DOMINGO 4. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

“CUANDO LA CEGUERA ESTÁ EXPANDIDA” 

El profeta Samuel entró en Belén buscando el candidato de luz para dirigir el pueblo de Israel. Desfilaron ante él los hijos de Jesé. Uno tras otro. Ninguno fue elegido. “¿Se acabaron los muchachos?”, pregunta el profeta. Hubo que ir a buscarlo fuera, al campo, entre las ovejas: David, el pequeño, el olvidado. Dios pone su luz allí donde nosotros no imaginamos.

Y como Samuel, también Jesús se encontró con un marginado: ¡ciego de nacimiento! Jesús untó barro en los ojos del ciego. Y le pidió colaborar: vete y lávate. Y añadió: “Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo.” Y el ciego de nacimiento vio por vez primera en su vida.

Pero la ceguera estaba expandida. Los discípulos preguntan: “¿Quién pecó, él o sus padres?” El gentío no capta nada: “¿No es éste el que mendigaba? ¡No! Pero se le parece.” Los fariseos interrogan al que fue ciego. Tampoco ellos se lo creen. Y se atreven a insultar a la fuente de su luz: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.”

¡Qué paradoja! El único que ve es ahora el que fue ciego. Se defiende de maravilla aludiendo a Jesús: “Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.”

¡Cuánto ciego alrededor de Jesús! Y cuando más cerca están de la luz, más se obstinan en su horrible ceguera. La ceguera de quienes se sitúan como jueces implacables ante lo nuevo, porque su única luz es “lo mandado”. Discípulos. Gentío. Fariseos. Cada grupo más ciego que el anterior, aunque están más cerca de Jesús.

¿Estamos conformes con tanta ceguera a nuestro alrededor? Buda nos pidió entrar en procesos de iluminación. Jesús nos dice: “Yo soy tu luz.” ¿Tenemos conciencia de que la Luz nos enfoca… nos habita? ¿Nos busca? Y si te dejas iluminar, descubrirás muchos ciegos a tu alrededor.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 3. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

¡GOLPEA LA ROCA! -III Domingo de Cuaresma

Refidim. Desierto del Sinaí. El pueblo muere de sed. Protesta. Murmura. No confía. Moisés clama al Señor. Y Dios responde: “Golpea la roca. De ella brotará agua.” Moisés golpea. Y el agua brota. Sólo golpeando la roca brota el agua que calma la sed.

Siglos después, una mujer samaritana llega al pozo de Jacob. Tiene sed. Muchas sedes. Jesús, fatigado, está sentado junto al pozo. Él es la nueva Roca. Y le dice: “Si conocieras el don de Dios… tú me pedirías y yo te daría agua viva. Quien beba de esta agua nunca más tendrá sed.”

¿Golpeó la samaritana la roca? Sí. Con su fe, con su pregunta, con su anhelo.Y brotó el agua. Ella corrió al pueblo: “¡Venid a ver! ¿No será éste el Mesías?” Se convirtió en manantial. El agua que recibió se desbordó hacia otros.

Pero hacía falta otro golpe. El definitivo. En la cruz, Jesús es golpeado por una lanza. Y de su costado brota sangre y agua. San Pablo lo subrayó: la Roca golpeada es Cristo.

Hoy, las muchedumbres tienen sed. Los pueblos se reúnen buscando agua. Necesitamos eventos donde brote el agua. ¿Cómo golpeamos hoy la Roca con fe absoluta de que brotará y calmará la sed?

Invocando al Espíritu de Jesús. Él hace brotar el agua. Reuniéndonos en su nombre. Celebrando. Creyendo.  Porque Jesús no es solo un personaje histórico. Jesús es la Roca de la que mana el agua que necesitamos para sobrevivir en nuestro desierto.

También hoy. Y, de hecho, iniciamos nuestro seguimiento de Jesús en el agua: el bautismo. Nacimos del agua y del Espíritu. Cada vez que tengas sed, recuerda: La Roca ya fue golpeada. El agua ya brotó. Sangre y agua del costado de Cristo. Acércate. Bebe. Y conviértete tú también en manantial. Porque quien bebe del agua que Jesús da… se transforma en fuente que brota para dar vida.

¡Golpea la Roca con tu fe… el agua brotará!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 2. CUARESMA. CICLO A

“LA VOCACIÓN DE LOS INQUIETOS”

Una inquietud profunda habitaba en el interior de Abraham. “Aquí no hay futuro.”, pensó. Y salió. Dejó todo lo conocido. Se aventuró hacia lo desconocido, sin saber adónde iba. No salió para poseer la Patria. Salió para buscarla.

No somos felices cuando poseemos, sino cuando caminamos, cuando deseamos. La instalación nos deshumaniza. Morar siempre en lo conocido nos encarcela.

Pablo inquietó al joven Timoteo cuando le dijo: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio.” Evangelizar no es una tarea cómoda. Es vivir inquieto, disponible las veinticuatro horas. Y ¿para qué? Para anunciar la Buena Notica, la única que ofrece a la humanidad felicidad y sentido.

En cambio, los tres apóstoles del Tabor, ante la maravilla de la transfiguración de Jesús querían todo lo contrario. Pedro queda embelesado: “¡Qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!” Quiere instalarse. Quiere quietud. Disfrutar la felicidad él solo. Pero el Transfigurado los inquieta: “Nada de tiendas. Bajad del monte. Otro monte os espera.” Porque la vocación no es para quedarse.

La Visión se recibe para comunicarla. Nadie es llamado para disfrutar a solas de Dios. La Luz que nos habita debe ir iluminando el mundo, poco a poco, llenándolo de vida.

Dios nos llama a ser inquietos. Como Abrahán, que sale sin saber adónde va. Como Timoteo, que evangeliza sin descanso. Como los apóstoles, que bajan del Tabor hacia otro monte: el Calvario y la Resurrección. Sal. Camina. Cuenta lo que has visto. Esa es la vocación de los inquietos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 1. CUARESMA. CICLO A

¡EL ALIENTO Y EL HAMBRE”

Al principio, Dios nos dio su propio aliento. Neshamá, lo llama el Génesis. Vida íntima, compartida, respirada directamente de su boca a la nuestra. Pero nos dio hambre. Hambre de ser dioses. Y cambiamos el aliento por el fruto prohibido. Dejamos de respirar con Él… para morder por nuestra cuenta.

Esa misma hambre persigue a Jesús en el desierto. “Convierte las piedras en pan”, le susurra el tentador. “Satisface tu hambre a tu manera. Exige certezas. Controla tu destino.” Es el menú de siempre: cambia el Aliento por la Autogestión. Cambia la confianza por el control.

Pero Jesús redefine el hambre. Tiene hambre real. Hambre física. Hambre de certezas. Y… aun así, responde: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Él, que ES la Palabra hecha carne, prefiere morir de hambre antes que vivir de cualquier pan que no sea la voluntad de su Padre. Él respira. Se alimenta del Aliento. Y desde ahí, su “No” al demonio es un “Sí” inmenso a la intimidad con el Padre.

Adán y Eva: expulsados del Paraíso que les fue dado. Jesús: desde el desierto mismo, comienza la reconstrucción del mundo. Misma prueba. Resultados opuestos. Ellos eligieron morder. Él eligió respirar.

Y la Cuaresma nos pregunta hoy: ¿De qué tenemos hambre realmente? ¿Estamos intentando convertir piedras en pan? ¿Exigiendo señales, seguridades, atajos divinos a nuestra medida? ¿O estamos aprendiendo, en el desierto de nuestras limitaciones, a vivir del puro Aliento de su Palabra… aunque no calme inmediatamente todos nuestros apetitos?

El camino no es tener más respuestas. Es aprender a respirar distinto. A confiar. A dejar que su Aliento sea tu alimento. “No solo de pan…” Es la dieta de la confianza, la que nos devuelve al Jardín, al Paraíso.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

¡Aliento y Palabra! (canción)

No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 1]
Al principio fue tu aliento, brisa pura de Neshamá,
y cambiamos boca a boca por el fruto y su ansiedad.
Por morder nos fue echando el día claro del hogar,
se nos secó entre los labios la confianza y la verdad.
[Estrofa 2]
Tú, Jesús, en la arena dura, con la noche por mantel,
tuviste hambre de certezas, de un camino sin porqué.
Mas dijiste en voz de pobre: «Padre, tu querer es pan»,
y al negarle al tentador el bocado, le dijiste sí a tu Dios.
[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.

[Estrofa 3]
Hoy la Cuaresma nos mira: «¿De qué hambre vivirás?»,
si de atajos y señales o del soplo que se da.
Aprender es otro aire, otro modo de esperar:
que tu Aliento sea alimento y nos vuelva al Paraíso, al hogar.

[Chorus]
No solo de pan, Señor, respiro en tu voluntad,
hambre de tu aliento tengo, no de piedras ni de sal.
Devuélveme al Jardín perdido, donde tu voz es mi maná,
que yo prefiera en mi desierto tu Palabra y nada más.