DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B

A VUELTAS CON LAS LEYES Y TRADICIONES

“Las instituciones, las leyes, los modos de pensar
y sentir heredados del pasado ya no siempre parecen adaptarse bien
al actual estado de cosas
.” (Gaudium et Spes 7)

           Cuando Dios sacó a Israel de la esclavitud de Egipto, del sometimiento a los caprichos del poderoso y endiosado Faraón, para enseñarles a ser libres, y a convivir en fraternidad y justicia, les ofreció una «carta de la libertad», lo que se llamó los «Diez Mandamientos». Una especie de «Constitución» básica que garantizaba esa libertad y esa convivencia justa y sana, y que tenía como fin primordial el bien del pueblo. Ese era el deseo y el proyecto de Dios. 

           No hará falta decir que Dios nunca «dictó» literalmente cada una de esas normas, ni las escribió con su dedo en unas tablas de piedra… sino que Moisés y los Ancianos, con la ayuda de Dios, y con la experiencia de los conflictos vividos durante aquella larga peregrinación por el desierto… acertó a recoger en aquellas diez claves lo que ayudaba a que se hiciera posible y se cumpliese esa voluntad de Dios: un pueblo libre, responsable y unido. En ese sentido se puede decir con toda verdad que eran «diez palabras de Dios», porque el Dios de Israel es el que va hablando en la historia, en los acontecimientos… leídos desde la fe.

              Cuando las circunstancias sociales cambiaron y tuvieron que enfrentar la dura realidad de cada día… se presentaron nuevas situaciones. y muchas dudas sobre lo que era o no correcto hacer en cada caso. Las autoridades religiosas del pueblo se encargaron de concretar y aterrizar aquellas diez normas generales con otras leyes auxiliares: prohibiciones, leyes, ritos, mandatos etc. La Biblia recoge cómo fueron evolucionando y adaptándose muchos de aquellos preceptos, según lo iban requiriendo las nuevas circunstancias y la maduración cultural de Israel.

          Sin embargo, este proceso tan humano y tan necesario… se convirtió en un problema cuando todos aquellos preceptos humanos (lo que el Evangelio llama la «tradición de los mayores»)  se empezaron a poner a la misma altura que los Mandamientos, sacralizándolos y convirtiéndolos en «intocables». 

Esto trajo consigo algunas consecuencias: 

+ Quienes interpretaban y actualizaban las leyes se convirtieron en «portavoces» de Dios y de su voluntad (a pesar de que el segundo mandamiento manda: «no tomarás el nombre de Dios en vano», es decir, no te servirás de la autoridad de Dios (el Nombre) para imponer cosas que no son de Dios. 

+ Y es que en no pocas ocasiones, aquellas «adaptaciones» no eran según la mentalidad de Dios… sino conforme a otros intereses, que llegaron a dejar la auténtica voluntad de Dios en segundo plano. «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». 

+ Y además empezó a extenderse la «mentalidad de mínimos» (lo mínimo que hay que hacer, y lo que hay que evitar para «estar en regla con Dios»), numerosas minucias para «cumplir» lo que correspondía a un buen israelita. Así la relación personal y social con Dios quedaba convertida en normas y prohibiciones… Tantas, que sólo estaban al alcance de unos pocos selectos que podían dedicarse a estudiarlas y aprenderlas, de manera que otros muchos quedaban casi «excluidos» de la buena relación con Dios.

            A Jesús le entristece y le enfada esa mentalidad rígida y que usen el Nombre de Dios y las tradiciones de los mayores para atacarle personalmente, descalificarle y excluirle. Les reprocha que cumplieran  escrupulosamente mil condiciones para participar en los ritos religiosos… pero su culto estaba vacío, pues el corazón (el centro espiritual de la persona, la conciencia, las opciones de vida) estaba muy lejos de Dios. Era un culto separado de la vida, que no tocaba la vida, simples ceremoniales aunque fueran tan solemnes… como si eso fuera lo que a Dios le importara más. Y no era eso lo importante. A Dios le importa el pobre, el huérfano, la viuda, el emigrante… la justicia, la misericordia (Segunda Lectura de hoy). Jesús les reclama contar con la propia conciencia y el estilo de vida (el corazón), como criterios de moralidad. Y no las normas externas ni los cumplimientos mínimos, ni las prácticas religiosas. 

         Intentando trasladar a nuestra realidad de hoy la escena del Evangelio… pues como Iglesia tenemos muchas tradiciones, normas, ritos, obligaciones, mandatos… Son necesarios por nuestra condición humana. Pero:

+ No se puede identificar «lo que siempre ha sido así» con la voluntad de Dios. Las leyes humanas y eclesiásticas no son «sagradas», y tienen que adaptarse continuamente, buscando siempre el bien y la dignidad del ser humano. “Las instituciones, las leyes, los modos de pensar y sentir heredados del pasado ya no siempre parecen adaptarse bien al actual estado de cosas.” (Gaudium et Spes 7, Vaticano II)

+ No se pueden confundir las «mediaciones» con lo esencial. A veces pierde uno la paciencia cuando algunos defienden y confunden como algo «fundamental e intocable, que siempre se ha hecho así» con la voluntad de Dios o la fidelidad a la Iglesia: que si se comulga en la mano o en la boca, que si hay que arrodillarse o ponerse de pie, que si estas palabras las dice solo el cura o también las pueden decir los fieles, que si comemos carne en cuaresma o la sustituimos por una buena merluza fresca, que sea más importante faltar a misa un domingo que faltarle el respeto a tu pareja o pagar en dinero negro a un trabajador… Que si no he podido comulgar porque me faltaban 10 minutos para cumplir el ayuno eucarístico, que si los seglares no son dignos para dar la comunión, que si tocar la Eucaristía con las manos (al comulgar) es una falta der respeto a Dios… Uuuuuffffff

  • Una persona de fe puede no ser fiel a todo lo que esa misma fe le reclama, y sin embargo puede sentirse cerca de Dios y creerse con más dignidad que los demás. Pero hay maneras de vivir la fe que facilitan la apertura del corazón a los hermanos, y esa será la garantía de una auténtica apertura a Dios. (Fratelli tutti, 74). Para orientar adecuadamente los actos de las  distintas virtudes morales, es necesario considerar también en qué medida estos realizan un dinamismo de apertura y unión hacia otras personas (Fratelli tutti,  91)

  •  Otra cosa que nos impide avanzar en el conocimiento de Jesús, en la pertenencia de Jesús es la rigidez: la rigidez de corazón. También la rigidez en la interpretación de la Ley. Jesús reprocha a los fariseos, los doctores de la ley por esta rigidez. Que no es la fidelidad: la fidelidad es siempre un don para Dios; la rigidez es una seguridad para mí mismo. Rigidez. Esto nos aleja de la sabiduría de Jesús; te quita la libertad. Y muchos pastores hacen crecer esta rigidez en las almas de los fieles, y esta rigidez no nos deja entrar por la puerta de Jesús». (JBergoglio. en Santa Marta, 5 de mayo de 2020).

              No se pueden confundir las tradiciones eclesiales y las normas eclesiásticas… con la voluntad de Dios. Pretenden orientar, ayudar, pero todas esas cosas no son «Dios». Y si se cambian no afectan a lo esencial de la fe cristiana. Decía el gran San Agustín: «En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad».

+ Lo de «doctores tiene la santa madre Iglesia», o «lo que diga el padre, o el Papa o el Obispo, o el Catecismo… se queda corto para los cristianos maduros. Hay que «recuperar el corazón», como indicaba Jesús, la propia conciencia, la responsabilidad personal, sin dejarlas cómodamente en las manos de otros. Sí que nos pueden orientar/ayudar para formarnos, para discernir, para buscar la verdad, lo moralmente bueno… pero la decisión es nuestra.

+ La fe tiene que ser vivida en las circunstancias culturales de hoy, no de otra época. Y por eso conviene hacer las adaptaciones que sean necesarias. Las Tradiciones y la Memoria merecen un gran respeto, pero no pueden ser la razón para «momificar» nuestra fe, nuestro culto, nuestras creencias. Creo que el gran poeta uruguayo Eduardo Galeano lo decía muy bien:

A orillas de otro mar, un alfarero se retira en sus años últimos años. Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan: ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor.  Así manda la tradición entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia. Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge sus pedacitos y los incorpora a su arcilla.

Benditos pedacitos. Y bendita la ayuda de nuestro Alfarero, que no se va nunca del todo…. y nos ayuda a hacer las mejores vasijas para cada momento de la historia.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen inferior Agustín de la Torre

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3 comentarios

  1. Quique
    La reflexión de hoy la veo muy densa, pero clara y concreta; ideal pada llevarla a la práctica en el día a día, en este tiempo que nos toca vivir, llena de noticias sorprendentes.
    Después de leer las lecturas y tú reflexión siento la necesidad de: guardar silencio, cerrar los ojos y hacer un vacío en mi mente. Después preguntarme con el salmo 14.
    ¿Quién puede entrar en tu tienda?… El que vive con amor.
    Los mandamientos, son nuestra carta de libertad. La primera lectura nos dice que ellos son nuestra sabiduría e inteligencia, que no debemos añadir ni quitar nada. Como tú bien dices son necesarios para una sana y justa convivencia.
    Hoy nos cuesta vivir en libertad, quizá porque no descubrimos, no vivimos la experiencia de Dios, en el peregrinar de nuestra historia personal y en los desiertos que atravesamos en la vida.
    Nos dejamos llevar, movernos por donde otros nos mandan y esto a la larga: divide, empobrece y frena; porque perdemos nuestra identidad y actuamos al margen de la responsabilidad y la unidad.
    Las tradiciones, costumbres, ritos,… en algunos lugares marcan mucho. Se mira con lupa lo correcto, lo cortés, el protocolo, lo de “siempre se ha hecho así” (con mucho énfasis); actitudes que primen y reprimen y dejamos a un lado: la sencillez, cordialidad, humildad, espontaneidad…en las relaciones personales, que no están reñidas con las normas de educación correctas.
    Jesús, se movía en su ambiente, con libertad y no era persona de mínimos, ni quiere para sus seguidores unos mínimos. Parecen pequeños gestos lo que nos exige, pero requiere mucha donación y vacío de sí mismo.
    Tenemos que cuidar el corazón, la nueva conciencia, los nobles ideales… y esto ¿para qué? Para mirar como el Padre mira: Al huérfano, a la vida, al excluido, abandonados a su suerte, a los hermanos con los que celebro el encuentro con el Dios del amor y de la vida, a nuestro Planeta… Cuidar la coherencia de mi proceder personal.
    Me parece interesante el buscar, siempre, el bien y la dignidad humana, cuando la dignidad de muchas personas, está en juego. Lo mismo, no confundir las mediaciones con lo esencial.
    Muy real tu reflexión sobre la rigidez del corazón, contrario al actuar de Jesús. Me aleja de la sabiduría de Jesús y me cierra a la sabiduría y valores del que vive junto a mí, me cierra a los valores y necesidades de la sociedad, de la Iglesia, de los necesitados y me encierra sobre mí misma.
    La rigidez del corazón:
    • Favorece el aislamiento.
    • Busca el perfeccionamiento más que la perfección.
    • No valora los distintos matices de la vida de otras personas.
    • No es buena para la salud mental, física, emocional y
    espiritual.
    • Dificulta entrar en contacto con Dos, con Jesús y redescubrir
    su actuar y actualizarlo.
    • Impide descubrir los valores del Reino, presentes en nuestro
    mundo.
    • …
    Para implicarme en hacer posible el Reino, no puedo ser persona rígida. Tengo que interpelar mi vida a la luz de la vida Jesús, de su palabra y de su forma de actuar y de amar, con libertad y responsabilidad.
    Tengo que cuidar mi corazón, templo de Dios. Discernir, que no es fácil, para buscar lo bueno. Analizar lo que sale de él y orar muchas veces con el salmo 14.
    ¡DAME, SEÑOR, UN CORAZÓN NUEVO!

    Teresa G.

  2. Carmen Díaz Bautista

    Quique y Teresa, planteáis un tema importantísimo porque la tradición y las normas no pueden aprisionar al hombre. No era eso lo que Jesús vino a enseñarnos.
    Los fariseos no son cosa del pasado, antes bien, siguen vivos y coleando en nosotros, entre nosotros y en la propia Iglesia. Las normas son más fáciles de cumplir que atender al contenido; los ritos tranquilizan y nos pueden hacer creer que somos mejores. Esto pasa incluso en grupos y organizaciones eclesiales que creen alzarse con la única verdad y superioridad lo que les permite despreciar a otros. Qué aberración!!
    Señor, qué no perdamos de vista la esencia de tu mensaje y danos un corazón grande y limpio para amar, pues para eso hemos venido al mundo..

  3. He leído todo cariño las palabras de Quique y de Teresa y Carmen que siempre son tan acertadas. Del corazón me sale estos pensamientos. ¿Qué quiere Dios de nosotros?.¿Estamos en total posesión de la verdad cuando seguimos las «normas»?.¿Vemos en cualquier prójimo a Dios?.¿Somos capaces de juzgar a los demás?…Estas y otras muchas ideas me vienen a mi mente y me llegan al corazón porque pensemos si cogemos la esencia de los mandamientos…Ya el mismo Jesús los simplificó en dos: Amarle a él y al prójimo como a nosotros mismos…
    No recuerdo quién era el que decía «ama y obra»….
    Con todo esto quiero decir que no nos fijemos en muchas cosas externas, en el envoltorio, sino en la esencia de lo que se dice. He conocido muchos cristianos que la rigidez de sus ideas no dejan entrar el cariño, la misericordia, el perdón, el amor a otras firmas de ver las cosas, la imposición…Y la verdad a mí me han hecho daño. Además curiosamente muchos de ellos actuaban como dice el refrán «por un duro predico pero ni por cinco hago lo que digo».
    Señor te ruego que veas en mi el amor que te tengo. Que por encima de mis fallos me ayudes a ver siempre la verdsd para no separarme de ti y que me ayudes en este caminar de la vida a respetar siempre a mi prójimo aunque a veces no comparta sus ideas pues es mi hermano y tú siendo su Padre también le guiarás por el buen camino. Así sea.

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