DOMINGO XXIX. TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

LA AUDACIA DE LA ORACIÓN: “no sabemos orar como conviene”

Hoy, Domingo 29, nos narra Jesús una parábola muy breve. Se atreve a comparar a Dios con un juez perverso-que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Y a compararnos a nosotros con una pobre “viuda” que insistentemente pedía justicia. Y todo esto para enseñarnos a orar, porque no sabemos orar como conviene. 

La parábola

El juez y la viuda vivían en la misma ciudad.

Había muchas viudas en tiempos de Jesús: se casaban muy jóvenes; sus maridos morían antes que ellas; también las repudiadas en su matrimonio eran consideradas “viudas”. En aquella sociedad patriarcal, indefensas, eran objeto de muchas injusticias e incluso no les estaba permitido presentarse en persona ante un tribunal.

La mujer viuda era una víctima de injusticias y abusos. Recurrió al juez para que dictara sentencia contra su adversario.

La viuda -que Jesús diseña en esta parábola- era, no obstante, muy audaz. Ante el juez insistía una y otra vez pidiendo justicia contra su adversario.  

¿Y cuál fue la respuesta del juez? Jesús lo presenta dialogando consigo mismo (¡un monólogo!) y diciéndose lo siguiente -traducido en nuestro lenguaje-: “¡Esta mujer me saca de quicio! ¡Siempre con problemas! ¡No la aguanto! ¡Estoy harto! ¡Le haré justicia porque si no va a acabar conmigo, ¡abofeteándome! (¡el término griego aquí utilizado era propio del boxeo en aquel tiempo!). 

Y aquí concluye el breve relato. Pero Jesús continúa, sorprendiendo a todos: 

“Oid lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Os aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.”

Lc 18, 6-8

Si un juez injusto en su hartura hace justicia, el justo Juez, nuestro Dios, ¿no va a responder a sus elegidos, que le suplican día y noche? Sí, responde Jesús. Y añade: ¡en un abrir y cerrar de ojos!

¡No sabemos orar como conviene! 

Nos lo dice san Pablo en el capítulo octavo de la carta a los Romanos. Pero añade: “el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda”; y nosotros podemos añadir: “también Jesús viene en nuestra ayuda con la parábola de la viuda y el juez”, y ¿cómo no? Cuando nos enseñó a orar con el “Padrenuestro”.

Con cuánta frecuencia los cristianos rezamos el Padrenuestro. Pero ¿sabemos bien lo que decimos? No es una oración para resolver “mis problemas”, no es una oración por “los míos” o “lo mío”. El “nosotros” está omni-presente en la oración de Jesús. La oración posibilita la conexión entre el cielo y la tierra. En esa conexión ¡todo se resuelve! La oración nos pone en contacto con el Creador del cielo y la tierra, con el Providente y Sustentador del universo, con el Dios que tanto ama al mundo…

Oraciones peligrosas

Un autor Craig Groeschel ha escrito un libro titulado “oraciones peligrosas”. Y dice que en ese tipo de oración Dios actuaría interrumpiendo nuestros planes egocéntricos y nos orientaría hacia el “Hágase tu voluntad”. Nos preocuparíamos mucho más de los demás. Renunciaríamos a controlar nuestra vida y a confiar más en Él. La oración no nos haría “perfectos”, pero sí extraordinariamente “inquietos”. 

Es el tiempo de cambiar nuestro modo de orar. Es el tiempo de buscar a Dios apasionadamente, con todas las fibras de nuestro ser. Abandonarnos a él. Es el tiempo de comenzar a orar oraciones peligrosas. Si quieres que tu vida cambie, ora audazmente. Si oras con audacia tu vida no será la misma nunca más.

Busca a Dios y sueña en grande. Rechaza el miedo a fracasar. Es el tiempo de aventurarse. De confiar. De ser temerario, de creer. Es el tiempo de orar alzando los brazos, como Moisés, y vencer. 

El gran teólogo Johan Baptist Metz se preguntaba: ¿cómo es posible que rezando tantísimas veces “¡Venga a nosotros tu Reino!” o el “pan nuestro de cada día, dánoslo” no haya llegado el Reino y el hambre siga presente en el mundo? ¡Excelente pregunta! La viuda del evangelio y Moisés nos dan la respuesta. ¡Hay que insistir! ¡Mantener elevadas nuestras manos hacia el cielo! La oración salvará al mundo.

José Cristo Rey García Paredes, cmf

DOMINGO XXVIII. TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

LA GRACIA DE LAS GRANDES OPORTUNIDADES

 

 

La inspirada canción de la artista chilena Violeta Parra ¡Gracias a la Vida que me ha dado tanto…! nos sigue hoy impresionando. La Gracia nos sale al encuentro y nos acosa de mil formas: son las grandes oportunidades que se nos presentan. Los italianos suelen decir cuando una de esas oportunidades se pierde: ¡peccato! Y es verdad, en eso consiste el pecado: en desaprovechar y perder una gran oportunidad. A no desaprovecharlas nos invita la Palabra de Dios proclamada en este domingo 28, a través de tres personajes que aprovecharon su oportunidad: el sirio Naamán, el leproso samaritano y Saulo de Tarso. 

Naamán:  “al final cedió… y se sanó”

Naamán el jefe sirio se vio invadido por la lepra. Buscó denodadamente la curación, pero no la hallaba. Una joven israelita, sierva suya, le sugirió un encuentro con el profeta Eliseo. Naamán le hizo caso; pero la experiencia le resultó absolutamente decepcionante: no fue recibido personalmente por el profeta, sino por un siervo que le transmitió lo que debía hacer: ¡bañarse en las aguas del río Jordán! Ante la insistencia de sus acompañantes Naamán se decidió a jugarse la última carta. Al bañarse en el Jordán su carne rejuveneció como la de un niño: aprovechó la oportunidad de Gracia y la Gracia aconteció. 

Hay entre nosotros quienes prefieren la costumbre a la novedad, lo ya sabido al riesgo, la mediocridad, la medianía. “Lo peor no es tener un alma perversa, sino un alma acostumbrada”. Naamán el leproso, fue un ejemplo de inconformismo. No quiso reconciliarse con su enfermedad… buscó… y encontró. El mismo Jesús lo puso como ejemplo ante la gente acostumbrada de Nazaret, sus paisanos.

El “extranjero” agradecido era “samaritano”

 

Jesús iba de camino Jesús hacia Jerusalén, donde presentía su final. En medio del camino llegó a una periferiaun espacio reservado para leprosos judíos y samaritanos. Éstos le gritaban pidiendo auxilio, querían aprovechar la oportunidad de un encuentro con el Gran Taumaturgo. Jesús les atendió y les ordenó presentarse ante los sacerdotes de Jerusalén. ¡Quien sabe si con ello quiso decirles: “¡Seguid mi camino, que yo también me encamino hacia Jerusalén!”.  En el camino todos sanaron, pero sólo uno se acercó a Jesús para agradecérselo. ¡Era samaritano! Para él era suficiente mostrarse ante su gran Sacerdote, que era Jesús. La experiencia de la Gracia se convirtió en él en acción de gracias.

El perseguidor transformado

Saulo de Tarso tenía el alma enferma: perseguía, encarcelaba, respiraba amenazas de muerte contra el grupo de los seguidores de Jesús. Jesús resucitado le salió al encuentro y con su Luz lo cegó y lo derribó…  Saulo perdió la visión. Entró en la oscuridad. Descubrió que Alguien había tocado su vida. ¿Quién eres? Preguntó. “Jesús a quien tú persigues”, respondió.

Saulo no pudo resistir a tanta gracia. Cuando se le abrieron los ojos, renació a una nueva visión, a una nueva vida. Llegó a decir: “No soy yo quien vive, es Cristo Jesús quien vive en mí”. Pablo confesaba que siempre que no se lo merecía… pero fue agraciado. Por eso, repetiría tantas veces: ¿qué tienes que no hayas recibido? 

Conclusión

También a nosotros nos puede sorprender cualquier día una Gracia inesperada.¡No desaprovechemos las oportunidades de Gracia que la vida nos ofrecen! No seamos impacientes como Naamán: esperemos el momento de la Gracia, a pesar de las apariencias. No seamos desagradecidos como los nueve leprosos judíos, que después de sanar, se olvidaron de Jesús. No nos dejemos llevar -como Saulo de Tarso- por el odio, el resentimiento, por la ceguera, porque eso nos hace enemigos de Jesús 

¡Seamos agradecidos! “No demos por supuesto el agradecimiento”: ése es el culto que agrada a Dios: como Naamán cuando recuperó su cuerpo sana como el de un niño recién nacido, como el leproso Samaritano que, emocionado le dio las gracias a Jesús; como Saulo de Tarso, convertido en un gran apóstol de Jesús, San Pablo.

¿Oportunidades gracia? Tendremos muchas en la vida. Estemos atentos. Aprovechémoslas y también nosotros podremos cantar Gracias a la Vida… sí la Vida con mayúsculas que nos sale al encuentro en nuestra vida. Y no olvidemos ¡cada Eucaristía es, debe ser una acción de Gracias!

José Cristo Rey García Paredes, cmf

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO CICLO C

EL GRANITO DE MOSTAZA Y LAS TRES PREGUNTAS

Cuando nos miramos interiormente descubrimos que nuestra fe es débil, exigua: ¡que somos hombres, mujeres, de poca fe! Como los apóstoles le pedimos a Jesús: “Auméntanos la fe”; o como aquel padre a la espera de la curación de su hijo: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”. Y Jesús responde: si vuestra fe fuera como un granito de mostaza realizaríais portentos: una encina arrancada y llevada al mar, moveríais montañas. Jesús también responde con una de sus chocantes parábolas: la de las tres preguntas. Es el texto del domingo 27.

La tres preguntas de Jesús

La primera

¿Quién de vosotros, si tiene un siervo o criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “¡Enseguida, ven y ponte a la mesa”!?
La respuesta más espontánea y sincera de los oyentes sería: ¡No! ¡Nadie! A ninguno de nosotros, si somos el amo, se nos ocurrirá semejante cosa.

La segunda 

¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
La respuesta más espontánea sería ¡SÍ! El amo tiene razón: primero él, después su siervo.

La tercera

¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?
La respuesta más espontánea seria ¡No! No hay que estar agradecidos al criado porque ha cumplido lo mandado. 
He aquí el resultado de las tres preguntas: No, Sí, No. 
¿Por qué Jesús hace su parábola en forma de preguntas? ¿Porqué presenta “lo evidente” en forma de “interrogante”? Porque quiere involucrar en el relato a cada uno de sus oyentes. 
Es como si Jesús nos dijera: si tú fueras un amo y tuvieras un siervo, ¿cómo te comportarías con él? ¿le servirías?, o ¿le dirías simplemente “¡sírveme primero a mí!? Y si tu siervo hiciera lo que le pides, ¿deberías agradecérselo? 

Una primera enseñanza: servidores de Dios sin condiciones

El esclavo -en el contexto cultural de Jesús y sus discípulos – dependía totalmente de su amo: le estaba totalmente sometido. El amo determinaba su vida, lo mantenía; y no tenía que agradecerle su servicio, ni alabarlo.
Del mismo modo nosotros somos “siervos de Dios”: dependemos total y absolutamente de Él. Nos sometemos a su voluntad porque es el Señor quien determina, manda, a quien hemos de obedecer. Los creyentes debemos de trabajar por la causa de Dios hasta la extenuación. No hemos de pensar en agradecimientos, en recompensas, en méritos. Lo nuestro, es decir: “siervos inútiles” somos… hemos cumplido con nuestro deber” (Lc 17,7-10). 

Segunda enseñanza: un cruce de parábolas

Jesús propuso otra parábola de unos siervos a quienes su Señor sí los sirvió (Lc 12,35-38). El que regresaba a casa no era un siervo, sino el mismo Señor, después de un banquete de bodas. Al ver que sus siervos le esperaban -ceñidas las cinturas y encendidas las lámparas y le abrieron al instante cuando llegó y llamó-, se conmovió, los proclamó dichosos y él mismo, el Señor, se ciñó la cintura, les hizo sentar a la mesa y acercándose les servía” (Lc 12,35-38).
Quien evocara esta parábola habría respondido a la primera pregunta de Jesús en el evangelio de hoy ¡Sí! Recordémosla: ¿Quién de vosotros, si tiene un siervo le dice cuando vuelve del campo: “¡Enseguida, ven y ponte a la mesa”!? Así lo hizo el Maestro. Os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis lo mismo unos con otros, les dijo Jesús a los apóstoles en la última Cena.

Conclusión

“Auméntanos la fe”. Aumenta la fe cuando actuamos como “siervos” y no “pensamos en grandezas”, en recompensas para nuestros méritos, ni en ser servidos. Aumenta nuestra fe, cuando vivimos alerta, para descubrir los signos de la Presencia que viene de nuestro Dios, aunque sea de noche. Aumenta nuestra fe, cuando dejando casa,, familia, propiedades por Jesús… recibimos cien veces más y la vida eterna” (Mc 10, 29-30), y se nos promete “un tesoro en el cielo”. Por eso, quienes se reconocen siervos inútiles se convierten para muchos en bendición.

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO CICLO C

UN ABISMO NOS SEPARA ACÁ… PERO MÁS… ALLÁ

El relato evangélico del domingo XXVI es estremecedor, a pesar de la cortesía que manifiestan todos sus personajes. Jesús les cuenta a unos “amigos del dinero” lo que él imaginaba que sucedería entre Abraham y dos de sus hijos: un mendigo y un rico. Aunque en su parábola Jesús no menciona a Dios directamente, sí lo hace indirectamente porque Lázaro significaba “¡Dios ayuda!”. La parábola se divide en tres escenas: la primera en el palacio del rico, la segunda en el palacio del cielo y la tercera el diálogo entre el rico y Abraham.

El contraste: primera escena 

Nos sitúa en el palacio del rico: un hombre espléndidamente vestido (púrpura y lino blanquísimo y fino), que todos los días banqueteaba. A las puertas de aquel palacio había un pobre -que se llamaba Lázaro- casi desnudo, hambriento, cubierto de llagas, que perros sin dueño le lamían. Esperaba alimentarse con las sobras del banquete. Pero nadie le atendía.

La sorpresa: segunda escena 

Murieron los dos: el rico fue llevado al sepulcro; Lázaro fue llevado por los ángeles al “seno de Abraham”, es decir a recostarse como invitado de honor delante de Abraham en el banquete del Reino de los cielos. Jesús había dicho en otra ocasión: “muchos vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el reino de los cielos”. ¡El contraste es estremecedor! Aquí podemos recordar las palabras de la madre de Jesús en el Magnificat: “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

Dos peticiones, una imposible, otra innecesaria: tercera escena 

El rico suplica a Abraham que le envíe a Lázaro y refresque un poco su boca seca ante los tormentos del fuego. ¡Imposible! le responde Abraham: la distancia es inmensa, como la existente entre “bienes” y “males”. 

Entonces el rico le hace otra súplica al parecer muy generosa: le suplica a Abraham que, si no a él al menos les envíe a Lázaro a sus hermanos para que cambien su estilo de vida. Abraham le responde que no es necesario: ¡ya tienen a Moisés y los Profetas! Si no hacen caso a éstos, tampoco lo harán a un muerto que resucite. 

¿Una parábola dirigida también a mí?

Los destinatarios del relato de Jesús fueron algunos fariseos que “eran amigos del dinero” (fil, argiroi) y se burlaban de Jesús. A ellos Jesús les decía que el culto al dinero y culto a Dios son incompatibles. Hoy Jesús nos dice también a nosotros que la avaricia y la tacañería es una idolatría que nos distancia absolutamente de Dios y de su Reino. Y también nos dice que la generosidad con los necesitados y la atención a ellos es la forma de ganarnos un tesoro y pagar la entrada para participar en el banquete del Reino de Dios. 

Para meditar:
VOS SOS EL DIOS DE LOS POBRES

José Cristo Rey García Paredes, cmf

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

GENEROSIDAD, INCLUSIÓN, SAGACIDAD

Generosidad, inclusión y sagacidad. He aquí las tres palabras que resumen el mensaje del profeta Amós, del apóstol Pablo y de Jesús, nuestro Señor en este domingo 25 del tiempo ordinario. 

El profeta Amós: ¡generosidad! Am 8, 4-7

¡Que nadie se sienta seguro con sus riquezas… injustas!

El profeta Amós proclama que la avaricia lleva a las mayores injusticias: explotación del pobre, despojo de miserable, vender y nunca dar. Así actúan hoy determinadas empresas, instituciones y también determinadas personas. La avaricia se oculta tras legislaciones logradas a base de corrupción. Las personas, instituciones y naciones avaras se benefician de todo, empobrecen a los demás, y actúan aparentemente “según lo legal”. El imperio de la avaricia hace imposible la gratuidad, empuja a la miseria a millones de seres humanos y maltrata a la creación. 

Amós concluye su profecía con una terrible amenaza a los avaros: “¡Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones! Escuchará el gemido de los pobres y ¡les hará justicia! ¡Que nadie se sienta seguro con sus riquezas injustas! Y el salmo 112 lo ratifica cuando proclama que Dios “levanta del polvo al desvalido, alza de basura al pobre”.

El apóstol Pablo: ¡inclusión! (1 Tim 2, 1-8)

Orar por todos… expresión de un amor sin fronteras. San Pablo nos habla en la segunda lectura -carta a Timoteo- sobre la inclusión: ¡Orar por todos, sin excepción!  La oración de intercesión es una forma privilegiada del amor sin reservas, sin excepción ni discriminación: “A vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian” (Lc 6,27; Mt 5,44)). La oración por los enemigos es expresión de amor.

La oración por las personas que nos dirigen y rigen, por nuestras autoridades civiles, es un ejemplo de la oración por todos. Quienes representan a nuestras naciones, a nuestros pueblos, necesitan de la energía secreta de nuestro amor orante para ejercer su misión para bien de todos. 

La actitud partidista nos impide orar por quienes nos dirigen, porque nuestro deseo interior es que pierdan sus puestos, que sean destituidos. Pablo, en cambio, nos pide amarlos, aproximarnos a ellos, orar por ellos.  Y el argumento que nos ofrece es éste: ¡Dios quiere que todos los seres humanos se salven!  

Jesús murió “por todos”. Él es el mediador de la humanidad donde existen tantísimas diversidades humanas. Jesús vino a llamar a los pecadores. Quiso la humanidad de la inclusión y nunca de la exclusión, de la reconciliación y el perdón y nunca del enfrentamiento y la guerra. 

Jesús, nuestro Señor: ¡sagacidad! (Lc 16, 1-13)

¡Sagacidad para ser acogido y participar en el Reinado de Dios y no quedar excluido!
Jesús nos habla en su parábola de un administrador que fue acusado de malgastar y dilapidar los bienes de su señor, de cometer un enorme desfalco. El propietario lo cita y le exige presentar toda la documentación. El administrador, consciente de haber cometido fraudes, hace escribir nuevos recibos -enormemente rebajados- en perjuicio de su amo y destruye los anteriores. Consigue de ellos así “el derecho de hospitalidad” de aquellos deudores a los que ha favorecido. 

Concluye ahí la parábola. El “señor” que alaba al administrador fraudulento es Jesús. No alaba su delito, sino su astucia y resolución, su imaginación y forma de calcularlo todo, su rapidez y eficacia, por convertirse en un “héroe inmoral”. Y esto es lo que le interesa a Jesús: que sus discípulos comprendan que en el reinado de Dios solo pueden tener por Señor a Dios. Quien tenga otros señores aparte de Dios estará dividido y tensionado. No se comprometerá, no arriesgará, no tendrá fuerza interior. El administrador fraudulento no hizo nada a medias. Se arriesgó. Fue a por todas. Y por esto únicamente Jesús lo admira y lo pone como ejemplo. En momentos difíciles hay que ser sagaces, jugárselo todo, como el “héroe inmoral” de la parábola (cf. Gerhard Lohfink, Las cuarenta parábolas de Jesús, EDV) .

El mensaje de este domingo se resume en tres palabras: generosidad, inclusión y sagacidad. Se necesita inteligencia, talento, cordialidad para poder entrar en la arriesgada escuela del seguimiento de Jesús.

José Cristo Rey García Paredes, cmf

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO C

LA OTRA PERSPECTIVA: ¡NO EL PECAR… SINO EL PERDERSE!

En lugar de emplear la terminología del “pecado”, las lecturas de este domingo XXIV nos hablan de “perdidos”, “perdición”, “extravío”.  Y nos presentan tres ejemplos: “Perdido y extraviado” estuvo el pueblo liberado de Egipto cuando se entregó idolátricamente a un dios extraño. “Perdido y extraviado” estaba Saulo cuando siendo un judío celoso de la ley perseguía a muerte a los cristianos, y en ellos a Jesús. Perdidos estaban los dos hijos de la Parábola cuando el más joven abandonó la casa y se fue a experimentar otro mundo, y el mayor se negó a entrar en la sala de fiesta.

Es interesante la perspectiva que Jesús adopta: no habla de “pecado”, sino de “pérdida”, de “extravío”. Perdida está aquella persona que desconoce dónde se encuentra exactamente, que ha equivocado el camino y no sabe ya adónde dirigirse. Pero Jesús también reconoce que cuando alguien se pierde, Dios mismo es el perdedor… y por eso ¡reacciona!

 

Pueblo “perdido” en la idolatría

Nos dice la primera lectura (Éxodo 32) que el pueblo liberado de Egipto, impaciente ante la aparente ausencia de Dios, no aguantó el aparente abandono y consintió que Aarón le hiciera un dios a su medida, como los dioses-ídolos de los pueblos vecinos. 

Moisés, el gran amigo de Dios, baja del monte de la Alianza y se topa con un pueblo “perdido”, que adora un becerro de oro. Siente en sí mismo los celos de Dios, cuando Dios le dice: “Déjame que encienda mi ira contra ellos y los aniquile”. Siente también en sí mismo la Fidelidad de Dios que se acuerda de la promesa de amor eterno que le hizo a Abraham, a Isaac, a Jacob. Dios vuelve en sí, se retracta y renueva su amor. Siente en sí mismo la fidelidad eterna de Dios que “se arrepiente de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”.

Pensemos un momento en lo que significa para cada uno de nosotros que “Dios se arrepiente por el inmenso amor que nos tiene”, cuando nos perdemos y adoramos a otros dioses.

Saulo, el perdido y recuperado

Debía ser un hombre recto, coherente, fiel a la Alianza… pero estaba “perdido”… porque se había abierto un “nuevo camino” y sin embargo, se empeñaba en continuar por el “viejo camino” que ya no llevaba a ninguna parte. En su viejo camino Saulo era blasfemo, violento, ignorante, perseguidor de la Iglesia. En su extravío Jesús le salió al encuentro, y lo eligió para conducir al buen camino a todos los extraviados. El mérito no fue de Saulo, sino de Aquel que se le apareció y lo eligió y lo nombró Pablo. “Yo soy el camino” 

Esa experiencia personal le llevó a ser el predicador del Evangelio de la Gracia, de la Misericordia de Dios hacia los extraviados. Su contenido es fantástico: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y no para condenarlos. Jesús es misericordioso, generoso, da vida, vida eterna.

¡Así es Dios! ¡Su misericordia es grande y fiel hasta el extremo!

¡Estaba perdido y lo hemos encontrado! El hijo pródigo, ¿y el hijo mayor?

¿No es la parábola del Hijo pródigo la parábola de los perdidos? Jesús nos presenta al padre como el gran perdedor: pierde al hijo menor, pero también se siente dolido ante la pérdida -por envidia- del hijo mayor.

La parábola no habla de algo que ya sucedió. Nos plantea algo que está hoy sucediendo: Dios-Padre contempla lo extraviados y perdidos que estamos muchos de sus hijos e hijas: unos porque son “los alejados”, otros porque aun estando “en casa” tienen su corazón “lejos”. 

Nos perdemos cuando nos olvidamos optamos por romper moldes, esquemas, por “ir a nuestro aire”. Perdidos, la vida se nos vuelve inaguantable. Recapacitamos y sentimos de nuevo la seducción de la casa, aunque lleguemos a ella “sin méritos”. Jesús nos dice, que el Padre nos espera y que se abalanzará hacia nosotros para abrazarnos. Más que Padre parece Madre. 

Nos perdemos también cuando no arriesgamos: nos quedamos en casa; Decía Charles Péguy que “lo peor no es tener un alma perversa, sino un alma acostumbrada”. Somos “el hijo mayor” cuando aparentemente cumplimos con todo, pero nuestro camino ya no nos lleva al Padre, sino que nos paraliza e incluso nos orienta hacia otra dirección: los amigos, que de alguna manera lo sustituyen.

Hemos hablado mucho en la Iglesia del “pecado”. Jesús nos habla más de la “perdición”, del “extravío”. Pecar es “perderse”, iniciar un camino hacia la pérdida total que es infierno. Pecar no es merecer un castigo, es ya en sí mismo un castigo que nos infligimos a nosotros mismos: optar por ir perdiéndonos y perdiéndolo todo. Es convertirse en “oveja perdida”, en “dracma perdida”.

Menos más que nuestro Dios providente sale en busca de la oveja, de la dracma, del hijo perdido -aunque tenga que abandonar todo lo demás-. Así nos lo dijo Jesús: “Ésta es la voluntad de Aquel que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día”(Juan 6,39); y también lo repite Pedro en su segunda carta: “No tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan” (2 Ped 3,9).

José Cristo Rey García Paredes, cmf

Para meditar:
SE MARCHÓ, SE MARCHÓ (Palazón)

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO C

¿QUIÉN PODRÁ RASTREAR LO QUE ESTÁ EN EL CIELO?

La respuesta

Las lecturas de este domingo nos ofrecen una respuesta negativa, otra positiva, una advertencia y un ejemplo

  • La respuesta negativa: “Nosotros somos incapaces”. Nuestra inteligencia es frágil. Nuestro razonamiento es inseguro. Nuestro cuerpo oprime nuestro espíritu y no lo deja libre y en paz (Sab 9, 13-15).  
  • La respuesta positiva: Es posible si Dios nos concede el don de la sabiduría, si nos envía su santo Espíritu desde lo alto (Sab 13,16-18). Es posible si uno se hace discípulo de Jesús. Y ser discípulo de Jesús requiere -según el evangelio que acabamos de proclamar: ir inmediatamente detrás de Él cargado con la cruz. Entre Jesús y el discípulo no se interpone la familia, ni siguiera el propio ego, ni tampoco los bienes o propiedades (Lc 14,25-27.33). San Benito condensó esta exigencia en una famosa frase: “No anteponer nada a Cristo”.

La advertencia y el ejemplo

  • Una advertencia de sabiduría (Lc 14, 28-32): Sin embargo, Jesús nos alerta ante cualquier tipo de inconsciencia o precipitación. Nos dice: ¡Piénsatelo, si quieres ser mi discípulo o discípula! Vete preparando tus recursos pues tienes que construir algo grande y no lo puedes dejar a medias; porque tienes que entablar una gran batalla y no puedes perderla. Sí así lo haces, me seguirás. 
  • Un ejemplo: al cristiano Filemón se le fugó un esclavo llamado Onésimo. Providencialmente este esclavo cuidó en la cárcel a Pablo “prisionero por Cristo”. Pablo, a su vez, lo evangelizó, lo bautizó, y el esclavo se convirtió en “discípulo de Jesús”. Pablo lo recomendó a Filemón, pero desde nueva identidad de Onésimo: ¡era un discípulo de Cristo! Por tanto, le pide al amo que ahora lo acoja no como siervo, sino como “hermano”. Quien sigue a Jesús ve cómo se transforman las relaciones con los demás. 

Nunca presumamos de tener las claves del “discernimiento de la voluntad de Dios”. Nuestro Consejero y Maestro es el Espíritu Santo que se derrama sobre nosotros cuando quiere, donde quiere y en la forma que quiere.

Más que conocer la voluntad de Dios, hemos de clamar como Jesús nos enseñó: “Hágase en mí tu voluntad” , o como María nuestra madre “Fiat”, o como el Hermano Carlos de Foucauld, “Padre me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias… lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas”.

José Cristo Rey García Paredes, cmf

Confirmaciones

El Espíritu Santo se manifiesta cuando quiere y como quiere. Así ha sido en esta parroquia en la celebración presidida por el Cardenal claretiano P. Aquilino Bocos. Dos jóvenes universitarias, un profesional pronto a crear una familia, una bibliotecaria que acaba de entrar en la treintena, una entrada en los 60 y finalmente una anciana que su deseo era antes de ir a la casa del Padre, recibir la Confirmación. Este acontecimiento lo ha obrado el Señor el día 4 de junio de 2022.

Enhorabuena a todos los confirmandos.