DOMINGO 3. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A
¡RECONOCER!

Iban caminando. Tristes. Con la cabeza gacha. Llevaban un cadáver dentro. Y Jesús estaba a su lado. Y no lo veían.
No es que fueran malas personas. Es que el dolor cierra los ojos. La decepción pone un velo. Cuando algo que esperabas no ocurrió, dejas de esperar cualquier cosa. Así iban los de Emaús.
Antoine de Saint-Exupéry lo escribió en El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos.” Llevaba razón. Lo más importante casi nunca se ve a primera vista.
Jesús no se rindió con ellos. Caminó. Escuchó. Entró en su casa. Y entonces —en ese gesto sencillo y humilde de partir el pan— lo reconocieron todo.
No fue en el gran discurso. Fue en la mesa. No fue en la argumentación brillante. Fue en el pan roto.
Hay personas que llevan años viniendo a misa. Conocen cada gesto, cada respuesta, cada momento del rito. Y sin embargo, algo falta. Van por inercia. Cumplen. Pero no encuentran. Son expertos en la liturgia… y extraños a Quien está en ella. Como los de Emaús: lo tienen delante y no lo ven.
El ritualismo sin corazón es otro camino a Emaús. Mucho caminar. Mucho hablar. Y Jesús, invisible.
¿Cuántas veces ha estado Jesús a tu lado y no lo has reconocido? En la persona que te escuchó cuando nadie más lo hacía. En la palabra que llegó justo a tiempo. En la paz inexplicable en el momento más oscuro.
Y aquí, en esta mesa. En este pan que se parte. En este vino que se derrama. Él se entrega de nuevo. No como recuerdo. Como presencia real. Como el mismo gesto de amor que descubrió todo a los discípulos de Emaús.
La Eucaristía no es un rito que cumplir. Es un encuentro que recibir.
Hoy tenemos otra oportunidad. Abramos los ojos. Dejemos que nos alcance.
¡Aleluya!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 2. PASCUA. CICLO A
“TOCAR AL RESUCITADO” – Domingo de la Divina Misericordia
Tomás quería tocar. No conformarse con palabras. No quedarse con el relato de otros. Quería meter la mano en el costado abierto de Jesús y saber, desde adentro, que era verdad.
Y Jesús no le negó ese deseo. Se lo concedió. Porque ese deseo —tocar al Resucitado— no es falta de fe. Es el deseo más hondo del corazón humano.
«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.»— Salmo 117.
Y ese mismo don se nos sigue dando. Aquí. Ahora. En la Eucaristía.
Cuando extiendes las manos y recibes la hostia, no estás recibiendo un símbolo ni un recuerdo. Estás tocando el Cuerpo de Cristo. El mismo Cuerpo que fue llagado, que resucitó glorioso, que Tomás tocó aquella tarde con el corazón temblando.
Los primeros cristianos lo sabían. Los Hechos lo dicen con una sola frase: perseveraban en la fracción del pan. No era una obligación. Era el centro. El lugar donde encontraban al Señor vivo.
Pedro escribe a comunidades que sufren y les dice: «Le amáis sin haberle visto.» Nosotros sí le vemos. Velado, pero real. En el pan partido. En el vino derramado. En las manos abiertas del sacerdote que repite sus palabras.
Hoy, domingo de la Divina Misericordia, acércate a comulgar como Tomás se acercó a las llagas: con hambre, con humildad, sin miedo. Y escucha lo que Jesús te dice en ese silencio después de recibir su Cuerpo:
«La paz esté con vosotros.»
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2026
NACER DE NUEVO
Quizás hoy no te sientes con ganas de aleluyas. Quizás llevas duelo encima. Quizás la muerte está demasiado cerca.
No pasa nada. Escucha igual. Una tumba. Vacía. Eso es todo lo que hay esta mañana. Y nadie — ni las mujeres, ni Pedro, ni los apóstoles — lo creyó de golpe.
La fe en la resurrección no es un esfuerzo intelectual. No es voluntad. No es emoción religiosa. Es un regalo. Una revelación. “Se les apareció.” No dice: “lo buscaron hasta encontrarlo.”
El poeta irlandés W.B. Yeats escribió sobre otro domingo de pascua:
“Todo ha cambiado, cambiado absolutamente. Una terrible belleza ha nacido.”
Lo escribió para una revolución política. Pero esta mañana lo robamos para la revolución más grande de la historia.
Porque si esa tumba está vacía de verdad — la muerte no es un muro. Es una puerta.
Dietrich Bonhoeffer lo entendió. Teólogo. Preso. Ejecutado por los nazis: “El Dios del comienzo absoluto es el Dios de la Resurrección”.
No te han dado la vida para que mueras. Naciste para nacer de nuevo. Lo que le pasó a Él, te va a pasar a ti.
¿Te resulta difícil creerlo? Normal. A todos nos cuesta. Hoy solo te pido una cosa: Detente ante la tumba vacía. Y deja que esa terrible belleza te alcance.
¡Aleluya!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
SÁBADO SANTO 2026
EL DÍA DEL SILENCIO
¿Sabes por qué hoy el mundo entero está en silencio?. No es un silencio de muerte; es el silencio de un Rey que se ha quedado dormido para despertarnos a todos.
El gran Silencio
Hoy la tierra está temerosa y sobrecogida. Pero mientras nosotros vemos soledad, en lo invisible está ocurriendo una conmoción. Dios ha muerto en la carne, sí, pero para bajar a buscar a nuestro primer padre, Adán, como si fuera la oveja perdida. Cristo no se ha quedado en la tumba: ha bajado a visitar a los que viven en tinieblas.
El encuentro en el infierno
Imagina la escena: Jesús llega a las prisiones del abismo con las armas vencedoras de la cruz en sus manos. Al verlo, Adán queda asombrado y grita: “¡Mi Señor esté con todos!”. Y Cristo, tomándolo de la mano, le responde con la mayor ternura: “Y con tu espíritu”. Es el encuentro de Dios con su humanidad herida.
El mensaje de Cristo
Escucha lo que Jesús le dice a Adán, y lo que nos dice a nosotros hoy:
- “Despierta, tú que duermes”. No te creé para que permanecieras cautivo en el abismo.
- Mira los salivazos de mi cara, para devolverte tu aliento de vida.
- Mira los azotes en mi espalda, para aliviarte del peso de tus pecados.
- Mira mis manos clavadas al madero, porque tú extendiste maliciosamente la tuya al árbol prohibido.
- “Mi sueño te saca del sueño del abismo”.
De la Prisión al Trono
El rescate es total. Jesús le dice: “Levántate, salgamos de aquí”. El enemigo te sacó del paraíso, pero yo te coloco en un trono celeste. Ya no hay querubines que te prohíban el paso; ahora hay ángeles que reconocen tu dignidad y te sirven.
El reino de los cielos está preparado para ti desde toda la eternidad. Hoy, en el Gran Sábado, nada está perdido. ¡Despierta! Porque tu Dios ha bajado hasta tu propia oscuridad para sacarte a la luz.
José Cristo Rey Garcia Paredes, CMF














