DOMINGO 27. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡LA VIÑA NO ES TUYA!

Un dueño planta la viña perfecta y la confía a unos labradores.

Cuando llega la cosecha, envía a pedir fruto. Y ellos golpean, matan, expulsan. Hasta al Hijo lo asesinan por quedarse con la herencia.

Esta parábola no habla de hace dos mil años. Habla de hoy, de Europa, de parroquias vacías y de púlpitos llenos de dueños.

Hay líderes religiosos que confunden la Iglesia con su proyecto personal. Su movimiento, su carisma, su grupo de fieles que les aplauden y les agrandan.

Y cuando el Espíritu sopla libertad, lo bloquean. Cuando un laico pregunta, lo silencian. Cuando una mujer sirve con autoridad, la apartan. Cuando un pobre incomoda, lo ignoran. Matan al mensajero para no cambiar de sitio.
Y se sorprenden de que las iglesias se vacíen. No se vacían porque falte Dios. Se vacían porque sobra clericalismo.

La pregunta de Jesús sigue en pie: ¿qué hará el dueño de la viña?

La quitará y la entregará a otro pueblo. Puede pasar aquí. Está pasando aquí.

La piedra que los arquitectos descartaron —el pobre, el distinto, el que no encaja en el organigrama— se convierte en piedra angular.

Y quien tropieza con ella, cae.

Tú administras. No eres dueño. Devuelve el fruto. Abre la puerta. La viña es de Dios, y Él la entrega a quien de verdad la cuida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 26. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“EL ‘¡NO!’ QUE ABRE EL CIELO Y EL ‘¡SÍ!’ QUE LO CIERRA”

Jesús nos pone dos espejos: un hijo a su padre dice “no” y va. Otro hijo que dice a su padre “sí” y no va. ¿Cuál de los dos eres tú… soy yo?

Jesús va directo: los que se arrepienten llegan primero. Los que aparentan, quedan fuera.

La parábola es un escándalo. Un hijo dice “no quiero”, pero luego va. Otro dice “sí, señor”, pero no aparece. ¿Quién hace la voluntad del padre?

El que se arrepiente. No el que promete. No el que aparenta.

Y hoy pasa igual. Ves a personas que parecen lejos de Dios, que dicen “no creo”, “no voy”, “no rezo”… pero cuando ven la verdad, se arrepienten y se entregan. Y otros, fieles cumplidores, cargan la misa y la comunidad, pero están vacíos, sin amor, sin compasión. Dicen “sí” con la boca y “no” con la vida.

Jesús se pone de parte de los que dudaron, de los que se equivocaron, de los que dijeron “no”, pero después se convirtieron. Y los que se creen justos, los que nunca dudaron, los que nunca fallaron, a veces son los más duros.

Publicanos y prostitutas les llevan delantera. Ellos sí creyeron a Juan. Los fariseos ni se arrepintieron ni creyeron.

Hoy, la parábola nos reta: no importa nuestro pasado. Importa nuestro presente. ¿Dices “no” pero vas? Eres bienvenido. ¿Dices “sí” y te quedas? Revisa tu vida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 25. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“LA ENVIDIA TE CORROE EL ALMA

Ya lo dice el refrán:

‘Si la envidia fuese tiña, cuántos tiñosos habría’.

Y en la viña del Señor, más de uno anda con sarpullido.

Jesús cuenta la parábola: unos al alba, otros al mediodía, los últimos al atardecer. Al final, denario para todos.

Se arma el jaleo.

Los de primera hora protestan, pero su queja no es hambre, es comparación. Les duele que el dueño sea generoso.

Y el dueño responde:

‘¿Vas a tener envidia porque soy bueno? ¿O voy a ser malo porque soy generoso?’.

Ahí está la clave.

La envidia no es pedir justicia, es no soportar la felicidad del otro. Nos corroe el alma, nos amarga, nos seca y nos separa del hermano. Pasa en nuestra familia, cuando el otro tiene más atención. Pasa en nuestra parroquia, cuando el recién llegado es alabado.

No soportamos que le vaya bien al que empezó mal. Y olvidamos que nosotros ya tenemos el denario de salvación.

¡Dejemos de mirar el plato del vecino! Si la envidia fuera tiña, ¡qué sarpullido!

Pero la gracia es más fuerte. Tomemos el ungüento de la gratitud. Agradezcamos lo nuestro y celebremos lo del otro. El dueño no nos debe nada, pero nos da todo. Soltemos el veneno. Solo así entenderemos que los últimos son los primeros, y los primeros, si se creen jefes, acabarán los últimos.

DOMINGO 24. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

EL PADRENUESTRO NOS DELATA: O PERDONAMOS O NOS JUGAMOS EL CIELO,

Pedro pregunta límites: “¿Hasta siete veces, Señor?”. Jesús le revienta el cálculo: “Setenta veces siete”. Se acabaron las cuentas. El rencor no tiene cabida.

Y para que quede claro, suelta la parábola más incómoda. Un siervo debía diez mil talentos. ¡La deuda de un imperio! El rey, al verlo suplicar, le condona “todo” y deja la deuda a cero. ¡Libre! Ese siervo sale, encuentra a otro que le debe cien denarios, un sueldo de tres meses, lo agarra del cuello y le exige el pago. ¡Qué hipocresía!

Y esto, ¿nos suena? Pasa siempre. Entre hermanos de sangre, y también entre hermanos de fe. Una palabra, un cargo, una herencia, y rompemos la comunión. Ahí está el problema.

Dios nos ha perdonado una deuda astronómica: nuestros pecados, nuestros fracasos. Pero nosotros, ¿ahogamos a nuestro hermano por un disgusto? Esa conducta canceló el perdón del siervo.
Llega el golpe definitivo: el Padrenuestro reza “perdona como nosotros perdonamos”. ¡Cuidado! No es un verso bonito, es un contrato. Pides que Dios te mida igual. Si aprietas el puño, el Padre aprieta el suyo. Si abres la mano, Él abre las compuertas. Suelta esa deuda. Perdona, aunque duela. Perdona, aunque no lo merezca. No…no es opcional. ¡Es cuestión de vida eterna!

José Cristo Rey García Paredes, CMF