decimoprimer domingo del tiempo ordinario. Ciclo B

SEMILLAS QUE CRECEN

         Estas parábolas parecen haber sido presentadas por Jesús ante la sensación de la gente en general, y de los discípulos en particular, de que su misión no responde a las expectativas judías que se tenían con respecto a la llegada del Reino. Una decepción ante la lentitud, la «pobreza de medios», y la pequeñez o discreción de los resultados obtenidos hasta el momento. Como también reflejaría la sensación de desánimo de las primeras comunidades, una vez que Jesús ya no está físicamente con ellos. Es el propio «contenido» del Reino de Dios tal como lo entienden, lo que ha de ser «corregido». Y Jesús echa mano de algunas parábolas. Hoy reflexionamos sobre dos de ellas.

        § «Con el Reino de Dios «sucede» como le «sucede» a un hombre que echa semilla en tierra». El sembrador/hombre podría ser el mismo Jesús, tal como se presenta en otras parábolas. Pero también cualquiera de los discípulos empeñados en continuar la misión de Jesús. Lo primero que se señala es que se echa semilla «en la tierra». El hombre está hecho de tierra, de buena tierra, y ha recibido múltiples semillas. Dios nos ha sembrado, no sólo una vez, sino muchas, como hacen todos los sembradores. Las semillas nos hablan de vida. Hay muchas semillas de vida ya plantadas en mí, y otras que irán llegando y que darán fruto. Los evangelios están llenos de referencias a la vida: Jesús sana, es pan de vida, agua de vida, sacia el hambre de las multitudes, ofrece las claves de la felicidad (bienaventuranzas), multiplica los panes, rehabilita e integra en la comunidad, perdona, etc. La palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto. (Isaías 55,10-11). La presencia del Reino en mí y en tantos otros.

Así que lo primero que han de saber sus discípulos es que su tarea principal es sembrar, no cosechar. No deben vivir pendientes de los resultados. No tienen que andar preocupados por la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más. Como dice José Ángel Buesa (1910-1982): 

Alza la mano y siembra, con un gesto impaciente,
en el surco, en el viento, en la arena, en el mar…
Sembrar, sembrar, sembrar, infatigablemente:
En mujer, surco o sueño, sembrar, sembrar, sembrar…
Hay que sembrar un árbol, una ansia, un sueño, un hijo.
Porque la vida es eso: ¡Sembrar, sembrar, sembrar!

        Por lo tanto, siembra, padre, siembra catequista, siembra profesor, siembra evangelizador, siembra sanitario, siembra cuidador, siembra, seas quien seas, con constancia y con esperanza, aunque tal vez te dé la sensación de que estás sembrando en el asfalto. A veces, cuando menos se espera, la semilla nace, crece y da fruto. Incluso puede ocurrir que no lleguemos a ver el tallo germinado de la semilla. No importa, Dios se encargará de hacer fecundo.

El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos, pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.»  (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 279).

            § En segundo lugar: LA ESPERANZA Y PACIENCIA. Probablemente lo más duro y necesario de un labrador sea la esperanza. Cuando se siembra es porque se espera la cosecha. Nadie siembra por sembrar, para pasar el rato. Se siembra para crear vida: Toda siembra supone que hay que saber esperar (esperanza) con calma y paciencia.  

          Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos.
(Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 279).

En cuanto a la PACIENCIA… pues este relato me parece sugerente. Y como tal os dejo que os sugiera su lectura, sin más comentario. 

EL JARDÍN DE SAPO

Rana estaba en su jardín. Se le acercó, de paso, Sapo.
– Rana, qué jardín más bonito tienes -le dijo.
– Sí -respondió Rana-. Es muy bonito, pero tengo que emplear mucho tiempo en cuidarlo.
-Me gustaría tener un jardín -dijo Sapo.
– Aquí tienes algunas semillas de flores. Siémbralas en tu campo, y pronto tendrás un jardín.
– ¿En cuánto tiempo? -preguntó sapo.
– Muy pronto -le respondió Rana.
Sapo corrió a casa, sembró las semillas y pensó: Ahora las semillas empezarán a crecer. Sapo se paseó arriba y abajo unas cuantas veces. Las semillas no empezaban a crecer. Pegó su cabeza a la tierra y dijo con fuerte voz: -¡Venga, semillas, comenzad a crecer!
Se agachó de nuevo hasta el suelo. Las semillas no empezaron a crecer. Sapo puso su cabeza más cerca todavía de la tierra y gritó: – ¡Ahora, semillas, empezad a crecer!
Rana pasaba por el sendero. -¿Qué es todo ese ruido? -preguntó.
– Mis semillas no crecen -se quejó Sapo.
– Naturalmente -dijo Rana-. Déjalas tranquilas durante unos días. Deja que el sol caiga sobre ellas y que reciban la lluvia. Pronto empezarán a crecer tus semillas. 
Aquella noche Sapo miró por la ventana.
– Caramba -dijo-. Mis semillas no han empezado a crecer. Deben tener miedo a la oscuridad.
Sapo se fue al jardín llevando unas cuantas velas.
– Les leeré un cuento -dijo-, y así perderán el miedo.
Sapo leyó un largo cuento a sus semillas. Al día siguiente les cantó unas cuantas canciones. Al otro día les leyó unos poemas. Al día siguiente les tocó unas piezas de música. 
Sapo miró la tierra. Las semillas seguían sin crecer.
– ¿Qué voy a hacer? ¡Deben ser las semillas más miedosas del mundo!
Entonces, Sapo se sintió muy cansado y se durmió.
– Sapo, Sapo -le dijo Rana-, despierta. ¡Mira el jardín!
Sapo miró su jardín. Unas pequeñas plantas verdes empezaban a asomar de la tierra.
– Al fin -gritó sapo-, ¡mis semillas han dejado de tener miedo a crecer!
– Ahora tú también tendrás un hermoso jardín -le dijo Rana.
– Sí -asintió Sapo, pero Rana, tenias razón. Ha sido un trabajo muy difícil. 
ARNOLD LOBEL

     § En tercer lugar: la opción por LO PEQUEÑO. La comunidad cristiana formada por Jesús es de origen muy humilde. Jesús inicia su obra, el pueblo de la Nueva Alianza, con un puñado de pescadores, hombres de pueblo sin poder, sin preparación y sin dinero. La primera comunidad de Jerusalem está compuesta por lo más humilde de la sociedad judía. Lo mismo sucede con las comunidades de Pablo: «Y si no, hermanos, fijaos a quiénes llamó Dios: a los ignorantes, a los plebeyos, a los débiles, a los que no cuentan» (1Cor 1, 26-29). Aquellos diminutos granos de mostaza llegarían a ser con el tiempo árboles con ramas suficientes para que se cobijaran personas de todo el imperio romano.

LAS PEQUEÑAS COSAS

Son cosas chiquitas.
No acaban con la pobreza,
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizá desencadenan la alegría de hacer,
y la traducen en actos.
Y, al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable. (Eduardo Galeano)

                 En momentos cruciales de la vida, Dios puede pedirnos opciones y decisiones drásticas o difíciles. Pero lo más frecuente es que nos pida la siembra de pequeños gestos: un detalle de cordialidad hacia quien vive deprimido, una sonrisa acogedora a quien está solo, un gesto de simpatía o solidaridad hacia quien se siente abandonado o necesitado, la colaboración con un movimiento o grupo humanitario,  una afectuosa llamada de teléfono, una alabanza oportuna, una palabra de estímulo… Cuando nacen de lo hondo del corazón, son semillas del Reino que pueden dar mucho fruto, pueden producir estímulo, amistad, fe. Con pequeños esfuerzos se pueden dar grandes alegrías. «Si fuera sacerdote… si tuviera más tiempo… si tuviera autoridad… si estuviera más preparado»… Actuar sobre la realidad y cambiarla aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable. Es cuestión de hacer lo posible.

            El reino de Dios no necesita medios espectaculares, sino servidores/sembradores pobres e incondicionales. Jesús empezó sembrando su palabra, pero al final de su vida comprendió que tendría que sembrarse a sí mismo: Si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto (Jn 12, 2-4).  

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior José María Morillo, e inferior de José Luis Cortés

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3 comentarios

  1. Carmen Díaz Bautista

    Las parábolas relativas a la siembra me han parecido siempre muy potentes: el sembrador, el grano de mostaza, la semilla que muere para dar fruto. Todas implican un acto de creación , pero una creación amorosa que se expande. Posiblemente, todos nuestros actos hechos con amor afectan al mundo, se expanden.
    Quique, tu comentario de hoy es muy rico y encierra muchos aspectos: el amor, la creación y la esperanza. El cuento del sapo y la rana me ha recordado a mis nietos cuando les pongo semillas en tarritos de yogur y van todos a poner agua, a mirar si ha salido algo y las caras de ilusión cuando ven los brotes, pero luego se olvidan de la planta. Hay que sembrar y enseñar a mantener amorosamente lo sembrado.
    Ojalá podamos ser sembradores de lo que el Padre sembró en nosotros. Feliz fin de semana.

  2. Quique
    Buen día para hacer el comentario a tu reflexión. Día del Inmaculado Corazón de María. Ella con “sí” rotundo y sencillo, guardó todo en su corazón; lo grande y lo pequeño.
    ¡FELICIDADES!
    La reflexión del Evangelio que nos propones, es como un canto o alabanza a lo pequeño, Con María, puedo decir, con un poco de atrevimiento: “Engrandece mi alma al Señor porque ha mirado la pequeñez de su sierva”
    Ella me invita a dar sentido a todo lo que hago, desde la fe en Dios, la confianza y el amor; porque forma parte de su plan sobre mí.
    Quiero fijarme en algunas palabras que aparecen en tu reflexión: la tierra, la semilla (como lo pequeño) y el Sembrador. El orden carece de importancia porque están relacionadas unas con otras y Dios, como el gran Sembrador, lo envuelve todo.
    La tierra
    Como tú dices, Dios me ha hecho buena tierra y en ella ha sembrado muchas semillas y otras que irán llegando.
    Pero esa tierra, la tengo que preparar y cuidar para que la semilla pueda germinar, nacer y crecer con facilidad. La tierra tiene que estar mullida para oxigenarse y que empape el agua de la lluvia.
    En la tierra reseca, dura…la semilla encuentra dificultades para germinar, nace y crecer.
    La hermana tierra, como decía S. Francisco de Asís, es muy agradecida y en ella renace la vida constantemente; lo que hoy falta, tanto, a nuestro mundo.
    Dios, convierte mi tierra árida, en vergel de vida, si me dejo hacer.
    El Sembrador
    El principal sembrador es Dios. Yo, como seguidora de su Hijo, invitada a participar en la siembra de su Palabra de Vida. Sólo tengo que preocuparme de sembrar con audacia, creatividad, generosidad y sobre todo amor; donde esté y aprovechando todos los medios, el ver el germen y recoger el fruto, no depende de mí.
    No quiere decir que me quede con los brazos cruzados, el ocio es un gran inconveniente a la hora de sembrar el amor de Dios en nuestro mundo, Amor que de vida, para que la semilla no quede en tierra árida, desértica.
    Me parecen muy importante las actitudes ante la siembra: esperanza, calma, paciencia, silencio-contemplativo.
    Muchas veces el germinar, el nacer y crecer es duro, hay que romper muchos obstáculos: romper la envoltura de la semilla, abrirse camino en la tierra para recibir la luz, el calor, la lluvia…dones de Dios. Por esto, el Sembrador tiene que poner ternura en los gestos de cada día, para un buen desarrollo de la semilla, Él sabe cómo actuar.
    La semilla
    Por pequeña que sea, nos habla de vida. Hay muchas semillas de vida en mí.
    Semilla, pequeña cosa, pero con un gran potencial escondido. Sólo necesita ser plantada.
    Dame la fe como un grano de mostaza. La fe junto con la esperanza y confianza para poder crecer como semilla que de fruto. Es el sueño que Dios tiene puesto en las semillas que pueda plantar y en las que son plantadas en mí.
    La semilla necesita fortaleza para germinar, nacer y crecer. Yo necesito fortaleza para crecer, cada día, en el conocimiento de Cristo y ser coherente en mi vida.
    El grano de mostaza, si se deja hacer por Él, puede llegar a ser un arbusto acogedor donde otros pueden descansar.
    Para poder dar fruto, tengo que ser semilla que se entrega, cada día en los pequeños gestos, dando vida con amor.

    Teresa Gil.

  3. Este domingo el evangelio con sus 2 parábolas es más fácil de entender pero con Quique se le saca más jugo.
    ¡Qué importancia tan grande tene el hombre para la obra de Dios en la salvación!. Cómo cuenta con nosotros para extender su reino. Cómo quiere que seamos su voz en este mundo. Necesita de nuestra cooperación. Nos pide que enseñemos su palabra pero no solamente con nuestras explicaciones a tal o cual persona sino con nuestros actos…por muy pequeños que sean. Véase un consejo, una llamada a alguien que pasa por malos momentos, una limosna, un sacrificio….en una palabra que demos testimonio y también nos dice y enseña que no tenemos que ver los frutos ni inmediatamente y que no nos corresponde. Nosotros a sembrar y Él a cosechar. Plantemos semillas en la comunidad, en el prójimo…que contamos con Él y ya se encargará de de la cosecha de nuestros hermanos, de sus hijos…Simplemente obra y ama
    Señor ayúdame a ver en el prójimo, en el hermano en qué puedo ayudarle y tú te encargas de lo demás. Que vea la necesidad en el prójimo sin que me lo pida. Así sea.

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