ciudad entera se sacude. Y la gente responde: “Es Jesús, el profeta de Nazaret.” Un profeta. De Nazaret. De un pueblo insignificante. Sin ejército. Sin palacio. Sin riqueza. Y sin embargo… Jerusalén tiembla.
Hoy nosotros también tomamos ramos. También salimos a recibirle. Pero preguntémonos algo antes de que empecemos a caminar: ¿A quién estamos recibiendo tú hoy? ¿Al rey poderoso que resuelve todos tus problemas? ¿O al Dios humilde que viene a caminar contigo por el dolor, por la cruz, por la muerte… y al otro lado… por la Vida?
Porque este hombre que hoy entra entre palmas y gritos… en pocos días será arrestado, torturado y crucificado. Y lo sabrá desde el principio. Y entrará de todas formas. Por ti, por mí.
Coge tu ramo. Camina. Y deja que Él entre hoy de verdad… no solo en la procesión. En tu vida, en mi vida.
Segunda homilía: La Pasión según san Mateo — Mt 26, 14-27.66
Acabamos de escuchar uno de los textos más sobrecogedores de toda la literatura humana. El relato que inspiró a Bach para componer su Pasión según San Mateo. Música que hace llorar a quienes no creen. Música que rompe por dentro. Porque algo en este relato nos toca donde más duele. Judas lo entrega por treinta monedas. Pedro lo niega tres veces. “No conozco a ese hombre.” Los discípulos… huyen. Todos.
Y Jesús se queda solo. Solo en Getsemaní, sudando sangre. Solo ante el Sanedrín. Solo ante Pilato. Solo en la cruz. Y en ese momento de soledad absoluta, grita algo que nos parte el corazón: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Detengámonos ahí un momento. No pasemos de largo. El Hijo de Dios… sintiéndose abandonado por su Padre. ¿Hemos sentido alguna vez eso? ¿Esa oscuridad? ¿Ese silencio de Dios? Jesús también. No lo vivió desde fuera. Lo vivió desde dentro. Desde el grito. Y sin embargo… sus últimas palabras en Mateo no son de odio. No son de venganza. El centurión romano —el enemigo— al verle morir así, dice: “Verdaderamente este era Hijo de Dios. “Un verdugo. Convertido en confesor de fe.
Esta semana que comienza hoy se llama Santa por algo. No porque sea fácil. Sino porque en el dolor más oscuro Dios estaba presente. Y sigue estándolo. En nuestro dolor. En nuestra cruz. En nuestro grito. No estamos solos. … Él ya pasó por ahí.
El cuarto evangelio nos muestra a un Jesús, lleno de energía durante su pasión y muerte. El autor del cuarto evangelio, el llamado “discípulo amado”, conocía muy bien a Jesús. Había sido su confidente, su mejor amigo. Por eso, lo que nos dice sobre la Pasión y Muerte de Jesús, merece toda nuestra atención.
Hoy, viernes santo, la madre Iglesia quiere escuchar su relato de la pasión. Entre otras cosas, porque no quiere que nos centremos en la tragedia del Calvario en sus aspectos más externos, sino más bien, quiere que nos encontremos en este día con el auténtico Jesús del Vienes Santo. El discípulo amado es el mejor testigo para hablarnos de Él. Estuvo con Jesús en la última Cena, lo siguió a casa del Sumo Sacerdote. Estuvo junto a la cruz de Jesús. Fue el último confidente del Señor y uno de los primeros en verlo resucitado.
Me llama la atención la forma de hablar de Jesús, según el relato que nos hace el cuarto Evangelista. Fijémonos en algunas de sus palabras:
¡Yo soy! ¡Dejad marchar a éstos!
¡Mete la espada en la vaina! Si he hablado mal, muestra en qué, si no ¿por qué me hieres?
¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?
¡Mi reino no es de este mundo!
¡Todo el que es de la verdad escucha mi voz!
¡No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado!
“Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”.
¡Tengo sed!
¡Está cumplido!
Estas palabras no son las de un hombre fracasado, ni deprimido. Jesús podría tener razones para sentirse el más fracasado del mundo, pero ¡no! tenía una energía interior admirable. En medio del sufrimiento más oscuro, tiene una energía que todo lo supera. Jesús no es una víctima. Es señor hasta el último momento. Sus verdugos, quienes lo quieren juzgar, quienes lo condenan, son ¡las víctimas de su no-violencia!
Y es que, hermanas y hermanos,
tiene más fuerza el amor que el odio,
tiene más poder una mujer capaz de dar a luz un niño, que un herodes que mata a centenares de niños,
tiene más poder quien enciende una luz, que quien apaga las luces de una ciudad.
Jesús, con su amor, sintiéndose amado por Dios y amando hasta el extremo, tenía en sí mismo energía suficiente para superarlo todo y para vencer amando a quienes lo mataban.
Al final ¡venció el Amor! ¡el Amor de los Amores!
¿No lo habéis visto en el rostro de las personas que aman mucho? ¡Cuánto poder tienen! ¡Nada las vence!
Borrad resentimientos.
Acabad con la crítica permanente a los que os son contrarios.
Perdonad sin condiciones.
Amad sin condiciones.
Sólo así seréis, seremos, hermanos de Jesús y tendréis el señorío que Él tuvo cuando se despidió de nosotros.
Gracias, Discípulo Amado de Jesús, por estas bellísimas páginas sobre el fin de Jesús, que nos dejaste. Gracias, porque cada año que las proclamamos nos parecen nuevas. Tú, que tanto amaste a Jesús, enséñanos a amarlo, a dar la vida por Él. Enséñanos el arte de la no-violencia, del no-resentimiento. Haz que hagamos del amor, como tú, nuestra “arma más poderosa”.
Viernes Santo, circula el amor a borbotones… lo que no es amor…. ¡ se está ahogando!
Hace muchos años, el gran teólogo católico Hans Urs Von Balthasar escribió un famosísimo libro titulado “Mysterium paschale: la teología de los tres días”. Viernes santo, Sábado santo y Domingo de Resurrección.
En el centro el Cuerpo de Jesús
Jueves, Viernes y Sábado Santo son los días en los cuales nuestra atención se centra en el “cuerpo de Jesús”. Los pasos de la Semana Santa nos lo muestran. Hacia ese cuerpo se dirigen las miradas. Ante ese cuerpo se emocionan los corazones. Parece que carga sobre sí todo el dolor del mundo. En su rostro vislumbra la gente su propio dolor: el ya sufrido, el que ahora le acongoja, el dolor que de seguro vendrá.
Los artistas han sabido plasmar en sus imágenes de Semana Santa un cuerpo de Jesús en situación límite e incluso muerto sin que por ello parezca un cuerpo desahuciado y vencido. Año tras año, generación tras generación se repite el mismo espectáculo y surgen las mismas emociones. ¡Y todo tiene como foco… el cuerpo de Jesús!
En el Cenáculo de Jerusalén
Allí está reunido Jesús con sus discípulos para celebrar “la última Cena”, la “Cena de despedida”, “la cena del Adiós”, la “cena del Testamento”
Los grandes patriarcas del Pueblo de Dios hacían de la última cena o comida con sus hijos la “cena del Testamento” (Jacob en Gen 48-49). Jesús también hace su Testamento. El cuarto evangelista inicia el relato de la Cena con estas palabras: “Amó a los suyos que estaban en el mundo y los amó hasta el final (telos)” (Jn 13, 1).
Pero también se manifiesta el mal, el diablo que actúa a través de uno de los discípulos, Judas, que lo traiciona y entrega a los judíos para que lo eliminen.
El símbolo del lavatorio de los pies
“Durante la cena Jesús vierte agua en una jofaina y comienza a lavar los pies de los discípulos y a secarlos. Culturalmente, la parte inferior del pie se consideraba una parte deshonrosa del cuerpo. El lavado de los pies de otra persona lo realizaba un esclavo o una persona de estatus inferior (1 Sam 25:41). Jesús le dio tal importancia a este gesto. Ante la negativa de Pedro, lo puso ante la alternativa de: “o te lavo y estás de mi parte, o no te lavo y estarás contra mí”.
Los cuerpos de los discípulos tienen vocación de in-corporación para formar todos “un solo cuerpo” en Jesús. Se trata de una primera comunión a través del tacto. Y Jesús añade: ¡laváos los pies unos a otros! ¡Honrad vuestros cuerpos! ¡Bendecíos mutuamente! ¡Alejáos de cualquier forma de violencia corporal!¡Haceos siervos los unos de los otros! ¡Dad la vida los unos por los otros!
El símbolo del Pan eucarístico
Franz von Stuck, Pietà, 1891
Sigue la cena de despedida… y de nuevo aparece el Cuerpo. Esta vez tiene la “sagrada forma” de pan: pero no solo de pan, sino de pan dentro de un escenario de interrelación: ¡de pan entregado! Es el pan de la comida, es el pan que Jesús parte y reparte: “Tomad, comed, ¡esto es mi cuerpo!”
No se trata sólo del pan, sino del pan partido y distribuido por las manos mismas de Jesús. Él habla de un cuerpo que rebasa sus límites, de un cuerpo que toca, que se acerca, que quiere ser tomado, comido… hasta entrar en el otro cuerpo: “vosotros en mí y yo en vosotros”. El pan-cuerpo tiene una existencia pasajera y transitiva: lo acucia la impaciencia de ser comido y desaparecer en el cuerpo de los discípulos. “Pharmacon athanasías” o “medicamento de la inmortalidad” lo llamaban los antiguos cristianos.
El cuerpo-pan vivifica al cuerpo que lo recibe: “quien come mi pan no morirá para siempre”. Quien comulga se incorpora al Cuerpo que todo lo sana, que resucita, que establece Alianza para siempre. Jesús quiere compartir su cuerpo y hacernos así sus con-corpóreos.
Estrechamente unida al cuerpo… también la sangre. Jesús transforma la escena anterior: ahora lleva en sus manos un cáliz. Derrama sobre él el vino; la entrega a cada uno de sus discípulos y les dice: “Tomad, bebed: esta es mi sangre, sangre de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”.
Jesús quiere compartir su sangre y hacernos sus con-sanguíneos. Para él, como hebreo, la sangre era mucho más que ese flujo líquido que recorre nuestras venas: era el símbolo de la vida, de su vida, que sólo encontraba su sentido des-viviéndose, entregándose. Por eso, también la sangre crea comunión, consanguinidad, Alianza para siempre.
El Sacerdocio fundamental
Jesús quiso que todos nosotros, sus seguidoras y seguidores formáramos el pueblo sacerdotal, o pueblo de sacerdotes. En el Bautismo somos todos consagrados sacerdotes de Dios. Pero en este día, celebramos el origen de una forma peculiar de sacerdocio: el de aquellas personas elegidas para servir y liderar al pueblo de Dios. Jesús le dijo una vez a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Ante la respuesta afirmativa, Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejitas”. Los pastores son muy tentados por el Maligno y pueden -como Pedro- negar al Señor, y convertirse en lobos del rebaño del Señor. Roguemos por ellos, para que no caigan en la tentación.
San Lucas nos acaba de ofrecer un relato impresionante de la Pasión de Jesús. Quizá fuera necesario un gran artista y músico como Bach para interpretarlo musical y orquestalmente. Tratemos de sintetizarlo en cinco escenas:
1. Un Rey que desarma: el asno, el sepulcro y la novedad de Dios
Un asno sobre el que nadie había montado, un sepulcro en el que nadie había sido sepultado: El animal que utiliza el Señor para su entrada en Jerusalén como Mesías Hijo del hombre es un animal que estaba destinado para ello y no para otra cosa. El sepulcro que acoge el cuerpo de Jesús es un sepulcro sin estrenar. ¡También María la Madre de Jesús era una mujer sin estrenar, virgen! Con Jesús llega la novedad, y lo que toca se reviste de novedad: el nacimiento, la sepultura y la investidura como rey.
Hoy, en un mundo que idolatra lo efímero, Cristo nos invita a ser lo nuevo: comunidades que no repiten eslóganes, sino que crean caminos de paz. ¿No es este el Mesías que desarma a Herodes con silencio (Lc 23,9) y a Pilato con verdad (Lc 23,3)? Un Rey sin ejército, que convierte cruces en tronos.
2. «Haced esto en memoria mía»: El pan que desata cadenas
En el Cenáculo, Jesús no solo instituye la Eucaristía: redefine el poder. Mientras Roma dominaba con espadas, Él se entrega como pan (Lc 22,19). Y en el Calvario, perdona a sus verdugos (Lc 23,34).
Hoy, cuando la Iglesia vive sus propias traiciones (abusos, divisiones), Lucas nos recuerda que la Eucaristía no es premio para perfectos, sino medicina para heridos. Judas recibe el mismo cáliz que Pedro: la misericordia no discrimina. ¿No es esta la revolución que necesitamos?
3. Oración: El susurro que vence el caos
Tres veces ora Jesús en la Pasión:
En el Cenáculo, canta salmos (Lc 22,39-46).
En Getsemaní, suda sangre, pero elige el «hágase tu voluntad» (Lc 22,42).
En la cruz, muere rezando: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
Lucas nos muestra que la oración no es escape, sino abrazo al dolor con esperanza. Hoy, ante las «tinieblas» personales y colectivas (guerras, soledad, depresión), Jesús nos enseña a gemir con fe. Como Pedro, que llora tras la mirada de Cristo (Lc 22,61-62), nosotros somos invitados a llorar… pero sin dejar de caminar.
4. La hora de Satanás… y de las discípulas
Mientras los apóstoles huyen, las mujeres siguen a Jesús (Lc 23,49). José de Arimatea, oculto antes, ahora reclama su cuerpo (Lc 23,50-53). Lucas revela que, en la noche del mal, brillan luces inesperadas.
Hoy, cuando muchos se preguntan «¿Dónde estaba Dios en mi dolor?», la Pasión responde: «En el migrante que ayuda, en el médico que agota turnos, en el joven que cuida a su abuelo». El Reino avanza con los valientes que, como el buen ladrón (Lc 23,40-43), eligen compasión incluso al borde del abismo.
5. «Porque Tú estás conmigo»: La dignidad del que sufre
Lucas no se recrea en los latigazos, sino en los gestos que revelan divinidad:
Jesús cura la oreja del soldado (Lc 22,51).
Consuela a las mujeres de Jerusalén (Lc 23,28).
Promete el Paraíso al ladrón (Lc 23,43).
Hoy, en una cultura que ignora a los frágiles, Cristo nos desafía: el dolor no nos hace menos humanos, sino más dignos. Como José y las mujeres, que preparan aromas «reposando el sábado» (Lc 23,56), aprendemos que, tras la noche, siempre llega el alba.
Conclusión: ¿Por qué Lucas escribe así?
Porque sabe que la Cruz no es el final. La serenidad de su relato es la calma de quien confía en la Resurrección. Hermanos, en un mundo que grita «¡Sálvate a ti mismo!» (Lc 23,35-39), Jesús muere diciendo «Padre, perdónalos». He aquí la Buena Noticia: el amor es más fuerte que la muerte. Y si Él transfiguró el fracaso en gloria, ¿qué no hará con nuestros dolores, si se los entregamos?
El cuarto evangelio nos muestra a un Jesús, lleno de energía durante su pasión y muerte. El autor del cuarto evangelio, el llamado “discípulo amado”, conocía muy bien a Jesús. Había sido su confidente, su mejor amigo. Por eso, lo que nos dice sobre la Pasión y Muerte de Jesús, merece toda nuestra atención.
Hoy, viernes santo, la madre Iglesia quiere escuchar su relato de la pasión. Entre otras cosas, porque no quiere que nos centremos en la tragedia del Calvario en sus aspectos más externos, sino más bien, quiere que nos encontremos en este día con el auténtico Jesús del Vienes Santo. El discípulo amado es el mejor testigo para hablarnos de Él. Estuvo con Jesús en la última Cena, lo siguió a casa del Sumo Sacerdote. Estuvo junto a la cruz de Jesús. Fue el último confidente del Señor y uno de los primeros en verlo resucitado.
Me llama la atención la forma de hablar de Jesús, según el relato que nos hace el cuarto Evangelista. Fijémonos en algunas de sus palabras:
¡Yo soy! ¡Dejad marchar a éstos!
¡Mete la espada en la vaina! Si he hablado mal, muestra en qué, si no ¿por qué me hieres?
¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?
¡Mi reino no es de este mundo!
¡Todo el que es de la verdad escucha mi voz!
¡No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado!
“Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”.
¡Tengo sed!
¡Está cumplido!
Estas palabras no son las de un hombre fracasado, ni deprimido. Jesús podría tener razones para sentirse el más fracasado del mundo, pero ¡no! tenía una energía interior admirable. En medio del sufrimiento más oscuro, tiene una energía que todo lo supera. Jesús no es una víctima. Es señor hasta el último momento. Sus verdugos, quienes lo quieren juzgar, quienes lo condenan, son ¡las víctimas de su no-violencia!
Y es que, hermanas y hermanos,
tiene más fuerza el amor que el odio,
tiene más poder una mujer capaz de dar a luz un niño, que un herodes que mata a centenares de niños,
tiene más poder quien enciende una luz, que quien apaga las luces de una ciudad.
Jesús, con su amor, sintiéndose amado por Dios y amando hasta el extremo, tenía en sí mismo energía suficiente para superarlo todo y para vencer amando a quienes lo mataban.
Al final ¡venció el Amor! ¡el Amor de los Amores!
¿No lo habéis visto en el rostro de las personas que aman mucho? ¡Cuánto poder tienen! ¡Nada las vence!
Borrad resentimientos.
Acabad con la crítica permanente a los que os son contrarios.
Perdonad sin condiciones.
Amad sin condiciones.
Sólo así seréis, seremos, hermanos de Jesús y tendréis el señorío que Él tuvo cuando se despidió de nosotros.
Gracias, Discípulo Amado de Jesús, por estas bellísimas páginas sobre el fin de Jesús, que nos dejaste. Gracias, porque cada año que las proclamamos nos parecen nuevas. Tú, que tanto amaste a Jesús, enséñanos a amarlo, a dar la vida por Él. Enséñanos el arte de la no-violencia, del no-resentimiento. Haz que hagamos del amor, como tú, nuestra “arma más poderosa”.
Hace muchos años, el gran teólogo católico Hans Urs Von Balthasar escribió un famosísimo libro titulado “Mysterium paschale: la teología de los tres días”. Viernes santo, Sábado santo y Domingo de Resurrección.
En el centro el Cuerpo de Jesús
Jueves, Viernes y Sábado Santo son los días en los cuales nuestra atención se centra en el “cuerpo de Jesús”. Los pasos de la Semana Santa nos lo muestran. Hacia ese cuerpo se dirigen las miradas. Ante ese cuerpo se emocionan los corazones. Parece que carga sobre sí todo el dolor del mundo. En su rostro vislumbra la gente su propio dolor: el ya sufrido, el que ahora le acongoja, el dolor que de seguro vendrá.
Los artistas han sabido plasmar en sus imágenes de Semana Santa un cuerpo de Jesús en situación límite e incluso muerto sin que por ello parezca un cuerpo desahuciado y vencido. Año tras año, generación tras generación se repite el mismo espectáculo y surgen las mismas emociones. ¡Y todo tiene como foco… el cuerpo de Jesús!
En el Cenáculo de Jerusalén
Allí está reunido Jesús con sus discípulos para celebrar “la última Cena”, la “Cena de despedida”, “la cena del Adiós”, la “cena del Testamento”.
Los grandes patriarcas del Pueblo de Dios hacían de la última cena o comida con sus hijos la “cena del Testamento” (Jacob en Gen 48-49). Jesús también hace su Testamento. El cuarto evangelista inicia el relato de la Cena con estas palabras: “Amó a los suyos que estaban en el mundo y los amó hasta el final (telos)” (Jn 13, 1).
Pero también se manifiesta el mal, el diablo que actúa a través de uno de los discípulos, Judas, que lo traiciona y entrega a los judíos para que lo eliminen.
El símbolo del lavatorio de los pies
“Durante la cena Jesús vierte agua en una jofaina y comienza a lavar los pies de los discípulos y a secarlos. Culturalmente, la parte inferior del pie se consideraba una parte deshonrosa del cuerpo. El lavado de los pies de otra persona lo realizaba un esclavo o una persona de estatus inferior (1 Sam 25:41). Jesús le dio tal importancia a este gesto. Ante la negativa de Pedro, lo puso ante la alternativa de: “o te lavo y estás de mi parte, o no te lavo y estarás contra mí”.
Los cuerpos de los discípulos tienen vocación de in-corporación para formar todos “un solo cuerpo” en Jesús. Se trata de una primera comunión a través del tacto. Y Jesús añade: ¡laváos los pies unos a otros! ¡Honrad vuestros cuerpos! ¡Bendecíos mutuamente! ¡Alejáos de cualquier forma de violencia corporal!¡Haceos siervos los unos de los otros! ¡Dad la vida los unos por los otros!
El símbolo del Pan eucarístico
Franz von Stuck, Pietà, 1891
Sigue la cena de despedida… y de nuevo aparece el Cuerpo. Esta vez tiene la “sagrada forma” de pan: pero no solo de pan, sino de pan dentro de un escenario de interrelación: ¡de pan entregado! Es el pan de la comida, es el pan que Jesús parte y reparte: “Tomad, comed, ¡esto es mi cuerpo!”
No se trata sólo del pan, sino del pan partido y distribuido por las manos mismas de Jesús. Él habla de un cuerpo que rebasa sus límites, de un cuerpo que toca, que se acerca, que quiere ser tomado, comido… hasta entrar en el otro cuerpo: “vosotros en mí y yo en vosotros”. El pan-cuerpo tiene una existencia pasajera y transitiva: lo acucia la impaciencia de ser comido y desaparecer en el cuerpo de los discípulos. “Pharmacon athanasías” o “medicamento de la inmortalidad” lo llamaban los antiguos cristianos.
El cuerpo-pan vivifica al cuerpo que lo recibe: “quien come mi pan no morirá para siempre”. Quien comulga se incorpora al Cuerpo que todo lo sana, que resucita, que establece Alianza para siempre. Jesús quiere compartir su cuerpo y hacernos así sus con-corpóreos.
Estrechamente unida al cuerpo… también la sangre. Jesús transforma la escena anterior: ahora lleva en sus manos un cáliz. Derrama sobre él el vino; la entrega a cada uno de sus discípulos y les dice: “Tomad, bebed: esta es mi sangre, sangre de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”.
Jesús quiere compartir su sangre y hacernos sus con-sanguíneos. Para él, como hebreo, la sangre era mucho más que ese flujo líquido que recorre nuestras venas: era el símbolo de la vida, de su vida, que sólo encontraba su sentido des-viviéndose, entregándose. Por eso, también la sangre crea comunión, consanguinidad, Alianza para siempre.
El Sacerdocio fundamental
Jesús quiso que todos nosotros, sus seguidoras y seguidores formáramos el pueblo sacerdotal, o pueblo de sacerdotes. En el Bautismo somos todos consagrados sacerdotes de Dios. Pero en este día, celebramos el origen de una forma peculiar de sacerdocio: el de aquellas personas elegidas para servir y liderar al pueblo de Dios. Jesús le dijo una vez a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Ante la respuesta afirmativa, Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejitas”. Los pastores son muy tentados por el Maligno y pueden -como Pedro- negar al Señor, y convertirse en lobos del rebaño del Señor. Roguemos por ellos, para que no caigan en la tentación.