CORPUS CHRISTI. CICLO A
CORPUS CHRISTI – LA PRESENCIA INTERMINABLE
Lo más importante hoy no son las custodias, las procesiones ni los inciensos. Lo más importante es dejarse conmover por el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sí… dejarse conmover.
No solo de pan vive el ser humano.
El desierto de Israel duró cuarenta años. Hambre. Sed. Amenazas. Y sin embargo, el Abbá no dejó morir a su pueblo — hizo brotar agua de la roca y llovió maná del cielo.
El mensaje es profundo: las dificultades no son castigo. Son pedagogía. El Abbá enseña a sus hijos el arte más sublime de vivir — no de pan solo, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.
Entrar en comunión con Cristo resucitado. ¡Increíble!
La sangre de Jesús fue derramada hasta la última gota en el Calvario — y resucita misteriosa para hacerse bebida para el Camino. Beberla es identificarse con su entrega total. Su cuerpo fue siempre lugar de encuentro, fuente de energía, memoria sublime de lo humano y lo divino. Ahora está en plenitud, luminoso, invadido de vida eterna. ¿Puede haber momento más extático que el de la comunión?
El Mesías que nadie esperaba.
Cuando Jesús se llama a sí mismo “Hijo del hombre”, usa un título cargado de dinamita. No un Mesías solo para Israel. No un Mesías con ejércitos. Un Mesías mundial, para todas las naciones. Humano, no violento, servidor, entregado. Un Mesías que, en lugar de conquistar con la espada, da su cuerpo como alimento.
No de un trago. Gota a gota.
Comer su carne no es “tragar”. Es un proceso lento de asimilarse a Él. Beber su sangre no es un trago — es ir bebiéndola gota a gota, hasta apurar el cáliz, hasta identificarse con la oblación total del Hijo del hombre. Solo haciéndonos con-corpóreos y con-sanguíneos con Jesús tendremos vida en nosotros. Vida abundante.
Por una vez: deja de moralizar. Disfruta.
Hoy no es día de preguntarse “¿qué tengo que hacer?” Es día de dejarse invadir por la grandeza de lo que está pasando. Jesús resucitado — glorificado, luminoso, lleno de vida eterna — quiere entrar en comunión contigo. No con tu perfección. Contigo.
Jesús no fue un maestro frío que enseñó desde lejos. Se acercó. Nos tocó. Nos lavó los pies. Y ahora nos entrega su propio Cuerpo y Sangre. ¡Pasmo de amor! Deja que te conmueva. Hoy. Ahora.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
SANTÍSIMA TRINIDAD. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
“QUE DIOS ES AMOR”
No tenemos un dios solitario ni soltero. No tenemos un dios múltiple ni legión. Tenemos un Dios que es comunidad de amor. Trinidad enamorada. Y por eso, Trinidad Una.
Tres nombres. Un mismo amor. Pablo lo resume en una frase que usamos en cada Misa: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.” El Abbá es Amor primordial. Jesús es la Gracia, el regalo de Dios. El Espíritu es la Comunión viva. Tres nombres. Un solo Dios. Enamorado.
“Tanto amó Dios al mundo…” El envío de Jesús a la tierra tiene un solo motivo: el amor loco de Dios por nosotros. Tan grande fue ese amor que el Abbá engendró a su Hijo en el tiempo — para que viniera a nosotros, para agraciarnos con su presencia, su fraternidad, su amistad. Esta es la primera y más grande revelación de Dios: ¡que Dios es Amor! No juez distante. No poder frío. Amor excéntrico que entrega lo más esencial de sí mismo.El Dios del Antiguo Testamento no es un juez frío
Se dice a veces que el Dios del Antiguo Testamento es lejano y justiciero. Mentira. Moisés pregunta al pueblo: “¿En qué nación ha habido un Dios tan cercano?” El Éxodo revela a un Dios que libera de la esclavitud porque no quiere hijos sin libertad. Sus mandatos no son cadenas — son caminos de vida. Siempre fue el mismo Dios: compasivo, apasionado, que camina con los suyos.
Ser cristiano es ser imagen de Dios. Y si Dios es Trinidad — comunidad de amor — entonces ser imagen de Dios significa salir de uno mismo. Abrirse a la comunión. Salir del aislamiento. Entrar en el misterio de la entrega. La Trinidad no es un dogma para memorizar — es un modelo de vida que nos llama a amar como Dios ama: sin excluir a nadie.
La Trinidad no hace guerras. Un Dios que es Amor, Gracia y Comunión no puede ser fuente de ninguna guerra de religión. La Trinidad es inclusiva y dialogante. Es hospitalidad total. Acoge a todos y excluye a nadie. La conciencia trinitaria nos lleva a crear la comunión que a todos abraza. No hay fronteras en el amor de Dios.
Hoy celebramos el misterio más hermoso del cristianismo: un Dios que no está solo, que nos ama desde antes de los tiempos, que camina con nosotros, que nos libera, que nos llama a su propia vida de comunión. ¡Alegraos! ¡Animaos! Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo — al Dios que es, que era y que viene.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO DE PENTECOSTES. CICLO A
HOY EL ESPÍRITU SANTO SE DERRAMÓ…
Pentecostés no es solo la fiesta de la Iglesia. Es la fiesta del mundo. Porque hoy el Espíritu se derramó — sin pedir permiso — sobre toda carne.
Hoy el Abbá y su Hijo Jesús nos envían su Espíritu. No como préstamo. No como prueba. Como gracia definitiva y sin vuelta atrás.
Igual que el Hijo de Dios se hizo humano para siempre, el Santo Espíritu se ha derramado sobre nuestra humanidad para siempre. La santa Ruah — el aliento de Dios — ya habita en nosotros. Permanentemente.
Pedro lo explica citando al profeta Joel: el Espíritu se derrama sobre ancianos y jóvenes, hombres y mujeres. Sin filtros. Sin categorías. Y “toda carne” significa más que los seres humanos — es también la madre naturaleza, el mundo animado. La creación entera se convierte en templo del Espíritu. Desobedece al Espíritu quien lo encierra en lugares o personas determinadas. El Espíritu está presente en todo pueblo, toda religión, toda criatura.
Pentecostés es un acontecimiento lingüístico. Ese día, diecisiete pueblos escuchan las maravillas de Dios en su propia lengua: partos, medos, elamitas, romanos, árabes, egipcios… El Espíritu no habla solo latín. Habla todas las lenguas del mundo — y también los lenguajes del arte, la ciencia, la cultura, el deporte, la psicología. Se acabó el sueño de una Iglesia dominada por una sola cultura. Con Pentecostés nace una Iglesia donde cualquier pueblo se siente en casa.
¿Por qué el Espíritu siempre trae diversidad? Porque es su naturaleza: como el agua que todo lo humedece, el fuego que todo lo enciende, el viento que entra por cualquier resquicio. Pero atención: el espíritu malo es legión — diversidad enfrentada que descoyunta. El Espíritu Santo es amor — diversidad en comunión profunda que glorifica a cada miembro. Pablo lo advierte: “No apaguéis el Espíritu.” No lo enmudezcamos encerrándolo en una sola forma.
Emana del rostro de Jesús resucitado. Es el aroma, el aliento de Dios. Fuego. Torrente. Viento huracanado. Amor apasionado. Belleza de Dios. El beso santo que enamora. El toque delicado que a vida eterna sabe. No es una fuerza abstracta. Es la sonrisa de Dios derramada sobre el mundo.
Decir espiritualidad — en cristiano — es decir espiritualidad en misión. Dinamismo constante y apasionado hacia los confines de la tierra y del tiempo. Solo quien siente el fragor del Espíritu puede llegar a la Paz verdadera. Por eso, Jesús hoy nos da dos cosas que van juntas siempre: su Espíritu… y su Paz. ¡Ven, Espíritu Santo!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO DE LAS ASCENSIÓN. CICLO A
¡NO TE QUEDES MIRANDO AL CIELO!
Cuarenta días después de resucitar, Jesús desaparece de la vista de sus discípulos. Se quedan mirando al cielo… paralizados. Pero lo que acaba de pasar no es una partida. Es una expansión.
— Querían un rey. Él les dio el mundo. Los discípulos le preguntan: “¿Ahora sí restauras el reino de Israel?” Seguían soñando con un proyecto político. Jesús los redirige por completo: “Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.” No un partido. No una nación. Toda etnia. Toda cultura. Toda la humanidad.
— Primero el poder. Luego el “Id.” En el monte de Galilea, Jesús ya lo había dicho con claridad: “Me ha sido dado todo el poder, en el cielo y en la tierra. Por eso… id.” El “id” no nace del vacío. Nace de ese poder total. Sube al cielo no porque pierda el poder sobre la tierra, sino porque lo ejerce desde una dimensión nueva, sin fronteras de espacio ni de tiempo.
Una palabra que lo cambia todo. El gran teólogo Karl Rahner lo expresó de manera magistral: Jesús, por su Resurrección y Ascensión, se ha vuelto pancósmico. No se aleja del cosmos — se expande hasta abarcarlo todo. Ya no está junto a unos pocos en un rincón de Palestina. Su presencia afecta a cada rincón de lo real, a cada ser humano, a todo el universo.
Se va para venir de otra manera. La Ascensión no es un adiós. Es una transformación de la presencia. Se va visiblemente como uno entre unos pocos… envía su Espíritu sobre todos… y viene de otra manera: interior, universal, continua. “Os conviene que yo me vaya” — porque entonces el Espíritu puede habitarnos, no solo caminar junto a unos pocos elegidos.
Tres palabras para nuestra vida. La carta a los Efesios nos da el kit completo. Esperanza: no fuimos llamados al fracaso sino al éxito más insospechado. Gloria: hay una herencia de belleza infinita esperándonos. Poder: el mismo poder que resucitó a Jesús actúa ahora en nosotros.
¡Aleluya!
José Cristo Rey García Paredes, CMF



















