DOMINGO II DE PASCUA. CICLO B

“… Y DIOS LOS MIRABA CON AGRADO”. La comunidad de la Alianza
 ¡Y Dios los miraba con agrado…! 
La Comunidad de la Alianza

¿Nos mirará con agrado nuestro Dios también a nosotros -la Iglesia del 2024? ¿Le agradará la situación de su Iglesia, de nuestras parroquias, de nuestras familias, de nuestras comunidades? Estamos en un tiempo de “sinodalidad” y las divisiones se muestran tanto que hay peligro de “cisma”, de división”. Nos culpamos unos a otros.

 Dividiré esta homilía en cuatro partes:

  • Motivos de preocupación.
  • Paz a vosotros.
  • Y también el Espíritu de la utopía
  • Resucitó mi Amor y mi Esperanza

Motivos de preocupación

Motivo de preocupación es, por ejemplo, 

  • la poca valoración que la Iglesia en las encuestas de opinión. 
  • es que quienes intentan ser educadores de la conciencia, gocen de tan poca autoridad moral en nuestra sociedad.
  • Pero motivo de mayor preocupación es la división interna de la Iglesia que ni siguiera la propuesta de la sinodalidad es capaz de erradicar

No estamos en un momento de primavera, ni de nuevas ilusiones, aunque lo esperábamos. Resurgen las tensiones, que nos ponen al límite del cisma. Estamos en un tiempo de divisiones.

¡Paz a vosotros!

Y, en medio de todo esto se nos aparece Jesús resucitado que nos dice: “¡Paz! a vosotros!”. Y nos enseña sus manos taladradas y su costado abierto, que mana sangre y agua, y se pone en medio de los enfrentados y nos repite: “¡paz a vosotros!”.

Sí. Es la “paz” lo que más necesitamos. Ante todo, la paz del corazón y luego la paz con el hermano o hermana de quien nos sentimos alejados. Y para que la paz sea más fácil, Jesús nos presenta sus llagas, su costado abierto, dado que “murió por nosotros”, “para reunirnos a los alejados y dispersados”. Jesús no discrimina a unos ante otros. Quiere la totalidad. Le interesa más que todos tengamos un solo corazón, una sola alma y todo en común, que unos cuantos tengan matrícula de honor y los demás queden suspendidos.

Jesús también se nos aparece a nosotros con el poderío de su Resurrección. 

Y también el Espíritu de la utopía

Jesús resucitado respira, tiene aliento y nos lo transmite. Es su Espíritu. Y ese aliento nos da la vida, como en la Creación el aliento de Dios a Adán. El Aliento de Jesús es su Espíritu que da vida a la comunidad cristiana, que la unifica. Y el efecto de ese gesto del Resucitado, lo expresa muy bien la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles que nos presenta el sueño de una comunidad utópica: “Todos pensaban y sentían lo mismo”, “poseían todo en común”, “daban testimonio de la resurrección con mucho valor”, y “Dios los miraba con agrado” .

¿Puede la experiencia de la Resurrección llevarnos a una fraternidad así, tan utópica? ¿Podría el Señor Resucitado acabar con nuestros particularismos sectarios, nuestras economías no-solidarias, nuestras divisiones internas? ¿Cómo conseguir la mirada benévola de Dios?

Resucitó mi Amor y mi Esperanza

Se nos invita hoy a “amar a los hijos de Dios”. Nos dice la secuencia o el canto anterior al Evangelio: “Resucitó mi Amor y mi Esperanza”. Sí, con Jesús resucita su comunidad, su Iglesia. ¡Entremos en el programa del Amor fraterno, de tal manera que respiremos en la Iglesia, en nuestras parroquias, familias y comunidades la “atmósfera de amor”! Abramos las puertas del corazón a todos, suprimamos los controles, que se acaben los recelos, instauremos conversaciones significativas, seamos hermanos y hermanas… sin condiciones… sin diplomacias turbias.

Conclusión

¡Paz a vosotros! Que aparezca la Iglesia del rostro amable, la Iglesia de todos y no de unos cuantos. Que aparezca la Iglesia del lenguaje que todos entienden, la Iglesia del diálogo que a nadie desecha, la Iglesia que sale del cenáculo y recorre los caminos del mundo para anunciar su mensaje de Alegría -la Buena Noticia-.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

VIERNES SANTO 2024

BAJO LA MIRADA DEL DISCÍPULOS AMADO

El cuarto evangelio nos muestra a un Jesús, lleno de energía durante su pasión y muerte. El autor del cuarto evangelio, el llamado “discípulo amado”, conocía muy bien a Jesús. Había sido su confidente, su mejor amigo. Por eso, lo que nos dice sobre la Pasión y Muerte de Jesús, merece toda nuestra atención.

Hoy, viernes santo, la madre Iglesia quiere escuchar su relato de la pasión. Entre otras cosas, porque no quiere que nos centremos en la tragedia del Calvario en sus aspectos más externos, sino más bien, quiere que nos encontremos en este día con el auténtico Jesús del Vienes Santo. El discípulo amado es el mejor testigo para hablarnos de Él. Estuvo con Jesús en la última Cena, lo siguió a casa del Sumo Sacerdote. Estuvo junto a la cruz de Jesús. Fue el último confidente del Señor y uno de los primeros en verlo resucitado.

Me llama la atención la forma de hablar de Jesús, según el relato que nos hace el cuarto Evangelista. Fijémonos en algunas de sus palabras:

  • ¡Yo soy! ¡Dejad marchar a éstos!
  •  ¡Mete la espada en la vaina! Si he hablado mal, muestra en qué, si no ¿por qué me hieres?
  • ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?
  • ¡Mi reino no es de este mundo!
  • ¡Todo el que es de la verdad escucha mi voz!
  • ¡No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado!
  •  “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”.
  • ¡Tengo sed!
  • ¡Está cumplido!

Estas palabras no son las de un hombre fracasado, ni deprimido. Jesús podría tener razones para sentirse el más fracasado del mundo, pero ¡no! tenía una energía interior admirable. En medio del sufrimiento más oscuro, tiene una energía que todo lo supera. Jesús no es una víctima. Es señor hasta el último momento. Sus verdugos, quienes lo quieren juzgar, quienes lo condenan, son ¡las víctimas de su no-violencia!

Y es que, hermanas y hermanos,

  • tiene más fuerza el amor que el odio,
  • tiene más poder una mujer capaz de dar a luz un niño, que un herodes que mata a centenares de niños,
  • tiene más poder quien enciende una luz, que quien apaga las luces de una ciudad.

Jesús, con su amor, sintiéndose amado por Dios y amando hasta el extremo, tenía en sí mismo energía suficiente para superarlo todo y para vencer amando a quienes lo mataban.

Al final ¡venció el Amor! ¡el Amor de los Amores!

¿No lo habéis visto en el rostro de las personas que aman mucho? ¡Cuánto poder tienen! ¡Nada las vence!

  • Borrad resentimientos.
  • Acabad con la crítica permanente a los que os son contrarios.
  • Perdonad sin condiciones.
  • Amad sin condiciones.
  • Sólo así seréis, seremos, hermanos de Jesús y tendréis el señorío que Él tuvo cuando se despidió de nosotros.

Gracias, Discípulo Amado de Jesús, por estas bellísimas páginas sobre el fin de Jesús, que nos dejaste. Gracias, porque cada año que las proclamamos nos parecen nuevas. Tú, que tanto amaste a Jesús, enséñanos a amarlo, a dar la vida por Él. Enséñanos el arte de la no-violencia, del no-resentimiento. Haz que hagamos del amor, como tú, nuestra “arma más poderosa”.

Viernes Santo,

circula el amor a borbotones…

lo que no es amor…. ¡ se está ahogando!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

JUEVES SANTO 2024

“UN SOLO CUERPO” El Pan y el Cáliz”

Hace muchos años, el gran teólogo católico Hans Urs Von Balthasar escribió un famosísimo libro titulado “Mysterium paschale: la teología de los tres días”. Viernes santo, Sábado santo y Domingo de Resurrección.

En el centro el Cuerpo de Jesús

Jueves, Viernes y Sábado Santo son los días en los cuales nuestra atención se centra en el “cuerpo de Jesús”. Los pasos de la Semana Santa nos lo muestran. Hacia ese cuerpo se dirigen las miradas. Ante ese cuerpo se emocionan los corazones. Parece que carga sobre sí todo el dolor del mundo. En su rostro vislumbra la gente su propio dolor: el ya sufrido, el que ahora le acongoja, el dolor que de seguro vendrá.

Los artistas han sabido plasmar en sus imágenes de Semana Santa un cuerpo de Jesús en situación límite e incluso muerto sin que por ello parezca un cuerpo desahuciado y vencido. Año tras año, generación tras generación se repite el mismo espectáculo y surgen las mismas emociones. ¡Y todo tiene como foco… el cuerpo de Jesús!  

En el Cenáculo de Jerusalén

 Allí está reunido Jesús con sus discípulos para celebrar “la última Cena”, la “Cena de despedida”, “la cena del Adiós”, la “cena del Testamento”.

Los grandes patriarcas del Pueblo de Dios hacían de la última cena o comida con sus hijos la “cena del Testamento” (Jacob en Gen 48-49). Jesús también hace su Testamento. El cuarto evangelista inicia el relato de la Cena con estas palabras: “Amó a los suyos que estaban en el mundo y los amó hasta el final (telos)” (Jn 13, 1).

Pero también se manifiesta el mal, el diablo que actúa a través de uno de los discípulos, Judas, que lo traiciona y entrega a los judíos para que lo eliminen.

El símbolo del lavatorio de los pies

“Durante la cena Jesús vierte agua en una jofaina y comienza a lavar los pies de los discípulos y a secarlos. Culturalmente, la parte inferior del pie se consideraba una parte deshonrosa del cuerpo. El lavado de los pies de otra persona lo realizaba un esclavo o una persona de estatus inferior (1 Sam 25:41). Jesús le dio tal importancia a este gesto. Ante la negativa de Pedro, lo puso ante la alternativa de: “o te lavo y estás de mi parte, o no te lavo y estarás contra mí”.

Los cuerpos de los discípulos tienen vocación de in-corporación para formar todos “un solo cuerpo” en Jesús. Se trata de una primera comunión a través del tacto. Y Jesús añade: ¡laváos los pies unos a otros! ¡Honrad vuestros cuerpos! ¡Bendecíos mutuamente! ¡Alejáos de cualquier forma de violencia corporal!¡Haceos siervos los unos de los otros! ¡Dad la vida los unos por los otros!

El símbolo del Pan eucarístico

Franz von Stuck, Pietà, 1891

Sigue la cena de despedida… y de nuevo aparece el Cuerpo. Esta vez tiene la “sagrada forma” de pan: pero no solo de pan, sino de pan dentro de un escenario de interrelación: ¡de pan entregado! Es el pan de la comida, es el pan que Jesús parte y reparte: “Tomad, comed, ¡esto es mi cuerpo!”

No se trata sólo del pan, sino del pan partido y distribuido por las manos mismas de Jesús. Él habla de un cuerpo que rebasa sus límites, de un cuerpo que toca, que se acerca, que quiere ser tomado, comido… hasta entrar en el otro cuerpo: “vosotros en mí y yo en vosotros”. El pan-cuerpo tiene una existencia pasajera y transitiva: lo acucia la impaciencia de ser comido y desaparecer en el cuerpo de los discípulos. “Pharmacon athanasías” o “medicamento de la inmortalidad” lo llamaban los antiguos cristianos.

El cuerpo-pan vivifica al cuerpo que lo recibe: “quien come mi pan no morirá para siempre”. Quien comulga se incorpora al Cuerpo que todo lo sana, que resucita, que establece Alianza para siempre. Jesús quiere compartir su cuerpo y hacernos así sus con-corpóreos.

Estrechamente unida al cuerpo… también la sangre. Jesús transforma la escena anterior: ahora lleva en sus manos un cáliz. Derrama sobre él el vino; la entrega a cada uno de sus discípulos y les dice:  “Tomad, bebed: esta es mi sangre, sangre de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. 

Jesús quiere compartir su sangre y hacernos sus con-sanguíneos. Para él, como hebreo, la sangre era mucho más que ese flujo líquido que recorre nuestras venas: era el símbolo de la vida, de su vida, que sólo encontraba su sentido des-viviéndose, entregándose. Por eso, también la sangre crea comunión, consanguinidad, Alianza para siempre.

El Sacerdocio fundamental

Jesús quiso que todos nosotros, sus seguidoras y seguidores formáramos el pueblo sacerdotal, o pueblo de sacerdotes. En el Bautismo somos todos consagrados sacerdotes de Dios. Pero en este día, celebramos el origen de una forma peculiar de sacerdocio: el de aquellas personas elegidas para servir y liderar al pueblo de Dios. Jesús le dijo una vez a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Ante la respuesta afirmativa, Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejitas”. Los pastores son muy tentados por el Maligno y pueden -como Pedro- negar al Señor, y convertirse en lobos del rebaño del Señor. Roguemos por ellos, para que no caigan en la tentación.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO DE RAMOS. CICLO B

ENTRADA EN JERUSALÉN Y TOMA DEL TEMPLO

La entrada de Jesús en Jerusalén merece una reflexión especial. No entró Jesús como un Mesías político: se dirigió «directamente hacia el templo», dice el evangelista Marcos (Mc 11,11), cuya versión de la Pasión de Jesús hoy escucharemos.

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Una ciudad bajo vigilancia militar
  • Entra en Jerusalén y se dirige al Templo
  • Discusión con las autoridades

Una ciudad bajo vigilancia militar

En la semana de Pascua había una gran afluencia de peregrinos en Jerusalén. Muchos de ellos eran galileos “separatistas”. Con ese motivo se reforzaba la guardia romana y hasta el mismo gobernador romano dirigía directamente las operaciones de seguridad. Los galileos esperaban la llegada del reino mesiánico y soñaban con colocar a Israel a la cabeza de las naciones. Probablemente quienes acompañaban a Jesús en su entrada en Jerusalén eran celotas o nacionalistas. Jesús organizó la entrada. Sus discípulos buscarían un asno atado sobre el que ningún hombre se había montado. Y lo requerirían con estas palabras: “el Señor lo necesita” Mc 11,2-3).  

Entrada en Jerusalén y toma del Templo: los dos primeros días

La entrada de Jesús en Jerusalén se entiende a partir del contexto. Jesús  les había dicho a sus seguidores, que tenían miedo: «Mirad que subimos a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará (Mc 10,32)». Y ahora… ya entran en Jerusalén, Y Jesús montado en un asno, no como un líder guerrero, sino como un rey pacífico. No se dirige a la sede del gobernador romano, Poncio Pilatos. Sino al Templo (Mc 11,11). En el templo, …«después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para pernoctar en Betania.

Pero al día siguiente, Jesús y los suyos volvieron al Templo: no para purificarlo, sino para tomar posesión de él. Jesús lo hizo suspendiendo toda la actividad que en él se realizaba. Se había convertido en una “cueva de bandidos” y no en lo que Dios quería: «casa del Padre para todos”. El exégeta Joaquín Jeremías calculaba que sólo por el concepto del impuesto para el Templo entrarían en él una cantidad cercana a las 17 toneladas de plata anuales, además de otros negocios. El Templo estaba aún en reconstrucción. Jesús le anuncia su destrucción y su final. Con su acción Jesús paralizó el culto y la actividad del Templo. Dice san Marcos que las autoridades «le tenían miedo… a Jesús, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina»)

La discusión con las autoridades el tercer día

¿Con qué autoridad haces esto? Las autoridades tenían miedo a la gente. Jesús les evoca a Juan el Bautista y les recrimina que no le creyeran. Les contó la parábola de los viñadores homicidas -anticipándoles lo que iban a hacer con él. Lo entendieron. Quisieron detenerlo, pero por miedo a la gente. No se atrevieron.

Jesús desautorizó la interpretación que los escribas hacían del Mesías. El pueblo se identificaba con Jesús: el Mesías no es hijo de David, sino su Señor; no han de ver en él a un poderoso líder al estilo de David. Y finalmente, Jesús observa a quienes depositan limosnas en el tesoro del Templo. Alaba a la pobre viuda que entregando muy poco, entregó todo su ser a Dios.

Conclusión

Este es el contexto de la Semana Santa, que hoy comenzamos. Jesús desautoriza totalmente el sistema religioso que mantenía la fe en Israel y abre una nueva etapa. La carta a los Hebreos sacó las consecuencias con su crítica sin concesiones al viejo culto y a su sacerdocio.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

V DOMINGO DE CUARESMA. CICLO B

EL PRECIO DE LA ALIANZA

“El amor fiel es la fuerza más poderosa del universo” (Peter Handke). El amor es capaz de mover montañas y superar obstáculos aparentemente insuperables. El amor es una fuerza que nos impulsa a ser mejores personas, a mostrarnos vulnerables y entregar nuestro corazón. A través del amor “conecta” Dios con nosotros y “se alía” con nosotros: ¡también Él espera nuestra respuesta firme! Las lecturas de este domingo quinto de Cuaresma nos lo recuerdan.

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Alianza… a pesar de las incertidumbres.
  • El arte de la obediencia mutua.
  • Morir para vivir

Alianza… a pesar de las incertidumbres

En la primera lectura del profeta Jeremías acabamos de escuchar una lamentación de Dios respecto a su Pueblo, liberado de la esclavitud: “Ellos, aunque yo era su Señor, quebrantaron mi alianza”.  De nada sirvieron las palabras solemnes y los sacrificios que las ratificaban. Una nación como la nuestra, con una tradición de fe tan excelente, ¿mantiene su Alianza con Dios? ¿O lo ha sustituido por algunos ídolos?

Las palabras solemnes de fidelidad del pasado –“los para siempre”- son desmentidas con mucha frecuencia. Los pactos de amor tienen fecha de caducidad. La infidelidad campa a sus anchas y destruye parejas, familias, comunidades, naciones… y también a la Iglesia, que se autodenomina “el Pueblo de la Alianza”. La infidelidad del pueblo de Israel sigue reproduciéndose en nosotros.

Pero Dios no se da por vencido: “Así será la Alianza que haré… escribiré mi alianza en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” … “Todos me amarán, desde el pequeño al grande” “perdonaré sus crímenes y no recordaré sus pecados”. La fidelidad de Dios no tiene vuelta atrás. ¡Conectémonos con la Gran Alianza y todo en nosotros florecerá! ¡Qué bien lo expresa el canto del grupo Kairoi que ahora escucharemos en su lengua original!

El arte de la obediencia

La segunda lectura de la carta a los Hebreos es estremecedora. Nos presenta a Jesús aprendiendo el arte de la obediencia. Como en Getsemaní, Jesús está ante su Padre, que podía salvarlo de la muerte. Le grita, llora, ora, le suplica, está angustiado… Le pide que -por favor- le escuche, es decir, que le obedezca.

Y el resultado fue que… “en su angustia fue escuchado”. La obediencia es mutua: del Hijo al Padre y del Padre al Hijo. Así surge la Alianza de la mutua obediencia… y es que Dios Padre obedece a quien le obedece.

Morir para vivir

A Jesús lo define el Apocalipsis como “el Fiel”. Él mismo se compara -en la lectura del Evangelio- con un grano de trigo que muere, pero después da mucho fruto al convertirse en espiga. Jesús se lo explicó a unos extranjeros griegos que se acercaron a él. Lo hicieron por medio de dos discípulos de Jesús que tenían nombres griegos: Andrés y Felipe. Éstos les llevaron a Jesús. Y Jesús les mostró su gloria, la fuerza impresionante de su Alianza con Dios: Él y el Padre en estrechísima relación de mutua glorificación. Pero Jesús les dio la clave: hay que morir para vivir, hay que olvidarse de sí para ser hombres y mujeres de Alianza. Y se lo explicó con una preciosa imagen: el grano de trigo en tierra.

Conclusión

Seamos fieles a la Alianza, a todas las buenas alianzas… y a pesar de todos los pesares. Es ahí donde nos jugamos, sobre todo, nuestra fidelidad a la Alianza con Dios. Aunque nos cueste sudor y lágrimas… Dios Padre, nuestro Abbá, nos obedecerá… y aparecerá con todo su esplendor el arco-iris de la Alianza “para siempre”.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

IV Domingo de Cuaresma. Ciclo B

EL AMOR: ENTRE LA SOSPECHA Y LA CONFIANZA

Nuestra relación con Dios está marcada a veces por la desconfianza, hasta el punto de decirle: no te pediré nada, no te suplicaré más. En el fondo: ya no se cree en que Dios es Amor y uno se siente decepcionado. De esto nos hablan las lecturas de este domingo cuarto de Cuaresma. Dividiré esta homilía en dos partes:
  • El alfabeto del amor
  • El gran recurso: “Tanto amó Dios al mundo, que nos entregó a su Hijo”

El alfabeto del amor

Así quería Dios reconducir a su Pueblo. Pero también, les ofreció una solución inimaginable: un rey pagano, Ciro, rey de Persia, sería el gran enviado de Dios para reconstruir el Templo, y hacer renacer el pueblo de Dios. 

Nunca desconfiemos de nuestro Dios. Se servirá de cualquier medio para mostrarnos su amor, su compasión y conducirnos hacia el buen Fin. Establezcamos una relación de absoluta confianza: aprendamos poco a poco el alfabeto de su amor que lo expresará a través de mensajeros, profetas e incluso aquellos que nos parecen ser nuestros enemigos y de quienes nada se podría esperar.

El gran recurso: “Tanto amó Dios al mundo, que nos entregó a su Hijo”

Al final, Dios nos ofreció su gran y extraordinario recurso: “Tanto nos amó, que nos envió a su propio Hijo”.

El evangelio de Juan, nos presenta el diálogo de Jesús con Nicodemo -el maestro de Israel, cuyo nombre griego significa “el pueblo vence”-. Y Jesús le dice palabras super-emocionantes: “Tanto amó Dios al mundo, al cosmos, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”.

La frase es impresionante: quienes crean en Jesús no perecerán, tendrá vida, un nuevo y perenne amanecer. Y en el fondo de esta promesa, la frase conmovedora: “Tanto amó Dios Padre al cosmos”. Jesús no vino a nosotros para juzgarnos, condenarnos, destruirnos. Se hizo como uno de nosotros para comprendernos, concedernos el Perdón, tocar y curar nuestras heridas, hacernos felices y esperanzados, a concedernos una amnistía sin vuelta atrás. 

El evangelio de este domingo también constata que hay gente que no cree en el Regalo de Dios y la razón es: “porque sus obras son malas”. La malicia mancha nuestros ojos para que veamos desamor o indiferencia allí donde brilla el amor.

Así habló Jesús al anciano Nicodemo. Le decía que tenía que recuperar otra vez la inocencia, nacer de nuevo, para creer en el amor “sin ningún tipo de prejuicios”. Y es que las experiencias de la vida nos endurecen el corazón y nos hacen perder la ilusión.

Conclusión

¡Tanto amó Dios al mundo! Porque confía en todos nosotros…  tan diversos, tan plurales-. Confía en los de derechas e izquierdas, en los del Norte y los del Sur, en quienes se equivocan y en quienes siempre aciertan. ¡Tanto amó Dios al mundo! porque siente pasión y amor por todas sus criaturas. Y su Hijo Jesús ¡también! 

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 3. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO B

LA IDOLATRÍA, “SUCEDÁNEO DE LA FE”

¿Por qué son cada vez menos las personas que creen en Dios? Porque unos exigen signos, otros, sabiduría, otros éxito y dinero… Sin embargo, ¿cómo van a creer en un condenado a muerte de cruz por el imperio romano hace ya más de 20 siglos?

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • ¡Creyentes sí, idólatras, no!
  • La idolatría mancha, la pureza de corazón ilumina
  • La ira de Jesús

¡Creyentes sí, idólatras no!

La primera lectura, tomada del capítulo 20 del libro del Éxodo, proclama este mandato: “No tendrás otros dioses frente a mí”. Pero muy pronto, el pueblo de Israel, le pidió a Aaron que le fabricase un ídolo: el becerro de oro.

También hoy nos fabricamos ídolos, pues no aguantamos la ausencia aparente de Dios. ¿Y quiénes son hoy esos ídolos que nos roban el corazón? Se resumen en tres: el poder, el sexo y el dinero, aunque aparezcan siempre camuflados. Ellos acaparan nuestra capacidad de adoración y nos esclavizan. Y tras entregarnos a ellos, después nos traicionan y abandonan. ¡No estamos en una sociedad de ateos! ¡Nos encontramos -cada vez más- en una sociedad de idólatras!

Y, aunque parezca extraño, mejor que la idolatría es el ateísmo. El auténtico ateo es un creyente… pero negativo: “cree” que Dios no existe. El auténtico ateo no dice “sé” que Dios no existe. No tiene pruebas. Si es honesto, se limita decir: “creo que Dios no existe”. Y, así mismo, el verdadero creyente no dice “sé” que Dios existe, sino “creo” que Dios existe. Y para afirmar su creencia, da un salto en el vacío para que Dios lo acoja: entra en la nube del “no-saber” Lo peor no es el ateísmo, es la idolatría, que suplanta la fe en Dios por una realidad de esta tierra y a ella le dedica su corazón, su culto. Y los nombres de esos ídolos se resumen en tres: sexo, dinero, poder.  

La idolatría mancha, la fe ilumina

Jesús nos dijo: “Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios”. Y también nos dice hoy en el evangelio: “Quitad esto de aquí. No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. La idolatría también aparece en la casa de Dios: cuando en ella no conectamos con Dios, sino con cosas que hay que hacer, con rituales externos, con presencia física, pero ánimo y corazón ausente. Podemos formar una comunidad idolátrica, que “no ve a Dios”. El verdadero templo es Jesús mismo, el Crucificado, el Jesús pan y vino eucarístico, el Jesús Palabra de Dios. 

Y este encuentro de fe es “más precioso que el oro fino, más dulce que la miel de un panal que destila”, como nos dice hoy el salmo 18.

Adorar al Jesús crucificado no es idolatría. Jesús nos lo prometió: “cuando sea elevado en la cruz atraeré a todos hacia mí”. Jesús desde la cruz es la manifestación del verdadero Dios. A él nos podemos dirigir como el buen ladrón y pedirle: “Acuérdate de mí cuando entres en tu Reino”.

El verdadero templo y culto

En el Evangelio nos dice Jesús que su cuerpo es el verdadero templo. Cuando conectamos con Jesús resucitado por la fe, escuchamos la Palabra de Dios, participamos de su mesa, nos invade su Espíritu.

El cuerpo de Jesús no es un ídolo, sino el Misterio que se nos acerca: porque -nos dice- tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y en la cárcel y me visitaste… Dios Padre también nos sale al encuentro. ¿Dónde? Jesús nos los dijo: “entra en tu cuarto, ciérrate con llave, y tu Padre que ve en lo secreto… Que no se entere tu mano derecha de lo que hace tu izquierda… Sed misericordiosos como vuestro Padre… Buscad, ante todo, el Reino de Dios… No andéis preocupados pensando qué comeremos, qué beberemos, con qué nos vestiremos…

 Conclusión

Que nuestras parroquias se conviertan en espacio de hospitalidad anti-idolátrica, en hogares de re-encuentro, de recuperación, allí donde el corazón esclavizado rompe sus cadenas, cura sus heridas y empieza de una vez a amar lo que merece nuestra fe y nuestra entrega.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

Domingo 2. Tiempo de Cuaresma. Ciclo B

LA ENORMIDAD DE LA FE Y DEL AMOR

Este segundo domingo de Cuaresma nos invita a una especie de exageración que se puede denominar. ¡enormidad! Lo enorme supera la norma. No basta obedecer. Es necesario ir más allá. Quienes somos discípulos de Jesús e hijos de Dios Padre tenemos que estar dispuestos a pasar por la enormidad de la fe y del amor.

Dividiré esta homilía en tres partes:
Primera: Un sacrificio más allá de la noma: Abraham
Segunda: La declaración amorosa del Padre-Dios
Tercera: Desde el Tabor al Calvario

Un sacrificio más allá de la norma: Abraham

El relato del sacrificio de Isaac es muy extraño. Dios quiere probar la fe-confianza de Abraham. El filósofo Kant no podía aceptar que Dios mismo diera esta orden; se trataría de una alucinación diabólica y Abraham sería víctima de un engaño infernal. Lo mismo les ha ocurrido a tantas personas que han matado y sacrificado a otros en nombre de Dios.

Otro filósofo, Kierkegaard, sin embargo, dió otra interpretación. ¡Solo el Dios verdadero puede exigir a un ser humano, en este caso a Abraham, que sacrifique lo que más ama. Ese sacrificio es una e-normidad incomprensible y es que sólo Dios puede pedir cosas que se “salen de la norma” y la sobrepasan. La obediencia de Abraham al mandato de Dios sería éticamente terrible si no revelara una fe total, una confianza absoluta en el Todopoderoso. 

La fe de Abraham no es “normal”; no cabe en las normas de ninguna Iglesia o Sinagoga. Su Dios rompe todos los esquemas. Cuando alguien cree tan apasionadamente como Abraham no actúa de una forma “religiosamente correcta”. Para Kierkegaard encontrarse con una persona tocada por Dios es algo estremecedor. Uno está ante quien no se ha dejado llevar por sus caprichos, ni por la lógica racional; uno está ante una persona que después de mucha zozobra, soledad y luchas interiores ha quedado confundida, electrizada, derrotada por el Misterio de Dios.

La declaración amorosa del Padre-Dios 

El segundo relato -la Transfiguración- habla también del Padre y del Hijo. El Hijo no es sacrificado, sino transfigurado, convertido en objeto de inmenso amor, embellecido hasta el máximo. Las figuras y las voces de Moisés y Elías, los grandes profetas de lo divino, pierden relevancia ante él. El Padre invita a que se escuche a su Hijo, a que se le obedezca y se siga su camino. La transfiguración cesa cuando el Espíritu-Nube oculta el Misterio. Todo parece apuntar a la subida hacia otro monte, el Calvario. Allá se mostrará otra e-normidad y locura: la locura del Padre “que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único” y permitió que aconteciera la “gran Desfiguración”. Y es que el grito de la gente: “crucifícale, crucifícale”, llegó a sus oídos. Y se lo entregó “para que lo crucificaran”.

Estamos tocando aquí el núcleo más incomprensible e ilógico de nuestras creencias. El cristianismo tiene mucho que ver con la “e-normidad” del sufrimiento, con el amor probado hasta la última de sus posibilidades. No hay sinagoga, no hay iglesia que pueda albergar a un creyente como Abraham, a un Dios como el Abbá de Jesús, mientras avanzan -en mudo tormento- hacia la montaña del Sacrificio.

Sólo quienes entran en la “e-normidad” de la fe, pueden revelar a Dios. Esas personas manifiestan en su desconcierto, en su alteración vital que Dios las llama  y está ahí.

Por eso, la fe “lógica” y equilibrada, sin pasión, la fe de los justos medios, de las reglas y normas, la fe que no sorprende, que no nos saca de “nuestras casillas” o de nuestra casa, o incluso de aquello que más amamos, ¿será la fe del Dios de Abraham, del Dios de Jesús?

Desde el Tabor al Calvario

La vida cristiana nos lleva del Tabor al Calvario y del Calvario al Tabor. El encuentro “místico” nos cambia los esquemas, nos vuelve “e-normes”, incapaces de ser regulados por las normas. La e-normidad tiene mucho que ver con el sacrificio, el despojo, el sentirse peregrino en todas partes. El hijo amado no tendrá privilegios: no recibirá homenajes, ni medallas de oro. Sólo será, en algunos momentos, transparencia de lo divino; y habrá que escucharle. 

La Iglesia que se aleja del monte Moria, o del monte Calvario, o del monte de la Transfiguración, no tiene enormidad, ni fuertes pasiones, ni las congojas de Abrahám. Basará su fe ortodoxa en fórmulas, pero no en procesos tormentosos de fe. La Iglesia del Tabor y del Calvario, del Monte Moria, es la Iglesia estremecida, la que no puede más, y en esa situación se siente tocada por Dios. Y fortalecida enormemente para seguir su camino,

Escuchar al Hijo es seguirle por el camino, es bajar a la llanura para acabar subiendo al Calvario y asistir a su entrega, a la locura del Amor de Dios.

Al final, se nos promete la bendición, la recuperación de lo que más amamos, porque quien pierde su vida la gana.

José Cristo Rey García Paredes, CMF