DOMINGO 2º. TIEMPO DE NAVIDAD. CICLO A

¡LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS! 

¿Qué significa esto?

Que Dios no nos envió un mensaje, no nos dejó un manual. Se hizo uno de nosotros. Tuvo el rostro concreto de Jesús de Nazaret: un hombre que nació de mujer, que tuvo hambre y sed, que se cansó de caminar, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, que reía con los niños, que comía con pecadores y justos por igual. Ese Jesús histórico, que caminó por las aldeas de Galilea hace dos mil años, es el mismo que está aquí, ahora, con nosotros. Porque antes de partir nos hizo una promesa que sostiene nuestra fe: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tres presencias… un mismo Jesús

¿Cómo cumple Jesús esta promesa? De tres maneras luminosas que se entrelazan en esta Eucaristía:

Primero, está presente en su Palabra. Cuando proclamamos el Evangelio, no estamos leyendo un texto antiguo. Es Él quien nos habla hoy, aquí, ahora. La misma voz que sanó al ciego, que perdonó a la adúltera, que llamó a Lázaro de la tumba, sigue resonando en estas palabras. Por eso las escuchamos de pie: porque es el Señor quien nos habla.

Segundo, está presente en la Eucaristía. Este pan que partimos es su Cuerpo. Este vino que compartimos es su Sangre. No un símbolo, no un recuerdo: Él mismo, el mismo Jesús que nació en Belén, que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Se hace alimento para nosotros. Entra en nosotros para que nosotros podamos vivir en Él.

Y tercero, está presente en nosotros, en cada bautizado. San Pablo lo dice con claridad: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cuando comulgamos, cuando acogemos su Palabra, Jesús nos transforma desde dentro. Nuestras manos pueden convertirse en sus manos que bendicen y sanan. Nuestros ojos en sus ojos que miran con misericordia. Nuestro corazón en su corazón que ama sin límites.

No estamos solos

Nunca hemos estado solos. En cada alegría y en cada lágrima, en cada amanecer y en cada noche oscura, Jesús ha estado ahí. No como una idea lejana, sino como presencia real y cercana.

Cuando venimos a Misa, cuando abrimos el Evangelio en casa, cuando comulgamos -llevando en el corazón nuestras penas y esperanzas- Él ha estado ahí. El mismo que hace dos mil años caminaba por Galilea, el mismo que hoy nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré”.

La invitación

Esta semana, cuando abramos el Evangelio, recordemos: es Jesús quien nos habla… Cuando comulguemos, sepamos: es Jesús quien entra en nosotros.

Y cuando salgamos de aquí, a nuestras casas, a nuestro trabajo, a la calle, llevemos esta certeza: somos portadores de Cristo. Él vive en nosotros y quiere amar, consolar y servir a través de nosotros.

La Palabra no se quedó en el pasado. Se sigue haciendo carne: en el pan consagrado sobre este altar, y en nuestra propia carne cuando le dejamos vivir en nosotros.

Que María, que dio carne a la Palabra en su seno, nos ayude a ser como ella: lugares donde Jesús se hace presente, visible, cercano para todos los que nos rodean.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

Marcar el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.