DOMINGO 5. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

“LA MUERTE YA NO HIERE A SUS AMIGOS”

Hoy la Palabra de Dios nos grita una sola cosa: ¡VIDA! Y qué paradoja… estamos a punto de entrar en la Semana Santa, la semana de la muerte de Jesús… y Él nos dice: “Yo soy la Vida”.

¿Por qué tanta muerte a nuestro alrededor? ¿Qué le pasa a la humanidad?

Ezequiel lo vio claro: el pueblo de Dios era un valle de huesos secos. Un cementerio. Sin futuro. Sin esperanza. Y Dios… ¿qué hace? No los abandona. Los mira y dice: “¡Pueblo mío, pueblo mío!” — como un padre que llora a su hijo. Como David llorando a Absalón. Y se compromete:

“Abriré vuestros sepulcros. Os daré mi Espíritu. Viviréis.”

¿Sabemos lo que eso significa? Que cuando tocamos fondo… Dios no se va. Se acerca más.

Lázaro llevaba cuatro días muerto. Marta y María estaban destrozadas. Y Jesús… llegó tarde. No les ahorró el dolor. No les ahorró el duelo. Pero llegó. Y todo cambió. Porque la muerte ya no hiere a los amigos de Jesús.

¿Somos amigos suyos? Entonces la última palabra no es la muerte. Es Él. San Pablo nos lo explica así: “en nosotros hay carne… y hay espíritu”. Cuando nos dejamos llevar por el Espíritu de Jesús, ese Espíritu envuelve nuestra carne, transfigura nuestro dolor, resucita lo que en nosotros está muerto. No es magia. Es amor.

“En el verdadero amor, el espíritu envuelve a la carne.”-como decía el filósofo Nietzsche-.

Esta Cuaresma nos preguntamos algo muy sencillo: ¿Dejamos que el Espíritu de Jesús toque nuestra vida? Porque si lo dejamos… lo que estaba muerto… vuelve a vivir.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 4. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

“CUANDO LA CEGUERA ESTÁ EXPANDIDA” 

El profeta Samuel entró en Belén buscando el candidato de luz para dirigir el pueblo de Israel. Desfilaron ante él los hijos de Jesé. Uno tras otro. Ninguno fue elegido. “¿Se acabaron los muchachos?”, pregunta el profeta. Hubo que ir a buscarlo fuera, al campo, entre las ovejas: David, el pequeño, el olvidado. Dios pone su luz allí donde nosotros no imaginamos.

Y como Samuel, también Jesús se encontró con un marginado: ¡ciego de nacimiento! Jesús untó barro en los ojos del ciego. Y le pidió colaborar: vete y lávate. Y añadió: “Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo.” Y el ciego de nacimiento vio por vez primera en su vida.

Pero la ceguera estaba expandida. Los discípulos preguntan: “¿Quién pecó, él o sus padres?” El gentío no capta nada: “¿No es éste el que mendigaba? ¡No! Pero se le parece.” Los fariseos interrogan al que fue ciego. Tampoco ellos se lo creen. Y se atreven a insultar a la fuente de su luz: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.”

¡Qué paradoja! El único que ve es ahora el que fue ciego. Se defiende de maravilla aludiendo a Jesús: “Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.”

¡Cuánto ciego alrededor de Jesús! Y cuando más cerca están de la luz, más se obstinan en su horrible ceguera. La ceguera de quienes se sitúan como jueces implacables ante lo nuevo, porque su única luz es “lo mandado”. Discípulos. Gentío. Fariseos. Cada grupo más ciego que el anterior, aunque están más cerca de Jesús.

¿Estamos conformes con tanta ceguera a nuestro alrededor? Buda nos pidió entrar en procesos de iluminación. Jesús nos dice: “Yo soy tu luz.” ¿Tenemos conciencia de que la Luz nos enfoca… nos habita? ¿Nos busca? Y si te dejas iluminar, descubrirás muchos ciegos a tu alrededor.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 3. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

¡GOLPEA LA ROCA! -III Domingo de Cuaresma

Refidim. Desierto del Sinaí. El pueblo muere de sed. Protesta. Murmura. No confía. Moisés clama al Señor. Y Dios responde: “Golpea la roca. De ella brotará agua.” Moisés golpea. Y el agua brota. Sólo golpeando la roca brota el agua que calma la sed.

Siglos después, una mujer samaritana llega al pozo de Jacob. Tiene sed. Muchas sedes. Jesús, fatigado, está sentado junto al pozo. Él es la nueva Roca. Y le dice: “Si conocieras el don de Dios… tú me pedirías y yo te daría agua viva. Quien beba de esta agua nunca más tendrá sed.”

¿Golpeó la samaritana la roca? Sí. Con su fe, con su pregunta, con su anhelo.Y brotó el agua. Ella corrió al pueblo: “¡Venid a ver! ¿No será éste el Mesías?” Se convirtió en manantial. El agua que recibió se desbordó hacia otros.

Pero hacía falta otro golpe. El definitivo. En la cruz, Jesús es golpeado por una lanza. Y de su costado brota sangre y agua. San Pablo lo subrayó: la Roca golpeada es Cristo.

Hoy, las muchedumbres tienen sed. Los pueblos se reúnen buscando agua. Necesitamos eventos donde brote el agua. ¿Cómo golpeamos hoy la Roca con fe absoluta de que brotará y calmará la sed?

Invocando al Espíritu de Jesús. Él hace brotar el agua. Reuniéndonos en su nombre. Celebrando. Creyendo.  Porque Jesús no es solo un personaje histórico. Jesús es la Roca de la que mana el agua que necesitamos para sobrevivir en nuestro desierto.

También hoy. Y, de hecho, iniciamos nuestro seguimiento de Jesús en el agua: el bautismo. Nacimos del agua y del Espíritu. Cada vez que tengas sed, recuerda: La Roca ya fue golpeada. El agua ya brotó. Sangre y agua del costado de Cristo. Acércate. Bebe. Y conviértete tú también en manantial. Porque quien bebe del agua que Jesús da… se transforma en fuente que brota para dar vida.

¡Golpea la Roca con tu fe… el agua brotará!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 2. CUARESMA. CICLO A

“LA VOCACIÓN DE LOS INQUIETOS”

Una inquietud profunda habitaba en el interior de Abraham. “Aquí no hay futuro.”, pensó. Y salió. Dejó todo lo conocido. Se aventuró hacia lo desconocido, sin saber adónde iba. No salió para poseer la Patria. Salió para buscarla.

No somos felices cuando poseemos, sino cuando caminamos, cuando deseamos. La instalación nos deshumaniza. Morar siempre en lo conocido nos encarcela.

Pablo inquietó al joven Timoteo cuando le dijo: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio.” Evangelizar no es una tarea cómoda. Es vivir inquieto, disponible las veinticuatro horas. Y ¿para qué? Para anunciar la Buena Notica, la única que ofrece a la humanidad felicidad y sentido.

En cambio, los tres apóstoles del Tabor, ante la maravilla de la transfiguración de Jesús querían todo lo contrario. Pedro queda embelesado: “¡Qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!” Quiere instalarse. Quiere quietud. Disfrutar la felicidad él solo. Pero el Transfigurado los inquieta: “Nada de tiendas. Bajad del monte. Otro monte os espera.” Porque la vocación no es para quedarse.

La Visión se recibe para comunicarla. Nadie es llamado para disfrutar a solas de Dios. La Luz que nos habita debe ir iluminando el mundo, poco a poco, llenándolo de vida.

Dios nos llama a ser inquietos. Como Abrahán, que sale sin saber adónde va. Como Timoteo, que evangeliza sin descanso. Como los apóstoles, que bajan del Tabor hacia otro monte: el Calvario y la Resurrección. Sal. Camina. Cuenta lo que has visto. Esa es la vocación de los inquietos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 1. CUARESMA. CICLO A

¡EL ALIENTO Y EL HAMBRE”

Al principio, Dios nos dio su propio aliento. Neshamá, lo llama el Génesis. Vida íntima, compartida, respirada directamente de su boca a la nuestra. Pero nos dio hambre. Hambre de ser dioses. Y cambiamos el aliento por el fruto prohibido. Dejamos de respirar con Él… para morder por nuestra cuenta.

Esa misma hambre persigue a Jesús en el desierto. “Convierte las piedras en pan”, le susurra el tentador. “Satisface tu hambre a tu manera. Exige certezas. Controla tu destino.” Es el menú de siempre: cambia el Aliento por la Autogestión. Cambia la confianza por el control.

Pero Jesús redefine el hambre. Tiene hambre real. Hambre física. Hambre de certezas. Y… aun así, responde: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Él, que ES la Palabra hecha carne, prefiere morir de hambre antes que vivir de cualquier pan que no sea la voluntad de su Padre. Él respira. Se alimenta del Aliento. Y desde ahí, su “No” al demonio es un “Sí” inmenso a la intimidad con el Padre.

Adán y Eva: expulsados del Paraíso que les fue dado. Jesús: desde el desierto mismo, comienza la reconstrucción del mundo. Misma prueba. Resultados opuestos. Ellos eligieron morder. Él eligió respirar.

Y la Cuaresma nos pregunta hoy: ¿De qué tenemos hambre realmente? ¿Estamos intentando convertir piedras en pan? ¿Exigiendo señales, seguridades, atajos divinos a nuestra medida? ¿O estamos aprendiendo, en el desierto de nuestras limitaciones, a vivir del puro Aliento de su Palabra… aunque no calme inmediatamente todos nuestros apetitos?

El camino no es tener más respuestas. Es aprender a respirar distinto. A confiar. A dejar que su Aliento sea tu alimento. “No solo de pan…” Es la dieta de la confianza, la que nos devuelve al Jardín, al Paraíso.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

¡Aliento y Palabra! (canción)

No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 1]
Al principio fue tu aliento, brisa pura de Neshamá,
y cambiamos boca a boca por el fruto y su ansiedad.
Por morder nos fue echando el día claro del hogar,
se nos secó entre los labios la confianza y la verdad.
[Estrofa 2]
Tú, Jesús, en la arena dura, con la noche por mantel,
tuviste hambre de certezas, de un camino sin porqué.
Mas dijiste en voz de pobre: «Padre, tu querer es pan»,
y al negarle al tentador el bocado, le dijiste sí a tu Dios.
[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 3]
Hoy la Cuaresma nos mira: «¿De qué hambre vivirás?»,
si de atajos y señales o del soplo que se da.
Aprender es otro aire, otro modo de esperar:
que tu Aliento sea alimento y nos vuelva al Paraíso, al hogar.

[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

DOMINGO 6. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“PERO YO OS DIGO”… ¿CÓMO VIVIR EN ALIANZA

¡No basta…!

No vino a abolir la ley. Vino a darle “plenitud”. A llevarla al extremo: “donde realmente importa. En el corazón.”

Porque no basta con “no matar”. Él dice:”¿Y la ira que guardas? ¿El rencor que alimentas?” La verdadera Alianza con Dios empieza ahí: en reconciliarte con tu hermano. Antes que cualquier ofrenda.

No basta con “no cometer adulterio”. La mirada ya puede traicionar la confianza. La Alianza se protege cuidando la intención, desde dentro.

No basta con “no jurar en falso”. En un mundo de palabras vacías, Jesús nos pide algo radical: “Que tu “sí” sea sí, y tu “no”, no.” Que tu palabra sea transparente, porque vives en la verdad. Como dice la Primera de Corintios: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó… lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”. Eso no es para cumplidores externos. Es para corazones en Alianza.

¿Cumplimos o amamos?

La ley no es una carga. Es la “cláusula de un pacto de amor.” Como un matrimonio: no se trata de no romper las reglas… se trata de amar con todo, hasta en los detalles.

¿Volvemos a ser fariseos? ¿Creyendo que con cumplir listas ya estamos bien? “Jesús nos sacude:” Lo que importa es el “por qué”. ¿Vives cada día en su presencia? ¿Con ese deseo apasionado de hacer su voluntad?

Hoy Él nos dice: “Pero yo te digo”. Nos invita a más. A una Alianza viva. A una libertad que nace de amar su voluntad. No por obligación, sino por pasión.

¿Nos atreveremos a vivir esta plenitud? “No he venido  a abolir, sino a dar plenitud.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 5. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡QUE BRILLE VUESTRA LUZ!

Jesús no nos quiere encerrados. Nos lanza al mundo. Porque hay algo dentro de nosotros que tiene que brillar. Y el mundo lo necesita.

¿Cuándo brillamos de verdad? Cuando no somos indiferentes. Cuando la compasión se nos sale por los ojos. Cuando el amor gobierna nuestras relaciones. Cuando nos apasiona la humanidad.

Esa es la luz que vence la oscuridad. Como decía Luther King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”.

Jesús fue esa Luz. Y nosotros, cuando hacemos el bien, la somos también. Pero atención: Pablo nos advierte. No es nuestra sabiduría la que ilumina. Es la sabiduría de la cruz: humilde, callada, que brilla sin pretenderlo. No se trata de exhibir. Se trata de no ser indiferentes. Como canta León Gieco: “Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”.

No tenemos vocación de sacristía. Nuestro lugar es la calle, la plaza, la vida. Decía Antonio Machado: “Todo necio, confunde valor y precio”

La sal no vale por su precio. Vale por lo que transforma. Tu amabilidad, tu escucha, tu justicia… son esa sal. Esa luz.

Jesús te pregunta hoy, me pregunta a mí:

¿Tu luz está escondida? ¿O estás dando sabor al mundo?

No nos acostumbremos. Que nuestra vida sea la sal que sale. La luz que brilla. Porque sal y fuego… es Él.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 4. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA FELICIDAD?

A veces me pregunto: ¿En qué estoy buscando yo la felicidad? ¿En lo que tengo, en lo que sé, en el reconocimiento?

Las tres lecturas de este domingo (Sofonías, Pablo, y sobre todo Jesús) nos dan un golpe de realidad. Nos recuerdan algo que a menudo olvidamos: Dios no elige lo impresionante. Elige lo que el mundo pasa por alto. Lo débil. Lo que no cuenta.

Jesús, el único Maestro, veía a la gente humilde, a la que sufre, y algo en Él se revolvía. Se llenaba de alegría. En ellos veía un terreno fértil para el Reino de Dios. Por eso subió a la montaña y nos soltó este manifiesto que nos sacude a todos:

“Dichosos los pobres en el espíritu
… los que lloran…
los que tienen hambre de justicia…”

No es un “felices los de allá”. Es un “felices nosotros”, cuando nuestro corazón está ahí”. Cuando dejamos de confiar en nuestras propias seguridades y confiamos solo en Él. Cuando, en nuestra pobreza –que todos tenemos de una forma u otra–, no dejamos de creer que Dios está haciendo algo nuevo.

Pablo nos lo dice claro a comunidades como la nuestra, como en Corinto: “Fijáos bien en vuestra propia asamblea”. Miremos a nuestro alrededor, miremos dentro. ¿No es cierto que Dios actúa precisamente en lo que nosotros despreciamos? En nuestras debilidades, en nuestras limitaciones… y en la gente que pasa desapercibida.

Este texto nos humilla si nos creemos muy listos o importantes. Pero también nos “libera”. Nos dice: “Tu valor no está en lo que tienes o aparentas. Está en que, en tu indigencia, confíes. Y desde ahí, seas misericordioso, pacífico, limpio de corazón”.

Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Tal vez esa sea la clave. Dejar de buscar la paz donde no está, y encontrarla justo ahí donde Jesús la proclama: en un corazón que se vacía para llenarse de Él.

 
José Cristo Rey García Paredes, CMF
 

DOMINGO 3. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

LA LUZ MISIONERA

Eulàlia Bosch

Eulàlia Bosch

“¡Galilea de los gentiles!”

Así la llamaban con desprecio. Judea era la tierra santa, Jerusalén la ciudad de luz. Galilea era la zona oscura. Pero el profeta Isaías anuncia: ¡Les brilla una luz grande! Dios escoge precisamente la oscuridad para que la luz brille con más fuerza.

Los místicos nos hablan de la “Noche Oscura”. Hemos de pasar por zonas tenebrosas. Pero entonces escuchamos: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. La luz brilla en las tinieblas. No hay que temer. Es cuando todo está oscuro que la luz puede aparecer en todo su esplendor.

¿Y dónde comienza Jesús su ministerio?

Exactamente ahí: ¡en la tierra de tinieblas! Jesús no es lámpara inmóvil de santuario. Es Luz misionera. Luz itinerante. Por donde pasa, todo se ilumina. Predica la alborada del Reino. Y su luz prende en otros.

Incendia los corazones de Andrés y Pedro, de Santiago y Juan. Por eso dejan padre, redes, familia… y lo siguen. Porque Jesús da sentido a la vida.

Hoy padecemos una enorme falta de sentido.

¿De qué nos sirven certificados de muerte? Jesús y sus discípulos no certificaban la muerte. Iluminaban. Daban vida.

Pablo lo sabía bien. “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?” Qué buena advertencia cuando queremos ocupar puestos de brillo. En la Iglesia no hay estrellas. Estamos llamados a ser una constelación. Quien cultiva su imagen no ama a Jesús. Quien ama a Jesús se oculta como humilde siervo.

Porque sólo Jesús es la Luz del mundo. No hay servicio mejor que ser misionero. Llevar por todas partes la luz que es Jesús. Su ansia: que todo arda, que todo esté iluminado. La misión es como construir un gran cableado hasta los últimos rincones de la tierra. Para que nadie quede a oscuras. Porque la luz no es nuestra. Es Luz del Mundo. Y el mundo la necesita. ¡Nosotros también!

José Cristo Rey García Paredes, CMF