JUEVES SANTO 2026

“Y DESDE AQUELLA NOCHE… NOS AMÓ HASTA EL EXTREMO”

Hoy es Jueves Santo. Y hoy… todos estamos en un Cenáculo. Aquí en la Iglesia, allá… ¡en nuestra casa! con las puertas cerradas. Como aquellos primeros discípulos.
Jesús vivió esta Cena con una amenaza rondándole. Con el miedo presente. Con la traición sentada a su mesa: ¡Judas!
Y aun así… Se levantó. Se ató una toalla a la cintura. Se puso de rodillas. Y empezó a lavar pies. Los pies de Pedro, que protestó. Los pies de Juan, que le amaba. Los pies de Judas, que ya había decidido traicionarle.
A todos. Sin excepción.
Y me imagino… que también llegaría hasta mí. Con esa delicadeza suya. Con esa ternura que descoloca. Y me lavaría los pies a mí.  Eso es lo que el evangelio de Juan nos quiere decir esta tarde: “Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo.”No a medias. No cuando era fácil. Hasta el extremo.
Y luego tomó el pan. Tomó la copa. Y dijo: “Tomad… esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre.” ¡El regalo más inesperado en el momento más oscuro!
El evangelista Juan nos guarda además otro tesoro. Un largo y misterioso discurso de despedida que Jesús dedica a los suyos.
Habla del Amor. Habla de su Abbá. Habla del Espíritu Santo que vendrá. “Os lo recordará todo… os llevará a la verdad completa.” Un discurso lleno de misterio, lleno de ternura, lleno de promesas. Como si Jesús quisiera dejarnos todo su mundo… en las manos.
Y hoy… sigue haciendo lo mismo. No solo en la Iglesia, sino también en tu casa. En mi casa. Aunque las puertas estén cerradas. Aunque el mundo parezca detenido.
Porque desde aquella noche… no ha dejado de amarnos. Hasta el extremo. Nuestra casa puede ser hoy un cenáculo. Nuestra mesa… puede ser un altar.
Que el Espíritu Santo convierta cada hogar en lugar de encuentro con Él. Feliz Jueves Santo.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO DE RAMOS 2026

Primera homilía: Antes de la procesión de Ramos — Mt 21, 1-11

Hace dos mil años, en Jerusalén, algo extraordinario estaba a punto de ocurrir. Un hombre entra en la ciudad. No en un caballo de guerra. No con ejércitos. No con poder. Entra en un asno. Y la gente… explota de alegría. Extienden sus mantos en el suelo. Cortan ramas de los árboles. Y gritan: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

La ciudad entera se sacude. Y la gente responde: “Es Jesús, el profeta de Nazaret.” Un profeta. De Nazaret. De un pueblo insignificante. Sin ejército. Sin palacio. Sin riqueza. Y sin embargo… Jerusalén tiembla.
Hoy nosotros también tomamos ramos. También salimos a recibirle. Pero preguntémonos algo antes de que empecemos a caminar: ¿A quién estamos recibiendo tú hoy?
¿Al rey poderoso que resuelve todos tus problemas? ¿O al Dios humilde que viene a caminar contigo por el dolor, por la cruz, por la muerte… y al otro lado… por la Vida?
Porque este hombre que hoy entra entre palmas y gritos… en pocos días será arrestado, torturado y crucificado. Y lo sabrá desde el principio. Y entrará de todas formas. Por ti, por mí.
Coge tu ramo. Camina. Y deja que Él entre hoy de verdad… no solo en la procesión. En tu vida, en mi vida.

Segunda homilía: La Pasión según san Mateo — Mt 26, 14-27.66

Acabamos de escuchar uno de los textos más sobrecogedores de toda la literatura humana. El relato que inspiró a Bach para componer su Pasión según San Mateo. Música que hace llorar a quienes no creen. Música que rompe por dentro. Porque algo en este relato nos toca donde más duele. Judas lo entrega por treinta monedas. Pedro lo niega tres veces. “No conozco a ese hombre.” Los discípulos… huyen. Todos.
Y Jesús se queda solo. Solo en Getsemaní, sudando sangre. Solo ante el Sanedrín. Solo ante Pilato. Solo en la cruz. Y en ese momento de soledad absoluta, grita algo que nos parte el corazón: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Detengámonos ahí un momento. No pasemos de largo. El Hijo de Dios… sintiéndose abandonado por su Padre.
¿Hemos sentido alguna vez eso? ¿Esa oscuridad? ¿Ese silencio de Dios? Jesús también. No lo vivió desde fuera. Lo vivió desde dentro. Desde el grito. Y sin embargo… sus últimas palabras en Mateo no son de odio. No son de venganza. El centurión romano —el enemigo— al verle morir así, dice: “Verdaderamente este era Hijo de Dios. “Un verdugo. Convertido en confesor de fe.
Esta semana que comienza hoy se llama Santa por algo. No porque sea fácil. Sino porque en el dolor más oscuro Dios estaba presente. Y sigue estándolo. En nuestro dolor. En nuestra cruz. En nuestro grito. No estamos solos. … Él ya pasó por ahí.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 5. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO A

“LA MUERTE YA NO HIERE A SUS AMIGOS”

Hoy la Palabra de Dios nos grita una sola cosa: ¡VIDA! Y qué paradoja… estamos a punto de entrar en la Semana Santa, la semana de la muerte de Jesús… y Él nos dice: “Yo soy la Vida”.

¿Por qué tanta muerte a nuestro alrededor? ¿Qué le pasa a la humanidad?

Ezequiel lo vio claro: el pueblo de Dios era un valle de huesos secos. Un cementerio. Sin futuro. Sin esperanza. Y Dios… ¿qué hace? No los abandona. Los mira y dice: “¡Pueblo mío, pueblo mío!” — como un padre que llora a su hijo. Como David llorando a Absalón. Y se compromete:

“Abriré vuestros sepulcros. Os daré mi Espíritu. Viviréis.”

¿Sabemos lo que eso significa? Que cuando tocamos fondo… Dios no se va. Se acerca más.

Lázaro llevaba cuatro días muerto. Marta y María estaban destrozadas. Y Jesús… llegó tarde. No les ahorró el dolor. No les ahorró el duelo. Pero llegó. Y todo cambió. Porque la muerte ya no hiere a los amigos de Jesús.

¿Somos amigos suyos? Entonces la última palabra no es la muerte. Es Él. San Pablo nos lo explica así: “en nosotros hay carne… y hay espíritu”. Cuando nos dejamos llevar por el Espíritu de Jesús, ese Espíritu envuelve nuestra carne, transfigura nuestro dolor, resucita lo que en nosotros está muerto. No es magia. Es amor.

“En el verdadero amor, el espíritu envuelve a la carne.”-como decía el filósofo Nietzsche-.

Esta Cuaresma nos preguntamos algo muy sencillo: ¿Dejamos que el Espíritu de Jesús toque nuestra vida? Porque si lo dejamos… lo que estaba muerto… vuelve a vivir.

José Cristo Rey García Paredes, CMF