domingo 12. tiempo ordinario. ciclo a

¡NO TENGÁIS MIEDO! ¡Tres veces!

Jesús dice tres veces en este texto: «¡No tengáis miedo! ¡Tres veces! Como si supiera que lo necesitamos escuchar más de una.
¿De qué tenemos miedo exactamente?
De muchas cosas. Pero quizás sobre todo de esto: de que si nos mostramos de verdad, si decimos lo que creemos, si vivimos abiertamente nuestra fe… algo malo va a pasar. Que nos van a juzgar. Que vamos a quedar en ridículo. Que vamos a perder algo.

Y Jesús no niega que haya riesgos. Pero entonces dice algo que lo cambia todo. Dos gorriones. Los pájaros más insignificantes del mercado. Tan baratos que los vendían de dos en uno, por una moneda de nada. Y sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que el Padre lo sepa. ¡Ni uno!

Y tú, vosotros, dice Jesús, valéis más que muchos gorriones. Parémonos aquí un momento.

No dice que valemos algo. Dice que valemos más. Que el Padre tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza. Que somos conocidos, vistos, sostenidos, con un detalle que no alcanzamos a imaginar.

Ese es el argumento de Jesús contra el miedo. No es valentía de los dientes para afuera. No es hacerse el fuerte. Es algo mucho más profundo: saber que estás en manos de alguien que no te pierde de vista. Cuando sabemos eso, podemos hablar. Podemos pregonar desde las azoteas lo que escuchamos en la oscuridad. Podemos dar la cara. No porque no nos importe lo que pasa, sino porque sabemos quién nos sostiene.

Y hay una promesa al final que es preciosa. “Al que me reconozca ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre.” Jesús poniéndose de nuestra parte. Jesús diciendo nuestro nombre delante del Padre.

¿Qué más necesitamos para perder el miedo? Hoy, en algún momento se nos va a presentar la oportunidad de dar la cara. Hoy en algún momento. ¡No lo dejemos pasar!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 11. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“SE LE CONMUEVEN LAS ENTRAÑAS”

¿Nos suena familiar? Ese mismo Jesús nos mira hoy. Con esa misma mirada. No ve nuestros fallos primero. Ve nuestro cansancio. Ve que a veces nadie nos cuida. Y siente compasión.

Esa palabra en griego —splanchnízesthai— significa que algo se le mueve en las entrañas. No es pena desde arriba. Es dolor compartido desde dentro. Y… entonces dice algo sorprendente. No dice: “voy a arreglarlo todo yo.” Dice:

“la mies es abundante, pero los obreros son pocos.
Pedid al dueño de la mies que mande obreros.”

Jesús necesita manos. Nuestras manos. Y llama a doce. No a doce superhéroes. A doce personas normales, con sus miedos y sus contradicciones. Y les da su misma misión: ¡curad, consolad, liberad!

Gratis. Lo recibisteis gratis, dadlo gratis. Aquí está el escándalo del evangelio de hoy. Lo que Dios nos ha dado —su amor, su perdón, su paz— no es nuestro para guardarlo. Es nuestro para repartirlo.

¿Cuánta gente hay a nuestro alrededor que está extenuada? ¿Cuántos están solos, sin que nadie los mire de verdad? Nosotros podemos ser ese obrero que Jesús está esperando. No hace falta ser perfecto. Solo disponible.


“Pedid al dueño de la mies…”

Empecemos ahí. En la oración. Pidamos ser enviados. Y luego miremos a nuestro alrededor con los ojos de Jesús.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

CORPUS CHRISTI. CICLO A

CORPUS CHRISTI – LA PRESENCIA INTERMINABLE

Lo más importante hoy no son las custodias, las procesiones ni los inciensos. Lo más importante es dejarse conmover por el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sí… dejarse conmover.

El desierto de Israel duró cuarenta años. Hambre. Sed. Amenazas. Y sin embargo, el Abbá no dejó morir a su pueblo — hizo brotar agua de la roca y llovió maná del cielo.

El mensaje es profundo: las dificultades no son castigo. Son pedagogía. El Abbá enseña a sus hijos el arte más sublime de vivir — no de pan solo, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

La sangre de Jesús fue derramada hasta la última gota en el Calvario — y resucita misteriosa para hacerse bebida para el Camino. Beberla es identificarse con su entrega total. Su cuerpo fue siempre lugar de encuentro, fuente de energía, memoria sublime de lo humano y lo divino. Ahora está en plenitud, luminoso, invadido de vida eterna. ¿Puede haber momento más extático que el de la comunión?

Cuando Jesús se llama a sí mismo “Hijo del hombre”, usa un título cargado de dinamita. No un Mesías solo para Israel. No un Mesías con ejércitos. Un Mesías mundial, para todas las naciones. Humano, no violento, servidor, entregado. Un Mesías que, en lugar de conquistar con la espada, da su cuerpo como alimento.

Comer su carne no es “tragar”. Es un proceso lento de asimilarse a Él. Beber su sangre no es un trago — es ir bebiéndola gota a gota, hasta apurar el cáliz, hasta identificarse con la oblación total del Hijo del hombre. Solo haciéndonos con-corpóreos y con-sanguíneos con Jesús tendremos vida en nosotros. Vida abundante.

Hoy no es día de preguntarse “¿qué tengo que hacer?” Es día de dejarse invadir por la grandeza de lo que está pasando. Jesús resucitado — glorificado, luminoso, lleno de vida eterna — quiere entrar en comunión contigo. No con tu perfección. Contigo.

Jesús no fue un maestro frío que enseñó desde lejos. Se acercó. Nos tocó. Nos lavó los pies. Y ahora nos entrega su propio Cuerpo y Sangre. ¡Pasmo de amor! Deja que te conmueva. Hoy. Ahora.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

SANTÍSIMA TRINIDAD. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“QUE DIOS ES AMOR”


Tres nombres. Un mismo amor. Pablo lo resume en una frase que usamos en cada Misa: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.” El Abbá es Amor primordial. Jesús es la Gracia, el regalo de Dios. El Espíritu es la Comunión viva. Tres nombres. Un solo Dios. Enamorado.


“Tanto amó Dios al mundo…” El envío de Jesús a la tierra tiene un solo motivo: el amor loco de Dios por nosotros. Tan grande fue ese amor que el Abbá engendró a su Hijo en el tiempo — para que viniera a nosotros, para agraciarnos con su presencia, su fraternidad, su amistad. Esta es la primera y más grande revelación de Dios: ¡que Dios es Amor! No juez distante. No poder frío. Amor excéntrico que entrega lo más esencial de sí mismo.El Dios del Antiguo Testamento no es un juez frío

Se dice a veces que el Dios del Antiguo Testamento es lejano y justiciero. Mentira. Moisés pregunta al pueblo: “¿En qué nación ha habido un Dios tan cercano?” El Éxodo revela a un Dios que libera de la esclavitud porque no quiere hijos sin libertad. Sus mandatos no son cadenas — son caminos de vida. Siempre fue el mismo Dios: compasivo, apasionado, que camina con los suyos.

Ser cristiano es ser imagen de Dios. Y si Dios es Trinidad — comunidad de amor — entonces ser imagen de Dios significa salir de uno mismo. Abrirse a la comunión. Salir del aislamiento. Entrar en el misterio de la entrega. La Trinidad no es un dogma para memorizar — es un modelo de vida que nos llama a amar como Dios ama: sin excluir a nadie.

La Trinidad no hace guerras. Un Dios que es Amor, Gracia y Comunión no puede ser fuente de ninguna guerra de religión. La Trinidad es inclusiva y dialogante. Es hospitalidad total. Acoge a todos y excluye a nadie. La conciencia trinitaria nos lleva a crear la comunión que a todos abraza. No hay fronteras en el amor de Dios.

Hoy celebramos el misterio más hermoso del cristianismo: un Dios que no está solo, que nos ama desde antes de los tiempos, que camina con nosotros, que nos libera, que nos llama a su propia vida de comunión. ¡Alegraos! ¡Animaos! Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo — al Dios que es, que era y que viene.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO DE PENTECOSTES. CICLO A

HOY EL ESPÍRITU SANTO SE DERRAMÓ…

Igual que el Hijo de Dios se hizo humano para siempre, el Santo Espíritu se ha derramado sobre nuestra humanidad para siempre. La santa Ruah — el aliento de Dios — ya habita en nosotros. Permanentemente.

Pedro lo explica citando al profeta Joel: el Espíritu se derrama sobre ancianos y jóvenes, hombres y mujeres. Sin filtros. Sin categorías. Y “toda carne” significa más que los seres humanos — es también la madre naturaleza, el mundo animado. La creación entera se convierte en templo del Espíritu. Desobedece al Espíritu quien lo encierra en lugares o personas determinadas. El Espíritu está presente en todo pueblo, toda religión, toda criatura.

Pentecostés es un acontecimiento lingüístico. Ese día, diecisiete pueblos escuchan las maravillas de Dios en su propia lengua: partos, medos, elamitas, romanos, árabes, egipcios… El Espíritu no habla solo latín. Habla todas las lenguas del mundo — y también los lenguajes del arte, la ciencia, la cultura, el deporte, la psicología. Se acabó el sueño de una Iglesia dominada por una sola cultura. Con Pentecostés nace una Iglesia donde cualquier pueblo se siente en casa.

¿Por qué el Espíritu siempre trae diversidad? Porque es su naturaleza: como el agua que todo lo humedece, el fuego que todo lo enciende, el viento que entra por cualquier resquicio. Pero atención: el espíritu malo es legión — diversidad enfrentada que descoyunta. El Espíritu Santo es amor — diversidad en comunión profunda que glorifica a cada miembro. Pablo lo advierte: “No apaguéis el Espíritu.” No lo enmudezcamos encerrándolo en una sola forma.

Emana del rostro de Jesús resucitado. Es el aroma, el aliento de Dios. Fuego. Torrente. Viento huracanado. Amor apasionado. Belleza de Dios. El beso santo que enamora. El toque delicado que a vida eterna sabe. No es una fuerza abstracta. Es la sonrisa de Dios derramada sobre el mundo.

Decir espiritualidad — en cristiano — es decir espiritualidad en misión. Dinamismo constante y apasionado hacia los confines de la tierra y del tiempo. Solo quien siente el fragor del Espíritu puede llegar a la Paz verdadera. Por eso, Jesús hoy nos da dos cosas que van juntas siempre: su Espíritu… y su Paz. ¡Ven, Espíritu Santo!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO DE LAS ASCENSIÓN. CICLO A

¡NO TE QUEDES MIRANDO AL CIELO! 

Cuarenta días después de resucitar, Jesús desaparece de la vista de sus discípulos. Se quedan mirando al cielo… paralizados. Pero lo que acaba de pasar no es una partida. Es una expansión.

— Querían un rey. Él les dio el mundo. Los discípulos le preguntan: “¿Ahora sí restauras el reino de Israel?” Seguían soñando con un proyecto político. Jesús los redirige por completo: “Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.” No un partido. No una nación. Toda etnia. Toda cultura. Toda la humanidad.


— Primero el poder. Luego el “Id.” En el monte de Galilea, Jesús ya lo había dicho con claridad: “Me ha sido dado todo el poder, en el cielo y en la tierra. Por eso… id.” El “id” no nace del vacío. Nace de ese poder total. Sube al cielo no porque pierda el poder sobre la tierra, sino porque lo ejerce desde una dimensión nueva, sin fronteras de espacio ni de tiempo.


Una palabra que lo cambia todo. El gran teólogo Karl Rahner lo expresó de manera magistral: Jesús, por su Resurrección y Ascensión, se ha vuelto pancósmico. No se aleja del cosmos — se expande hasta abarcarlo todo. Ya no está junto a unos pocos en un rincón de Palestina. Su presencia afecta a cada rincón de lo real, a cada ser humano, a todo el universo.


Se va para venir de otra manera. La Ascensión no es un adiós. Es una transformación de la presencia. Se va visiblemente como uno entre unos pocos… envía su Espíritu sobre todos… y viene de otra manera: interior, universal, continua. “Os conviene que yo me vaya” — porque entonces el Espíritu puede habitarnos, no solo caminar junto a unos pocos elegidos.


Tres palabras para nuestra vida. La carta a los Efesios nos da el kit completo. Esperanza: no fuimos llamados al fracaso sino al éxito más insospechado. Gloria: hay una herencia de belleza infinita esperándonos. Poder: el mismo poder que resucitó a Jesús actúa ahora en nosotros.


¡Aleluya!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 6. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A

CONFIADOS A LA SANTA RUAH

Jesús les dijo algo que debió sonarles a escándalo: “Os conviene que yo me vaya.”

Me imagino la cara de los discípulos. Pedro a punto de levantarse. Tomás frunciendo el ceño. Juan sin poder creerlo. ¿Que te vayas? ¿Que nos conviene? ¡En manera alguna! ¡No! Llevamos tres años contigo. Lo hemos dejado todo. Hemos visto los milagros, hemos escuchado tus palabras, hemos creído en ti… ¿Y ahora nos dices que te vas y que encima nos conviene?

Pero Jesús estaba diciendo algo mucho más profundo de lo que ellos podían entender en ese momento.

Estaba diciendo: Misión cumplida.

No como derrota. Como plenitud. Todo lo que vine a hacer, está hecho. El amor se ha entregado hasta el fondo. Ahora viene la segunda parte. Y para la segunda parte… necesitáis otro.

Otro Paráclito. Otro defensor. Otro misionero.

La Santa Ruah. El aliento eterno de Dios. No de visita. Para quedarse. Para habitar. Para recordaros todo. Para llevarnos a la verdad completa.

Desde ahora, confiados a su Misterio.

Ella es la gran misionera de esta era. La que llegó a Samaría antes que Pedro y Juan. La que convirtió a los que todos consideraban herejes. La que no entiende de fronteras ni de prejuicios.

Y yo me pregunto —y os pregunto— ¿la estamos dejando actuar? ¿O la tenemos encerrada en nuestros esquemas, en nuestras rutinas, en nuestra manera de siempre de hacer las cosas?

Porque si la Ruah habita en nosotros, somos morada de Dios. No edificios vacíos. Templo vivo.

No somos huérfanos. Nunca lo hemos sido.

Confiémonos a su Misterio. Con los brazos abiertos. Sin miedo.

¡Aleluya!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 5. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A

¡MUÉSTRANOS AL PADRE!

Tomás dijo lo que todos pensamos pero nadie se atreve a decir.

“Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?”

Qué valiente. Qué humano. Qué parecido a nosotros.

Porque hay momentos en que uno no sabe adónde va. En que el futuro es niebla. En que rezas y el cielo parece de piedra. Tomás no fingió entender. Y Jesús no lo regañó. Le respondió con una de las frases más grandes de la historia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”

No dijo: te doy un mapa. Dijo: soy yo. El camino no es una idea. Es una persona. Pero entonces Felipe pidió algo que me llega muy adentro. Algo que yo mismo he deseado en más de un momento:

“Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”

Detengámonos aquí.

¿Hay algo más grande que pueda desear un ser humano? Ver el rostro del que nos creó, del que nos pensó antes de que existiéramos, del que nos ama sin límites. Felipe no pedía riqueza ni poder. Pedía lo único que colma el corazón hasta el fondo: contemplar la belleza de Dios Padre.

Y Jesús le respondió con ternura: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Jesús es el rostro visible del Padre. Su abrazo hecho carne. A ese corazón turbado —el de Felipe, el mío, el tuyo— Jesús le hace una promesa: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.

No nos pide que entendamos todo. Confiemos juntos en que Él va delante. En que en la casa del Padre hay lugar para cada uno. Con nuestra historia. Con nuestras dudas. Con nuestro nombre.

No necesitamos saber adónde vamos. Necesitamos saber con quién vamos. ¡Aleluya!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 4. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A

LA PUERTA QUE NADIE ESPERABA

Entonces Jesús hizo una pausa, y dijo lo que nadie esperaba: “Yo soy la puerta.” No un maestro. No un profeta. No un líder religioso más. ¡La puerta que da acceso a la vida verdadera!
Los bandidos …los que roban, manipulan a las ovejas… no pasan por esa puerta. Se la saltan y entran por la tapia, aunque no están autorizados.
El Papa Francisco llamó mundanidad y clericalismo a este mal antiguo que corroe a la Iglesia. Esos pastores ya “no huelen a oveja”: vive lejos del rebaño; hablan un idioma que nadie entiende; se instalan cómodamente en el poder… Y Jesús hasta los llama “bandidos”. Cuando aparecen  las ovejas  tiemblan. Y huyen.
Cuando las ovejas escuchan -en cambio- la voz de Jesús, el corazón se aquieta. Se detienen. Lo siguen. No porque les obliguen. Porque lo reconocen. Porque esa voz les suena a casa.
El Buen Pastor huele a oveja. Se mete en el barro. Conoce tu nombre. No el nombre de tu expediente. Tu nombre. El que solo saben los que te quieren de verdad.
Junto a Jesús, en cambio, se respira. Se vive. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.”
Hoy quizás hay alguien aquí que siente que Jesús lo llama a ser pastor, a cuidar, a servir. A entrar por la puerta. A oler a oveja.
No lo pienses demasiado.
Y aunque camines hoy por sendas oscuras, no temas. Él va contigo. Su vara y su cayado te defienden.
Porque conoces su voz. Y ella te basta. ¡Aleluya!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 3. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A

¡RECONOCER!