CORPUS CHRISTI. CICLO B

UNA ALIANZA/PACTO DE SANGRE

          En el momento central de nuestras celebraciones eucarísticas, proclamamos: «este es el Sacramento de nuestra fe». Con un artículo determinado «el». Como si sólo hubiera un sacramento. No decimos «este es uno de los 7 sacramentos», ni siquiera  «este es el sacramento más importante». Y es que realmente, sólo tenemos un sacramento: Jesucristo-Eucaristía. Los otros… no son sino «derivaciones», variaciones, aplicaciones a distintos momentos de la vida de fe. Y sin embargo hay no pocos bautizados que dicen no necesitar este sacramento central de la fe. Y quienes se acercan a él principalmente si es «día de precepto», y no siempre. Muchos no sabrían explicar por qué es «importante» o «necesario»: tal vez ofrecan su testimonio de que se sienten bien al comulgar, que les ayuda a ser mejores, que les falta «algo» si no van a misa… Está bien… pero esto no ayuda gran cosa a los que preguntan «por qué debiera yo ir a la Eucaristía», «por qué es importante o necesario». Eso se queda corto. Tenemos que reconocer que hay una buena falta de formación bíblica, teológica y litúrgica (las tres) que ayude a valorar, disfrutar y aprovechar esto que Jesús nos dejó como Testamento de su vida. Como también evitar convertirlo en algo diferente a lo que Jesús pretendió.

Teniendo en cuenta las lecturas de hoy, me centro sólo en algunos aspectos:

         Comienzo por subrayar/recordar que en la Eucaristía hacemos «un pacto de sangre» con Dios. Las palabras «Pacto», «Alianza» (nueva) y «Testamento» son sinónimas. Precisamente dan nombre a cada una de las dos partes de la Biblia. Para comprender su importancia y alcance, necesitamos mirar al que fue el «Primer Testamento» (ahora se prefiere este nombre), o Antigua Alianza o Pacto.

       En el principio, Dios quiso elegir y constituir un pueblo y sellar con él un compromiso. En las culturas antiguas había dos formas de hacerlo: con un banquete y con sangre de animales. La iniciativa de Dios le llevó a fijarse en un grupo de gente que se encontraba en Egipto en estado «penoso» (esclavos, dispersos, sin identidad…) y empezó pidiéndoles que cenaran juntos, antes de emprender aquel largo Éxodo. Porque compartir la misma mesa supone empezar a crear «lazos» de amistad y comunión. Para los pueblos mediterráneos esto era y es muy significativo: a la gente que nos importa, la invitamos a comer; las personas de mayor confianza y cercanía comparten a menudo la misma mesa. Cuando queremos celebrar algo importante… comemos juntos. Y es que Dios pretendía, desde el principio, la convivencia, la unión, la cercanía, la amistad, la intimidad entre los que iban a formar su pueblo. 

         También ése fue un objetivo muy significativo  para Jesús que, con tantísima frecuencia, compartía la mesa con toda clase de personas, sin discriminaciones ni condiciones. Y se lo llegaron a reprochar: «éste come con pecadores». Les escandalizaba por lo que eso significaba: una oferta de amistad, cercanía, acogida, intimidad… a personas frecuentemente alejadas de Dios. Y lo hacía en el nombre de su Padre: era «parte» esencial de su mensaje universal y del verdadero rostro de Dios. Comía también a menudo con sus amigos más íntimos. Tanto, que el criterio de discernimiento para buscar el sustituto de Judas (y nos serviría como la primera definición de discípulo) es: «el que ha comido con Jesús». Precisamente su despedida y Testamento consistió en una Cena, en la que pidió a sus discípulos: sed uno, amaos, sabrán que sois de los míos por el amor que haya entre vosotros. Compartir la mesa, por tanto, DEBE estrechar los lazos entre nosotros… porque si no la vaciamos de sentido, no es lo que Jesús quiso. No podemos «privatizar» el Cuerpo de Cristo, pretendiendo comulgar con él… y excluyendo o ignorando a los que comparten con nosotros la misma mesa.  

        Después de la liberación de Egipto, llegaron al Sinaí, donde culminaría y se ratificaría un pacto/alianza o contrato. Lo resume esa frase repetida en las Escrituras: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios». Moisés presenta al pueblo las Palabras/Mandamientos  que ha escuchado a Dios, y que había puesto por escrito. El pueblo repite que «haremos lo que manda el Señor». Y luego viene un rito hecho a base de sangre de animales, por el que se sella un «pacto de sangre», para el cual toman sangre de animales que se derrama a la vez sobre un altar (Dios) y sobre el pueblo, expresando con este rito que ambos quedaban comprometidos de por vida (=sangre), y así se convertían en una nueva familia (consanguíneos) que se definía por hacer lo que les decía el Señor. Y el Señor, por su parte, se comprometía a estar siempre con ellos. (Primera lectura de hoy)

           Jesús reformulará esa Alianza. Primero: habrá solo un mandamiento (nuevo): amarnos como él nos amó. Considerará discípulos suyos a los que hagan lo que él manda: amar como él. Y se compromete a estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo, se compromete a darles su propia vida, a hacerlos hermanos e hijos. Y esto lo hace por medio de un gesto: compartir el pan y beber la copa. Son  discípulos suyos los que comen su cuerpo y beben su copa. Y este pacto/Alianza lo sella Jesús con su propia sangre. Como signo de su fidelidad y de su amor incondicional él ofrece toda una vida (eso es la «sangre») entregada/derramada desde el amor. Y pide a sus discípulos:

– A partir de ahora vosotros -todos juntos, en comunión- vais a ser mi Cuerpo, haciéndome presente en el mundo cuando yo ya no esté.

– Vais a hacer de vuestra vida una entrega hasta el final, como mi propia entrega

– Recibir su Cuerpo y Sangre es irnos convirtiendo en el mismo Jesús para hacer lo mismo que él hizo,  en memoria suya. Hasta poder decir, como san Pablo, «ya no soy yo… es Cristo quien vive en mí».

       Por último: la sangre (nos lo recordaba la Carta a los Hebreos) tenía también un sentido de purificación/renovación cuando el pueblo quebrantaba su compromiso, su Alianza. Se repetía todos los años en la fiesta del «Yom Kippur». Jesús sustituye todos esos antiguos ritos y ofrece su vida, derrama su sangre «para el perdón de los pecados». Jesús muere en la cruz pidiendo el perdón al Padre para nosotros. De modo que ya no necesitamos más sangres de animales: la participación en el Sacramento de nuestra fe nos devuelve a la comunión con Dios tantas veces como la perdamos.  Es realmente el Sacramento del perdón para los pecadores. 

¿CONCLUSIONES?

– Recibir el Cuerpo de Cristo es aceptar su invitación y comprometernos a construir comunidad, a fortalecer lazos, a amar a los que Jesús elige sentar conmigo a su mesa

– Recibir el Cuerpo de Cristo es integrarse en el grupo de discípulos, aceptar ser Cuerpo vivo de Cristo y vida entregada en el amor cada día, sellando la Alianza que Jesús me ofrece con su sangre

– Recibir el Cuerpo de Cristo es estar dispuesto a «hacer» todo lo que el Señor nos ha dicho en la Liturgia de la Palabra, lo que encontramos en las Escrituras

– Recibir el Cuerpo de Cristo supone a menudo reconocer que hemos «fallado» en nuestra entrega a Dios a través de los hermanos, y necesitamos renovar nuestra Alianza y acoger la vida, el Espíritu, el Amor el perdón que Cristo nos ofreció durante toda su vida culminada en la muerte de Cruz

– Recibir el Cuerpo de Cristo es aceptar que Dios se pone en mis manos (de ahí la costumbre y el sentido de recibir la comunión en la mano, que durante los primeros 10 siglos fue ¡el único modo de comulgar!), y depende de mí, para que lo lleve conmigo, y le reparta y me reparta con él a cualquier hermano que  tenga hambre.

– Recibir el Cuerpo de Cristo no es un «premio» a los que son «buenos», a los que creen merecerlo… sino la ayuda que Cristo ofrece a sus discípulos débiles, pecadores, miedosos, traidores…porque bien sabe que «sin mí no podéis hacer nada». 

Y muchas más… Por hoy ya valen.

Que de verdad SEAMOS juntos el Cuerpo de Cristo, porque Cristo sigue teniendo tanto que hacer… con ayuda de los que somos miembros de su Cuerpo…

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

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5 comentarios

  1. Carmen Díaz Bautista

    Cómo alimenta esta catequesis!!. Me ha recordado la etimología de compañero cumpanis más el sufijo arius. El la legiones romanas los soldados se sentaban en las mesas a comer, siempre los mismos en cada mesa y en ellas se ponía una gran hogaza de pan de la que comían , se creaba entre ellos un vínculo especial. Es mi compañero quiere decir que comemos el mismo pan.
    Quizás Jesús conocía este hecho y quiso ser igual en todo con nosotros, ser nuestro compañero . Verdad que es realmente hermoso? Yo quiero creer que así fue.
    Gracias Quique por alimentarnos.

    • Carmen Díaz Bautista

      Hoy en la misa sentiré que todos somos compañeros, alimentados por el mismo pan, Jesús.

    • Como siempre Quique agradecido a tus orientaciones y directrices. Antes de dejar mi comentario he querido leer los de Carmen y Teresa. Me han encantado.
      Hoy es un día muy especial. Dedicamos al Señor todo lo que ha hecho por nosotros. Nos ha dado la vida perdiendo Él la suya por amor a todos nosotros que le fallamos continuamente. Y además nos muestra su cuerpo y su sangre para que participemos del banquete de la Eucaristía y que lo tomemos con nuestras manos siempre que podamos para que permanezca en nuestro corazón. Que El quiere estar dentro de casa uno de nosotros y que además participemos todos de este banquete pues lo quiere hacer en COMUNIDAD y sin distinción. Que estemos todos. Que no alejemos de esta participación a nadie. Que no excluyamos a nadie…En una palabra que seamos todos hermanos y que lo que se festeja es el amor que nos tiene a todos. Señor te pido que me ayudes a recibirte siempre y que mi corazón por este banquete me ayude a amar a todos los que nos sentamos para recibirte. Que sea ejemplo para los demás y que mi amor a ti lleve a los que no te conocen o dudan de ti a tenerlos como hermanos y participen de ti. Así sea.

  2. Quique:
    Muy densa la reflexión, pero la solemnidad lo requiere. Le he tenido que leer despacio y con pausas, para reflexionar y sacar conclusones para mi vida cuando me pongo ante la Palabra de Dios.
    El núcleo, es la Alianza, por parte de Dios, en la historia de la salvación, que culmina con la Alianza nueva y definitiva de Cristo que nos libera y salva.
    Hablas de cena, banquete, fiesta, donación total… y tiene como broche de oro, las palabras de Jesús:
    * Este es mi cuerpo.
    * Ésta es mi sangre de la nueva Alianza, derramada por «todos».
    – sacramento de nuestra fe, que necesitamos en nuestras vidas.
    – Testamento, que nos deja, para hacerlo realidad en nuestro mundo.
    Esta gran riqueza, la podemos revivir cada día en la Eucaristía, donde Dios renueva su Alianza con nosotros.
    Me parecen interesantísimas las matizaciones que haces respecto a la Eucaristía, como invitación a un banquete, una fiesta que hay que preparar con esmero para que, entre los invitados surjan: lazos de amistad,comunión,perdón, amor, solidarodad, justicia…
    Jesús, también se acercaba a las personas alejadas, para acortar distancias y darse a conocer,ofrecerles su amistad, su acogida y cercanía, sin importale los comentarios. Para sensibilizar a los más íntimos, a realizar lo mismo para poder ser sus testigos y actualizar su memoria.
    En estos momentos con sus discípulos, les recordaba: «Sed uno, amaos de la misma forma que yo os he amado para que os reconozcan que sois de los míos».Comed, bebed juntos para estrechar lazos.
    Me parece muy importante: No podemos comulgar con Él y excluir e ignorar al que comparte la misma mesa y la misma Palabra.
    Creo que muchas veces, tengo la impresión, de que pierdo la perspectiva , de las cosas esenciales de una vida entregada en su totalidad.
    Las conclusiones, me han llegado muy hondo, entre ellas:
    * Recibir el cuerpo de Cristo, como invitación y compromiso a construir comunidad, fortalecer lazos, amar a los que Jesús elige para sentarse conmigo a su mesa.
    *Aceptar que Dios se pone en mis manos, al comulgar,para que lo reparta a cualquier hermano que tenga hambre. ¡Qué responsabilidad!
    * La Eucaristía no es un premio para los buenos. ¡Gracias a Dios!Es ayuda que Cristo ofrece a los débiles, pecadores, traidores…
    ¡Sin Él no puedo hacer nada!
    Esto me recuerda a una plegaria de Patxi Loidi: «Yo no llamo a los buenos» del libro gritos y plegarias, bastante antiguo, que muchas veces me identifico co ella.
    Termino con el salmista: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
    Gracias Quique

  3. Has profundizado en el Rito. Conociendo la Historia todo se comprende mejor y así se desprende en tu Homilia.
    Una vez más el Señor nos abre las puertas de la reconciliación, en este caso a través de su Sacrificio.
    Gracias Enrique.

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