DOMINGO 30. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

PARA AMAR NO BASTAN DOS

¿Qué es amar? Lo mejor no es definirlo, sino vivirlo. Es un fuego que nos recorre, de dentro afuera y de fuera adentro. Para decirlo están los poetas. El escritor austriaco Peter Handke escribió: «El amor es una fiesta de los ojos». Y añadió algo asombroso: para amar no bastan dos; hace falta un tercero a quien volverse para dar gracias, para reponerse, para seguir firme. Y a ese tercero, confiesa, solo puede llamarlo «Dios».

Hoy Jesús nos lleva a ese misterio. Le preguntan por el primer mandamiento, con ganas de tenderle una trampa. Se esperaba, tal vez, una frase sobre la adoración: «Dios es uno, solo a Él adorarás». Pero Jesús responde con otro verbo: ¡amarás! Y lo extiende a todo: a Dios y, en cada prójimo, a Dios mismo. El amor más pequeño y más concreto lleva dentro la semilla de la totalidad.

La primera lectura nos dice cómo es ese Dios. Habla de forasteros, viudas, huérfanos y pobres. Son sus favoritos. Y da la razón en una sola palabra: «porque soy compasivo». Esa es su definición: padece con los que padecen. Ahí está su debilidad. Lo que se hace a uno de ellos se lo hacen a Él. De ahí los verbos del amor celoso: no oprimirás, no explotarás, devolverás. El Compasivo puede ser el peor enemigo de quien no tiene compasión. Y cada uno de esos rostros tiene hoy un nombre y vive más cerca de lo que pensamos.

¿Y cómo se mantiene vivo este fuego? Con la Palabra. Pablo recuerda a los de Tesalónica que acogieron la Palabra con pasión, se dejaron encender, y desde allí resonó por todas partes. Porque el amor crece cuando se conoce, y la Palabra enciende el corazón.

Quien ama cae en una red, la red de la libertad. Un amor concreto, una mirada limpia, una mano tendida al más débil, y ya hemos tocado a Dios.

San Juan de la Cruz lo dejó dicho con una frase que sirve de examen para toda una vida: «A la tarde te examinarán en el amor».

Que esta Eucaristía nos encienda. Porque donde hay amor, allí está Dios, y nos está esperando.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 29. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

UN PUEBLO QUE NO ESTÁ EN VENTA

Hoy le haríamos a Jesús preguntas políticas. ¿Es lícito votar a…? ¿Es lícito defender…? Queremos una respuesta clara, contundente. Y Jesús, con una sonrisa, nos devuelve una moneda.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Parece nítido, y no lo es. Porque el mundo no está repartido en dos mitades, una para Dios y otra para el César. Nada del César deja de ser de Dios. Jesús nunca dio recetas: nos regaló algo mejor, el esfuerzo de buscar y de implicarse.

Pero hay una clave: «Devolved al César sus monedas». ¡Que se quede con ellas! La moneda lleva grabada la imagen del César. Y lo que sí es de Dios, más aún que la tierra entera, es su pueblo, que lleva grabada la imagen de Dios. Un pueblo que no está en venta. Esa frase huele a celos de enamorado: celos de Alianza. Es como si Jesús dijera: no hagáis alianzas con nadie; entregaos a Dios sin reservas.

La primera lectura lo muestra con una belleza asombrosa. El pueblo está desterrado, el templo en ruinas, el nombre de Dios por los suelos. ¿Quién lo levanta? Un rey pagano, Ciro, que ni siquiera conocía a Dios. Y, sin conocerlo, se dejó llevar por Él. Así santifica Dios su nombre: sin pedir permiso a nadie. Cuando rezamos «santificado sea tu nombre», pedimos precisamente eso: que Él mismo defienda su honor, que se muestre fiel, obstinadamente fiel.

Hay también un reverso. Hay césares que se hacen pasar por dios y toman su nombre en vano. Ya lo advirtió san Agustín en La ciudad de Dios (libro IV, capítulo 4), con una frase que no envejece: 

«Quitada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?»

Y a la Iglesia no le está permitido ese camino. Lo dice san Pablo: tres evangelizadores, juntos, sin despotismo, que miran a la comunidad con asombro y la llaman «amada de Dios». Ese es el estilo: evangelizar en grupo, descubrir primero la gracia en los demás, y que entre nosotros el poder sea servicio y nunca dominio.

Hermanos, la política más audaz es la de quien ya tiene dueño, y qué dueño: el Dios que no abandona. Con el corazón entregado a Él, cada voto, cada trabajo y cada palabra pueden convertirse en un modo de decir: «Santificado sea tu nombre».

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 28. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

ESTÁIS INVITADOS A UNA BODA

Un rey celebra la boda de su hijo. Todo listo: el banquete, el vino, la fiesta. Envía a llamar a los invitados.

Y ellos… pasan. Uno se va a su campo, otro a su negocio, otros agarran a los mensajeros y los matan.

Dios no habla de un funeral, ni de un tribunal. Habla de una boda. Porque Jesús no viene a imponer una ley, viene a desposarse con la humanidad. Es el Novio. Y la fe no es una obligación: es un enamoramiento al que se puede decir que no.

¿Quiénes son hoy los que rechazan la invitación?

Los que están demasiado ocupados para Dios: el trabajo, el móvil, el éxito, la agenda. No odian a Jesús, simplemente no tienen tiempo.

Ese “ya iré” que nunca llega. Esa indiferencia que mata al mensajero sin darse cuenta: al que invita, lo ridiculizan; a la Iglesia que convoca, la ignoran.

No basta con colarse en la fiesta. Hay que cambiarse por dentro. Puedes estar dentro del templo y sin vestido: sin conversión, sin caridad, disfrazado de creyente.

La boda ya empezó. La pregunta no es si estás dentro. Es si vas vestido para ella.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 27. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡LA VIÑA NO ES TUYA!

Un dueño planta la viña perfecta y la confía a unos labradores.

Cuando llega la cosecha, envía a pedir fruto. Y ellos golpean, matan, expulsan. Hasta al Hijo lo asesinan por quedarse con la herencia.

Esta parábola no habla de hace dos mil años. Habla de hoy, de Europa, de parroquias vacías y de púlpitos llenos de dueños.

Hay líderes religiosos que confunden la Iglesia con su proyecto personal. Su movimiento, su carisma, su grupo de fieles que les aplauden y les agrandan.

Y cuando el Espíritu sopla libertad, lo bloquean. Cuando un laico pregunta, lo silencian. Cuando una mujer sirve con autoridad, la apartan. Cuando un pobre incomoda, lo ignoran. Matan al mensajero para no cambiar de sitio.
Y se sorprenden de que las iglesias se vacíen. No se vacían porque falte Dios. Se vacían porque sobra clericalismo.

La pregunta de Jesús sigue en pie: ¿qué hará el dueño de la viña?

La quitará y la entregará a otro pueblo. Puede pasar aquí. Está pasando aquí.

La piedra que los arquitectos descartaron —el pobre, el distinto, el que no encaja en el organigrama— se convierte en piedra angular.

Y quien tropieza con ella, cae.

Tú administras. No eres dueño. Devuelve el fruto. Abre la puerta. La viña es de Dios, y Él la entrega a quien de verdad la cuida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 26. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“EL ‘¡NO!’ QUE ABRE EL CIELO Y EL ‘¡SÍ!’ QUE LO CIERRA”

Jesús nos pone dos espejos: un hijo a su padre dice “no” y va. Otro hijo que dice a su padre “sí” y no va. ¿Cuál de los dos eres tú… soy yo?

Jesús va directo: los que se arrepienten llegan primero. Los que aparentan, quedan fuera.

La parábola es un escándalo. Un hijo dice “no quiero”, pero luego va. Otro dice “sí, señor”, pero no aparece. ¿Quién hace la voluntad del padre?

El que se arrepiente. No el que promete. No el que aparenta.

Y hoy pasa igual. Ves a personas que parecen lejos de Dios, que dicen “no creo”, “no voy”, “no rezo”… pero cuando ven la verdad, se arrepienten y se entregan. Y otros, fieles cumplidores, cargan la misa y la comunidad, pero están vacíos, sin amor, sin compasión. Dicen “sí” con la boca y “no” con la vida.

Jesús se pone de parte de los que dudaron, de los que se equivocaron, de los que dijeron “no”, pero después se convirtieron. Y los que se creen justos, los que nunca dudaron, los que nunca fallaron, a veces son los más duros.

Publicanos y prostitutas les llevan delantera. Ellos sí creyeron a Juan. Los fariseos ni se arrepintieron ni creyeron.

Hoy, la parábola nos reta: no importa nuestro pasado. Importa nuestro presente. ¿Dices “no” pero vas? Eres bienvenido. ¿Dices “sí” y te quedas? Revisa tu vida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 25. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“LA ENVIDIA TE CORROE EL ALMA

Ya lo dice el refrán:

‘Si la envidia fuese tiña, cuántos tiñosos habría’.

Y en la viña del Señor, más de uno anda con sarpullido.

Jesús cuenta la parábola: unos al alba, otros al mediodía, los últimos al atardecer. Al final, denario para todos.

Se arma el jaleo.

Los de primera hora protestan, pero su queja no es hambre, es comparación. Les duele que el dueño sea generoso.

Y el dueño responde:

‘¿Vas a tener envidia porque soy bueno? ¿O voy a ser malo porque soy generoso?’.

Ahí está la clave.

La envidia no es pedir justicia, es no soportar la felicidad del otro. Nos corroe el alma, nos amarga, nos seca y nos separa del hermano. Pasa en nuestra familia, cuando el otro tiene más atención. Pasa en nuestra parroquia, cuando el recién llegado es alabado.

No soportamos que le vaya bien al que empezó mal. Y olvidamos que nosotros ya tenemos el denario de salvación.

¡Dejemos de mirar el plato del vecino! Si la envidia fuera tiña, ¡qué sarpullido!

Pero la gracia es más fuerte. Tomemos el ungüento de la gratitud. Agradezcamos lo nuestro y celebremos lo del otro. El dueño no nos debe nada, pero nos da todo. Soltemos el veneno. Solo así entenderemos que los últimos son los primeros, y los primeros, si se creen jefes, acabarán los últimos.

DOMINGO 24. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

EL PADRENUESTRO NOS DELATA: O PERDONAMOS O NOS JUGAMOS EL CIELO,

Pedro pregunta límites: “¿Hasta siete veces, Señor?”. Jesús le revienta el cálculo: “Setenta veces siete”. Se acabaron las cuentas. El rencor no tiene cabida.

Y para que quede claro, suelta la parábola más incómoda. Un siervo debía diez mil talentos. ¡La deuda de un imperio! El rey, al verlo suplicar, le condona “todo” y deja la deuda a cero. ¡Libre! Ese siervo sale, encuentra a otro que le debe cien denarios, un sueldo de tres meses, lo agarra del cuello y le exige el pago. ¡Qué hipocresía!

Y esto, ¿nos suena? Pasa siempre. Entre hermanos de sangre, y también entre hermanos de fe. Una palabra, un cargo, una herencia, y rompemos la comunión. Ahí está el problema.

Dios nos ha perdonado una deuda astronómica: nuestros pecados, nuestros fracasos. Pero nosotros, ¿ahogamos a nuestro hermano por un disgusto? Esa conducta canceló el perdón del siervo.
Llega el golpe definitivo: el Padrenuestro reza “perdona como nosotros perdonamos”. ¡Cuidado! No es un verso bonito, es un contrato. Pides que Dios te mida igual. Si aprietas el puño, el Padre aprieta el suyo. Si abres la mano, Él abre las compuertas. Suelta esa deuda. Perdona, aunque duela. Perdona, aunque no lo merezca. No…no es opcional. ¡Es cuestión de vida eterna!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 23. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¿Y SI ERES… EL QUE HA DE SONAR LA ALARMA?

Mira el mundo. Nepal sufre. Terremotos, catástrofes que claman. La alarma suena fuerte. Pero hay otra, más silenciosa y urgente: tu hermano en la fe se despeña. ¿La oyes de verdad?

Dios te dice:

“Eres centinela. Si no avisas al malvado, te pediré cuenta” (Ez 33).

Callar no es caridad; es cobardía. No vale el “yo no me meto”. El hermano perdido duele a Dios. La alarma no es opcional.

Jesús da el protocolo claro:

“ve a solas, sin chismes ni redes. Si no escucha, lleva a uno o dos. Si persiste, díselo a la comunidad entera. “Si ni así hace caso, considéralo pagano o publicano”.

¿Expulsión? No.

Los expertos profundos dicen: tratarlo así es quitar la máscara, reconocer la ruptura, pero no cerrar la puerta. Es darle el sitio donde Jesús comía. Siempre con esperanza de vuelta.

La alarma suena insistente, hasta el aparente rechazo. Es tu responsabilidad. No es condena, es aviso para salvar su vida.

Y aquí viene lo espectacular: el poder de la oración compartida.

“Si dos se ponen de acuerdo en la tierra, mi Padre lo dará”. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo”.

¡Increíble! Nuestra oración conjunta ata y desata realidades en el cielo.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 22. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡PEDRO… “BIENAVENTURADO” Y “SATANÁS”!

El domingo pasado Pedro lo bordó, cuando le respondió a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo llamó “bienaventurado”. Le dio las llaves. Le cambió el nombre.

Y hoy, una semana después, el mismo Pedro recibe el reproche más duro de todo el evangelio: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

¡Qué caída tan rápida! ¿Qué ha pasado?

Ha pasado que Jesús empieza a hablar claro. Que tiene que ir a Jerusalén. Que va a sufrir. Que lo van a matar.

Y Pedro, que le quiere, que no puede soportar eso, lo lleva aparte y le dice: “¡De ninguna manera, Señor, eso no puede pasarte!

Pedro no es malo. Pedro le quiere. Pero en ese momento está pensando como piensan los hombres, no como piensa Dios.

¡Y yo me reconozco ahí!

Cuántas veces le he dicho yo a Dios, de una manera u otra: esto no, Señor. Este camino no. Que haya otra forma.

Cuando la vida duele. Cuando lo que se me pide implica perder algo. Cuando el camino que se abre no es el que yo habría elegido.

Y Jesús no negocia. Dice: el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Negarse a uno mismo. Eso no significa odiarse. No significa no importar. Significa no dejar que el yo, el ego con sus miedos y sus cálculos y sus planes, sea siempre el centro de todo.

Y luego esa paradoja que Jesús repite y que nunca termina de caber del todo:

“El que quiera salvar su vida, la perderá. El que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Creo que hay una forma de vivir agarrado. Controlando. Protegiéndose. Calculando cada paso para no perder nada. Y esa forma de vivir, paradójicamente, te va vaciando por dentro.

Y hay otra forma. Más expuesta. Más vulnerable. Más generosa. Que suelta. Que confía. Que da sin asegurarse primero la devolución.

Y esa forma, aunque duela más, tiene algo que la otra no tiene. Tiene vida de verdad.

Hoy me hago la pregunta que me incomoda:

¿De qué me estoy agarrando demasiado?

¿Qué es lo que no le dejo a Dios porque me da miedo perderlo?

Quizás ahí está exactamente lo que él me está pidiendo que suelte.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 19. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡SOLO EN LA MONTAÑA! … ¡SOLOS EN LA BARCA!

Después de multiplicar los panes, Jesús hace algo que llama mucho la atención: ¡Manda a la gente a casa… y a los discípulos a la barca! ¡Y él se queda solo! Solo en la montaña. A orar.

Jesús, que acaba de vivir un momento extraordinario, no se queda a celebrarlo. No se deja llevar por el entusiasmo. Busca a su Padre. ¡Eso ya nos dice algo!

Pero sigamos. ¡Es de noche! Los discípulos están en medio del lago. El viento es contrario. Las olas golpean. Y en los últimos momentos de la noche, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. Y ellos se asustan. Creen que es un fantasma.

¿Cuántas veces he hecho yo lo mismo?

Estoy en medio de una tormenta, en medio de algo que no controlo, y cuando Jesús se acerca… no lo reconozco. Busco otra explicación. Me da miedo precisamente lo que ha venido a salvarme. Jesús dice:

“Tranquilos, soy yo, no tengáis miedo”

Y entonces Pedro. Pedro, que siempre va un paso más allá, dice:

“Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.”

Y Jesús dice simplemente: ¡ven!

Pedro sale de la barca. Y camina. Camina sobre el agua. Eso es real, eso ocurre. Pero entonces mira el viento. Mira las olas. Aparta los ojos de Jesús. Y se hunde.

¡Señor, sálvame!

Y Jesús, inmediatamente, le agarra. Inmediatamente. Sin esperar. Sin dejarle hundir más. Y le dice algo que me parece que me lo dice también a mí:

Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?

No es un reproche cruel. Es casi una pregunta triste. Como diciendo: tenías todo lo que necesitabas, estabas caminando, ¿qué pasó?

Lo que pasó es lo que nos pasa a todos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF