DOMINGO 1. PASCUA. CICLO C

¡LA RESURRECCIÓN LO HA CAMBIADO TODO “según las Escrituras”

Domingo de Resurrección

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • La perplejidad ante la cruz y el sepulcro abierto.
  • La respuesta de Pedro: ¡según las Escrituras
  • Un acontecimiento colectivo

La perplejidad ante la cruz y el sepulcro abierto

Los primeros discípulos no entendían cómo había terminado Jesús en una cruz ni por qué se había dado esa alianza entre autoridades religiosas y políticas. ¿Quién era realmente Jesús? ¿Había actuado contra la Ley y los Profetas? Todo parecía un misterio. Sin embargo, el sepulcro vacío comenzó a revelar el sentido oculto: Dios mismo había actuado poderosamente a favor del condenado.

El evangelio de Juan narra cómo María Magdalena, Pedro y el discípulo amado enfrentaron este desconcierto. Al principio, pensaron en un robo o profanación. Pero fue el discípulo amado quien, al ver las vendas y el paño doblado, comenzó a creer y entender las Escrituras: la muerte de Jesús tenía un sentido profundo a la luz del Antiguo Testamento.

La respuesta de Pedro: según las Escrituras

El discurso de Pedro al centurión Cornelio ofrece tres claves fundamentales:

  • La misión de Jesús: Ungido por el Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos. Dios estaba con Él.
  • La resurrección: Aunque fue condenado y ejecutado, Dios lo resucitó al tercer día y permitió que se manifestara a testigos elegidos, compartiendo mesa con ellos después de su resurrección.
  • El mandato: Jesús ordenó predicar y dar testimonio de su destino final como juez de vivos y muertos, ofreciendo el perdón de los pecados a quienes creen en Él.

Pedro conecta este testimonio con las Escrituras: los profetas ya hablaban de Jesús, y su vida cobra pleno sentido desde esta perspectiva.

Un acontecimiento colectivo

La resurrección no es un hecho aislado; es el inicio de una realidad colectiva: la resurrección de los muertos. Por eso, la Carta a los Colosenses afirma que hemos resucitado con Cristo y nos invita a vivir como resucitados, orientados hacia las cosas del Reino de Dios.

Cuando los acontecimientos parecen incomprensibles, necesitamos iluminarlos con la Palabra de Dios. Los profetas, los salmos y el Nuevo Testamento son instrumentos esenciales para descubrir el sentido profundo de nuestra historia. ¡En la luz de las Escrituras encontramos la clave para vivir con esperanza!

Conclusión

Y concluyo preguntándome: ¿qué significa para mí que Jesús haya resucitado? ¿Me ilumina cuando en la vida debo afrontar dificultades? ¿Vivo como alguien que sabe que al final “todo acabará bien y que Dios proveerá?

“¡No temamos! Vivamos con la certeza de que Cristo ha vencido la muerte y nos llama a caminar en su luz. ¡La resurrección es nuestro bello destino -aunque nos resulte inimaginable!”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

VIERNES SANTO. 2025

El cuarto evangelio nos muestra a un Jesús, lleno de energía durante su pasión y muerte. El autor del cuarto evangelio, el llamado “discípulo amado”, conocía muy bien a Jesús. Había sido su confidente, su mejor amigo. Por eso, lo que nos dice sobre la Pasión y Muerte de Jesús, merece toda nuestra atención.

Hoy, viernes santo, la madre Iglesia quiere escuchar su relato de la pasión. Entre otras cosas, porque no quiere que nos centremos en la tragedia del Calvario en sus aspectos más externos, sino más bien, quiere que nos encontremos en este día con el auténtico Jesús del Vienes Santo. El discípulo amado es el mejor testigo para hablarnos de Él. Estuvo con Jesús en la última Cena, lo siguió a casa del Sumo Sacerdote. Estuvo junto a la cruz de Jesús. Fue el último confidente del Señor y uno de los primeros en verlo resucitado.

Me llama la atención la forma de hablar de Jesús, según el relato que nos hace el cuarto Evangelista. Fijémonos en algunas de sus palabras:

  • ¡Yo soy! ¡Dejad marchar a éstos!
  •  ¡Mete la espada en la vaina! Si he hablado mal, muestra en qué, si no ¿por qué me hieres?
  • ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?
  • ¡Mi reino no es de este mundo!
  • ¡Todo el que es de la verdad escucha mi voz!
  • ¡No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado!
  •  “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”.
  • ¡Tengo sed!
  • ¡Está cumplido!

Estas palabras no son las de un hombre fracasado, ni deprimido. Jesús podría tener razones para sentirse el más fracasado del mundo, pero ¡no! tenía una energía interior admirable. En medio del sufrimiento más oscuro, tiene una energía que todo lo supera. Jesús no es una víctima. Es señor hasta el último momento. Sus verdugos, quienes lo quieren juzgar, quienes lo condenan, son ¡las víctimas de su no-violencia!

Y es que, hermanas y hermanos,

  • tiene más fuerza el amor que el odio,
  • tiene más poder una mujer capaz de dar a luz un niño, que un herodes que mata a centenares de niños,
  • tiene más poder quien enciende una luz, que quien apaga las luces de una ciudad.

Jesús, con su amor, sintiéndose amado por Dios y amando hasta el extremo, tenía en sí mismo energía suficiente para superarlo todo y para vencer amando a quienes lo mataban.

Al final ¡venció el Amor! ¡el Amor de los Amores!

¿No lo habéis visto en el rostro de las personas que aman mucho? ¡Cuánto poder tienen! ¡Nada las vence!

  • Borrad resentimientos.
  • Acabad con la crítica permanente a los que os son contrarios.
  • Perdonad sin condiciones.
  • Amad sin condiciones.
  • Sólo así seréis, seremos, hermanos de Jesús y tendréis el señorío que Él tuvo cuando se despidió de nosotros.

Gracias, Discípulo Amado de Jesús, por estas bellísimas páginas sobre el fin de Jesús, que nos dejaste. Gracias, porque cada año que las proclamamos nos parecen nuevas. Tú, que tanto amaste a Jesús, enséñanos a amarlo, a dar la vida por Él. Enséñanos el arte de la no-violencia, del no-resentimiento. Haz que hagamos del amor, como tú, nuestra “arma más poderosa”.

Viernes Santo,
circula el amor a borbotones…
lo que no es amor…. ¡ se está ahogando!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

JUEVES SANTO

“UN SOLO CUERPO”: EL PAN Y EL CÁLIZ

En el centro el Cuerpo de Jesús

Jueves, Viernes y Sábado Santo son los días en los cuales nuestra atención se centra en el “cuerpo de Jesús”. Los pasos de la Semana Santa nos lo muestran. Hacia ese cuerpo se dirigen las miradas. Ante ese cuerpo se emocionan los corazones. Parece que carga sobre sí todo el dolor del mundo. En su rostro vislumbra la gente su propio dolor: el ya sufrido, el que ahora le acongoja, el dolor que de seguro vendrá.

Los artistas han sabido plasmar en sus imágenes de Semana Santa un cuerpo de Jesús en situación límite e incluso muerto sin que por ello parezca un cuerpo desahuciado y vencido. Año tras año, generación tras generación se repite el mismo espectáculo y surgen las mismas emociones. ¡Y todo tiene como foco… el cuerpo de Jesús!  

En el Cenáculo de Jerusalén

 Allí está reunido Jesús con sus discípulos para celebrar “la última Cena”, la “Cena de despedida”, “la cena del Adiós”, la “cena del Testamento”

Los grandes patriarcas del Pueblo de Dios hacían de la última cena o comida con sus hijos la “cena del Testamento” (Jacob en Gen 48-49). Jesús también hace su Testamento. El cuarto evangelista inicia el relato de la Cena con estas palabras: “Amó a los suyos que estaban en el mundo y los amó hasta el final (telos)” (Jn 13, 1).

Pero también se manifiesta el mal, el diablo que actúa a través de uno de los discípulos, Judas, que lo traiciona y entrega a los judíos para que lo eliminen.

El símbolo del lavatorio de los pies

“Durante la cena Jesús vierte agua en una jofaina y comienza a lavar los pies de los discípulos y a secarlos. Culturalmente, la parte inferior del pie se consideraba una parte deshonrosa del cuerpo. El lavado de los pies de otra persona lo realizaba un esclavo o una persona de estatus inferior (1 Sam 25:41). Jesús le dio tal importancia a este gesto. Ante la negativa de Pedro, lo puso ante la alternativa de: “o te lavo y estás de mi parte, o no te lavo y estarás contra mí”.

Los cuerpos de los discípulos tienen vocación de in-corporación para formar todos “un solo cuerpo” en Jesús. Se trata de una primera comunión a través del tacto. Y Jesús añade: ¡laváos los pies unos a otros! ¡Honrad vuestros cuerpos! ¡Bendecíos mutuamente! ¡Alejáos de cualquier forma de violencia corporal!¡Haceos siervos los unos de los otros! ¡Dad la vida los unos por los otros!

El símbolo del Pan eucarístico

Franz von Stuck, Pietà, 1891

Sigue la cena de despedida… y de nuevo aparece el Cuerpo. Esta vez tiene la “sagrada forma” de pan: pero no solo de pan, sino de pan dentro de un escenario de interrelación: ¡de pan entregado! Es el pan de la comida, es el pan que Jesús parte y reparte: “Tomad, comed, ¡esto es mi cuerpo!”

No se trata sólo del pan, sino del pan partido y distribuido por las manos mismas de Jesús. Él habla de un cuerpo que rebasa sus límites, de un cuerpo que toca, que se acerca, que quiere ser tomado, comido… hasta entrar en el otro cuerpo: “vosotros en mí y yo en vosotros”. El pan-cuerpo tiene una existencia pasajera y transitiva: lo acucia la impaciencia de ser comido y desaparecer en el cuerpo de los discípulos. “Pharmacon athanasías” o “medicamento de la inmortalidad” lo llamaban los antiguos cristianos.

El cuerpo-pan vivifica al cuerpo que lo recibe: “quien come mi pan no morirá para siempre”. Quien comulga se incorpora al Cuerpo que todo lo sana, que resucita, que establece Alianza para siempre. Jesús quiere compartir su cuerpo y hacernos así sus con-corpóreos.

Estrechamente unida al cuerpo… también la sangre. Jesús transforma la escena anterior: ahora lleva en sus manos un cáliz. Derrama sobre él el vino; la entrega a cada uno de sus discípulos y les dice:  “Tomad, bebed: esta es mi sangre, sangre de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. 

Jesús quiere compartir su sangre y hacernos sus con-sanguíneos. Para él, como hebreo, la sangre era mucho más que ese flujo líquido que recorre nuestras venas: era el símbolo de la vida, de su vida, que sólo encontraba su sentido des-viviéndose, entregándose. Por eso, también la sangre crea comunión, consanguinidad, Alianza para siempre.

El Sacerdocio fundamental

Jesús quiso que todos nosotros, sus seguidoras y seguidores formáramos el pueblo sacerdotal, o pueblo de sacerdotes. En el Bautismo somos todos consagrados sacerdotes de Dios. Pero en este día, celebramos el origen de una forma peculiar de sacerdocio: el de aquellas personas elegidas para servir y liderar al pueblo de Dios. Jesús le dijo una vez a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Ante la respuesta afirmativa, Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejitas”. Los pastores son muy tentados por el Maligno y pueden -como Pedro- negar al Señor, y convertirse en lobos del rebaño del Señor. Roguemos por ellos, para que no caigan en la tentación.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO DE RAMOS. 2025

LA SERENIDAD QUE TRANSFIGURA EL DOLOR

(Relato de la Pasión de san Lucas)

1. Un Rey que desarma: el asno, el sepulcro y la novedad de Dios

Un asno sobre el que nadie había montado, un sepulcro en el que nadie había sido sepultado: El animal que utiliza el Señor para su entrada en Jerusalén como Mesías Hijo del hombre es un animal que estaba destinado para ello y no para otra cosa. El sepulcro que acoge el cuerpo de Jesús es un sepulcro sin estrenar. ¡También María la Madre de Jesús era una mujer sin estrenar, virgen! Con Jesús llega la novedad, y lo que toca se reviste de novedad: el nacimiento, la sepultura y la investidura como rey.

Hoy, en un mundo que idolatra lo efímero, Cristo nos invita a ser lo nuevo: comunidades que no repiten eslóganes, sino que crean caminos de paz. ¿No es este el Mesías que desarma a Herodes con silencio (Lc 23,9) y a Pilato con verdad (Lc 23,3)? Un Rey sin ejército, que convierte cruces en tronos.

2. «Haced esto en memoria mía»: El pan que desata cadenas

En el Cenáculo, Jesús no solo instituye la Eucaristía: redefine el poder. Mientras Roma dominaba con espadas, Él se entrega como pan (Lc 22,19). Y en el Calvario, perdona a sus verdugos (Lc 23,34). 

Hoy, cuando la Iglesia vive sus propias traiciones (abusos, divisiones), Lucas nos recuerda que la Eucaristía no es premio para perfectos, sino medicina para heridos. Judas recibe el mismo cáliz que Pedro: la misericordia no discrimina. ¿No es esta la revolución que necesitamos? 

3. Oración: El susurro que vence el caos

Tres veces ora Jesús en la Pasión:

  • En el Cenáculo, canta salmos (Lc 22,39-46).
  • En Getsemaní, suda sangre, pero elige el «hágase tu voluntad» (Lc 22,42).
  • En la cruz, muere rezando: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Lucas nos muestra que la oración no es escape, sino abrazo al dolor con esperanzaHoy, ante las «tinieblas» personales y colectivas (guerras, soledad, depresión), Jesús nos enseña a gemir con fe. Como Pedro, que llora tras la mirada de Cristo (Lc 22,61-62), nosotros somos invitados a llorar… pero sin dejar de caminar.

4. La hora de Satanás… y de las discípulas

Mientras los apóstoles huyen, las mujeres siguen a Jesús (Lc 23,49). José de Arimatea, oculto antes, ahora reclama su cuerpo (Lc 23,50-53). Lucas revela que, en la noche del mal, brillan luces inesperadas. 

Hoy, cuando muchos se preguntan «¿Dónde estaba Dios en mi dolor?», la Pasión responde: «En el migrante que ayuda, en el médico que agota turnos, en el joven que cuida a su abuelo». El Reino avanza con los valientes que, como el buen ladrón (Lc 23,40-43), eligen compasión incluso al borde del abismo.

5. «Porque Tú estás conmigo»: La dignidad del que sufre

Lucas no se recrea en los latigazos, sino en los gestos que revelan divinidad:

  • Jesús cura la oreja del soldado (Lc 22,51).
  • Consuela a las mujeres de Jerusalén (Lc 23,28).
  • Promete el Paraíso al ladrón (Lc 23,43).

Hoy, en una cultura que ignora a los frágiles, Cristo nos desafía: el dolor no nos hace menos humanos, sino más dignos. Como José y las mujeres, que preparan aromas «reposando el sábado» (Lc 23,56), aprendemos que, tras la noche, siempre llega el alba.

Conclusión: ¿Por qué Lucas escribe así?

Porque sabe que la Cruz no es el final. La serenidad de su relato es la calma de quien confía en la Resurrección. Hermanos, en un mundo que grita «¡Sálvate a ti mismo!» (Lc 23,35-39), Jesús muere diciendo «Padre, perdónalos»He aquí la Buena Noticia: el amor es más fuerte que la muerte. Y si Él transfiguró el fracaso en gloria, ¿qué no hará con nuestros dolores, si se los entregamos?

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

5 DOMINGO. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

¡EL DESIERTO PUEDE FLORECER!

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • El desierto acabará… Dios abre ríos en él
  • ¡Olvida lo que queda atrás y ¡corre hacia la meta!
  • Desenmascara a lo que condenan… ¡Yo no condeno!

El desierto acabará… Dios abre ríos en él

Si en el pasado hubo desiertos… confía, porque Dios “abrió un camino en el mar” y puede abrir ríos en el desierto.

En este año 2025, tras la crisis de la pandemia y de las guerras locales (Ukrania y Rusia, Israel y Palestina…), podemos caer en el derrotismo. Somos Iglesia y estamos llamados a ser profetas de lo nuevo. ¿Cómo? Como el agua en el desierto: siendo signo de vida allí donde hay sequedad espiritual (individualismo, soledad existencial).

Olvida lo que queda atrás y corre hacia la meta!

En 2025, en una sociedad obsesionada con el éxito y una Iglesia tentada por el auto-ensalzamiento (esplendor de sus celebraciones, cifras de bautizados), la segunda lectura de la carta a los Filipenses es un antídoto.

En ella Pablo desprecia los «méritos» que ha conseguido en el ámbito religioso. Y confiesa que lo único que aprecia y abraza es a Cristo, como su única razón de vivir. Pablo describe la santidad -¡no como un trofeo!-, sino como una carrera: caer y levantarse, son los ojos fijos en quien nos conquistó primero. Por eso la pregunta-clave es: ¿Qué «méritos» debemos soltar para abrazar la pobreza de Cristo? No pocos se abrazan al tradicionalismo, otros a los éxitos pastorales, otros a las identidades de grupo. Otros se abrazan al Jesús que acoge a los pecadores y come con ellos. Son éstos quienes están en lo cierto.

Desenmascara a los que condenan… ¡Yo no condeno!

En el evangelio de hoy Jesús desarma a los acusadores de la mujer con un doble gesto: perdón sin ingenuidad («no peques más») y denuncia sin violencia («el que esté sin pecado…»). La Iglesia se encuentra también hoy en el 2025 -como Jesús- en la plaza pública. Y nos plantean temas éticos candentes: bioingeniería, eutanasia, migraciones masivas… ¿qué puede la Iglesia aprender de Jesús?

Conclusión: «El desierto puede florecer»

En un mundo sediento de esperanza, estos textos son la brújula. Como Isaías hemos de creer que Dios actúa hoy, no ayer. Como san Pablo hemos de soltar el lastre para correr hacia Cristo. Como Jesús seamos custodios de la alianza con manos abiertas. Seamos “arena sagrada” donde Dios pueda escribir caminos nuevos. Arena que no atrapa, sino que acoge las huellas de quienes buscan volver a casa.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

4 DOMINGO. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

“DIOS NOS SORPRENDE: NUEVO COMIENZO

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Un nuevo comienzo
  • Reconciliación: no condenar sino abrazar.
  • La misericordia que desarma

Un nuevo comienzo

La primera lectura -tomada del libro de Josué- nos presenta al Pueblo de Israel dejando atrás el desierto, el alimento del maná, los 40 años de camino por el desierto. Ahora el pueblo tiene la Tierra que Dios le prometió. E inicia un “nuevo comienzo”. Hoy, en la Iglesia vivimos un tiempo de transición: sinodalidad, reformas, desafíos pastorales. Como el pueblo de Israel tenemos que madurar y superar divisiones, clericalismos, rigideces. La enfermedad y recuperación del Papa Francisco nos recuerdan que la fragilidad no es obstáculo, sino espacio para confiar en Dios, que nos guía a tierras nuevas.

Reconciliación: no condenar, sino abrazar

La lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios nos dice que “en Cristo somos «nueva creación» y que nuestra vocación es ser «ministros de la reconciliación». En un mundo fracturado por guerras, desigualdades y polarizaciones, la Iglesia debe ser puente, no muro. El pontificado de Francisco insiste en esto: una Iglesia en salida, que sana heridas (cf. Amoris Laetitia, encuentros interreligiosos, atención a migrantes). La reconciliación exige valentía para pedir perdón (como el hijo pródigo) y para ofrecerlo (como el padre). En un tiempo de críticas internas y divisiones, esta lectura de san Pablo nos desafía para que reconozcamos nuestra vocación profética: no condenar, sino abrazar; no excluir, sino integrar.

La misericordia que des-arma

Si algún texto pudiera denominarse “corazón del Evangelio” la parábola del hijo pródigo ganaría el premio: Dios es Padre que corre al encuentro, restaura dignidades y celebra la vida: ¡corre, restaura y celebra!

Jesús relata la parábola -¡y esto es muy importante!- ante fariseos que murmuran por su cercanía a los pecadores. Hoy, algunos cuestionan el estilo pastoral de Francisco, acusándolo de «laxismo», mientras él insiste en que la misericordia no es herejía, sino revolución. La Iglesia no puede ser como el hijo mayor, resentido ante la gracia concedida a otros. El Papa, en su fragilidad física, nos enseña que la auténtica fuerza está en la ternura: visitar cárceles, lavar pies, escuchar a los descartados. La enfermedad del Pontífice es también símbolo: la Iglesia debe sanar de autorreferencialidad para abrazar su vocación de «hospital de campaña».

Conclusión

El mensaje de este domingo debe interpelarnos. Estamos en “tierra nueva” -como Israel en la tierra prometida: es hora de cosechar lo sembrado con paciencia a lo largo de estos últimos años. Como Pablo, somos embajadores de un Reino que no se construye con poder, sino con servicio. Como el padre de la parábola, estamos llamados a ser signos de un amor que no calcula. La convalecencia del Papa Francisco es un llamado a confiar: ni las estructuras ni los líderes salvan, sino Cristo, que renueva todo (Ap 21,5). Que esta etapa invite a la Iglesia a caminar con humildad, audacia y compasión, sabiendo que, incluso en la debilidad, Dios hace «nuevas todas las cosas».

José Cristo Rey García Paredes, CMF

3 DOMINGO. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

DIOS QUE LIBERA – ÍDOLOS QUE DECEPCIONAN

Alessandro Serra
  • El Dios que ve, escucha y libera
  • ¡Yo soy el que seré! ¡Los ídolos… nada y vacío!
  • Si no os arrepentís, ¡pereceréis!

1. El Dios que ve, escucha y libera

Moisés se introdujo en el desierto y allí Dios le esperaba… y se le manifestó en una zarza ardiente e incombustible. Quien se le reveló era Dios. Y Dios, profundamente afectado por los sufrimientos de su pueblo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores”. Moisés le pregunta por su nombre. Y Él responde: “Yo soy el que soy”, o tal vez mejor traducción, “yo soy el que seré”. Dios no se define como un sustantivo, sino como un verbo, lleno de dinamismo y de energía futura. A Dios se le conoce no por su nombre, sino por su actividad liberadora

2. ¡Yo soy el que seré! ¡Los ídolos… nada y vacío!

San Pablo “actualiza” aquel texto arcaico y lo aplica a la comunidad cristiana de Corinto y también hoy a nosotros: “Estas cosas les sucedieron como ejemplos, y fueron escritas para amonestarnos a nosotros”. Y seguidamente Pablo nos dice que también nosotros podemos caer hoy en la idolatría, la inmoralidad sexual y las quejas contra Dios. Hay personas para quienes el domingo es el día del futbol -su ídolo-, pero no el día del Señor -su dios verdadero-. Acuden al ídolo. Se excluyen del encuentro con el Dios verdadero. Hay personas para quienes el sexo es su dios, pero no el Amor liberador de Dios: prefieren la esclavitud de Egipto a la liberación de Aquel que les ofreció la libertad.

3. Si no os arrepentís… ¡pereceréis!

La respuesta de Jesús a dos tragedias que sucedieron en su tiempo enfatiza en la necesidad inmediata del arrepentimiento: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Arrepentirse no significa que volvamos a los rituales religiosos, sin más, sino a que emprendamos un cambio radical en nuestros corazones y vidas; una llamada a reemprender el camino de Dios y abandonar el seguimiento de los ídolos.

Conclusión

¿Estamos escuchando la llamada de Dios, como Moisés? ¿Estamos dispuestos a arrepentirnos de todo aquello que nos desvía del proyecto liberador de Dios sobre nosotros?

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 2. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

CIUDADANOS… ¿DE DÓNDE? 

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Nuestro pacto con Dios
  • ¿Cuál es nuestra ciudadanía?
  • La ciudadanía del Jesús transfigurado.

Nuestro pacto con Dios

Dios estableció un pacto con Abraham. Judíos, musulmanes y cristianos reconocemos a Abraham como nuestro padre en la Fe y, por  lo tanto, unos a otros como “hermanos”. Todos los hijos de Abraham estamos ligados por el mismo Pacto. ¿Confiamos en que Dios sigue siendo fiel al pacto y cumplirá su promesa también “hoy”, con nosotros?

¿Cuál es nuestra ciudadanía?

Decía Schelling el filósofo idealista que “todo el cosmos extenso en el espacio no es otra cosa que la expansión del corazón de Dios”. Se dice que en algunas partes del cuerpo está representado todo el cuerpo: ¡la reflexoterapia! También se dice que en el cuerpo humano está representado todo el cosmos: “en los ojos se encuentra el fuego; en la lengua, que forma el habla, el aire; en las manos que tienen en propiedad el tacto, la tierra; y el agua en las partes genitales” (Bernardo de Claraval).

En su tratado “Del Alma” Aristóteles sólo habla del cuerpo. ¿No parece extraño en el filósofo de la lógica? ¡Ésa es precisamente su gran intuición! El cuerpo es “lo abierto”, lo “no-cerrado” en sí mismo; el cuerpo no es prisión, sino camino de éxodo, extensión que parece ser casi infinita… ¡alma! también. El alma es el cuerpo en su misteriosa apertura. El cuerpo es el alma en su concreto inicio de expansión.

San Pablo nos recuerda que ¡somos ciudadanos del cielo! Aquí en la tierra todavía somos nómadas, peregrinos. En este año jubilar nos definimos como ”peregrinos de la esperanza”, porque aquí no tenemos ciudadanía permanente.Isabel Guerra (monja cisterciense)

La ciudadanía del Jesús transfigurado

El Cuerpo de Jesús entró en el silencio, en la oración contemplativa. Transfigurado, mostró su apertura al infinito. Antes de que en Jerusalén, en la última Cena, Jesús dijera “Hoc est enim Corpus meum”, los discípulos contemplaron la Gloria de su Cuerpo. Ellos quedaron estupefactos. No entendían. No sabían lo que decían. Pero allí contemplaron el Cuerpo resucitado. No se trataba únicamente de la individualidad de Jesús. Su cuerpo “abierto” sería más tarde el Cuerpo “eclesial”, el Cuerpo “eucarístico”; la resurrección individual de su Cuerpo formaría parte de la Resurrección de los Cuerpos.

El relato de la Transfiguración de Jesús en el Tabor nos ha anticipado la imagen de la ciudadanía del cielo: Dios Padre, Jesús revestido de blancura divina y Belleza, el Espíritu nube luminosa, Moisés y Elías como representantes del nuevo Pueblo de Dios. Y tras esa experiencia, Pedro exclamó: ¡Maestro, qué bueno es que estemos aquí! Y quiso iniciar así la nueva ciudadanía. Pero llegó la nube y todo concluyó: Jesús sólo. Ellos guardaron silencio.

Conclusión

No celebramos en este segundo domingo de Cuaresma la mortificación, la maceración del cuerpo, sino su transfiguración. Es también la fiesta del Corpus Christi, pero esta vez del Corpus transfigurado, glorificado.

Formar parte de la Iglesia es formar parte del Cuerpo de Cristo. Somos sus miembros. ¡Que seamos sus miembros transfigurados!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 1. CUARESMA. CICLO C

DESIERTO, FRAGILIDAD Y GRACIA

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Enfrentarse al vacío, al desierto, a nuestra vulnerabilidad.
  • Lo que Jesús rechazó, después le fue concedido
  • ¡Entremos en el desierto! 

Enfrentarse al vacío, al desierto, a nuestra vulnerabilidad

El evangelio de Lucas nos propone la escena del desierto, donde Jesús enfrenta el vacío y al mal espíritu, pero «lleno del Espíritu Santo» (Lc 4,1). Es importante esta frase: “lleno del Espíritu Santo”.

El evangelista Marcos presenta a Jesús tentado por el Maligno, sin especificar cuáles fueron las tentaciones. El evangelista Mateo estructura las tentaciones como un desafío ascendente: hambre (convertir las piedras en pan), milagro (arrojarse desde el pináculo del Templo) y poder (la posibilidad de obtener todos los reinos de la tierra), 

El evangelista Lucas invierte, invierte sin embargo el orden: hambre, poder y milagro: el milagro sería saltar desde el pináculo del templo y esperar que los ángeles lo recogieran, porque además está escrito en uno de los salmos. Ésta era la tentación de la religiosidad espectacular: usar a Dios para ser admirado. 

En el desierto, Jesús está hambriento, es vulnerable. El Tentador le ofrece soluciones inmediatas: pan(seguridad material), reinos (poder político), ángeles (manipulación de lo divino). Pero esa no es la identidad de Jesús.

Lo que Jesús rechazó… después le fue concedido

Él no fue el mesías poderoso y rico, sino el hijo de Dios que «escucha el clamor del pobre». ¡El desierto no era para Jesús un lugar maldito, sino un lugar de encuentro con Dios!

Jesús no buscó atajos: lo que el Maligno le ofrecía, acontecería en otro momento y de otra forma: un día multiplicó los panes y los peces para una muchedumbre hambrienta.

Otro día no buscó un milagro espectacular, sino que se dejó clavar en una cruz como un malhechor; finalmente, tras la mayor kénosis, Dios le concedió que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y toda lengua proclame que Jesús es Señor. 

Jesús -lleno del Espíritu- al no ceder a las tentaciones no suprimió lo humano, pero sí lo transfiguró. Ayunó 40 días para escuchar la Palabra de Dios: «No solo de pan vive el hombre». Así, quien sigue a Cristo no evita el desierto, pero lo atraviesa con la certeza de que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). La libertad no es ausencia de lucha, sino confianza en que, incluso en la caída, somos «más que vencedores» (Rm 8,37).

¡Entremos en el desierto! 

El desierto nos despoja. Estamos llamados a caminar con los pies en la tierra y el corazón en la promesa de Dios. Las tentaciones de Jesús revelan que lo divino se esconde en la fragilidad: no en el pan que se acumula, ni en los reinos que oprimen, ni en los milagros que deslumbran, sino en el silencio que confía. Hoy, el Espíritu nos invita a un éxodo interior: dejar de temer nuestra humanidad para convertir el desierto – como Jesús- en cuna de resurrección.

Conclusión

¿Qué piedras queremos convertir en pan? ¿Qué reinos idolatramos? ¿Qué precipicios nos seducen? La respuesta no está en nuestra fuerza, sino en la memoria de un Dios que, en el desierto, susurra: «Yo soy tu refugio».

José Cristo Rey García Paredes, CMF