¡OJALÁ ESTUVIERA YA ARDIENDO!
La segunda lectura de hoy comenzaba así: Hermanos, una nube ingente de espectadores nos rodea. Se refiere a los grandes personajes del AT de los que ha venido hablando en capítulos anteriores. A ellos nosotros podríamos añadir otra lista, seguramente más larga, de testigos y santos que se han jugado el pellejo por ser fieles al Señor. En su gran mayoría fueron personajes incómodos para su tiempo, por su estilo de vida y por los valores que intentaban vivir con radicalidad: el puro Evangelio. No pocas veces encontraron oposición y rechazo dentro de la propia Iglesia.
Todos esos espectadores están contemplándonos, como preguntándonos: «¿Y vosotros qué?¿estáis corriendo la carrera que os toca? ¿tenéis puestos los ojos fijos en Jesús o en otras cosas?». Porque al mirarle se hace evidente que soportó la cruz y el desprecio, y la oposición de los pecadores. Porque el Reino que él anunciaba y al que dio comienzo… provocó y provoca el rechazo de muchos.
El Jesús que nos encontramos en el Evangelio de hoy es muy poco «dulce», bastante intranquilizador y que plantea las cosas claras: ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. Y también: He venido a prender fuego en el mundo. Es decir: Que seguir a Jesús no es cómodo, no es tranquilo, no estamos exentos de desprecios y rechazos, como tampoco lo estuvo él. Por ejemplo: Hay que estar dispuesto a beber el mismo cáliz que él bebió; hay que negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirle cada día. Por eso son muy relevantes las palabras de la carta a los Hebreos: Quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata.
Y es que hoy, los cristianos necesitamos bastantes dosis de aguijón, salir de nuestra mediocridad. No basta con ser buenas personas o no hacer cosas mal vistas; no es suficiente con ir a misa los domingos y rezar un poco de vez en cuando o hacer alguna obra de caridad. Tenemos que convertirnos en profetas, al estilo de Jeremías, y hacer oír nuestra voz:
– Hacen falta cristianos que se tomen en serio el mundo de la política, donde nos jugamos tantas cosas, y nos muestren lo que es la ética, honestidad y la vocación de trabajar generosamente por los demás.
– Hace falta que los cristianos se impliquen mucho más en la educación de los niños y jóvenes: los planes de estudios, las materias a las que se da prioridad y a las que no, los sistemas de evaluación…
– Es necesario que se oiga mucho más la voz de los cristianos en el mundo del trabajo y de los sindicatos y de los medios de comunicación.

– Es urgente que los cristianos unamos nuestras voces y acciones en la defensa de la vida en todas sus dimensiones y de la ecología
– El mundo de hoy necesita testigos del amor, cristianos que vivan muy en serio el sacramento del matrimonio y demuestren que, con ayuda de Dios, se puede ser fiel y feliz
– Hace falta poner freno a este consumo desenfrenado que se hace a costa de los países más pobres y de la gente más pobre, y en el que la riqueza esté en muy pocas manos
– Los cristianos tenemos mucho que enseñar sobre lo que significa la tolerancia, ya que sabemos que todos los hombres somos hermanos, por encima de razas, religiones, sexo y opciones personales.
– Es necesario que los cristianos demos ejemplo de cómo se puede querer y cuidar a nuestros mayores, a los enfermos, y a los marginados de todo tipo. Que se nos vea participar en voluntariados y acciones solidarias.
– Necesitamos que los que nos llamamos cristianos, no nos avergoncemos de serlo y expresarlo, que no nos lo guardemos para dentro, y que construyamos una Iglesia y unas comunidades cristianas mucho m´s participativas y bastante menos clericales (sinodalidad)
Las palabras «ardientes» de Jesús en el Evangelio brotan de un corazón apasionado, que desea grandes cambios, que quiere purificar (destruir) con el fuego del Espíritu todo lo que no es de Dios, todo lo que impide el avance del Reino, todo lo que no es proyecto de Dios. Y ese corazón apasionado... le llevará hasta la Pasión (su bautismo de fuego).
Este mundo necesita un vuelco. Necesita discípulos de Jesús más comprometidos y renovadores. Mientras haya tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanto «antirreino», no podemos vivir conformados, amodorrados, en el «limbo». ¡Ay si hablan bien de vosotros!, decía Jesús. Pues no: tendremos que plantar cara a quien sea, incluso dentro de la propia familia, entre los amigos, y hasta dentro de la propia Iglesia, porque hay muchas opciones y estilos de vida, y opiniones y criterios… incompatibles con el Evangelio.
Termino con estas palabras de Hebreos: «No os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado». Contra el pecado del mundo, y el pecado de «conformarnos» y dejarlo todo como está. Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca.
Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior José María Morillo


Este samaritano, considerado un hereje por los judíos, sencillamente, responde a la necesidad de un herido, inventando toda clase de gestos para aliviar su sufrimiento y restaurar su vida.
Durante muchos siglos, la tarea evangelizadora, la acción misionera, la responsabilidad en las comunidades cristianas ha estado casi totalmente en manos de los que llamamos «pastores», del clero. O si acaso de algún laico bajo la supervisión total de algún ministro ordenado. Conocemos algunas pocas pero notables excepciones, generalmente en «tierra de misión». Así, la palabra «vocación» todavía es sinónimo -en la cabeza de muchos- de «vocación sacerdotal o religiosa». 
La primera lectura nos ha presentado a un hombre conduciendo unas yuntas de bueyes, unas detrás de otras. Él sujeta la última. Esta estampa nos resulta insólita hoy en nuestros campos, aunque no en otros rincones del mundo. Podemos deducir que Eliseo es un labrador bastante rico, pero que su trabajo es duro porque necesita la fuerza de 24 bueyes para conseguir hacer los surcos en el terreno. También podemos suponer que, mientras Eliseo avanza lentamente, irá haciendo sus cálculos sobre la cosecha, planeando, tal vez, comprar una nueva pareja de bueyes. Y, seguramente, soñando cuando pueda tener algunos criados que le hagan el trabajo, sin tener que quemarse al sol ni empaparse con la lluvia.

♠ Lo primero es que Jesús realizó ese gesto «antes de ser entregado». Al despedirse de los discípulos, toma un trozo de pan, y dice «esto soy yo, este es mi Cuerpo» y lo pone en manos de cada discípulo. Es decir: literalmente se está poniendo «en sus manos» antes de su muerte, de manera que es responsabilidad de cada uno de los que reciben ese pan el que Jesús siga vivo y actuando en adelante. Igual que Jesús puso su vida en las manos del Padre en la cruz, también se puso en nuestras manos antes de ser entregado. Y cada vez que recibimos el Pan, estamos expresando nuestra disponibilidad para ser presencia viva suya.
♦ Φ No es indiferente lo que digamos de Dios, porque afirmamos estar hechos «a su imagen y semejanza». Por lo tanto, si no comprendemos siquiera un poco cómo es Dios… no sabremos cómo es el hombre, o qué está llamado a ser. Incluso podemos afirmar: «Dime cómo es tu Dios y te diré qué es para ti el ser humano».
§ Su deseo y su proyecto salvador consiste en estar cerca de nosotros, encontrarse con nosotros, ayudarnos a ser felices y eso le llevó a la «locura» de poner su tienda entre nosotros, a ser uno de nosotros, a HUMANIZARSE en JESUCRISTO, a ser barro como nuestro barro, de tal modo que podemos decir sin exagerar que cuanto más humanos/personas seamos, más nos parecemos a Dios, más hacemos su voluntad, más contento le ponemos. El Dios humanizado que es precisamente Jesús de Nazareth nos muestra que cuanto más libres somos, cuanto más desarrollamos nuestras capacidades, cuando más nos entregamos a los otros… más nos parecemos a Dios, más somos imagen de Dios.
Aquel gran guitarrista que fue Andrés Segovia, convirtió la guitarra española de ser simplemente un instrumento «popular, en un instrumento de conciertos. Dio un memorable recital de guitarra en «La Herradura», un pueblo de la costa granadina (España), donde residió los últimos años de su vida. Antes de comenzar, relató con gracejo cómo nació su vocación, su despertar a la música. Se remontó a los años de su infancia. En Linares (Jaén, España), su pueblo natal, pasaba de vez en cuando un curioso personaje, que llevaba los utensilios más variopintos y traía ilusión especialmente para los niños. Toda una cacharrería ambulante: libros exóticos, cromos de todos los colores, mariposas disecadas, juguetes para los críos, muñecas vestidas de azul para niñas… Los iba sacando con manos de prestidigitador, ante los ojos maravillados de los más pequeños. De pronto, aquel hombre sacó una guitarra y empezó a tocarla. Aquel niño que era entonces Andrés Segovia nunca había visto una guitarra, nunca había oído su armonía. “Entonces -contó Andrés Segovia- yo recordé la música”.
Todas las palabras -también las de Jesús en el Evangelio, las que vamos escuchando una y otra vez en cada liturgia, en nuestra oración personal, en ciertas conversaciones o lecturas- están dormidas, sepultadas tras una capa de ceniza, bajo un manto de rescoldo. Con cuánta frecuencia las palabras nos llegan como sonidos polvorientos y pasajeros, sin sentido, con mensajes que no descubrimos… Pero algunas se esconden y permanecen por ahí adentro.
♦ Φ Me tiene que ayudar a descubrir y rescatar lo esencial, lo mejor de mí, la imagen de Dios en mí… de modo que yo pueda irme quitando tantos polvos y cenizas inútiles, que otros e incluso yo mismo, han ido ahogando la voz de Dios en mí.
Del mismo modo que nadie fue testigo visual del hecho de la «Resurrección de Jesús», también hay que decir que nadie fue testigo de la «Ascensión de Jesús», a pesar de los conocidos relatos que acabamos de escuchar. y la numerosa y bellísima iconografía artística que reproduce tal cual esta escena. Habría que empezar por aclarar qué entendemos por «cielo» y qué significaría en tal caso «subir al cielo». Nadie piensa al rezar el «Padrenuestro que estás en los cielos», que a Dios se le podría localizar en alguna parte por entre los planetas y galaxias, por muy buenos telescopios que construyamos. 

Los católicos tenemos bastante clara la presencia de Cristo en la Eucaristía, y nos provoca sincera devoción y para muchos es el centro de su vida espiritual. Sin embargo, debiéramos profundizar y dar mayor relevancia a las otras presencias indicadas. En particular voy a referirme a la última, ya que nos ha dicho hoy Jesús: «El que me ama guardará mi palabra». El Concilio Vaticano II, citando a San Jerónimo, nos recuerda: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» y añade: «Recuerden que a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras».
¿Cómo podemos mostrar amor por los «Judas» de nuestra vida, que nos han hecho tanto mal? ¿Cómo podemos amar a esas «personas tóxicas», cuya presencia nos daña, nos desgasta, nos hace perder la paciencia y los nervios, nos fastidian…?
Y sólo sería «mandamiento» en la medida en que hayamos experimentado la 2ª parte de la frase «como yo». Cuando alguien se siente amado, se sabe amado… se hace capaz de amar, desborda sobre otros su amor. Y en el caso de Jesús muchísimo más. Esta es la clave de su «mandamiento»: TRANSMITIR LO QUE HAYAMOS RECIBIDO Y EXPERIMENTADO DE ÉL. Si nos hemos sentido acompañados, sanados, perdonados, regalados, etc por él… seremos capaces de hacerlo con los otros. Será su Amor en nosotros el que sea capaz de amar así.