DOMINGO 5. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

“LA MUERTE YA NO HIERE A SUS AMIGOS”

Hoy la Palabra de Dios nos grita una sola cosa: ¡VIDA! Y qué paradoja… estamos a punto de entrar en la Semana Santa, la semana de la muerte de Jesús… y Él nos dice: “Yo soy la Vida”.

¿Por qué tanta muerte a nuestro alrededor? ¿Qué le pasa a la humanidad?

Ezequiel lo vio claro: el pueblo de Dios era un valle de huesos secos. Un cementerio. Sin futuro. Sin esperanza. Y Dios… ¿qué hace? No los abandona. Los mira y dice: “¡Pueblo mío, pueblo mío!” — como un padre que llora a su hijo. Como David llorando a Absalón. Y se compromete:

“Abriré vuestros sepulcros. Os daré mi Espíritu. Viviréis.”

¿Sabemos lo que eso significa? Que cuando tocamos fondo… Dios no se va. Se acerca más.

Lázaro llevaba cuatro días muerto. Marta y María estaban destrozadas. Y Jesús… llegó tarde. No les ahorró el dolor. No les ahorró el duelo. Pero llegó. Y todo cambió. Porque la muerte ya no hiere a los amigos de Jesús.

¿Somos amigos suyos? Entonces la última palabra no es la muerte. Es Él. San Pablo nos lo explica así: “en nosotros hay carne… y hay espíritu”. Cuando nos dejamos llevar por el Espíritu de Jesús, ese Espíritu envuelve nuestra carne, transfigura nuestro dolor, resucita lo que en nosotros está muerto. No es magia. Es amor.

“En el verdadero amor, el espíritu envuelve a la carne.”-como decía el filósofo Nietzsche-.

Esta Cuaresma nos preguntamos algo muy sencillo: ¿Dejamos que el Espíritu de Jesús toque nuestra vida? Porque si lo dejamos… lo que estaba muerto… vuelve a vivir.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 4. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

“CUANDO LA CEGUERA ESTÁ EXPANDIDA” 

El profeta Samuel entró en Belén buscando el candidato de luz para dirigir el pueblo de Israel. Desfilaron ante él los hijos de Jesé. Uno tras otro. Ninguno fue elegido. “¿Se acabaron los muchachos?”, pregunta el profeta. Hubo que ir a buscarlo fuera, al campo, entre las ovejas: David, el pequeño, el olvidado. Dios pone su luz allí donde nosotros no imaginamos.

Y como Samuel, también Jesús se encontró con un marginado: ¡ciego de nacimiento! Jesús untó barro en los ojos del ciego. Y le pidió colaborar: vete y lávate. Y añadió: “Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo.” Y el ciego de nacimiento vio por vez primera en su vida.

Pero la ceguera estaba expandida. Los discípulos preguntan: “¿Quién pecó, él o sus padres?” El gentío no capta nada: “¿No es éste el que mendigaba? ¡No! Pero se le parece.” Los fariseos interrogan al que fue ciego. Tampoco ellos se lo creen. Y se atreven a insultar a la fuente de su luz: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.”

¡Qué paradoja! El único que ve es ahora el que fue ciego. Se defiende de maravilla aludiendo a Jesús: “Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.”

¡Cuánto ciego alrededor de Jesús! Y cuando más cerca están de la luz, más se obstinan en su horrible ceguera. La ceguera de quienes se sitúan como jueces implacables ante lo nuevo, porque su única luz es “lo mandado”. Discípulos. Gentío. Fariseos. Cada grupo más ciego que el anterior, aunque están más cerca de Jesús.

¿Estamos conformes con tanta ceguera a nuestro alrededor? Buda nos pidió entrar en procesos de iluminación. Jesús nos dice: “Yo soy tu luz.” ¿Tenemos conciencia de que la Luz nos enfoca… nos habita? ¿Nos busca? Y si te dejas iluminar, descubrirás muchos ciegos a tu alrededor.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 3. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

¡GOLPEA LA ROCA! -III Domingo de Cuaresma

Refidim. Desierto del Sinaí. El pueblo muere de sed. Protesta. Murmura. No confía. Moisés clama al Señor. Y Dios responde: “Golpea la roca. De ella brotará agua.” Moisés golpea. Y el agua brota. Sólo golpeando la roca brota el agua que calma la sed.

Siglos después, una mujer samaritana llega al pozo de Jacob. Tiene sed. Muchas sedes. Jesús, fatigado, está sentado junto al pozo. Él es la nueva Roca. Y le dice: “Si conocieras el don de Dios… tú me pedirías y yo te daría agua viva. Quien beba de esta agua nunca más tendrá sed.”

¿Golpeó la samaritana la roca? Sí. Con su fe, con su pregunta, con su anhelo.Y brotó el agua. Ella corrió al pueblo: “¡Venid a ver! ¿No será éste el Mesías?” Se convirtió en manantial. El agua que recibió se desbordó hacia otros.

Pero hacía falta otro golpe. El definitivo. En la cruz, Jesús es golpeado por una lanza. Y de su costado brota sangre y agua. San Pablo lo subrayó: la Roca golpeada es Cristo.

Hoy, las muchedumbres tienen sed. Los pueblos se reúnen buscando agua. Necesitamos eventos donde brote el agua. ¿Cómo golpeamos hoy la Roca con fe absoluta de que brotará y calmará la sed?

Invocando al Espíritu de Jesús. Él hace brotar el agua. Reuniéndonos en su nombre. Celebrando. Creyendo.  Porque Jesús no es solo un personaje histórico. Jesús es la Roca de la que mana el agua que necesitamos para sobrevivir en nuestro desierto.

También hoy. Y, de hecho, iniciamos nuestro seguimiento de Jesús en el agua: el bautismo. Nacimos del agua y del Espíritu. Cada vez que tengas sed, recuerda: La Roca ya fue golpeada. El agua ya brotó. Sangre y agua del costado de Cristo. Acércate. Bebe. Y conviértete tú también en manantial. Porque quien bebe del agua que Jesús da… se transforma en fuente que brota para dar vida.

¡Golpea la Roca con tu fe… el agua brotará!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 2. CUARESMA. CICLO A

“LA VOCACIÓN DE LOS INQUIETOS”

Una inquietud profunda habitaba en el interior de Abraham. “Aquí no hay futuro.”, pensó. Y salió. Dejó todo lo conocido. Se aventuró hacia lo desconocido, sin saber adónde iba. No salió para poseer la Patria. Salió para buscarla.

No somos felices cuando poseemos, sino cuando caminamos, cuando deseamos. La instalación nos deshumaniza. Morar siempre en lo conocido nos encarcela.

Pablo inquietó al joven Timoteo cuando le dijo: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio.” Evangelizar no es una tarea cómoda. Es vivir inquieto, disponible las veinticuatro horas. Y ¿para qué? Para anunciar la Buena Notica, la única que ofrece a la humanidad felicidad y sentido.

En cambio, los tres apóstoles del Tabor, ante la maravilla de la transfiguración de Jesús querían todo lo contrario. Pedro queda embelesado: “¡Qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!” Quiere instalarse. Quiere quietud. Disfrutar la felicidad él solo. Pero el Transfigurado los inquieta: “Nada de tiendas. Bajad del monte. Otro monte os espera.” Porque la vocación no es para quedarse.

La Visión se recibe para comunicarla. Nadie es llamado para disfrutar a solas de Dios. La Luz que nos habita debe ir iluminando el mundo, poco a poco, llenándolo de vida.

Dios nos llama a ser inquietos. Como Abrahán, que sale sin saber adónde va. Como Timoteo, que evangeliza sin descanso. Como los apóstoles, que bajan del Tabor hacia otro monte: el Calvario y la Resurrección. Sal. Camina. Cuenta lo que has visto. Esa es la vocación de los inquietos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 1. CUARESMA. CICLO A

¡EL ALIENTO Y EL HAMBRE”

Al principio, Dios nos dio su propio aliento. Neshamá, lo llama el Génesis. Vida íntima, compartida, respirada directamente de su boca a la nuestra. Pero nos dio hambre. Hambre de ser dioses. Y cambiamos el aliento por el fruto prohibido. Dejamos de respirar con Él… para morder por nuestra cuenta.

Esa misma hambre persigue a Jesús en el desierto. “Convierte las piedras en pan”, le susurra el tentador. “Satisface tu hambre a tu manera. Exige certezas. Controla tu destino.” Es el menú de siempre: cambia el Aliento por la Autogestión. Cambia la confianza por el control.

Pero Jesús redefine el hambre. Tiene hambre real. Hambre física. Hambre de certezas. Y… aun así, responde: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Él, que ES la Palabra hecha carne, prefiere morir de hambre antes que vivir de cualquier pan que no sea la voluntad de su Padre. Él respira. Se alimenta del Aliento. Y desde ahí, su “No” al demonio es un “Sí” inmenso a la intimidad con el Padre.

Adán y Eva: expulsados del Paraíso que les fue dado. Jesús: desde el desierto mismo, comienza la reconstrucción del mundo. Misma prueba. Resultados opuestos. Ellos eligieron morder. Él eligió respirar.

Y la Cuaresma nos pregunta hoy: ¿De qué tenemos hambre realmente? ¿Estamos intentando convertir piedras en pan? ¿Exigiendo señales, seguridades, atajos divinos a nuestra medida? ¿O estamos aprendiendo, en el desierto de nuestras limitaciones, a vivir del puro Aliento de su Palabra… aunque no calme inmediatamente todos nuestros apetitos?

El camino no es tener más respuestas. Es aprender a respirar distinto. A confiar. A dejar que su Aliento sea tu alimento. “No solo de pan…” Es la dieta de la confianza, la que nos devuelve al Jardín, al Paraíso.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

¡Aliento y Palabra! (canción)

No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 1]
Al principio fue tu aliento, brisa pura de Neshamá,
y cambiamos boca a boca por el fruto y su ansiedad.
Por morder nos fue echando el día claro del hogar,
se nos secó entre los labios la confianza y la verdad.
[Estrofa 2]
Tú, Jesús, en la arena dura, con la noche por mantel,
tuviste hambre de certezas, de un camino sin porqué.
Mas dijiste en voz de pobre: «Padre, tu querer es pan»,
y al negarle al tentador el bocado, le dijiste sí a tu Dios.
[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 3]
Hoy la Cuaresma nos mira: «¿De qué hambre vivirás?»,
si de atajos y señales o del soplo que se da.
Aprender es otro aire, otro modo de esperar:
que tu Aliento sea alimento y nos vuelva al Paraíso, al hogar.

[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

5 DOMINGO. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

¡EL DESIERTO PUEDE FLORECER!

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • El desierto acabará… Dios abre ríos en él
  • ¡Olvida lo que queda atrás y ¡corre hacia la meta!
  • Desenmascara a lo que condenan… ¡Yo no condeno!

El desierto acabará… Dios abre ríos en él

Si en el pasado hubo desiertos… confía, porque Dios “abrió un camino en el mar” y puede abrir ríos en el desierto.

En este año 2025, tras la crisis de la pandemia y de las guerras locales (Ukrania y Rusia, Israel y Palestina…), podemos caer en el derrotismo. Somos Iglesia y estamos llamados a ser profetas de lo nuevo. ¿Cómo? Como el agua en el desierto: siendo signo de vida allí donde hay sequedad espiritual (individualismo, soledad existencial).

Olvida lo que queda atrás y corre hacia la meta!

En 2025, en una sociedad obsesionada con el éxito y una Iglesia tentada por el auto-ensalzamiento (esplendor de sus celebraciones, cifras de bautizados), la segunda lectura de la carta a los Filipenses es un antídoto.

En ella Pablo desprecia los «méritos» que ha conseguido en el ámbito religioso. Y confiesa que lo único que aprecia y abraza es a Cristo, como su única razón de vivir. Pablo describe la santidad -¡no como un trofeo!-, sino como una carrera: caer y levantarse, son los ojos fijos en quien nos conquistó primero. Por eso la pregunta-clave es: ¿Qué «méritos» debemos soltar para abrazar la pobreza de Cristo? No pocos se abrazan al tradicionalismo, otros a los éxitos pastorales, otros a las identidades de grupo. Otros se abrazan al Jesús que acoge a los pecadores y come con ellos. Son éstos quienes están en lo cierto.

Desenmascara a los que condenan… ¡Yo no condeno!

En el evangelio de hoy Jesús desarma a los acusadores de la mujer con un doble gesto: perdón sin ingenuidad («no peques más») y denuncia sin violencia («el que esté sin pecado…»). La Iglesia se encuentra también hoy en el 2025 -como Jesús- en la plaza pública. Y nos plantean temas éticos candentes: bioingeniería, eutanasia, migraciones masivas… ¿qué puede la Iglesia aprender de Jesús?

Conclusión: «El desierto puede florecer»

En un mundo sediento de esperanza, estos textos son la brújula. Como Isaías hemos de creer que Dios actúa hoy, no ayer. Como san Pablo hemos de soltar el lastre para correr hacia Cristo. Como Jesús seamos custodios de la alianza con manos abiertas. Seamos “arena sagrada” donde Dios pueda escribir caminos nuevos. Arena que no atrapa, sino que acoge las huellas de quienes buscan volver a casa.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

4 DOMINGO. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

“DIOS NOS SORPRENDE: NUEVO COMIENZO

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Un nuevo comienzo
  • Reconciliación: no condenar sino abrazar.
  • La misericordia que desarma

Un nuevo comienzo

La primera lectura -tomada del libro de Josué- nos presenta al Pueblo de Israel dejando atrás el desierto, el alimento del maná, los 40 años de camino por el desierto. Ahora el pueblo tiene la Tierra que Dios le prometió. E inicia un “nuevo comienzo”. Hoy, en la Iglesia vivimos un tiempo de transición: sinodalidad, reformas, desafíos pastorales. Como el pueblo de Israel tenemos que madurar y superar divisiones, clericalismos, rigideces. La enfermedad y recuperación del Papa Francisco nos recuerdan que la fragilidad no es obstáculo, sino espacio para confiar en Dios, que nos guía a tierras nuevas.

Reconciliación: no condenar, sino abrazar

La lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios nos dice que “en Cristo somos «nueva creación» y que nuestra vocación es ser «ministros de la reconciliación». En un mundo fracturado por guerras, desigualdades y polarizaciones, la Iglesia debe ser puente, no muro. El pontificado de Francisco insiste en esto: una Iglesia en salida, que sana heridas (cf. Amoris Laetitia, encuentros interreligiosos, atención a migrantes). La reconciliación exige valentía para pedir perdón (como el hijo pródigo) y para ofrecerlo (como el padre). En un tiempo de críticas internas y divisiones, esta lectura de san Pablo nos desafía para que reconozcamos nuestra vocación profética: no condenar, sino abrazar; no excluir, sino integrar.

La misericordia que des-arma

Si algún texto pudiera denominarse “corazón del Evangelio” la parábola del hijo pródigo ganaría el premio: Dios es Padre que corre al encuentro, restaura dignidades y celebra la vida: ¡corre, restaura y celebra!

Jesús relata la parábola -¡y esto es muy importante!- ante fariseos que murmuran por su cercanía a los pecadores. Hoy, algunos cuestionan el estilo pastoral de Francisco, acusándolo de «laxismo», mientras él insiste en que la misericordia no es herejía, sino revolución. La Iglesia no puede ser como el hijo mayor, resentido ante la gracia concedida a otros. El Papa, en su fragilidad física, nos enseña que la auténtica fuerza está en la ternura: visitar cárceles, lavar pies, escuchar a los descartados. La enfermedad del Pontífice es también símbolo: la Iglesia debe sanar de autorreferencialidad para abrazar su vocación de «hospital de campaña».

Conclusión

El mensaje de este domingo debe interpelarnos. Estamos en “tierra nueva” -como Israel en la tierra prometida: es hora de cosechar lo sembrado con paciencia a lo largo de estos últimos años. Como Pablo, somos embajadores de un Reino que no se construye con poder, sino con servicio. Como el padre de la parábola, estamos llamados a ser signos de un amor que no calcula. La convalecencia del Papa Francisco es un llamado a confiar: ni las estructuras ni los líderes salvan, sino Cristo, que renueva todo (Ap 21,5). Que esta etapa invite a la Iglesia a caminar con humildad, audacia y compasión, sabiendo que, incluso en la debilidad, Dios hace «nuevas todas las cosas».

José Cristo Rey García Paredes, CMF

3 DOMINGO. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C

DIOS QUE LIBERA – ÍDOLOS QUE DECEPCIONAN

Alessandro Serra
  • El Dios que ve, escucha y libera
  • ¡Yo soy el que seré! ¡Los ídolos… nada y vacío!
  • Si no os arrepentís, ¡pereceréis!

1. El Dios que ve, escucha y libera

Moisés se introdujo en el desierto y allí Dios le esperaba… y se le manifestó en una zarza ardiente e incombustible. Quien se le reveló era Dios. Y Dios, profundamente afectado por los sufrimientos de su pueblo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores”. Moisés le pregunta por su nombre. Y Él responde: “Yo soy el que soy”, o tal vez mejor traducción, “yo soy el que seré”. Dios no se define como un sustantivo, sino como un verbo, lleno de dinamismo y de energía futura. A Dios se le conoce no por su nombre, sino por su actividad liberadora

2. ¡Yo soy el que seré! ¡Los ídolos… nada y vacío!

San Pablo “actualiza” aquel texto arcaico y lo aplica a la comunidad cristiana de Corinto y también hoy a nosotros: “Estas cosas les sucedieron como ejemplos, y fueron escritas para amonestarnos a nosotros”. Y seguidamente Pablo nos dice que también nosotros podemos caer hoy en la idolatría, la inmoralidad sexual y las quejas contra Dios. Hay personas para quienes el domingo es el día del futbol -su ídolo-, pero no el día del Señor -su dios verdadero-. Acuden al ídolo. Se excluyen del encuentro con el Dios verdadero. Hay personas para quienes el sexo es su dios, pero no el Amor liberador de Dios: prefieren la esclavitud de Egipto a la liberación de Aquel que les ofreció la libertad.

3. Si no os arrepentís… ¡pereceréis!

La respuesta de Jesús a dos tragedias que sucedieron en su tiempo enfatiza en la necesidad inmediata del arrepentimiento: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Arrepentirse no significa que volvamos a los rituales religiosos, sin más, sino a que emprendamos un cambio radical en nuestros corazones y vidas; una llamada a reemprender el camino de Dios y abandonar el seguimiento de los ídolos.

Conclusión

¿Estamos escuchando la llamada de Dios, como Moisés? ¿Estamos dispuestos a arrepentirnos de todo aquello que nos desvía del proyecto liberador de Dios sobre nosotros?

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 1. CUARESMA. CICLO C

DESIERTO, FRAGILIDAD Y GRACIA

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Enfrentarse al vacío, al desierto, a nuestra vulnerabilidad.
  • Lo que Jesús rechazó, después le fue concedido
  • ¡Entremos en el desierto! 

Enfrentarse al vacío, al desierto, a nuestra vulnerabilidad

El evangelio de Lucas nos propone la escena del desierto, donde Jesús enfrenta el vacío y al mal espíritu, pero «lleno del Espíritu Santo» (Lc 4,1). Es importante esta frase: “lleno del Espíritu Santo”.

El evangelista Marcos presenta a Jesús tentado por el Maligno, sin especificar cuáles fueron las tentaciones. El evangelista Mateo estructura las tentaciones como un desafío ascendente: hambre (convertir las piedras en pan), milagro (arrojarse desde el pináculo del Templo) y poder (la posibilidad de obtener todos los reinos de la tierra), 

El evangelista Lucas invierte, invierte sin embargo el orden: hambre, poder y milagro: el milagro sería saltar desde el pináculo del templo y esperar que los ángeles lo recogieran, porque además está escrito en uno de los salmos. Ésta era la tentación de la religiosidad espectacular: usar a Dios para ser admirado. 

En el desierto, Jesús está hambriento, es vulnerable. El Tentador le ofrece soluciones inmediatas: pan(seguridad material), reinos (poder político), ángeles (manipulación de lo divino). Pero esa no es la identidad de Jesús.

Lo que Jesús rechazó… después le fue concedido

Él no fue el mesías poderoso y rico, sino el hijo de Dios que «escucha el clamor del pobre». ¡El desierto no era para Jesús un lugar maldito, sino un lugar de encuentro con Dios!

Jesús no buscó atajos: lo que el Maligno le ofrecía, acontecería en otro momento y de otra forma: un día multiplicó los panes y los peces para una muchedumbre hambrienta.

Otro día no buscó un milagro espectacular, sino que se dejó clavar en una cruz como un malhechor; finalmente, tras la mayor kénosis, Dios le concedió que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y toda lengua proclame que Jesús es Señor. 

Jesús -lleno del Espíritu- al no ceder a las tentaciones no suprimió lo humano, pero sí lo transfiguró. Ayunó 40 días para escuchar la Palabra de Dios: «No solo de pan vive el hombre». Así, quien sigue a Cristo no evita el desierto, pero lo atraviesa con la certeza de que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). La libertad no es ausencia de lucha, sino confianza en que, incluso en la caída, somos «más que vencedores» (Rm 8,37).

¡Entremos en el desierto! 

El desierto nos despoja. Estamos llamados a caminar con los pies en la tierra y el corazón en la promesa de Dios. Las tentaciones de Jesús revelan que lo divino se esconde en la fragilidad: no en el pan que se acumula, ni en los reinos que oprimen, ni en los milagros que deslumbran, sino en el silencio que confía. Hoy, el Espíritu nos invita a un éxodo interior: dejar de temer nuestra humanidad para convertir el desierto – como Jesús- en cuna de resurrección.

Conclusión

¿Qué piedras queremos convertir en pan? ¿Qué reinos idolatramos? ¿Qué precipicios nos seducen? La respuesta no está en nuestra fuerza, sino en la memoria de un Dios que, en el desierto, susurra: «Yo soy tu refugio».

José Cristo Rey García Paredes, CMF

V DOMINGO DE CUARESMA. CICLO B

EL PRECIO DE LA ALIANZA

“El amor fiel es la fuerza más poderosa del universo” (Peter Handke). El amor es capaz de mover montañas y superar obstáculos aparentemente insuperables. El amor es una fuerza que nos impulsa a ser mejores personas, a mostrarnos vulnerables y entregar nuestro corazón. A través del amor “conecta” Dios con nosotros y “se alía” con nosotros: ¡también Él espera nuestra respuesta firme! Las lecturas de este domingo quinto de Cuaresma nos lo recuerdan.

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • Alianza… a pesar de las incertidumbres.
  • El arte de la obediencia mutua.
  • Morir para vivir

Alianza… a pesar de las incertidumbres

En la primera lectura del profeta Jeremías acabamos de escuchar una lamentación de Dios respecto a su Pueblo, liberado de la esclavitud: “Ellos, aunque yo era su Señor, quebrantaron mi alianza”.  De nada sirvieron las palabras solemnes y los sacrificios que las ratificaban. Una nación como la nuestra, con una tradición de fe tan excelente, ¿mantiene su Alianza con Dios? ¿O lo ha sustituido por algunos ídolos?

Las palabras solemnes de fidelidad del pasado –“los para siempre”- son desmentidas con mucha frecuencia. Los pactos de amor tienen fecha de caducidad. La infidelidad campa a sus anchas y destruye parejas, familias, comunidades, naciones… y también a la Iglesia, que se autodenomina “el Pueblo de la Alianza”. La infidelidad del pueblo de Israel sigue reproduciéndose en nosotros.

Pero Dios no se da por vencido: “Así será la Alianza que haré… escribiré mi alianza en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” … “Todos me amarán, desde el pequeño al grande” “perdonaré sus crímenes y no recordaré sus pecados”. La fidelidad de Dios no tiene vuelta atrás. ¡Conectémonos con la Gran Alianza y todo en nosotros florecerá! ¡Qué bien lo expresa el canto del grupo Kairoi que ahora escucharemos en su lengua original!

El arte de la obediencia

La segunda lectura de la carta a los Hebreos es estremecedora. Nos presenta a Jesús aprendiendo el arte de la obediencia. Como en Getsemaní, Jesús está ante su Padre, que podía salvarlo de la muerte. Le grita, llora, ora, le suplica, está angustiado… Le pide que -por favor- le escuche, es decir, que le obedezca.

Y el resultado fue que… “en su angustia fue escuchado”. La obediencia es mutua: del Hijo al Padre y del Padre al Hijo. Así surge la Alianza de la mutua obediencia… y es que Dios Padre obedece a quien le obedece.

Morir para vivir

A Jesús lo define el Apocalipsis como “el Fiel”. Él mismo se compara -en la lectura del Evangelio- con un grano de trigo que muere, pero después da mucho fruto al convertirse en espiga. Jesús se lo explicó a unos extranjeros griegos que se acercaron a él. Lo hicieron por medio de dos discípulos de Jesús que tenían nombres griegos: Andrés y Felipe. Éstos les llevaron a Jesús. Y Jesús les mostró su gloria, la fuerza impresionante de su Alianza con Dios: Él y el Padre en estrechísima relación de mutua glorificación. Pero Jesús les dio la clave: hay que morir para vivir, hay que olvidarse de sí para ser hombres y mujeres de Alianza. Y se lo explicó con una preciosa imagen: el grano de trigo en tierra.

Conclusión

Seamos fieles a la Alianza, a todas las buenas alianzas… y a pesar de todos los pesares. Es ahí donde nos jugamos, sobre todo, nuestra fidelidad a la Alianza con Dios. Aunque nos cueste sudor y lágrimas… Dios Padre, nuestro Abbá, nos obedecerá… y aparecerá con todo su esplendor el arco-iris de la Alianza “para siempre”.

José Cristo Rey García Paredes, CMF