DOMINGO 5. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡QUE BRILLE VUESTRA LUZ!

Jesús no nos quiere encerrados. Nos lanza al mundo. Porque hay algo dentro de nosotros que tiene que brillar. Y el mundo lo necesita.

¿Cuándo brillamos de verdad? Cuando no somos indiferentes. Cuando la compasión se nos sale por los ojos. Cuando el amor gobierna nuestras relaciones. Cuando nos apasiona la humanidad.

Esa es la luz que vence la oscuridad. Como decía Luther King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”.

Jesús fue esa Luz. Y nosotros, cuando hacemos el bien, la somos también. Pero atención: Pablo nos advierte. No es nuestra sabiduría la que ilumina. Es la sabiduría de la cruz: humilde, callada, que brilla sin pretenderlo. No se trata de exhibir. Se trata de no ser indiferentes. Como canta León Gieco: “Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”.

No tenemos vocación de sacristía. Nuestro lugar es la calle, la plaza, la vida. Decía Antonio Machado: “Todo necio, confunde valor y precio”

La sal no vale por su precio. Vale por lo que transforma. Tu amabilidad, tu escucha, tu justicia… son esa sal. Esa luz.

Jesús te pregunta hoy, me pregunta a mí:

¿Tu luz está escondida? ¿O estás dando sabor al mundo?

No nos acostumbremos. Que nuestra vida sea la sal que sale. La luz que brilla. Porque sal y fuego… es Él.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 4. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA FELICIDAD?

A veces me pregunto: ¿En qué estoy buscando yo la felicidad? ¿En lo que tengo, en lo que sé, en el reconocimiento?

Las tres lecturas de este domingo (Sofonías, Pablo, y sobre todo Jesús) nos dan un golpe de realidad. Nos recuerdan algo que a menudo olvidamos: Dios no elige lo impresionante. Elige lo que el mundo pasa por alto. Lo débil. Lo que no cuenta.

Jesús, el único Maestro, veía a la gente humilde, a la que sufre, y algo en Él se revolvía. Se llenaba de alegría. En ellos veía un terreno fértil para el Reino de Dios. Por eso subió a la montaña y nos soltó este manifiesto que nos sacude a todos:

“Dichosos los pobres en el espíritu
… los que lloran…
los que tienen hambre de justicia…”

No es un “felices los de allá”. Es un “felices nosotros”, cuando nuestro corazón está ahí”. Cuando dejamos de confiar en nuestras propias seguridades y confiamos solo en Él. Cuando, en nuestra pobreza –que todos tenemos de una forma u otra–, no dejamos de creer que Dios está haciendo algo nuevo.

Pablo nos lo dice claro a comunidades como la nuestra, como en Corinto: “Fijáos bien en vuestra propia asamblea”. Miremos a nuestro alrededor, miremos dentro. ¿No es cierto que Dios actúa precisamente en lo que nosotros despreciamos? En nuestras debilidades, en nuestras limitaciones… y en la gente que pasa desapercibida.

Este texto nos humilla si nos creemos muy listos o importantes. Pero también nos “libera”. Nos dice: “Tu valor no está en lo que tienes o aparentas. Está en que, en tu indigencia, confíes. Y desde ahí, seas misericordioso, pacífico, limpio de corazón”.

Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Tal vez esa sea la clave. Dejar de buscar la paz donde no está, y encontrarla justo ahí donde Jesús la proclama: en un corazón que se vacía para llenarse de Él.

 
José Cristo Rey García Paredes, CMF
 

DOMINGO 3. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

LA LUZ MISIONERA

Eulàlia Bosch

Eulàlia Bosch

“¡Galilea de los gentiles!”

Así la llamaban con desprecio. Judea era la tierra santa, Jerusalén la ciudad de luz. Galilea era la zona oscura. Pero el profeta Isaías anuncia: ¡Les brilla una luz grande! Dios escoge precisamente la oscuridad para que la luz brille con más fuerza.

Los místicos nos hablan de la “Noche Oscura”. Hemos de pasar por zonas tenebrosas. Pero entonces escuchamos: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. La luz brilla en las tinieblas. No hay que temer. Es cuando todo está oscuro que la luz puede aparecer en todo su esplendor.

¿Y dónde comienza Jesús su ministerio?

Exactamente ahí: ¡en la tierra de tinieblas! Jesús no es lámpara inmóvil de santuario. Es Luz misionera. Luz itinerante. Por donde pasa, todo se ilumina. Predica la alborada del Reino. Y su luz prende en otros.

Incendia los corazones de Andrés y Pedro, de Santiago y Juan. Por eso dejan padre, redes, familia… y lo siguen. Porque Jesús da sentido a la vida.

Hoy padecemos una enorme falta de sentido.

¿De qué nos sirven certificados de muerte? Jesús y sus discípulos no certificaban la muerte. Iluminaban. Daban vida.

Pablo lo sabía bien. “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?” Qué buena advertencia cuando queremos ocupar puestos de brillo. En la Iglesia no hay estrellas. Estamos llamados a ser una constelación. Quien cultiva su imagen no ama a Jesús. Quien ama a Jesús se oculta como humilde siervo.

Porque sólo Jesús es la Luz del mundo. No hay servicio mejor que ser misionero. Llevar por todas partes la luz que es Jesús. Su ansia: que todo arda, que todo esté iluminado. La misión es como construir un gran cableado hasta los últimos rincones de la tierra. Para que nadie quede a oscuras. Porque la luz no es nuestra. Es Luz del Mundo. Y el mundo la necesita. ¡Nosotros también!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 2. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

EL TESTIGO QUE MUESTRA A JESÚS 

Hay alguien detrás de cada Grande. Detrás de cada escritor que conoces, hubo un editor que apostó. Detrás de cada campeón, un entrenador que creyó. Detrás de cada estrella, alguien que dijo: “Este va a brillar”.

¡Detrás de Jesús estuvo Juan!

Juan Bautista era impresionante. Profeta solitario, contracorriente, convocando multitudes al desierto para refundar el pueblo desde cero. Bautismo radical. Cambio total. Un líder indiscutible.

Pero cuando vio a Jesús, todo cambió.

“Yo tengo que disminuir para que Él crezca”.

Juan se convirtió en pura señal. En dedo que apunta. En voz que grita: “¡ÉL!”.

 “Yo no lo conocía” —repite Juan dos veces. Pero Dios le dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése es”. Y Juan estuvo atento. Vigilante. Esperando. Y cuando lo vio venir, supo.

“¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”

¡Corderito joven! (¡ese es el significado de “àmnós”, en griego). No águila imperial. No león rugiente. ¡Corderito! Pequeño, vulnerable, expuesto a los lobos. Y  “que carga con el pecado del mundo”: “airón” es el término que indica que “carga sobre sí y se lleva…” ¡Ese es Jesús, Corderito sobre el que desciende el Espíritu Santo!

La paradoja nos rompe el corazón: el que trae el Espíritu es el mismo que carga el pecado del mundo. El inocente que se lleva la culpa. El limpio que carga lo sucio. Para librarnos.

Juan nos enseña tres cosas que nos conmueven

UNA. El evangelizador no se anuncia a sí mismo. Siempre apunta a Jesús. Tú y yo también.

DOS. No transmitimos ideas. Transmitimos experiencia. Solo evangelizamos cuando HEMOS VISTO a Jesús.

TRES. Conocer a Jesús nos habilita para ser testigos. No antes.

¿Qué vio Juan en Jesús para transformarse en “señal” -dedo- que indica a Jesús? Vio ternura: el “corderito” (àmnós”) que no viene con aires de grandeza. Vio entrega sin límites: alguien dispuesto a cargar con el mal del mundo para liberarnos de la culpa que nos aplasta. Vio capacidad de unir: alguien capaz de reunir, restaurar, crear unidad entre los diferentes, establecer la gran Alianza.

Hoy la pregunta no es qué sabemos de Jesús. Es: ¿Lo hemos visto?

Porque solo quien lo ve puede señalarlo. Solo quien experimenta puede evangelizar. Solo quien conoce puede amar.

Juan puso toda su vida al servicio de ese anuncio. ¿Y nosotros? ¿Seremos testigos del Cordero que carga nuestro pecado?

  • ¿Seremos voz que grita en el desierto de este mundo: “¡ÉL!”? Lo imposible es posible cuando dejamos de ser el centro.

Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO

INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO

Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.

El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo: 1) la Misión y vocación cristiana; 2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida; 3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia; 4) la oscuridad de la fe; 5) el reinado de Dios y la nueva Alianza; 6) el pecado y el perdón; 7) la hora del Esposo; 8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.

Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.

Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

BAUTISMO DE JESÚS. CICLO A

EL CIELO SE RASGA. JESÚS EMERGE. EL ESPÍRITU ANIDA

Hay momentos en los que el cielo se abre… y todo cambia. Quizá no los recordamos, pero nos marcaron para siempre. Uno de esos momentos fue nuestro bautismo: allí comenzó el gran relato del amor de Dios en nosotros.

Jesús tenía treinta años cuando se acercó al Jordán. Había una fila de gente sencilla, con heridas y esperanzas, buscando un nuevo comienzo. Y Él se puso en esa fila. No miró desde lejos: se mezcló con nosotros. El Dios del cielo descendió a nuestras aguas turbias, se metió en nuestro barro, en nuestra vida.

Al salir del agua, el cielo se rasgó. No se abrió suavemente: se desgarró. Fue como si el cielo, retenido tanto tiempo, se partiera para que Dios pudiera abrazar de nuevo a su creación. Y desde lo alto, la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.”

También sobre nosotros se pronunció esa palabra. Aunque no la recordemos, esa voz nos nombró entonces y nos sigue nombrando hoy. Somos hijos, somos hijas, somos motivo de alegría para Dios.

Luego descendió el Espíritu, como una paloma cansada que por fin encuentra hogar. El Espíritu anidó sobre Jesús, y desde aquel momento busca anidar también en nosotros: en nuestras vidas imperfectas, en nuestros silencios, en nuestros deseos más hondos.

Quizá hace tiempo que no pensamos en nuestro bautismo, quizá lo sentimos como algo antiguo… Pero el cielo no se ha vuelto a cerrar. La voz del Padre sigue sonando, y el Espíritu sigue buscando dónde posarse.

Ser bautizados es vivir sabiendo que el cielo está abierto, que Dios camina dentro de nosotros, que hay una ternura que no se borra.

Hoy, al reunirnos en esta Eucaristía, dejemos que esa palabra vuelva a brotar: “Eres mi hijo, eres mi hija amada.” Dejemos que el Espíritu rehaga su nido en nuestra alma y que la vida entera se convierta en respuesta agradecida.

El cielo sigue rasgado. El agua sigue fluyendo. Y el Espíritu, paciente y fiel, continúa anidando en nosotros.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 2º. TIEMPO DE NAVIDAD. CICLO A

¡LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS! 

¿Qué significa esto?

Que Dios no nos envió un mensaje, no nos dejó un manual. Se hizo uno de nosotros. Tuvo el rostro concreto de Jesús de Nazaret: un hombre que nació de mujer, que tuvo hambre y sed, que se cansó de caminar, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, que reía con los niños, que comía con pecadores y justos por igual. Ese Jesús histórico, que caminó por las aldeas de Galilea hace dos mil años, es el mismo que está aquí, ahora, con nosotros. Porque antes de partir nos hizo una promesa que sostiene nuestra fe: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tres presencias… un mismo Jesús

¿Cómo cumple Jesús esta promesa? De tres maneras luminosas que se entrelazan en esta Eucaristía:

Primero, está presente en su Palabra. Cuando proclamamos el Evangelio, no estamos leyendo un texto antiguo. Es Él quien nos habla hoy, aquí, ahora. La misma voz que sanó al ciego, que perdonó a la adúltera, que llamó a Lázaro de la tumba, sigue resonando en estas palabras. Por eso las escuchamos de pie: porque es el Señor quien nos habla.

Segundo, está presente en la Eucaristía. Este pan que partimos es su Cuerpo. Este vino que compartimos es su Sangre. No un símbolo, no un recuerdo: Él mismo, el mismo Jesús que nació en Belén, que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Se hace alimento para nosotros. Entra en nosotros para que nosotros podamos vivir en Él.

Y tercero, está presente en nosotros, en cada bautizado. San Pablo lo dice con claridad: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cuando comulgamos, cuando acogemos su Palabra, Jesús nos transforma desde dentro. Nuestras manos pueden convertirse en sus manos que bendicen y sanan. Nuestros ojos en sus ojos que miran con misericordia. Nuestro corazón en su corazón que ama sin límites.

No estamos solos

Nunca hemos estado solos. En cada alegría y en cada lágrima, en cada amanecer y en cada noche oscura, Jesús ha estado ahí. No como una idea lejana, sino como presencia real y cercana.

Cuando venimos a Misa, cuando abrimos el Evangelio en casa, cuando comulgamos -llevando en el corazón nuestras penas y esperanzas- Él ha estado ahí. El mismo que hace dos mil años caminaba por Galilea, el mismo que hoy nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré”.

La invitación

Esta semana, cuando abramos el Evangelio, recordemos: es Jesús quien nos habla… Cuando comulguemos, sepamos: es Jesús quien entra en nosotros.

Y cuando salgamos de aquí, a nuestras casas, a nuestro trabajo, a la calle, llevemos esta certeza: somos portadores de Cristo. Él vive en nosotros y quiere amar, consolar y servir a través de nosotros.

La Palabra no se quedó en el pasado. Se sigue haciendo carne: en el pan consagrado sobre este altar, y en nuestra propia carne cuando le dejamos vivir en nosotros.

Que María, que dio carne a la Palabra en su seno, nos ayude a ser como ella: lugares donde Jesús se hace presente, visible, cercano para todos los que nos rodean.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

1 DE ENERO. SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. CICLO A

LA BENDICIÓN QUE TRANSFORMA

“Del misterio que seduce, la identidad que desafía, el rechazo que brutaliza… ahora: la bendición que transforma.”

TE BENDIGO….

“Primer día del año. ¿Sabes cuál es el primer mensaje de Dios para ti? No es ‘esfuérzate más’. No es ‘ponte metas imposibles’. Es algo mucho más poderoso: “‘Te bendigo.’”

En el libro de Números escuchamos la bendición más antigua del mundo: ‘Que el Señor ilumine su rostro sobre ti, que te mire con amor y te conceda la paz.’”

“Tres veces se repite el nombre de Dios. Tres veces nos bendice. Y aquí está el giro: Dios no espera a que seas perfecto para bendecirte. Te bendice primero.”

VER EL ROSTRO DE DIOS

Ver el rostro de Dios… y todo lo demás basta.’ Esa es la mayor bendición. Y en Navidad vimos ese rostro: un bebé en un pesebre. Nada espectacular para el algoritmo.

“Los pastores corrieron y encontraron exactamente eso: Dios haciéndose pequeño para bendecirnos de cerca. Al octavo día lo circuncidan. Su nombre: Yeshua, Josué. El que introduce en la tierra prometida. El Creador… ahora el Liberador.”

¿Y María? ‘Guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.’ No las publicó al instante. No las compartió en stories. Las guardó. Las procesó. Las vivió.” ¡Eso es sabiduría espiritual!

ERES BENDICIÓN

“Este 2026, hagamos algo diferente: No solo pongas metas. Reconoce primero la bendición que YA eres.”

“No solo corras detrás del éxito. Detente como María y medita qué está haciendo Dios en tu vida. No esperes a diciembre para agradecer. Empieza hoy, ahora, aquí.”

“La bendición de Dios ya está activada sobre ti. No necesitas ganártela. Solo recibirla, vivirla, compartirla. Que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda paz.”

“2026: El año en que creíste en la bendición. Amén.”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 1. TIEMPO DE NAVIDAD. CICLO A

EL RECHAZO BRUTAL: LA SAGRADA FAMILIA HACIA EGIPTO 

Tres días después de Navidad, el Niño Dios tiene que huir en la noche. Se convierte en refugiado. ¿Y adivina a dónde huyen? A Egipto.

Egipto. El lugar de la esclavitud. Del que Moisés sacó al pueblo hacia la libertad. Y ahora, la Sagrada Familia vuelve a Egipto… para encontrar vida.”

La Tierra Prometida se volvió mortal. El hogar, amenaza. Y la tierra de la esclavitud se convierte en refugio. Es el Anti-Éxodo.”

“José cruzó la frontera en plena noche. Sin papeles. Sin visa. Sin tiempo para trámites. Había una orden de muerte. La Sagrada Familia fueron inmigrantes ilegales. Así de claro.”

“¿Cómo es posible? Las autoridades religiosas no reconocieron al Verbo que creó el universo. Herodes quiso matarlo. El pueblo elegido rechazó a su Mesías.”

“Y Dios crece en la frontera, no en la capital. En el margen, no en el centro del poder. Por eso Jesús será siempre ‘el Galileo’. De la periferia.”

Hay madres que cruzan fronteras en la noche con sus hijos. Padres que, como José, simplemente se levantan y protegen a los suyos. La historia se repite.”

“Jesús fue un niño refugiado antes de ser maestro. Si despreciamos a los migrantes, despreciamos al Niño que huía de Herodes.”

“Dos preguntas para ti hoy: Primera: ¿Hay algún ‘Egipto’ en tu vida? ¿Algo que despreciabas… y Dios te está llamando justo ahí para encontrar vida?” “Segunda: ¿Hay algún ‘hogar’, alguna certeza que ya se volvió peligrosa para tu fe… y necesitas moverte?”

“José supo cuándo quedarse y cuándo huir. Esta semana: ¿estamos escuchando a dónde nos llama Dios para movernos y movilizarnos? Aunque sea a nuestro propio Egipto.”

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 4º. ADVIENTO. CICLO A

EL “FIAT” SILENCIOSO DE JOSÉ

El drama de José

Imaginemos esa noche. Tratemos de entrar en el corazón de este hombre. La mujer que ama, María, su prometida, espera un hijo… y él sabe que ese hijo no es suyo. En aquella sociedad, en aquel contexto, esto no era un simple escándalo social. Esto podía significar la muerte para María. La lapidación. El final.

Y aquí aparece la grandeza de José: el Evangelio nos dice que “era justo”. Pero ¿qué significa esto? A primera vista, podríamos pensar que José quería repudiar a María porque la ley se lo permitía, porque era lo correcto según las normas. Pero no. José era justo de una justicia más profunda, más evangélica, más divina.

José era justo porque amaba más allá de la ley. Era justo porque prefería perderlo todo antes que condenarla. Era justo porque, ante el misterio que se desplegaba ante sus ojos, tuvo la humildad de reconocer: “Aquí hay algo que me supera. Aquí está actuando Dios. ¿Quién soy yo para entrometerme?”

José pensó en apartarse no por dureza de corazón, sino por respeto al misterio. No se sentía digno. María había sido elegida por Dios… ¿y él? Él era simplemente José, el carpintero. ¿Cómo iba él a insertarse en este plan divino?

El hijo de David

Pero hay algo más, que no podemos pasar por alto. José era “hijo de David”. Descendiente del gran rey David. Era davídida. Pertenecía al linaje real de Israel.

Y aquí está la paradoja histórica más impresionante: José, el carpintero de Nazaret, era el heredero legítimo del trono de David. Herodes, en cambio, el que se hacía llamar “rey”, no lo era. Herodes era un usurpador, un rey ilegítimo impuesto por Roma.

El verdadero rey trabajaba con las manos en un taller. El verdadero heredero del trono estaba en la sombra, en el silencio, en la humildad. Y es precisamente a través de él que Jesús será llamado “hijo de David”, el Mesías esperado, el Rey de reyes.

Dios tiene un sentido del humor y una pedagogía impresionantes: el Rey del universo no entra en la historia a través de palacios, sino a través de un carpintero. No a través del poder político, sino a través de la obediencia humilde.

El ángel y el fiat de José

Y entonces, en medio de esta crisis, de esta incertidumbre, de este dolor… Dios interviene. Un ángel se le aparece en sueños a José y le dice: “José, hijo de David” —¡fíjémonos cómo lo llama!, ¡por su dignidad real!— “no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”.

“No temas”. Qué palabras tan importantes. El ángel no le dice: “Va a ser fácil”. No le promete comodidades. No le garantiza que la gente entenderá. Simplemente le dice: “No temas. Hazlo aunque tengas miedo. Acoge. Recibe. Di que sí”.

Y aquí está el paralelismo más hermoso: así como en el Evangelio de Lucas el ángel Gabriel se aparece a María y ella responde con su “fiat” —”Hágase en mí según tu palabra”—, aquí, en el Evangelio de Mateo, tenemos el “fiat” de José. Un fiat silencioso, pero no por ello menos poderoso.

María dijo: “Hágase”. José no pronunció palabra… pero hizo lo que el ángel le mandó.

El fiat de María fue en palabras. El fiat de José fue en acción pura.

Dos anunciaciones. Dos síes. Un solo misterio: la Encarnación del Hijo de Dios.

Obra del Espíritu Santo

Y el Evangelio es muy claro, hermanos: “Lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”.

¡Qué afirmación tan impresionante! ¡Qué obra de Dios tan certera, tan única, tan sorprendente! El Espíritu Santo, el mismo que aleteaba sobre las aguas en el momento de la creación, el mismo que ungió a los profetas y reyes, el mismo que inspira y santifica… ese mismo Espíritu está obrando en el vientre de María.

Dios no necesitaba de José biológicamente. Pero lo necesitaba humanamente. Lo necesitaba para proteger. Para dar nombre. Para dar linaje. Para dar hogar. Para ser padre en el sentido más profundo: el que ama, protege, cuida y enseña, sin necesidad de poseer.

José no es el padre biológico, pero es el padre verdadero. Porque la paternidad, hermanos, no es solo una cuestión de genética. Es una cuestión de amor, de acogida, de entrega.

El hombre que no se pone en el centro

Vivimos en una sociedad obsesionada con ser el primero. Con ser visto. Con ser reconocido. Con el protagonismo. Con el aplauso. Con las redes sociales donde todo debe ser exhibido, comentado, “likeado”.

Y en medio de todo eso, José nos enseña algo revolucionario: se puede cambiar el mundo sin estar en el centro. Se puede ser fundamental sin ser protagonista. Se puede amar sin necesitar el foco de atención.

José protege sin poseer. Ama sin controlar. Sirve sin buscar aplausos. Obedece sin preguntar. Acoge sin entender completamente.

En una sociedad que habla tanto de masculinidad tóxica, de abuso de poder, de control… José es el antídoto perfecto. José es la masculinidad redimida: fuerte, pero tierna. Protectora, pero no posesiva. Honesta, sin ego inflado. Decidida, pero humilde.

José es el hombre que sabe hacerse a un lado para que Dios actúe. Y paradójicamente, al hacerse a un lado, se convierte en indispensable.

La pregunta que nos hace José

Mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, José nos hace una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Podemos acoger lo que no entendemos? ¿Podemos amar aunque nos cueste? ¿Podemos decir que sí a Dios aunque tengamos miedo? ¿Podemos ser “segundo violín” si la sinfonía lo requiere?

Porque José cambió el mundo diciendo “sí” en silencio. Y ese silencio todavía resuena. Ese silencio nos interpela. Ese silencio nos invita a una fe más profunda, más confiada, más adulta.

Conclusión

Cuando José se despertó, dice el Evangelio, “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.

Qué frase tan simple. Qué frase tan poderosa.
No sabemos qué pensó. No sabemos qué sintió. No sabemos si tuvo dudas o miedos adicionales. Solo sabemos una cosa: obedecióAcogióAmó.
En estos últimos días antes de Navidad, pidamos a San José que nos enseñe su secreto: el secreto de la obediencia humilde, del amor desinteresado, del servicio silencioso.
Que nos enseñe a acoger el misterio de Dios en nuestras vidas, aunque no lo entendamos completamente.
Que nos enseñe a decir “sí” con nuestra vida, aunque no pronunciemos grandes palabras.
Que nos enseñe a ser puentes para que otros encuentren a Jesús, aunque nosotros permanezcamos en la sombra.
Porque al final, hermanos, eso es lo que importa: no que nos vean a nosotros, sino que vean a Cristo.
José lo entendió. José lo vivió. José nos lo enseña.
Que su fiat silencioso resuene en nuestros corazones.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

Canción:

“EL FIAT SILENCIOSO DE JOSÉ

Estribillo
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Luz de tu amor, ven a mis miedos,
trae a mi noche tu resplandor.


I. El estupor de José (Narrador)
Tembló José, ardía la noche,
María espera en soledad.
Su pobre mundo se hace pedazos,
viene un hijo y no es su verdad.
El Santo Espíritu obra en María,
sin consultarle el corazón.
Tiembla, se siente atado y solo,
quiere marcharse de esa unión.


II. El ángel y el miedo (Ángel solista)
José, hijo de David, no temas,
todo este signo viene de Dios.
No es infidelidad ni engaño,
es pura gracia sobre los dos.
El que creó la luz con “Hágase”,
busca en tu casa techo y calor.
Toma a María, cuida al Mesías,
tu fiat calla su dolor.


Estribillo (José)
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Luz de tu amor ven a mis miedos,
trae a mi noche tu claridad.


III. El hijo de David oculto (Narrador)
Él, del linaje santo de David,
sin trono, espada ni poder.
Rey escondido en un taller humilde,
con sus heridas y su saber.
Mientras un falso rey teme y mata,
Dios elige la oscuridad.
En manos duras, fiel carpintero,
nace en silencio la realeza real.


IV. El gran arco del Fiat (Coro + Ángel)
Dijo el Señor: “Hágase la luz”,
y hubo caminos, cielo y mar.
Dijo María: “Hágase en mí”,
el Verbo vino a nuestra bondad.
José no habla, solo obedece,
hace en su vida lo que oyó.
Su fiat manso, hecho de gestos,
da un hogar tierno al Hijo de Dios.


Estribillo final (Todos)
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Como en María y como en José,
sea mi vida puro “hágase”.
Fiat, Señor, en mi silencio,
haz de mi noche tu Belén.
Que mi pequeño sí en la tierra
hable de Cristo, Rey y Emmanuel.