EL CIELO SE RASGA. JESÚS EMERGE. EL ESPÍRITU ANIDA
Hay momentos en los que el cielo se abre… y todo cambia. Quizá no los recordamos, pero nos marcaron para siempre. Uno de esos momentos fue nuestro bautismo: allí comenzó el gran relato del amor de Dios en nosotros.
Jesús tenía treinta años cuando se acercó al Jordán. Había una fila de gente sencilla, con heridas y esperanzas, buscando un nuevo comienzo. Y Él se puso en esa fila. No miró desde lejos: se mezcló con nosotros. El Dios del cielo descendió a nuestras aguas turbias, se metió en nuestro barro, en nuestra vida.
Al salir del agua, el cielo se rasgó. No se abrió suavemente: se desgarró. Fue como si el cielo, retenido tanto tiempo, se partiera para que Dios pudiera abrazar de nuevo a su creación. Y desde lo alto, la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.”
También sobre nosotros se pronunció esa palabra. Aunque no la recordemos, esa voz nos nombró entonces y nos sigue nombrando hoy. Somos hijos, somos hijas, somos motivo de alegría para Dios.
Luego descendió el Espíritu, como una paloma cansada que por fin encuentra hogar. El Espíritu anidó sobre Jesús, y desde aquel momento busca anidar también en nosotros: en nuestras vidas imperfectas, en nuestros silencios, en nuestros deseos más hondos.
Quizá hace tiempo que no pensamos en nuestro bautismo, quizá lo sentimos como algo antiguo… Pero el cielo no se ha vuelto a cerrar. La voz del Padre sigue sonando, y el Espíritu sigue buscando dónde posarse.
Ser bautizados es vivir sabiendo que el cielo está abierto, que Dios camina dentro de nosotros, que hay una ternura que no se borra.
Hoy, al reunirnos en esta Eucaristía, dejemos que esa palabra vuelva a brotar: “Eres mi hijo, eres mi hija amada.” Dejemos que el Espíritu rehaga su nido en nuestra alma y que la vida entera se convierta en respuesta agradecida.
El cielo sigue rasgado. El agua sigue fluyendo. Y el Espíritu, paciente y fiel, continúa anidando en nosotros.
¡LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS!
Hoy el Evangelio de Juan nos regala estas palabras tan densas y luminosas: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”..
¿Qué significa esto?
Que Dios no nos envió un mensaje, no nos dejó un manual. Se hizo uno de nosotros. Tuvo el rostro concreto de Jesús de Nazaret: un hombre que nació de mujer, que tuvo hambre y sed, que se cansó de caminar, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, que reía con los niños, que comía con pecadores y justos por igual. Ese Jesús histórico, que caminó por las aldeas de Galilea hace dos mil años, es el mismo que está aquí, ahora, con nosotros. Porque antes de partir nos hizo una promesa que sostiene nuestra fe: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Tres presencias… un mismo Jesús
¿Cómo cumple Jesús esta promesa? De tres maneras luminosas que se entrelazan en esta Eucaristía:
Primero, está presente en su Palabra. Cuando proclamamos el Evangelio, no estamos leyendo un texto antiguo. Es Él quien nos habla hoy, aquí, ahora. La misma voz que sanó al ciego, que perdonó a la adúltera, que llamó a Lázaro de la tumba, sigue resonando en estas palabras. Por eso las escuchamos de pie: porque es el Señor quien nos habla.
Segundo, está presente en la Eucaristía. Este pan que partimos es su Cuerpo. Este vino que compartimos es su Sangre. No un símbolo, no un recuerdo: Él mismo, el mismo Jesús que nació en Belén, que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Se hace alimento para nosotros. Entra en nosotros para que nosotros podamos vivir en Él.
Y tercero, está presente en nosotros, en cada bautizado. San Pablo lo dice con claridad: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cuando comulgamos, cuando acogemos su Palabra, Jesús nos transforma desde dentro. Nuestras manos pueden convertirse en sus manos que bendicen y sanan. Nuestros ojos en sus ojos que miran con misericordia. Nuestro corazón en su corazón que ama sin límites.
No estamos solos
Nunca hemos estado solos. En cada alegría y en cada lágrima, en cada amanecer y en cada noche oscura, Jesús ha estado ahí. No como una idea lejana, sino como presencia real y cercana.
Cuando venimos a Misa, cuando abrimos el Evangelio en casa, cuando comulgamos -llevando en el corazón nuestras penas y esperanzas- Él ha estado ahí. El mismo que hace dos mil años caminaba por Galilea, el mismo que hoy nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré”.
La invitación
Esta semana, cuando abramos el Evangelio, recordemos: es Jesús quien nos habla… Cuando comulguemos, sepamos: es Jesús quien entra en nosotros.
Y cuando salgamos de aquí, a nuestras casas, a nuestro trabajo, a la calle, llevemos esta certeza: somos portadores de Cristo. Él vive en nosotros y quiere amar, consolar y servir a través de nosotros.
La Palabra no se quedó en el pasado. Se sigue haciendo carne: en el pan consagrado sobre este altar, y en nuestra propia carne cuando le dejamos vivir en nosotros.
Que María, que dio carne a la Palabra en su seno, nos ayude a ser como ella: lugares donde Jesús se hace presente, visible, cercano para todos los que nos rodean.
“Del misterio que seduce, la identidad que desafía, el rechazo que brutaliza… ahora: la bendición que transforma.”
TE BENDIGO….
“Primer día del año. ¿Sabes cuál es el primer mensaje de Dios para ti? No es ‘esfuérzate más’. No es ‘ponte metas imposibles’. Es algo mucho más poderoso: “‘Te bendigo.’”
En el libro de Números escuchamos la bendición más antigua del mundo: ‘Que el Señor ilumine su rostro sobre ti, que te mire con amor y te conceda la paz.’”
“Tres veces se repite el nombre de Dios. Tres veces nos bendice. Y aquí está el giro: Dios no espera a que seas perfecto para bendecirte. Te bendice primero.”
VER EL ROSTRO DE DIOS
Ver el rostro de Dios… y todo lo demás basta.’ Esa es la mayor bendición. Y en Navidad vimos ese rostro: un bebé en un pesebre. Nada espectacular para el algoritmo.
“Los pastores corrieron y encontraron exactamente eso: Dios haciéndose pequeño para bendecirnos de cerca. Al octavo día lo circuncidan. Su nombre: Yeshua, Josué. El que introduce en la tierra prometida. El Creador… ahora el Liberador.”
¿Y María? ‘Guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.’ No las publicó al instante. No las compartió en stories. Las guardó. Las procesó. Las vivió.” ¡Eso es sabiduría espiritual!
ERES BENDICIÓN
“Este 2026, hagamos algo diferente: No solo pongas metas. Reconoce primero la bendición que YA eres.”
“No solo corras detrás del éxito. Detente como María y medita qué está haciendo Dios en tu vida. No esperes a diciembre para agradecer. Empieza hoy, ahora, aquí.”
“La bendición de Dios ya está activada sobre ti. No necesitas ganártela. Solo recibirla, vivirla, compartirla. Que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda paz.”
“2026: El año en que creíste en la bendición. Amén.”
EL RECHAZO BRUTAL: LA SAGRADA FAMILIA HACIA EGIPTO
La liturgia de la noche de Navidad nos ha hablado del “Misterio que seduce”. La del día de Navidad de “la identidad que desafía”. Hoy… nos habla del “rechazo brutal”.
Tres días después de Navidad, el Niño Dios tiene que huir en la noche. Se convierte en refugiado. ¿Y adivina a dónde huyen? A Egipto.
Egipto. El lugar de la esclavitud. Del que Moisés sacó al pueblo hacia la libertad. Y ahora, la Sagrada Familia vuelve a Egipto… para encontrar vida.”
La Tierra Prometida se volvió mortal. El hogar, amenaza. Y la tierra de la esclavitud se convierte en refugio. Es el Anti-Éxodo.”
“José cruzó la frontera en plena noche. Sin papeles. Sin visa. Sin tiempo para trámites. Había una orden de muerte. La Sagrada Familia fueron inmigrantes ilegales. Así de claro.”
“¿Cómo es posible? Las autoridades religiosas no reconocieron al Verbo que creó el universo. Herodes quiso matarlo. El pueblo elegido rechazó a su Mesías.”
“Y Dios crece en la frontera, no en la capital. En el margen, no en el centro del poder. Por eso Jesús será siempre ‘el Galileo’. De la periferia.”
Hay madres que cruzan fronteras en la noche con sus hijos. Padres que, como José, simplemente se levantan y protegen a los suyos. La historia se repite.”
“Jesús fue un niño refugiado antes de ser maestro. Si despreciamos a los migrantes, despreciamos al Niño que huía de Herodes.”
“Dos preguntas para ti hoy: Primera: ¿Hay algún ‘Egipto’ en tu vida? ¿Algo que despreciabas… y Dios te está llamando justo ahí para encontrar vida?”“Segunda: ¿Hay algún ‘hogar’, alguna certeza que ya se volvió peligrosa para tu fe… y necesitas moverte?”
“José supo cuándo quedarse y cuándo huir. Esta semana: ¿estamos escuchando a dónde nos llama Dios para movernos y movilizarnos? Aunque sea a nuestro propio Egipto.”
Hoy celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor, que marca el final del tiempo de Navidad y el inicio de la vida pública de Jesús. Este evento nos invita a reflexionar sobre nuestro propio bautismo y su significado en nuestras vidas.
Dividiré esta homilía en tres partes:
El bautismo de Jesús, un nuevo comienzo.
Se cumplen las profecías del consuelo
Bautizados, y por eso misioneros.
El Bautismo de Jesús, un nuevo comienzo
El evangelio de Lucas nos relata cómo Jesús, ya adulto, se acerca al Jordán para ser bautizado por Juan. Jesús, libre de pecado, no necesitaba recibir un bautismo de conversión. Pero al hacerlo ya nos indicaba su solidaridad con todos nosotros, con toda la humanidad, necesitada de purificación. Jesús aparece solidario con toda la humanidad pecadora. Ya dijo una vez, consciente de todo esto: “quien esté sin pecado que tire la primera piedra”.
Al salir del agua, el cielo se abre, el Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma, y se escucha la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Dios Padre le manifiesta que no necesitaba purificación. Era la emergencia de una humanidad nueva.
Se cumplen las profecías del consuelo
Este evento hizo que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo… Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor”. Jesús aparece ante Juan -la voz del desierto- para consolar al Pueblo, para ofrecerle un nuevo camino.
Bautizados y, por eso, “misioneros”
Iniciamos nuestra vida cristiana también nosotros con un bautismo. ¡Todos los aquí presentes hemos sido bautizados! San Pablo -en su carta a Tito- interpretó el bautismo de Jesús como la manifestación de la bondad de Dios y su amor a nosotros, no por las obras de justicia que hayamos hecho, sino por su gran misericordia, que nos ha salvado”.
Tras su bautismo en el Jordán Jesús inició su misión iniciando así su vida pública. Tras nuestro bautismo, ¿no deberíamos también nosotros iniciar una vida pública como mensajeros de Dios y de Jesús? El bautismo es nuestro carné de identidad para mostrar que somos familia de Dios, discípulos de Jesús, apóstoles enviados con la fuerza del Espíritu Santo.
¿Cuál es nuestro programa misionero? ¡No seamos misioneros en paro!
Conclusión
Que esta fiesta del Bautismo del Señor nos ayude a redescubrir la gracia de nuestro propio bautismo. Que podamos, como Jesús, escuchar la voz del Padre que nos dice: “Tú eres mi hijo amado”. Y que esta certeza nos impulse a vivir como verdaderos hijos de Dios, llevando su amor y su mensaje de liberación a todos los que nos rodean.
EPIFANÍA DEL SEÑOR: LA ESTRELLA -EL ESPÍRITU- QUE CONDUCE A JESÚS
El día de la Epifanía es día de la revelación, de la manifestación. Eso significa la palabra “epifanía”. Lo contrario es todo aquello que nos queda oculto, porque no tenemos capacidad para verlo. Si el mundo visible es inmenso. Mucho más lo es el mundo invisible que nos rodea. En este contexto, hoy es el día de la “Epifanía” o de una gran Manifestación” de algo que estaba oculto.
En la primera lectura el profeta Isaías (capítulo 60) nos presenta un espectáculo impresionante: “las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad se extiende por todos los pueblos”… y sin embargo, hay un punto luminoso en nuestro planeta: sobre la ciudad de Jerusalén comienza a irradiar un espléndido amanecer.: la luz de Dios inunda la ciudad. Jerusalén ser convierte en el centro del mundo. Los pueblos en tinieblas y sus reyes se encaminan hacia la ciudad de la Luz. Vienen en dromedarios y camellos, desde Madián, Efá y Saba, trayendo incienso y oro, los tesoros del mar y sus riquezas.
Ahí queda la profecía en suspenso. Nadie sabe cuándo eso ocurrió.
El Evangelista Mateo nos dice, que la luz no está en Jerusalén -allí, en el Palacio de Herodes y en el mismo Templo, todo era oscuridad. Sin embargo, unos magos vieron en el cielo una estrella luminosa… y la siguieron. Algún sacerdote del templo les comunicó que un texto misterioso hablaba de Belén: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres la última de las ciudades”.
Los magos siguieron la estrella que se paró encima de donde estaba el Niño. Los magos se “llenaron de inmensa alegría… entraron en la casa, vieron al niño con su madre María y cayendo de rodillas lo adoraron”. Uno recuerda las palabras de Jesús adulto cuando dijo: “Yo soy la Luz del mundo”. Los magos así lo reconocieron y le ofrecieron sus mejores regalos.
Ni Herodes, ni los Sacerdotes, los acompañaron. ¡Qué falta de acogida y hospitalidad! Conocían la Ley y los Profetas, pero estaban en tinieblas. Jerusalén no era la ciudad de la Luz. Belén sí lo era para los Pastores, para los Magos.
Guías ciegos de Israel – los Magos de la Luz
Israel se mostraba quizá demasiado autosuficiente.
La manifestación de Dios es extremadamente tierna e incluso extremadamente insospechada: ¡en un niño! ¡En el hijo de María! Aparece en brazos de una mujer. El varón orgulloso es excluido. La gran sacerdotisa de este evento epifánico, quien ofrece el Cuerpo del Señor, es precisamente una mujer. María forma parte del modo de revelarse Dios. La revelación acontece en su cuerpo, en sus brazos, bajo su mirada.
La celebración de la Epifanía nos conduce hacia lo nuclear de nuestra vocación cristiana: ser buscadores apasionados de Dios, más allá de todos los convencionalismos, y ser misioneros, anunciadores y mensajeros de Jesús, colaborar con la Estrella santa en la tarea de manifestar al Hijo de Dios.
¿Quién es Jesús? Ésa es la pregunta que subyace a la liturgia de ese domingo segundo de Navidad. Y se responde con términos, al parecer, abstractos y difíciles tomados del difícil del libro de la Sabiduría, la carta a los Efesios y el prólogo del cuarto Evangelio
¿Por qué se define a Jesús con estos términos? ¿No sería mejor decir que Jesús fue un sabio, que su Palabra era poderosa, que iluminaba la vida de la gente, que daba vida allá por donde pasaba?
Dios- Abbá no tiene palabra por sí mismo. Su Hijo es la Palabra a través de la cual Él se expresa. En el Antiguo Testamento Dios Padre habló por medio de la Ley, de los profetas, de los sabios, pero, ahora, en la plenitud de los tiempos, sólo habla a través de su Hijo. ¡Cuánto misterio se encierra en la persona de Jesús! Es bellísimo denominar a Jesús así: ¡Palabra!
La Palabra es la fuerza de la Creación: el diseño y la realización de todas y cada una de las realidades que existen. La Palabra da consistencia y existencia a todo. En Ella está la Vida y la Vida se hace viva en toda la Naturaleza e ilumina el ser.
Sin embargo, la Palabra vino al mundo y no fue bien acogida. No sigue siendo acogida. Hay personas que la rechazan, que no quieren saber nada de ella: Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.
Si Jesús es la Palabra de Dios, fue porque en cada una de sus palabras había profecía: Dios hablaba por medio de Él. ¡Sus palabras eran eficaces, transformadoras, capaces de realizar milagros y cambiar los corazones!
Si Jesús es la Luz, la Vida, ello se debe a una forma de actuar que lo caracterizaba: resucitaba muertos, curaba enfermos, expulsaba demonios, atacaba al reino de las tinieblas y lo vencía. Al final, sus discípulas y discípulos proclamaban que Jesús era todo eso: Sabiduría, Gracia, Palabra, Vida, Luz.
Hablemos, en segundo lugar, de la sabiduría. El Jesús que demostró ya desde niño hasta el final una extraordinaria sabiduría aparece al final de su vida como la manifestación de la Sabiduría de Dios. Se dice de él que ya desde niño “iba creciendo” en Sabiduría.
No todo mandato o mandamiento es sabio. Hay mandatos que enloquecen los sistemas, deterioran a las personas. Una mala orden puede hacer mucho mal. Quienes elaboran los mandatos no siempre se dejan llevar por la justicia o por una revelación. El pueblo de Israel, sin embargo, estaba orgulloso de su sistema legislativo, de sus leyes. Este pueblo afirmaba que había sido Dios quien había revelado y entregado la Ley a Moisés, que su Dios era el Creador, que ordenó sabiamente los cielos. Dios es la sede de la Sabiduría.
Jesús habló de la Sabiduría con términos peculiares. Para él la Sabiduría no estaba en los mandatos exteriores, sino en las mociones interiores del Espíritu. No mancha al ser humano lo que viene de afuera, sino lo que surge del interior. Hay una mala ley en el corazón –cuando está poseído por malos espíritus–. Sin embargo, quien es movido por el Espíritu Santo no necesita mandatos exteriores, impositivos. El Espíritu que habita en el corazón transmite sus mandatos a la conciencia, al corazón.
Quien se deja llevar por el Espíritu recibe mandatos llenos de sabiduría. Quienes sigue a Jesús son “los hijos e hijas de la Sabiduría”. Recibir el Espíritu de Jesús es recibir el don de la Sabiduría. En Jesús se manifiesta el arte creador del Abbá, la ciencia secreta de los Misterios de Dios. Él los comunica a quien quiere. Destinatarios preferentes de su Sabiduría son los sencillos.
Acoger la Palabra
Pero a quienes acogen la Palabra les sucede algo maravilloso: se convierten automáticamente en hijos de Dios. Reciben la Intimidad de Dios en sus vidas y todo se transforma en ellos. Éste es el misterio de la Navidad de Dios en los creyentes. Éste es el mensaje de este segundo domingo de Navidad. Nace la Palabra en nosotros. Cada vez que leemos la Palabra, que acogemos la Palabra, como María, nace Jesús, el Logos, la Palabra, la Sabiduría, en nosotros. ¡Qué regalo!
Iniciamos un nuevo año. Nos deseamos un ¡feliz año nuevo! Sin embargo, no tenemos la felicidad al alcance de la mano. La felicidad es siempre un regalo, una bendición. A ello nos invita la primera liturgia de este año 2025.
¡Qué bella es la lectura del libro de los Números que acabamos de proclamar! En ella se nos habla de la bendición.
La bendición es un deseo de vida y de fecundidad. Ese deseo sólo Dios puede colmarlo. Pero nuestro Dios quiere que también nosotros podamos bendecir o quizá mejor, que nosotros podamos desear para otros la bendición de Dios.
Aún recuerdo cómo se emocionaba mi padre al leer esta lectura del primer día del año, y cómo comentaba y resaltaba cada una de sus palabras: ¡que el Señor te proteja, ilumine su rostro sobre ti, se fije en ti… te conceda la paz!
Bendigamos, sí; ¡no maldigamos! Nuestra palabra de bendición es capaz de cambiar las cosas si la hacemos portadora de la bendición de Dios. Si así bendecimos… ¡así bendice Dios!
Bendecidos por Dios
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Gálatas, nos habla de la “mayor bendición” que aconteció ya: cuando llegó la plenitud de los tiempos y Dios Abbá envió a su Hijo al mundo, porque tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo unigénito. Y su Hijo nació aquí en la tierra “de mujer”, de María. Añade san Pablo otra característica: ¡también nació “bajo la ley”! Y, por lo tanto, se sometió a todo aquello que la ley nos pide y exige. Jesús sería en todo semejante a nosotros, menos en el pecado y nosotros semejantes a Él, menos en la divinidad.
El Abbá del cielo nos envió también el Espíritu Santo, que grita y clama en nuestros corazones nuestra filiación divina: ¡Abbá!, ¡Abbá! Somos hijos, somos –por ello– herederos, coherederos con Jesús de toda la herencia de Dios. ¿Qué mayor bendición podíamos esperar?
La madre “bendita” de Jesús
María no aparece en el misterio de la Navidad como una mujer autosuficiente, ni orgullosa. El evangelio de este día primero del año nos habla de los pastores como protagonistas. Llegan presurosos al portal, después de escuchar y obedecer las palabras de los ángeles.
Contrasta con la ingenuidad y docilidad de los pastores, la actitud incrédula del viejo sacerdote del Templo, Zacarías que optó por no creer las palabras que el Ángel le transmitió … y por eso, quedó mudo.
En cambio, los pobres y marginados pastores sí creyeron. Y con una diligencia encomiable se dirigieron a Belén. Allí encuentran el misterio en la mayor simplicidad imaginable con María su madre. Ella meditaba todo lo que estaba aconteciendo en su corazón: iba como uniendo y reuniendo las piezas de lo que sucedía hasta llegar a una visión y comprensión más completa de todo.
Conclusión
Que nos conceda el Espíritu –enviado a nuestros corazones– el don de guardar como María el misterio en nuestro corazón y de meditarlo; y como a los pastores la presteza para creer y ponernos en marcha. Sólo después de ver, oír y creer, seremos capaces de comunicar el Misterio de la Navidad.
Hoy es el día de la Familia de Nazaret. Nos introducimos ritualmente en la humilde casa, en el taller de trabajo de José, María y el pequeño y joven Jesús.
El libro del Eclesiástico considera la atención a los propios padres como un deber sagrado. En ellos se extiende y se hace palpable la honra y el respeto del creyente hacia su Dios.
En su obra “Así hablaba Zaratustra” interpelaba Nietzsche a dos jóvenes que querían tener un hijo con estas palabras: “¿Os habéis preguntado si sois dignos?”. De seguro que las dudas de José (según el Evangelio de Mateo) proceden de conocer que no era digno de compartir con María, no solo el origen de Jesús, sino incluso la convivencia con ella y él. Quiso Dios, sin embargo, que aquel que no fue padre biológico de Jesús, hiciera las veces de un padre humano, educador, esposo de la madre. Así quedó constituida, por pura gracia, la familia de Nazaret: “el que honra a su padre… cuando rece, será escuchado… al que honra a su madre el Señor lo escucha”?
Jesús convivió con sus padres durante mucho tiempo. Llama la atención que, de sus treinta y tres años de vida, la gran mayoría de ellos los compartiese en su casa de Nazaret: “hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas”.
La carta los Colosenses presenta la familia como un sistema de Alianza trilateral: el padre, la madre, los hijos. Considera la comunidad familiar como la comunidad de los elegidos de Dios, de los santos y amados; y como una comunidad de virtudes como la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión.
Así imaginamos la familia de Nazaret: mutua atención, mutua obediencia, diálogo, capacidad de comprensión hacia el “otro”. Una teóloga casada me dijo en una ocasión: Jesús fue un “hijo difícil”. ¡No había caído en la cuenta! Pero tenía razón. María y José lo ratificarían. ¡No es fácil educar al “Hijo de Dios! y saber tratar a una persona con tanto, tanto misterio…
El relato del evangelio bien podría considerarse como un relato de iniciación. A los 12 años un niño en Israel comenzaba a entrar en el mundo de los adultos, quedaba iniciado en la aventura del varón.
El extraño relato de la pérdida del niño Jesús en el templo, se comprende mejor, cuando es contemplado desde la perspectiva antropológica de la iniciación. El niño Jesús se desprende por primera vez del mundo de la madre y del padre y pasa al mundo de la independencia. Abandona el hogar familiar para entrar en el ámbito de su pueblo, donde los maestros, los ancianos sustituyen a los padres. Jesús tenía que nacer de nuevo como hijo del pueblo.
Se pierde, o los padres lo pierden. Lo buscan y lo encuentran en el templo “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas”. Jesús asombra a todos. Sus padres quedan atónitos y su madre le reprocha: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Jesús les da otra respuesta asombrosa: “¿No sabíais que debía estar en los asuntos de mi Padre?”. Jesús hace referencia al otro ámbito en el cual ha de desplegar su vida. Ha de pasar al mundo del padre. Jesús, sin embargo, baja con ellos a Nazaret y sigue bajo su autoridad. Pero, a partir de aquel momento, todo fue distinto. La familia ha de reconfigurarse. Jesús ha de seguir creciendo. María, su madre y José su padre, no comprendieron y María lo meditaba en su corazón.
Conclusión
No se es familia por un documento que lo acredite. No se es familia por residir en la misma casa y dormir bajo el mismo techo. La familia es una comunidad que debe construirse día a día. En ella hay fuerzas que construyen, pero también fuerzas que destruyen. La madre, el padre y los hijos, no pocas veces también los abuelos, están llamados a mantener una realidad siempre frágil, que en cualquier momento puede saltar hecha pedazos. La familia es la comunidad de los diferentes. No se es familia por un hecho biológico, sino, sobre todo, por un lento aprendizaje de comunicación, de servicio mutuo, de colaboración, de amor.
La liturgia de esta noche siempre emociona. En la Iglesia… ¡un Belén! al que visitan familias -mayores, jóvenes y niños-. A medianoche… la Eucaristía que nos hace revivir el misterio y comulgarlo para sentir nacer en nosotros al Niño Dios. En nuestras voces el “Noche de Paz” … que emociona y nos conecta con millones de personas que lo cantan. ¡Y así entramos en escena, como en aquella primera anoche pastores, zagalas y ángeles! ¡Qué bellos son los ritos de la Iglesia! ¡Cómo generan y conectan comunidades de fe por toda la tierra!
Jesús nació en Belén y no en Nazaret. Quiso la Providencia de Dios que el emperador Augusto movilizara a todo el imperio romano para hacer un censo de la población. En la región de Siria -a la que Palestina pertenecía- Cirino se encargó de realizar el censo. No pocos nacionalistas se rebelaron ante la iniciativa. José y María secundaron la orden, confiados en la Providencia de Dios y se encaminaron a Belén para empadronarse. El hijo de María iba a nacer en Belén, la ciudad del rey David. José era llamado “hijo de David” Y el profeta Miqueas (5,2) lo había predicho: “¡Belén, de ti saldrá el guía que apacentará a mi pueblo Israel!”.
Pero en Belén no hubo lugar para acoger a la madre embarazada… y dio a luz en un lugar de animales y hubo de reclinar al pequeño rey en un pesebre.
Los destinatarios de la gran Noticia
La gran noticia no le es revelada a los dirigentes como el rey Herodes, ni a los sacerdotes del templo de Jerusalén -entretenidos en sus rezos-, ni a la multitud que se agolpaba en Belén. La gran noticia les es comunicada a los pastores que velaban por turno su rebaño. Así lo proclama hoy la primera lectura del profeta Isaías: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló”. La Gloria de Dios los envuelve y estremece. Inmediatamente obedecen: se encaminan a Belén… a la búsqueda del Tesoro: y lo encuentran: “un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a Tito lo refiere y proclama muchos años después: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado… ¡ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres!”.
Esa es la condición humana: nacemos para morir. En el nacimiento está ya inscrita la muerte: el profeta Simeón, movido por el Espíritu, se lo recordaría a María y a José en su primera visita al templo.
El misterio del Niño que hoy nace es que nació para morir, pero también para resucitar. “Y al tercer día resucitó”. Tendría amenazas de muerte a lo largo de su vida. Pero el Niño de Belén será un rey de paz y así lo cantaban los ángeles: ¡Paz en la tierra!
Conclusión
¡Qué mensaje tan precioso por parte de Aquel que muy pronto fue perseguido a muerte… hasta que un representante del imperio la impuso por decreto!
Hoy Jesús resucitado celebra con nosotros la Navidad y nos anima a ser coherentes en la vida, a no ceder ante el Mal y a esperar… porque todo acabará bien… Nuestras navidades ¡para resucitar!