Sábado Santo, 3 de abril de 2021
El sábado santo es el día de la des-aparición. Es el día de la Virgen de la Soledad. En este día María adquirió un título paradójico: la madre del Crucificado. Ella se adhirió a la causa de su Hijo hasta el punto de ser la primera continuadora como “madre del discípulo amado”.
Vamos a evocar aquellas horas, aquellos momentos últimos de la pasión, aquella soledad de María… y tratar de orar contemplando actitudes, sentimientos de María.
1.- AL PIE DE LA CRUZ
Lectura de Juan 19,25-27
«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya».
Reflexión María, junto a la Cruz, «estaba». Otros no estaban, habían huido.
Otros estaban físicamente, pero muy lejos espiritualmente.
Ella estaba, bien cerca. Estaba en pie. Estaba serena y con toda dignidad.
Podía gritar, rebelarse, rasgar sus vestidos, como tantas mujeres y madres.
Pero ella sabía que eso no servía, ella asumía todo el dolor del Hijo como suyo.
Allí estaba, no crucificada, pero sí traspasada por la espada del dolor.
Y estaba ofreciendo su dolor con el dolor del Hijo, redimiendo con el Hijo.
Canto Dolorosa de pie junto a la cruz,
tú conoces nuestras penas, penas de un pueblo que sufre.
Tú conoces nuestras penas, penas de un pueblo que sufre.
Oración Madre, enséñanos a rezar, a escuchar y guardar la Palabra.
Enséñanos a esperar, a pesar de las dificultades.
Enséñanos a entregarnos: que no queramos “guardar la vida”.
Enséñanos a sufrir −la poda es necesaria para llevar fruto−.
Enséñanos a amar, con ternura y con pasión.
Enséñanos, en fin, las Bienaventuranzas.
Enséñanos el Evangelio de tu hijo: “Haced lo que él os diga”.

2.- VIRGEN DE LA PIEDAD
Lectura de Isaías 53,2.4-5.7
No tenía apariencia ni presencia (…). Eran nuestras dolencias las que llevada (…). Él soportó el castigo que trae le paz, y en sus cardenales hemos sido curados (…). Como un cordero llevado al matadero y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, él no abrió la boca.
Reflexión María, con su Hijo en brazos ofrecía a su Hijo. Es la mujer oferente.
Ya lo hizo, anticipándose a este momento, en la Presentación.
El amor maternal de María no era posesivo, sino oblativo.
Ninguna ofrenda más santa y ninguna patena más limpia.
No entiende del todo por qué tenía que ser así, pero acepta la voluntad del Padre.
Es la Pietá, una de las estampas más piadosas de la cultura cristiana.
No se parecía en nada al niño que ella abrazaba en Belen o en Nazaret.
María lava con sus lágrimas el rostro y las llagas de su hijo.
Más aún, está metiendo dentro de sus entrañas las llagas de Jesús.

3.- VIRGEN DE LA SOLEDAD
Lectura de Juan 19, 41-42 (Sepultura de Jesús)
Cerca del lugar donde fue crucificado Jesús había un huerto y, en el huerto, un sepulcro nuevo en el que nadie había sido enterrado. Y allí, por razón de la proximidad del sepulcro, y además por ser la víspera de la fiesta, depositaron el cuerpo de Jesús.
Interiorización
María penetró en el misterio de la soledad, uniéndose a su hijo Jesús, cuando éste experimentaba el abandono del Padre: ¿Por qué me has abandonado?
Esta angustia fue para Cristo como un infierno, porque destruía su identidad filial. Y algo así sucedió también María, destrozada cruelmente su maternidad, que era su verdadera razón de ser. Aprendía así a ser madre de muchos hijos. La Virgen María aprendió a estar sola para que ya nadie se sintiera solo. María proyectará su presencia sobre todos los que sufren la herida dolorosa de la soledad.
Canto Madre de los creyentes que siempre fuiste fiel.
danos tu confianza, danos tu fe;
danos tu confianza, danos tu fe.
Pasaste por el mundo en medio de tinieblas
sufriendo a cada paso la noche de la fe.
Sintiendo cada día la espada del silencio,
a oscuras padeciste el riesgo de creer.
4.- MADRE DE LA PASCUA
«Con razón piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. La muerte vino por Eva, la vida por María» (Vaticano II, LG 56)
Interiorización
El Sábado Santo es el día del silencio, el día de la soledad en que se gesta la vida.
Jesús había hablado del grano de trigo que muere para granar la espiga.
Cristo sepultado era el más hermoso grano de trigo. Al tercer día llegará la primavera.
Él no sólo tenía vida, sino que era la Vida, y la vida no podía morir.
El Sábado Santo es el gran día de la esperanza.
María vive en esperanza, es la Virgen de la esperanza.
María espera, pero necesita vivir la espera.
La esperanza aliviará el dolor, pero no quita la preocupación y la tensión.
María espera con intensidad la resurrección de su hijo.
A mayor deseo, mayor será la alegría pascual.
María de la esperanza, Virgen de la espera: consuélanos y confórtanos.
Canto: El Señor ha estado grande, a Jesús resucitó,
con María sus hermanos, entendieron qué pasó.
Como el viento que da vida, el Espíritu sopló,
y aquella fe incierta en firmeza se cambió.
Gloria al Señor, es nuestra esperanza,
y con María se hace vida su Palabra.
Gloria al Señor, porque en el silencio,
guardó la fe sencilla y grande con amor.
5.- CONCLUSIÓN
Oración Madre y Señora nuestra, que permaneciste junto a la Cruz,
firme en la fe, unida a la Pasión de tu Hijo…
Ponemos en ti nuestra mirada y nuestro corazón.
Y aunque no somos dignos, te acogemos en nuestra casa,
como hizo el apóstol Juan, y te recibimos como Madre nuestra.
Te acompañamos en tu soledad y te ofrecemos nuestra compañía
para seguir sosteniendo el dolor de tantos hermanos nuestros
que completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo.
Míralos con amor de madre, enjuga sus lagrimas, sana sus heridas
y acrecienta su esperanza para que experimenten siempre que la Cruz
es el camino hacia la gloria, y la pasión, preludio de la resurrección».
Canto Óyeme, te imploro con fe,
mi corazón en ti confía, Virgen María, sálvame
Virgen María, sálvame, sálvame.



A lo largo de semanas, meses y hasta de años (pensad en San Pablo), los que conocieron a Jesús (y alguno que no le conoció en persona) fueron experimentando que estaba vivo, y que eso alteraba totalmente sus vidas. Ya no podían seguir como hasta ahora. Si Él estaba vivo después de haber muerto, significaba que todo su mensaje, todo su estilo, toda su vida habían sido ratificadas por el Padre que lo resucita. Nunca olvidemos que el Resucitado es un Crucificado, y que lo fue por unos hombres muy concretos y unas motivaciones muy concretas: Porque Jesús había hecho determinadas opciones, se había enfrentado con ciertas mentalidades, había denunciado muchas cosas… Y entonces, al ser resucitado, es como si el Padre estampase su firma sobre la vida y testamento vital de Jesús… ¡Por lo tanto valía la pena tomarlo en serio! Con nadie más había actuado Dios tan clara y definitivamente. Había mucho que replantear y cambiar.
♠ En primer lugar sienten a Jesús como uno de ellos cuanto están reunidos «en su nombre». Es decir, en la COMUNIDAD. Por libre no hay nada que hacer. Hay que estar entre los suyos, con los suyos y aceptar ser de los suyos.
Hoy es Jueves Santo, un jueves santo muy especial. No hemos podido celebrar «la Cena del Señor». Pero queremos estar con Él. Permanecer con Él, porque Cristo permanece, y su palabra permanece, y su entrega permanece. Abrámosle el corazón. No es tiempo de hablar mucho, sino de escuchar, aunque solo sean los latidos de Dios. Su presencia es gracia, regalo, fuerza y consuelo.
Oración
Plegaria
Jesús hace oración.
Getsemaní


































Hoy la liturgia pide que seamos muy breves en nuestro comentario a la Palabra, que es la auténtica protagonista, especialmente el relato de la Pasión, narrada este año por San Marcos. Daré pues solamente unas pinceladas, sin entrar en matices:
En resumen: las razones o causas por las que Jesús termina crucificado hay que buscarlas, en primer lugar y por encima de todo, en el rechazo de su misión y su mensaje. No conviene olvidarlo, para no «descontextualizar» ni «espiritualizar» la historia de una tremenda injusticia que dejó a todos muy desconcertados. Y porque esas luchas y enfrentamientos de Jesús han de ser ahora y siempre las nuestras, las de sus discípulos, puesto que el «panorama» no ha cambiado mucho que digamos. Sólo después, con la suficiente distancia, y ayudados por la Escritura (la Primera Lectura de hoy, por ejemplo) vendrán las interpretaciones teológicas sobre el sentido y significado de su muerte. 
La respuesta de Jesús a Felipe y Andrés sorprende: A los griegos les gustaba mucho filosofar, razonar, discutir, argumentar. Pero Jesús no entra en ese juego. No les da «explicaciones», discursos ni razonamientos, y menos se mete en discusiones. Jesús les habla de su propia entrega hasta la muerte. Les pone su vida por delante y les «muestra» que el amor a uno mismo y el dejarse enredar y absorber por las cosas de este mundo es un camino de infecundidad, de vacío. Es como si Jesús les dijera: ¿Que quién soy yo? ¿que de qué voy? Pues soy una persona que se entrega, que se desvive, que se ofrece, que se sacrifica… hasta la muerte. Yo no me busco a mí mismo, no tengo más objetivo en mi vida que entregarme al Padre, entregándome a los hombres. Cuando ponemos por delante lo que me apetece, lo que me conviene, lo que me interesa, lo mío, mi prestigio, mi proyectos, mi éxito, etc… nos metemos en un camino sin salida. Hay que empezar por renunciar a uno mismo: El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. Ha escrito el Papa Francisco: 