DOMINGO 2º. TIEMPO DE NAVIDAD. CICLO A

¡LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS! 

¿Qué significa esto?

Que Dios no nos envió un mensaje, no nos dejó un manual. Se hizo uno de nosotros. Tuvo el rostro concreto de Jesús de Nazaret: un hombre que nació de mujer, que tuvo hambre y sed, que se cansó de caminar, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, que reía con los niños, que comía con pecadores y justos por igual. Ese Jesús histórico, que caminó por las aldeas de Galilea hace dos mil años, es el mismo que está aquí, ahora, con nosotros. Porque antes de partir nos hizo una promesa que sostiene nuestra fe: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tres presencias… un mismo Jesús

¿Cómo cumple Jesús esta promesa? De tres maneras luminosas que se entrelazan en esta Eucaristía:

Primero, está presente en su Palabra. Cuando proclamamos el Evangelio, no estamos leyendo un texto antiguo. Es Él quien nos habla hoy, aquí, ahora. La misma voz que sanó al ciego, que perdonó a la adúltera, que llamó a Lázaro de la tumba, sigue resonando en estas palabras. Por eso las escuchamos de pie: porque es el Señor quien nos habla.

Segundo, está presente en la Eucaristía. Este pan que partimos es su Cuerpo. Este vino que compartimos es su Sangre. No un símbolo, no un recuerdo: Él mismo, el mismo Jesús que nació en Belén, que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Se hace alimento para nosotros. Entra en nosotros para que nosotros podamos vivir en Él.

Y tercero, está presente en nosotros, en cada bautizado. San Pablo lo dice con claridad: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cuando comulgamos, cuando acogemos su Palabra, Jesús nos transforma desde dentro. Nuestras manos pueden convertirse en sus manos que bendicen y sanan. Nuestros ojos en sus ojos que miran con misericordia. Nuestro corazón en su corazón que ama sin límites.

No estamos solos

Nunca hemos estado solos. En cada alegría y en cada lágrima, en cada amanecer y en cada noche oscura, Jesús ha estado ahí. No como una idea lejana, sino como presencia real y cercana.

Cuando venimos a Misa, cuando abrimos el Evangelio en casa, cuando comulgamos -llevando en el corazón nuestras penas y esperanzas- Él ha estado ahí. El mismo que hace dos mil años caminaba por Galilea, el mismo que hoy nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré”.

La invitación

Esta semana, cuando abramos el Evangelio, recordemos: es Jesús quien nos habla… Cuando comulguemos, sepamos: es Jesús quien entra en nosotros.

Y cuando salgamos de aquí, a nuestras casas, a nuestro trabajo, a la calle, llevemos esta certeza: somos portadores de Cristo. Él vive en nosotros y quiere amar, consolar y servir a través de nosotros.

La Palabra no se quedó en el pasado. Se sigue haciendo carne: en el pan consagrado sobre este altar, y en nuestra propia carne cuando le dejamos vivir en nosotros.

Que María, que dio carne a la Palabra en su seno, nos ayude a ser como ella: lugares donde Jesús se hace presente, visible, cercano para todos los que nos rodean.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

1 DE ENERO. SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. CICLO A

LA BENDICIÓN QUE TRANSFORMA

“Del misterio que seduce, la identidad que desafía, el rechazo que brutaliza… ahora: la bendición que transforma.”

TE BENDIGO….

“Primer día del año. ¿Sabes cuál es el primer mensaje de Dios para ti? No es ‘esfuérzate más’. No es ‘ponte metas imposibles’. Es algo mucho más poderoso: “‘Te bendigo.’”

En el libro de Números escuchamos la bendición más antigua del mundo: ‘Que el Señor ilumine su rostro sobre ti, que te mire con amor y te conceda la paz.’”

“Tres veces se repite el nombre de Dios. Tres veces nos bendice. Y aquí está el giro: Dios no espera a que seas perfecto para bendecirte. Te bendice primero.”

VER EL ROSTRO DE DIOS

Ver el rostro de Dios… y todo lo demás basta.’ Esa es la mayor bendición. Y en Navidad vimos ese rostro: un bebé en un pesebre. Nada espectacular para el algoritmo.

“Los pastores corrieron y encontraron exactamente eso: Dios haciéndose pequeño para bendecirnos de cerca. Al octavo día lo circuncidan. Su nombre: Yeshua, Josué. El que introduce en la tierra prometida. El Creador… ahora el Liberador.”

¿Y María? ‘Guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.’ No las publicó al instante. No las compartió en stories. Las guardó. Las procesó. Las vivió.” ¡Eso es sabiduría espiritual!

ERES BENDICIÓN

“Este 2026, hagamos algo diferente: No solo pongas metas. Reconoce primero la bendición que YA eres.”

“No solo corras detrás del éxito. Detente como María y medita qué está haciendo Dios en tu vida. No esperes a diciembre para agradecer. Empieza hoy, ahora, aquí.”

“La bendición de Dios ya está activada sobre ti. No necesitas ganártela. Solo recibirla, vivirla, compartirla. Que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda paz.”

“2026: El año en que creíste en la bendición. Amén.”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 1. TIEMPO DE NAVIDAD. CICLO A

EL RECHAZO BRUTAL: LA SAGRADA FAMILIA HACIA EGIPTO 

Tres días después de Navidad, el Niño Dios tiene que huir en la noche. Se convierte en refugiado. ¿Y adivina a dónde huyen? A Egipto.

Egipto. El lugar de la esclavitud. Del que Moisés sacó al pueblo hacia la libertad. Y ahora, la Sagrada Familia vuelve a Egipto… para encontrar vida.”

La Tierra Prometida se volvió mortal. El hogar, amenaza. Y la tierra de la esclavitud se convierte en refugio. Es el Anti-Éxodo.”

“José cruzó la frontera en plena noche. Sin papeles. Sin visa. Sin tiempo para trámites. Había una orden de muerte. La Sagrada Familia fueron inmigrantes ilegales. Así de claro.”

“¿Cómo es posible? Las autoridades religiosas no reconocieron al Verbo que creó el universo. Herodes quiso matarlo. El pueblo elegido rechazó a su Mesías.”

“Y Dios crece en la frontera, no en la capital. En el margen, no en el centro del poder. Por eso Jesús será siempre ‘el Galileo’. De la periferia.”

Hay madres que cruzan fronteras en la noche con sus hijos. Padres que, como José, simplemente se levantan y protegen a los suyos. La historia se repite.”

“Jesús fue un niño refugiado antes de ser maestro. Si despreciamos a los migrantes, despreciamos al Niño que huía de Herodes.”

“Dos preguntas para ti hoy: Primera: ¿Hay algún ‘Egipto’ en tu vida? ¿Algo que despreciabas… y Dios te está llamando justo ahí para encontrar vida?” “Segunda: ¿Hay algún ‘hogar’, alguna certeza que ya se volvió peligrosa para tu fe… y necesitas moverte?”

“José supo cuándo quedarse y cuándo huir. Esta semana: ¿estamos escuchando a dónde nos llama Dios para movernos y movilizarnos? Aunque sea a nuestro propio Egipto.”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 4º. ADVIENTO. CICLO A

EL “FIAT” SILENCIOSO DE JOSÉ

El drama de José

Imaginemos esa noche. Tratemos de entrar en el corazón de este hombre. La mujer que ama, María, su prometida, espera un hijo… y él sabe que ese hijo no es suyo. En aquella sociedad, en aquel contexto, esto no era un simple escándalo social. Esto podía significar la muerte para María. La lapidación. El final.

Y aquí aparece la grandeza de José: el Evangelio nos dice que “era justo”. Pero ¿qué significa esto? A primera vista, podríamos pensar que José quería repudiar a María porque la ley se lo permitía, porque era lo correcto según las normas. Pero no. José era justo de una justicia más profunda, más evangélica, más divina.

José era justo porque amaba más allá de la ley. Era justo porque prefería perderlo todo antes que condenarla. Era justo porque, ante el misterio que se desplegaba ante sus ojos, tuvo la humildad de reconocer: “Aquí hay algo que me supera. Aquí está actuando Dios. ¿Quién soy yo para entrometerme?”

José pensó en apartarse no por dureza de corazón, sino por respeto al misterio. No se sentía digno. María había sido elegida por Dios… ¿y él? Él era simplemente José, el carpintero. ¿Cómo iba él a insertarse en este plan divino?

El hijo de David

Pero hay algo más, que no podemos pasar por alto. José era “hijo de David”. Descendiente del gran rey David. Era davídida. Pertenecía al linaje real de Israel.

Y aquí está la paradoja histórica más impresionante: José, el carpintero de Nazaret, era el heredero legítimo del trono de David. Herodes, en cambio, el que se hacía llamar “rey”, no lo era. Herodes era un usurpador, un rey ilegítimo impuesto por Roma.

El verdadero rey trabajaba con las manos en un taller. El verdadero heredero del trono estaba en la sombra, en el silencio, en la humildad. Y es precisamente a través de él que Jesús será llamado “hijo de David”, el Mesías esperado, el Rey de reyes.

Dios tiene un sentido del humor y una pedagogía impresionantes: el Rey del universo no entra en la historia a través de palacios, sino a través de un carpintero. No a través del poder político, sino a través de la obediencia humilde.

El ángel y el fiat de José

Y entonces, en medio de esta crisis, de esta incertidumbre, de este dolor… Dios interviene. Un ángel se le aparece en sueños a José y le dice: “José, hijo de David” —¡fíjémonos cómo lo llama!, ¡por su dignidad real!— “no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”.

“No temas”. Qué palabras tan importantes. El ángel no le dice: “Va a ser fácil”. No le promete comodidades. No le garantiza que la gente entenderá. Simplemente le dice: “No temas. Hazlo aunque tengas miedo. Acoge. Recibe. Di que sí”.

Y aquí está el paralelismo más hermoso: así como en el Evangelio de Lucas el ángel Gabriel se aparece a María y ella responde con su “fiat” —”Hágase en mí según tu palabra”—, aquí, en el Evangelio de Mateo, tenemos el “fiat” de José. Un fiat silencioso, pero no por ello menos poderoso.

María dijo: “Hágase”. José no pronunció palabra… pero hizo lo que el ángel le mandó.

El fiat de María fue en palabras. El fiat de José fue en acción pura.

Dos anunciaciones. Dos síes. Un solo misterio: la Encarnación del Hijo de Dios.

Obra del Espíritu Santo

Y el Evangelio es muy claro, hermanos: “Lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”.

¡Qué afirmación tan impresionante! ¡Qué obra de Dios tan certera, tan única, tan sorprendente! El Espíritu Santo, el mismo que aleteaba sobre las aguas en el momento de la creación, el mismo que ungió a los profetas y reyes, el mismo que inspira y santifica… ese mismo Espíritu está obrando en el vientre de María.

Dios no necesitaba de José biológicamente. Pero lo necesitaba humanamente. Lo necesitaba para proteger. Para dar nombre. Para dar linaje. Para dar hogar. Para ser padre en el sentido más profundo: el que ama, protege, cuida y enseña, sin necesidad de poseer.

José no es el padre biológico, pero es el padre verdadero. Porque la paternidad, hermanos, no es solo una cuestión de genética. Es una cuestión de amor, de acogida, de entrega.

El hombre que no se pone en el centro

Vivimos en una sociedad obsesionada con ser el primero. Con ser visto. Con ser reconocido. Con el protagonismo. Con el aplauso. Con las redes sociales donde todo debe ser exhibido, comentado, “likeado”.

Y en medio de todo eso, José nos enseña algo revolucionario: se puede cambiar el mundo sin estar en el centro. Se puede ser fundamental sin ser protagonista. Se puede amar sin necesitar el foco de atención.

José protege sin poseer. Ama sin controlar. Sirve sin buscar aplausos. Obedece sin preguntar. Acoge sin entender completamente.

En una sociedad que habla tanto de masculinidad tóxica, de abuso de poder, de control… José es el antídoto perfecto. José es la masculinidad redimida: fuerte, pero tierna. Protectora, pero no posesiva. Honesta, sin ego inflado. Decidida, pero humilde.

José es el hombre que sabe hacerse a un lado para que Dios actúe. Y paradójicamente, al hacerse a un lado, se convierte en indispensable.

La pregunta que nos hace José

Mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, José nos hace una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Podemos acoger lo que no entendemos? ¿Podemos amar aunque nos cueste? ¿Podemos decir que sí a Dios aunque tengamos miedo? ¿Podemos ser “segundo violín” si la sinfonía lo requiere?

Porque José cambió el mundo diciendo “sí” en silencio. Y ese silencio todavía resuena. Ese silencio nos interpela. Ese silencio nos invita a una fe más profunda, más confiada, más adulta.

Conclusión

Cuando José se despertó, dice el Evangelio, “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.

Qué frase tan simple. Qué frase tan poderosa.
No sabemos qué pensó. No sabemos qué sintió. No sabemos si tuvo dudas o miedos adicionales. Solo sabemos una cosa: obedecióAcogióAmó.
En estos últimos días antes de Navidad, pidamos a San José que nos enseñe su secreto: el secreto de la obediencia humilde, del amor desinteresado, del servicio silencioso.
Que nos enseñe a acoger el misterio de Dios en nuestras vidas, aunque no lo entendamos completamente.
Que nos enseñe a decir “sí” con nuestra vida, aunque no pronunciemos grandes palabras.
Que nos enseñe a ser puentes para que otros encuentren a Jesús, aunque nosotros permanezcamos en la sombra.
Porque al final, hermanos, eso es lo que importa: no que nos vean a nosotros, sino que vean a Cristo.
José lo entendió. José lo vivió. José nos lo enseña.
Que su fiat silencioso resuene en nuestros corazones.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

Canción:

“EL FIAT SILENCIOSO DE JOSÉ

Estribillo
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Luz de tu amor, ven a mis miedos,
trae a mi noche tu resplandor.


I. El estupor de José (Narrador)
Tembló José, ardía la noche,
María espera en soledad.
Su pobre mundo se hace pedazos,
viene un hijo y no es su verdad.
El Santo Espíritu obra en María,
sin consultarle el corazón.
Tiembla, se siente atado y solo,
quiere marcharse de esa unión.


II. El ángel y el miedo (Ángel solista)
José, hijo de David, no temas,
todo este signo viene de Dios.
No es infidelidad ni engaño,
es pura gracia sobre los dos.
El que creó la luz con “Hágase”,
busca en tu casa techo y calor.
Toma a María, cuida al Mesías,
tu fiat calla su dolor.


Estribillo (José)
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Luz de tu amor ven a mis miedos,
trae a mi noche tu claridad.


III. El hijo de David oculto (Narrador)
Él, del linaje santo de David,
sin trono, espada ni poder.
Rey escondido en un taller humilde,
con sus heridas y su saber.
Mientras un falso rey teme y mata,
Dios elige la oscuridad.
En manos duras, fiel carpintero,
nace en silencio la realeza real.


IV. El gran arco del Fiat (Coro + Ángel)
Dijo el Señor: “Hágase la luz”,
y hubo caminos, cielo y mar.
Dijo María: “Hágase en mí”,
el Verbo vino a nuestra bondad.
José no habla, solo obedece,
hace en su vida lo que oyó.
Su fiat manso, hecho de gestos,
da un hogar tierno al Hijo de Dios.


Estribillo final (Todos)
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Como en María y como en José,
sea mi vida puro “hágase”.
Fiat, Señor, en mi silencio,
haz de mi noche tu Belén.
Que mi pequeño sí en la tierra
hable de Cristo, Rey y Emmanuel.

DOMINGO 3º. TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO A.

CUANDO HASTA LOS SANTOS DUDAN (Mt 11, 2-11)

La honestidad brutal de Juan

Imaginemos su situación: encerrado en la fortaleza de Maqueronte, en una celda húmeda y oscura. Antes vivía en el espacioso desierto: ahora sólo ve cuatro paredes. El que comía langostas y miel silvestre ahora depende del pan duro que le lancen sus carceleros. El que gritaba la verdad con libertad ahora solo escucha el eco de sus propios pensamientos.

Y en ese silencio forzado, le llegan noticias de Jesús. Pero no son las que él esperaba, cuando proclamaba: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles”. Esperaba un Mesías que derribara a los poderosos e hiciera justicia inmediata. Pero le cuentan que Jesús come con pecadores, que toca leprosos, que perdona a prostitutas, que habla de amor a los enemigos. Y Juan, en su celda, se pregunta: “¿Será este el Mesías que anuncié? ¿O me habré equivocado?”

Es la duda que nos atraviesa cuando la vida no resulta como esperábamos: “¿Todo esto tiene sentido? ¿De verdad vale la pena? ¿No habré malgastado mi vida?”

Nuestra duda cotidiana

Dudamos cuando rezamos y parece que nuestras oraciones rebotan en el techo. Dudamos cuando hacemos el bien y vemos que triunfa la injusticia. Dudamos cuando somos fieles a nuestros compromisos y otros que no lo son parecen más felices. Dudamos cuando enterramos a un ser querido demasiado pronto, cuando la enfermedad nos golpea sin explicación, cuando el sufrimiento de los inocentes nos parte el alma.

Y muchas veces, en nuestras comunidades cristianas, se nos ha hecho creer que dudar es pecado, que la duda es señal de poca fe, que los buenos cristianos nunca cuestionan nada. Pero eso es falso.

La duda no es lo contrario de la fe. La duda honesta es parte del camino de fe. Lo contrario de la fe no es la duda; es la indiferencia. Juan duda porque le importa, porque ha apostado su vida entera por esto. Si no le importara, simplemente se habría encogido de hombros.

La respuesta de Jesús

Y fijémonos en cómo le responde Jesús. No se ofende. No le dice: “¿Cómo te atreves a dudar de mí?” No le manda un discurso teológico ni le receta actos de fe repetitivos.

Jesús le responde con hechos concretos: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”.

Es como si Jesús le dijera: “Juan, sé que estás confundido. Sé que esto no es lo que esperabas. Pero abre los ojos a lo que realmente está pasando: donde había ceguera, ahora hay luz; donde había exclusión, ahora hay acogida; donde había desesperanza, ahora hay vida nueva”.

Jesús no responde con argumentos abstractos, sino con transformaciones reales. Y termina con una bienaventuranza preciosa: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí”. ¿Qué significa esto? Que dichoso el que, aunque no entienda del todo, aunque las cosas no sean como esperaba, aunque Dios actúe de maneras desconcertantes… sigue confiando, sigue buscando, sigue mirando hacia la luz.

Juan es grande precisamente en su duda

Y aquí viene lo más sorprendente del Evangelio. Después de que se van los discípulos de Juan, Jesús habla de Juan ante la multitud. Y no lo critica por haber dudado. Al contrario, lo ensalza: “No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista”.

Esto es revolucionario. Juan es grande ante Dios incluso en su duda. Es grande porque es honesto, porque es auténtico, porque busca la verdad aunque le duela. Dios no desprecia nuestras dudas; honra nuestra búsqueda sincera.

La santidad no consiste en no tener dudas, sino en seguir caminando a pesar de ellas. En seguir buscando luz aunque estemos en la oscuridad.

El Adviento de la duda

No finjamos certezas que no tenemos. Seamos auténticos ante Dios. Acojamos nuestras dudas con honestidad. Porque Dios prefiere nuestra duda honesta y no una fe fingida; prefiere nuestras preguntas y no nuestras respuestas automáticas. Cuando dudamos sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre el sentido de mi vida, sobre si merece la pena seguir creyendo, no estamos solos. Juan el Bautista nos acompaña. Y más importante aún: Jesús no se escandaliza de mi. Él me responde como respondió a Juan: “Mira, abre los ojos: yo sigo actuando”.

Mirar los signos

¿Dónde actúa Jesús hoy? Los ciegos siguen viendo: cada vez que alguien descubre que es amado tal como es. Los cojos siguen andando: cada vez que alguien encuentra fuerzas para seguir adelante. Los muertos siguen resucitando: cada vez que alguien que estaba muerto por dentro vuelve a la vida. Y los pobres siguen siendo evangelizados: cada vez que alguien descubre que su vida tiene dignidad y sentido.

Conclusión

Los cristianos – católicos somos una comunidad de buscadores honestos y no poseedores arrogantes de la verdad. Nuestra fe es un camino que hemos de recorrer, y no un punto de llegada donde todo está claro. Aunque dudemos y nos sintamos frágiles ,el Espíritu de Dios está con nosotros, cuando nos encontramos en la celda de la enfermedad, el fracaso, la soledad, la incomprensión.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

¡Preparad el camino al Señor! (Canción de Adviento)

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy.
Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 1] Una voz que clama en el desierto, susurra fuerte esperanza. Endereza ya tus caminos, pasa el Rey, pasa el amor.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 2] Renace el alma confundida, destierra toda mentira. Que la luz de la verdad brille, y reine la justicia.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 3] Camina con fe y esperanza, abramos la senda al Señor. Con obras de amor y perdón, llena el mundo con tu luz.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 4] ¡Ven, Jesús, ven a mí, rompe las sombras y el fin! Con tu paz, con tu verdad, llena mi vida, mi cantar.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

DOMINGO 2º. TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO A

EL HOMBRE QUE GRITABA EN EL DESIERTO

Pero “conversión” no significa añadir alguna práctica piadosa a nuestra rutina. Metanoia, en griego, significa literalmente “cambiar de mente”, dar la vuelta completa. Es dejar de caminar en una dirección para tomar otra radicalmente distinta. Juan no invita a un retoque superficial. Invita a una revolución interior.

Y lo hace porque anuncia algo inminente: “Está cerca el reino de los cielos”. No dice “algún día vendrá”, sino “está cerca”, “ya llega”. El reino de Dios irrumpe en la historia, y nosotros seguimos distraídos, como si nada estuviera a punto de cambiar.

El profeta incómodo

Juan es un personaje extraño. Vestido de pieles, comiendo saltamontes, viviendo en el desierto. Nada que ver con los líderes religiosos de su tiempo, instalados en Jerusalén, con sus vestiduras impecables y su teología acomodada. Juan rompe todos los esquemas. Es la voz que grita donde nadie quiere escuchar: en el desierto, en el vacío, en el silencio incómodo.

Y sin embargo, “acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán”. ¿Por qué? Porque la gente intuía que aquel hombre decía la verdad. Una verdad sin filtros, sin diplomacia, sin concesiones. Y cuando uno está harto de medias verdades y de palabras huecas, la autenticidad tiene un poder magnético irresistible.

Cuando llegan los fariseos y saduceos, Juan no les da la bienvenida cortésmente. Les grita: “¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?”. Palabras que hoy serían inaceptables en cualquier púlpito. Pero Juan no busca agradar. Busca despertar. Y a veces, despertar duele.

“No os hagáis ilusiones pensando: ‘Tenemos por padre a Abrahán’”. Es decir: no vale escudarse en la tradición, en la pertenencia, en las credenciales religiosas. Dios puede sacar hijos de Abrahán hasta de las piedras. Lo que cuenta es el fruto real de la vida, no el apellido espiritual que llevamos.

El bautismo del agua y el bautismo del fuego

“Yo os bautizo con agua”, dice Juan, “pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo”. El bautismo de Juan era un signo externo de arrepentimiento. Importante, sí, pero insuficiente. El que viene después —Jesús— bautizará “con Espíritu Santo y fuego”.

El fuego purifica. Quema lo que sobra, lo falso, lo accesorio. Deja solo lo esencial, lo verdadero. Y eso, hermanos, es lo que necesitamos en 2025. No más barniz. No más apariencias. No más religión de escaparate. Necesitamos ese fuego que transforma desde dentro, que nos devuelve a nosotros mismos pero renovados, auténticos, vivos.

El poeta polaco Czesław Miłosz, Premio Nobel de Literatura, escribió algo que resuena profundamente con este Adviento: “En la vida de cada uno hay un momento en que está cerca de la grandeza, la luz, lo real. Y luego se olvida”. Juan nos recuerda ese momento. Nos sacude para que no lo olvidemos.

El vástago de Jesé: el sueño de Isaías

El profeta Isaías, que Juan cita, había anunciado algo imposible: un brote del tronco de Jesé, un rey dotado con la plenitud del Espíritu —sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios—, que juzgaría con justicia y defendería a los pobres. Un rey bajo cuyo reinado el lobo habitaría con el cordero, el leopardo se echaría con el cabrito, el ternero y el león pacerían juntos.

¿Utopía? Quizá. Pero el cristianismo es precisamente eso: creer que lo imposible puede hacerse presente. Que los incompatibles pueden reconciliarse. Que la violencia puede ser vencida por el amor. Que el odio puede ser transformado en perdón.

En nuestro mundo de 2025, polarizado hasta el extremo, donde cada bando se atrinchera en su verdad y demoniza al otro, este sueño de Isaías suena ridículamente ingenuo. Pero ahí está la radicalidad del Evangelio: no se adapta a nuestro cinismo. Nos desafía a creer que otro mundo es posible.

Lo escrito es para nosotros

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos dice algo crucial: “Lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñanza nuestra”. El pasado no es arqueología. Es memoria viva, alimento para el presente. Las promesas de Dios a Israel no han caducado. La esperanza de los profetas no es nostalgia. Es combustible para hoy.

Pablo nos invita a “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, a acogernos mutuamente “como Cristo nos acogió”. No se trata de una moral de manual, sino de compartir la mirada de Jesús sobre el mundo, sobre los demás, sobre nosotros mismos. Y esa mirada es siempre de acogida, de misericordia, de esperanza inquebrantable.

El desierto de 2025

Juan gritaba en el desierto de Judea. ¿Dónde está nuestro desierto hoy? No es geográfico. Es existencial. Es el ruido constante que nos impide escuchar. Es la saturación de información que nos deja sin criterio. Es la soledad en medio de la hiperconexión. Es la ansiedad que nos paraliza.

Y en ese desierto, sigue resonando la misma pregunta: ¿estás dispuesto a cambiar de dirección, o solo das vueltas en círculo?

Juan preparaba el camino al Señor. ¿Cómo preparamos nosotros ese camino? No con grandes gestos, sino con honestidad radical. Con la disposición a reconocer dónde nos hemos equivocado. Con la valentía de dejar morir lo que ya no da vida. Con la apertura a ese fuego del Espíritu que purifica y renueva.

“Ya toca el hacha la raíz de los árboles”, dice Juan. No es una amenaza. Es una invitación urgente. El tiempo se acaba. No para condenarnos, sino para liberarnos. Para que dejemos de fingir y empecemos a vivir de verdad.

Adviento: el tiempo de lo real

Este Adviento no nos pide ser perfectos. Nos pide ser reales. Reales con Dios, reales con los demás, reales con nosotros mismos. Como Juan en el desierto: sin máscaras, sin poses, sin mentiras piadosas.

El reino de Dios está cerca. El “más Fuerte” viene. Y cuando llegue, no nos preguntará por nuestras credenciales religiosas, sino por el fruto de nuestra vida. ¿Hemos amado de verdad? ¿Hemos acogido al diferente? ¿Hemos trabajado por la justicia? ¿Hemos sido, aunque sea un poco, anticipo de ese mundo donde el lobo habita con el cordero?

Hermanos y hermanas, después de tantos años reflexionando sobre estas cosas, les digo con toda sencillez: no compliquemos el Evangelio. Juan no lo complicó. Una sola palabra: Convertíos. Porque está cerca el reino de los cielos.

Que este Adviento sea para cada uno de nosotros ese momento de cercanía con “la grandeza, la luz, lo real” del que hablaba Miłosz. Y que no lo olvidemos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

1 DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO A

¿Y… CUANDO LLEGUE … “EL QUE TIENE QUE LLEGAR”?

¿Qué nos está diciendo Jesús hoy?

Algo que nadie quiere escuchar: ¡tu vida puede cambiar en un instante!. No cuando estés listo. No cuando hayas terminado tus proyectos. Sino justo cuando creas que todo está bajo control.

Y luego viene esa imagen que nos estremece: “Dos estarán en el campo: uno será tomado, el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será tomada, la otra será dejada.”

Esta es nuestra experiencia humana más dolorosa: ver cómo las relaciones se desgajan, cómo los caminos se separan. Dos personas juntas, haciendo exactamente lo mismo. Mismo lugar, mismo trabajo, misma vida. Y de pronto, cada uno por su lado.

Pero escuchemos bien: Jesús no nos habla de una tragedia cósmica. La llegada del Hijo del Hombre no es el fin del mundo como castigo. Es la llegada en gloria del Jesús de los Evangelios, del Hijo de Dios que viene a encontrarse con nosotros.

¿Cómo será este encuentro?

Y aquí está la pregunta que nos atraviesa: ¿cómo será ese encuentro?

¿Tendremos que avergonzarnos? ¿Será bochornoso, incómodo, porque no hemos creído en Él? ¿Porque hemos vivido como si no existiera? ¿Porque lo hemos dejado en segundo plano mientras perseguíamos mil cosas que al final no importan?

O, por el contrario, ¿será el encuentro más esperado, más maravilloso de nuestra vida? ¿Podremos mirarle a los ojos y decirle: “Tú sí que eres el Redentor del mundo, el Liberador, el que hace realidad nuestros mejores sueños”?

Esa es la diferencia entre los dos que estaban en el campo. No es dónde estaban. Es cómo estaban. Despierto o dormido. Presente o ausente. Vivo de verdad o solo sobreviviendo en automático.

¡Estad en vela!

Por eso Jesús nos dice: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.”

Adviento no es nostalgia de un nacimiento de hace dos mil años. Adviento es ahora. Es prepararte para lo Inesperado que irrumpe en tu vida hoy.

Esa llamada que no esperabas. Ese diagnóstico que lo cambia todo. Esa oportunidad que aparece de la nada. Ese encuentro que parte tu historia en dos. Y sí, también esa llegada definitiva del Señor que no sabemos cuándo será.

Cuando llegue lo Inesperado

Y cuando llegue lo Inesperado —porque llegará—, puede ser de dos formas: gracia que te transforma, te eleva, te despierta… o desgracia que te encuentra vacío, distraído, ausente de ti mismo.

Adviento es recuperar la capacidad de sorprendernos. De soñar. De esperar lo extraordinario en medio de lo ordinario.

No vivamos como si Dios fuera un espectador lejano de nuestra rutina. Él viene. Está viniendo. Quiere irrumpir en tu vida, no para condenarte, sino para realizarte, para hacer realidad lo que ni siquiera te atreves a soñar.

Conclusión

La pregunta no es cuándo vendrá lo Inesperado.

La pregunta es: cuando llegue… ¿nos encontrará despiertos?

Que este Adviento nos despierte del sueño. Que reavive en nosotros la esperanza. Que nos prepare para recibir al que viene no con vergüenza, sino con el corazón abierto de quien espera al Amigo, al Salvador, al que da sentido a todo.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 34. JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO. CICLO C

CRISTO, REY DEL UNIVERSO

Concluye el año litúrgico. Llegamos al final de nuestro camino espiritual. Y la madre Iglesia nos pone ante nuestra mirada a Jesús, rey del universo. Las tres lecturas nos introducen en el misterio de la realeza de Jesús: hijo del rey David o la reunión de los hermanos dispersos (segundo libro de Samuel), el rey Crucificado y la vuelta al Paraíso (evangelio de Lucas) y el “Hágase la Luz” del Reino en la nueva Creación (carta a los Colosenses).

Primero: Reunión de los hermanos dispersos

La primera lectura nos habla del rey David, que reúne en un solo pueblo a las doce tribus de Israel, antes dispersas y enfrentadas. Se acercaron a verlo y le dijeron: “¡Hueso y carne tuya somos!”. Los ancianos lo ungieron como rey de Israel, como su líder y su pastor, reconociendo que era el elegido de Dios. Y Dios le prometió que siempre tendría un descendiente y que su casa permanecería para siempre.

Y así sucedió. El ángel Gabriel le anunció a María, la esposa de José, hijo de David: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin”.

Segundo: De vuelta al Paraíso, al nuevo Edén

La lectura del Evangelio nos presenta el tramo final de la vida de Jesús. Ante Pilato Jesús proclamó: “Yo soy Rey” (Jn 18,37) y, por eso, Pilato mandó poner en la cruz esta inscripción: “Éste es el Rey de los judíos” (Lc 23,38). Las autoridades, el pueblo, los soldados y uno de los malhechores crucificados, se reían, burlaban y hacían muecas ante su Rey. Únicamente uno de los crucificados defendió la inocencia de Jesús y se dirige a Él, como un amigo hacia otro amigo… por su nombre: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc 23,42), al Paraíso. Murió mirando a Jesús, sufriendo con Él, esperando con Él.

Y la respuesta de Jesús fue: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El “hoy” es estremecedor. Le quita al viernes santo todo su carácter trágico. Y el Paraíso era el horizonte de esperanza y de felicidad.

Tercero: ¡Hágase la luz de la nueva creación!

La segunda lectura de la carta a los Colosenses nos pide que demos gracias a Dios nuestro Padre, porque nos ha sacado del reino de las tinieblas; nos ha trasladado -como al buen ladrón- al Reino de su Hijo querido y por hacernos compartir la herencia del pueblo santo en la luz.

Jesús es la Luz del mundo. Nosotros somos hijos de la luz, hijos del día. Donde reina el pecado allí hay tinieblas y queda frustrada la orden del Creador que al principio ordenó: “¡Hagase la Luz!”. Cuando Jesús murió las tinieblas cubrieron la tierra. Pero cuando resucitó, ya hay un ser que todo lo ilumina, es el Hijo querido, la imagen misma de Dios invisible, la primera criatura diseñada y generada, el modelo de toda la creación. “Todo fue creado por él y para él”. 

Sin luz no hay creación. Sin Jesús-Luz del mundo nada existiría. Todo existe gracias a Él. Su reino es cósmico. Nada se libra de su luminosidad y su calor: ¡Él es la luz del mundo!

Pero también es la cabeza del Cuerpo, de la Iglesia, porque vino a reunirnos a todos como hermanos. 

Conclusión

Confesemos, como el buen ladrón, a Jesús como nuestro Rey de Luz. Integrémonos en su Cuerpo, en su Iglesia, como miembros de Cristo, vivos, activos. No tengamos miedo a que nos reconozcan como sus seguidores. Consideremos a todos como hermanos. No idolatremos a nadie.  Si somos de Cristo “reinaremos con Él”. O quizá mejor, nos espera su misterioso Paraíso.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

A JESÚS, DADOR DE TODO BIEN

DOMINGO 33. TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

¡VALIENTES Y NO COBARDES! Así nos sueña Jesús

¿Fuego que abrasa, o luz que ilumina? 

El escenario apocalíptico es siempre estremecedor: en él se presenta la lucha final entre el bien y el mal. 

El profeta Malaquías plantea la gran alternativa: el destino de los malvados y perversos será un “horno”, en el que serán quemados hasta que no quede de ellos ni rama, ni raíz. En cambio, el destino de los que honran el nombre de Dios será luminoso y transformador: “los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en sus alas”.

La luz de Dios es, para unos, horno que abrasa y destruye y, para otros, vida. ¡Ese será el destino de unos y otros!

¡La Promesa en medio de la catástrofe!

Jesús no se mostró comprensivo con quienes le ponderaban la belleza del templo de Jerusalén. Los puso alerta ante lo que iba a suceder:

Ante esa terrible profecía, los discípulos le preguntan: 

Maestro, ¿cuándo va a suceder esto? Y ¿cuál será la señal? 

¿Fuego que abrasa o luz que ilumina? 

El escenario apocalíptico es siempre estremecedor: en él se presenta la lucha final entre el bien y el mal. 

El profeta Malaquías plantea la gran alternativa: el destino de los malvados y perversos será un “horno”, en el que serán quemados hasta que no quede de ellos ni rama, ni raíz. En cambio, el destino de los que honran el nombre de Dios será luminoso y transformador: “los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en sus alas”.

La luz de Dios es, para unos, horno que abrasa y destruye y, para otros, vida. ¡Ese será el destino de unos y otros!

¡La Promesa en medio de la catástrofe!

Jesús no se mostró comprensivo con quienes le ponderaban la belleza del templo de Jerusalén. Los puso alerta ante lo que iba a suceder:

Ante esa terrible profecía, los discípulos le preguntan: 

Maestro, ¿cuándo va a suceder esto? Y ¿cuál será la señal? 

Entonces el maestro inicia su discurso apocalíptico. Y les dice:

Habrá guerras de pueblos contra pueblos, revoluciones; en diversos países, habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, grandes señales en el cielo. 

También les predice a sus discípulos lo que les sucederá:

Falsos mesías intentarán engañarlos y seducirlos. Serán perseguidos, los llevarán a los tribunales, los encarcelarán; comparecerán ante reyes y gobernadores. Sus mismas familias (padres y hermanos) y los propios amigos los traicionarán y matarán a algunos. Y, por ser discípulos de Jesús, serán odiados por todo el mundo.

Al mismo tiempo, Jesús les pide valentía, porque Dios los protegerá y ni un cabello de la cabeza perecerá y quedarán a salvo. 

Jesús – Maestro nos indica con su discurso que no nos dejemos fascinar por el “imperio de lo efímero”. Efímero quiere decir aquello sólo dura un día, o que es pasajero: pasa el encanto de la infancia, la belleza de la juventud, la fama de la adultez.

Jesús nos revela así, que algo inimaginable nos espera. Y conectando con la profecía de Malaquías, nos anuncia que una gran Luz nos iluminará y nos hará vivir sin ningún tipo de amenazas.

¡Nada ni nadie nos paralice!

Jeff Koons

El miedo paraliza y acobarda. 

Había en la comunidad de Tesalónica, cristianos a quienes la expectativa del final del mundo les llevaba a “vivir sin trabajar”, “muy ocupados en no hacer nada”. Pablo les pide tranquilidad y ganarse el pan. 

Él mismo se pone como ejemplo de cristiano valiente y trabajador. La acción humana en este mundo tiene sentido, aunque a veces se vea brutalmente interrumpida.

Conclusión

La palabra “apocalipsis” significa revelación. ¡Se abre el velo de aquello que estaba oculto! 

Una Luz nos llega del Porvenir. 

Y esa luz no resuelve nuestras preguntas, pero sí nos indica que el final no es oscuridad, ni frío. 

¡Que hay salvación! Y   esa es la clave para dar sentido a nuestra vida aquí. 

José Cristo Rey García Paredes, CMF

BENDITO SEAS, MI SEÑOR JESÚS

 

DOMINGO 32. TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

¡CLAMOR DE RESURRECCIÓN! El misterioso “después”

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Peter Adams, The Resurrection

Las lecturas de este domingo 32, nos invitan a contemplar la realidad desde otra perspectiva:

1.No hay fecha de caducidad para Amor.
2. Convertir el asesinato en sacrificio.
3. Y si pasa, ¿qué pasa?

¡No hay fecha de caducidad para Amor!

La lectura del Evangelio, nos presenta un escena que hoy también nos interesa muchísimo.

Los saduceos, se sirvieron ante Jesús de la casuística matrimonial para oponerse a la resurrección de los muertos. El mayor argumento contra la resurrección estaría –según ellos– en la misma Palabra de Dios (en el Pentateuco).

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Pericle Fazzini

La ley del levirato establecía que si un hombre casado moría sin hijos, su hermano estaba obligado a tomar a la mujer viuda y darle descendencia. Esta era la única forma de escapar del reino de la muerte: ¡tener hijos!, ¡tener descendencia! Si de esto se veía privada una persona, ¿qué bendición de Dios podría tener? Por eso se establece que, al menos, no falte esta descendencia bendita.

 Para darle un cierto tono irónico a la pregunta, los saduceos se refieren a siete hermanos –¡posible referencia a los siete hermanos Macabeos en cuyo relato se habla de la resurrección!–. En su respuesta Jesús no aborda el tema de los macabeos. Su respuesta es que los saduceos no conocen las Escrituras, ni siquiera el libro del Pentateuco en el que ellos se basan. ¡No conocen el poder de Dios!

Jesús afirma que después de la muerte todos nosotros, en cuanto hijos de Dios e hijos de la resurrección, no nos casaremos, viviremos como ángeles, hayamos estado casados aquí o no lo hayamos estado. En el mundo de la resurrección ya no se puede morir, como tampoco los ángeles del cielo pueden morir. Esto significa que casarse es una realidad propia del mundo de la muerte. Ése es el sentido de la ley del Levirato. Jesús relativiza mucho esta ley al privarla de su carácter salvador. Si alguien muere sin descendencia ¡no pasa nada! ¡No pasa nada si alguien no se casa! ¡Hay otra vida! Nos espera otra condición de vida para siempre.

Por otra parte, Dios es totalmente diferente a aquel que se crea nuestra imaginación. No hay muerte en Dios. El amor de Dios acompaña a una persona siempre, no acaba con la muerte. Nuestro Dios es un Dios de vivos.

Convertir el asesinato en sacrificio

La primera lectura, nos muestra que la violencia antirreligiosa existe desde hace muchísimo tiempo. Los hermanos Macabeos la experimentaron en su propia carne. Pero los hombres y mujeres que sienten la cercanía de Dios son invencibles, insuperables. Así lo demostró esta familia ejemplar, liderada por su madre. Quienes confían en Dios saben que la muerte, el asesinato, no tiene la última palabra. Por eso, convierten la muerte violenta en sacrificio, en culto a Dios y en misericordia sobre el mundo. Mueren alabando a Dios y perdonando los crímenes de los seres humanos.

Lo peor es cuando hay personas que piensan que matando hacen un favor a la justicia. Son idólatras. Sirven a ídolos de muerte que ellos mismos se han creado. Dios es Dios de la Vida, nunca, nunca de la Muerte.

Y si pasa, ¿qué pasa?

En la segunda lectura, Pablo desea a los cristianos dos cosas: consuelo eterno y hermosa esperanza. Él sabe que la comunidad cristiana, y cada miembro de ella, está amenazada por “hombres malos y perversos… personas que no son de fiar”. Éstos son instrumentos del Maligno.

La existencia cristiana es lucha. Rechaza las armas de la muerte, pero emplea las armas de la esperanza, del amor al enemigo, de la oración, de la paciencia.

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Conclusión

Los seguidores de Jesús proclamamos que¡Somos-seres-para-la resurrección! Nos negamos  a creer que el Amor sea derrotado por la muerte. El Amor desea superar cualquier barrera. ¿No fue el precioso libro el Cantar de los Cantares un grito de resurrección? ¡La Muerte no anegará a Amor! El amor que Dios nos tiene, no tiene fecha de caducidad. Y Jesús se lo dijo a los saduceos que no creían: nuestro Dios no es un Dios de muertos.

 Sí, estamos en manos de la Vida. Y la Vida vencerá a la Muerte.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

Canción: Sin Caducidad para el Amor

TEXTO: SIN CADUCIDAD PARA EL AMOR

ESTRIBILLO]
No hay fecha de caducidad para Amor,
La Vida desafía la muerte y el dolor.
Nos sostiene el poder de Dios viviente,
Su luz nos rescata, nos hace resistentes.

[Estrofa 1]

1. Cuando la guerra y la inseguridad nos cercan
y la muerte amenaza por dentro y fuera
la tristeza invita a rendirse sin consuelo
pero el amor de Dios sostiene nuestro vuelo

2. La ley del levirato buscaba descendientes
creer que la vida termina en los ausentes.
mas Jesús revela que hay otra verdad
¡Vida eterna y resurrección en su bondad!

[ESTRIBILLO]
No hay fecha de caducidad para Amor,
La Vida desafía la muerte y el dolor.
Nos sostiene el poder de Dios viviente,
Su luz nos rescata, nos hace resistentes.

3. La violencia intentó apagar la esperanza
Los macabeos con fe y sin venganza
transformaron el asesinato en sacrificio,
convirtieron la muerte en culto y servicio

4. En la lucha diaria, Pablo nos anima,
consuelo y esperanza nunca se resignan.
Frente al mal, la fe nunca desarma,
en el Amor resucitado, todo trauma se sana.

[ESTRIBILLO]
No hay fecha de caducidad para Amor,
La Vida desafía la muerte y el dolor.
Nos sostiene el poder de Dios viviente,
Su luz nos rescata, nos hace resistentes.