DOMINGO 2. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
EL TESTIGO QUE MUESTRA A JESÚS
Hay alguien detrás de cada Grande. Detrás de cada escritor que conoces, hubo un editor que apostó. Detrás de cada campeón, un entrenador que creyó. Detrás de cada estrella, alguien que dijo: “Este va a brillar”.
¡Detrás de Jesús estuvo Juan!
Juan Bautista era impresionante. Profeta solitario, contracorriente, convocando multitudes al desierto para refundar el pueblo desde cero. Bautismo radical. Cambio total. Un líder indiscutible.
Pero cuando vio a Jesús, todo cambió.
“Yo tengo que disminuir para que Él crezca”.
Juan se convirtió en pura señal. En dedo que apunta. En voz que grita: “¡ÉL!”.
“Yo no lo conocía” —repite Juan dos veces. Pero Dios le dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése es”. Y Juan estuvo atento. Vigilante. Esperando. Y cuando lo vio venir, supo.
“¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”
¡Corderito joven! (¡ese es el significado de “àmnós”, en griego). No águila imperial. No león rugiente. ¡Corderito! Pequeño, vulnerable, expuesto a los lobos. Y “que carga con el pecado del mundo”: “airón” es el término que indica que “carga sobre sí y se lleva…” ¡Ese es Jesús, Corderito sobre el que desciende el Espíritu Santo!
La paradoja nos rompe el corazón: el que trae el Espíritu es el mismo que carga el pecado del mundo. El inocente que se lleva la culpa. El limpio que carga lo sucio. Para librarnos.
Juan nos enseña tres cosas que nos conmueven
UNA. El evangelizador no se anuncia a sí mismo. Siempre apunta a Jesús. Tú y yo también.
DOS. No transmitimos ideas. Transmitimos experiencia. Solo evangelizamos cuando HEMOS VISTO a Jesús.
TRES. Conocer a Jesús nos habilita para ser testigos. No antes.
¿Qué vio Juan en Jesús para transformarse en “señal” -dedo- que indica a Jesús? Vio ternura: el “corderito” (àmnós”) que no viene con aires de grandeza. Vio entrega sin límites: alguien dispuesto a cargar con el mal del mundo para liberarnos de la culpa que nos aplasta. Vio capacidad de unir: alguien capaz de reunir, restaurar, crear unidad entre los diferentes, establecer la gran Alianza.
Hoy la pregunta no es qué sabemos de Jesús. Es: ¿Lo hemos visto?
Porque solo quien lo ve puede señalarlo. Solo quien experimenta puede evangelizar. Solo quien conoce puede amar.
Juan puso toda su vida al servicio de ese anuncio. ¿Y nosotros? ¿Seremos testigos del Cordero que carga nuestro pecado?
- ¿Seremos voz que grita en el desierto de este mundo: “¡ÉL!”? Lo imposible es posible cuando dejamos de ser el centro.
Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”
José Cristo Rey García Paredes, CMF
INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO
INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO
Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.
El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo: 1) la Misión y vocación cristiana; 2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida; 3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia; 4) la oscuridad de la fe; 5) el reinado de Dios y la nueva Alianza; 6) el pecado y el perdón; 7) la hora del Esposo; 8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.
Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.
Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”
José Cristo Rey García Paredes, CMF
BAUTISMO DE JESÚS. CICLO A
EL CIELO SE RASGA. JESÚS EMERGE. EL ESPÍRITU ANIDA
Hay momentos en los que el cielo se abre… y todo cambia. Quizá no los recordamos, pero nos marcaron para siempre. Uno de esos momentos fue nuestro bautismo: allí comenzó el gran relato del amor de Dios en nosotros.
Jesús tenía treinta años cuando se acercó al Jordán. Había una fila de gente sencilla, con heridas y esperanzas, buscando un nuevo comienzo. Y Él se puso en esa fila. No miró desde lejos: se mezcló con nosotros. El Dios del cielo descendió a nuestras aguas turbias, se metió en nuestro barro, en nuestra vida.
Al salir del agua, el cielo se rasgó. No se abrió suavemente: se desgarró. Fue como si el cielo, retenido tanto tiempo, se partiera para que Dios pudiera abrazar de nuevo a su creación. Y desde lo alto, la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.”
También sobre nosotros se pronunció esa palabra. Aunque no la recordemos, esa voz nos nombró entonces y nos sigue nombrando hoy. Somos hijos, somos hijas, somos motivo de alegría para Dios.
Luego descendió el Espíritu, como una paloma cansada que por fin encuentra hogar. El Espíritu anidó sobre Jesús, y desde aquel momento busca anidar también en nosotros: en nuestras vidas imperfectas, en nuestros silencios, en nuestros deseos más hondos.
Quizá hace tiempo que no pensamos en nuestro bautismo, quizá lo sentimos como algo antiguo… Pero el cielo no se ha vuelto a cerrar. La voz del Padre sigue sonando, y el Espíritu sigue buscando dónde posarse.
Ser bautizados es vivir sabiendo que el cielo está abierto, que Dios camina dentro de nosotros, que hay una ternura que no se borra.
Hoy, al reunirnos en esta Eucaristía, dejemos que esa palabra vuelva a brotar: “Eres mi hijo, eres mi hija amada.” Dejemos que el Espíritu rehaga su nido en nuestra alma y que la vida entera se convierta en respuesta agradecida.
El cielo sigue rasgado. El agua sigue fluyendo. Y el Espíritu, paciente y fiel, continúa anidando en nosotros.
DOMINGO 2º. TIEMPO DE NAVIDAD. CICLO A
¡LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS!
Hoy el Evangelio de Juan nos regala estas palabras tan densas y luminosas: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”..
¿Qué significa esto?
Que Dios no nos envió un mensaje, no nos dejó un manual. Se hizo uno de nosotros. Tuvo el rostro concreto de Jesús de Nazaret: un hombre que nació de mujer, que tuvo hambre y sed, que se cansó de caminar, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, que reía con los niños, que comía con pecadores y justos por igual. Ese Jesús histórico, que caminó por las aldeas de Galilea hace dos mil años, es el mismo que está aquí, ahora, con nosotros. Porque antes de partir nos hizo una promesa que sostiene nuestra fe: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Tres presencias… un mismo Jesús
¿Cómo cumple Jesús esta promesa? De tres maneras luminosas que se entrelazan en esta Eucaristía:
Primero, está presente en su Palabra. Cuando proclamamos el Evangelio, no estamos leyendo un texto antiguo. Es Él quien nos habla hoy, aquí, ahora. La misma voz que sanó al ciego, que perdonó a la adúltera, que llamó a Lázaro de la tumba, sigue resonando en estas palabras. Por eso las escuchamos de pie: porque es el Señor quien nos habla.
Segundo, está presente en la Eucaristía. Este pan que partimos es su Cuerpo. Este vino que compartimos es su Sangre. No un símbolo, no un recuerdo: Él mismo, el mismo Jesús que nació en Belén, que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Se hace alimento para nosotros. Entra en nosotros para que nosotros podamos vivir en Él.
Y tercero, está presente en nosotros, en cada bautizado. San Pablo lo dice con claridad: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cuando comulgamos, cuando acogemos su Palabra, Jesús nos transforma desde dentro. Nuestras manos pueden convertirse en sus manos que bendicen y sanan. Nuestros ojos en sus ojos que miran con misericordia. Nuestro corazón en su corazón que ama sin límites.
No estamos solos
Nunca hemos estado solos. En cada alegría y en cada lágrima, en cada amanecer y en cada noche oscura, Jesús ha estado ahí. No como una idea lejana, sino como presencia real y cercana.
Cuando venimos a Misa, cuando abrimos el Evangelio en casa, cuando comulgamos -llevando en el corazón nuestras penas y esperanzas- Él ha estado ahí. El mismo que hace dos mil años caminaba por Galilea, el mismo que hoy nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré”.
La invitación
Esta semana, cuando abramos el Evangelio, recordemos: es Jesús quien nos habla… Cuando comulguemos, sepamos: es Jesús quien entra en nosotros.
Y cuando salgamos de aquí, a nuestras casas, a nuestro trabajo, a la calle, llevemos esta certeza: somos portadores de Cristo. Él vive en nosotros y quiere amar, consolar y servir a través de nosotros.
La Palabra no se quedó en el pasado. Se sigue haciendo carne: en el pan consagrado sobre este altar, y en nuestra propia carne cuando le dejamos vivir en nosotros.
Que María, que dio carne a la Palabra en su seno, nos ayude a ser como ella: lugares donde Jesús se hace presente, visible, cercano para todos los que nos rodean.
José Cristo Rey García Paredes, CMF



















