¿Alguna vez has sentido que las reglas… te asfixian? Que cumples, pero no llenas tu vida. Jesús lo sabía. Y por eso hoy nos dice algo que lo cambia todo: “Pero yo os digo”.
¡No basta…!
No vino a abolir la ley. Vino a darle “plenitud”. A llevarla al extremo: “donde realmente importa. En el corazón.”
Porque no basta con “no matar”. Él dice:”¿Y la ira que guardas? ¿El rencor que alimentas?” La verdadera Alianza con Dios empieza ahí: en reconciliarte con tu hermano. Antes que cualquier ofrenda.
No basta con “no cometer adulterio”. La mirada ya puede traicionar la confianza. La Alianza se protege cuidando la intención, desde dentro.
No basta con “no jurar en falso”. En un mundo de palabras vacías, Jesús nos pide algo radical: “Que tu “sí” sea sí, y tu “no”, no.” Que tu palabra sea transparente, porque vives en la verdad. Como dice la Primera de Corintios: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó… lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”. Eso no es para cumplidores externos. Es para corazones en Alianza.
¿Cumplimos o amamos?
La ley no es una carga. Es la “cláusula de un pacto de amor.” Como un matrimonio: no se trata de no romper las reglas… se trata de amar con todo, hasta en los detalles.
¿Volvemos a ser fariseos? ¿Creyendo que con cumplir listas ya estamos bien? “Jesús nos sacude:” Lo que importa es el “por qué”. ¿Vives cada día en su presencia? ¿Con ese deseo apasionado de hacer su voluntad?
Hoy Él nos dice: “Pero yo te digo”. Nos invita a más. A una Alianza viva. A una libertad que nace de amar su voluntad. No por obligación, sino por pasión.
¿Nos atreveremos a vivir esta plenitud? “No he venido a abolir, sino a dar plenitud.
¿Alguna vez nos hemos preguntado… para qué somos SAL? ¿Para qué somos LUZ?
Jesús no nos quiere encerrados. Nos lanza al mundo. Porque hay algo dentro de nosotros que tiene que brillar. Y el mundo lo necesita.
¿Cuándo brillamos de verdad? Cuando no somos indiferentes. Cuando la compasión se nos sale por los ojos. Cuando el amor gobierna nuestras relaciones. Cuando nos apasiona la humanidad.
Esa es la luz que vence la oscuridad. Como decía Luther King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”.
Jesús fue esa Luz. Y nosotros, cuando hacemos el bien, la somos también. Pero atención: Pablo nos advierte. No es nuestra sabiduría la que ilumina. Es la sabiduría de la cruz: humilde, callada, que brilla sin pretenderlo. No se trata de exhibir. Se trata de no ser indiferentes. Como canta León Gieco: “Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”.
No tenemos vocación de sacristía. Nuestro lugar es la calle, la plaza, la vida. Decía Antonio Machado: “Todo necio, confunde valor y precio”
La sal no vale por su precio. Vale por lo que transforma. Tu amabilidad, tu escucha, tu justicia… son esa sal. Esa luz.
Jesús te pregunta hoy, me pregunta a mí:
¿Tu luz está escondida? ¿O estás dando sabor al mundo?
No nos acostumbremos. Que nuestra vida sea la sal que sale. La luz que brilla. Porque sal y fuego… es Él.
A veces me pregunto: ¿En qué estoy buscando yo la felicidad? ¿En lo que tengo, en lo que sé, en el reconocimiento?
Las tres lecturas de este domingo (Sofonías, Pablo, y sobre todo Jesús) nos dan un golpe de realidad. Nos recuerdan algo que a menudo olvidamos: Dios no elige lo impresionante. Elige lo que el mundo pasa por alto. Lo débil. Lo que no cuenta.
Jesús, el único Maestro, veía a la gente humilde, a la que sufre, y algo en Él se revolvía. Se llenaba de alegría. En ellos veía un terreno fértil para el Reino de Dios. Por eso subió a la montaña y nos soltó este manifiesto que nos sacude a todos:
“Dichosos los pobres en el espíritu
… los que lloran…
los que tienen hambre de justicia…”
No es un “felices los de allá”. Es un “felices nosotros”, cuando nuestro corazón está ahí”. Cuando dejamos de confiar en nuestras propias seguridades y confiamos solo en Él. Cuando, en nuestra pobreza –que todos tenemos de una forma u otra–, no dejamos de creer que Dios está haciendo algo nuevo.
Pablo nos lo dice claro a comunidades como la nuestra, como en Corinto: “Fijáos bien en vuestra propia asamblea”. Miremos a nuestro alrededor, miremos dentro. ¿No es cierto que Dios actúa precisamente en lo que nosotros despreciamos? En nuestras debilidades, en nuestras limitaciones… y en la gente que pasa desapercibida.
Este texto nos humilla si nos creemos muy listos o importantes. Pero también nos “libera”. Nos dice: “Tu valor no está en lo que tienes o aparentas. Está en que, en tu indigencia, confíes. Y desde ahí, seas misericordioso, pacífico, limpio de corazón”.
Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Tal vez esa sea la clave. Dejar de buscar la paz donde no está, y encontrarla justo ahí donde Jesús la proclama: en un corazón que se vacía para llenarse de Él.
“¡Luz!… ¡Más luz!” Dicen que fueron las últimas palabras de Goethe al morir. Morimos cuando no tenemos luz. Cuando todo se hace oscuridad. Por eso Dios comenzó la Creación diciendo: “¡Hágase la Luz!” … Y cuando María dio a luz, vino a nosotros la Luz del Mundo.
“¡Galilea de los gentiles!”
Así la llamaban con desprecio. Judea era la tierra santa, Jerusalén la ciudad de luz. Galilea era la zona oscura. Pero el profeta Isaías anuncia: ¡Les brilla una luz grande! Dios escoge precisamente la oscuridad para que la luz brille con más fuerza.
Los místicos nos hablan de la “Noche Oscura”. Hemos de pasar por zonas tenebrosas. Pero entonces escuchamos: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. La luz brilla en las tinieblas. No hay que temer. Es cuando todo está oscuro que la luz puede aparecer en todo su esplendor.
¿Y dónde comienza Jesús su ministerio?
Exactamente ahí: ¡en la tierra de tinieblas! Jesús no es lámpara inmóvil de santuario. Es Luz misionera. Luz itinerante. Por donde pasa, todo se ilumina. Predica la alborada del Reino. Y su luz prende en otros.
Incendia los corazones de Andrés y Pedro, de Santiago y Juan. Por eso dejan padre, redes, familia… y lo siguen. Porque Jesús da sentido a la vida.
Hoy padecemos una enorme falta de sentido.
¿De qué nos sirven certificados de muerte? Jesús y sus discípulos no certificaban la muerte. Iluminaban. Daban vida.
Pablo lo sabía bien. “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?” Qué buena advertencia cuando queremos ocupar puestos de brillo. En la Iglesia no hay estrellas. Estamos llamados a ser una constelación. Quien cultiva su imagen no ama a Jesús. Quien ama a Jesús se oculta como humilde siervo.
Porque sólo Jesús es la Luz del mundo. No hay servicio mejor que ser misionero. Llevar por todas partes la luz que es Jesús. Su ansia: que todo arda, que todo esté iluminado. La misión es como construir un gran cableado hasta los últimos rincones de la tierra. Para que nadie quede a oscuras. Porque la luz no es nuestra. Es Luz del Mundo. Y el mundo la necesita. ¡Nosotros también!
Hay alguien detrás de cada Grande. Detrás de cada escritor que conoces, hubo un editor que apostó. Detrás de cada campeón, un entrenador que creyó. Detrás de cada estrella, alguien que dijo: “Este va a brillar”.
¡Detrás de Jesús estuvo Juan!
Juan Bautista era impresionante. Profeta solitario, contracorriente, convocando multitudes al desierto para refundar el pueblo desde cero. Bautismo radical. Cambio total. Un líder indiscutible.
Pero cuando vio a Jesús, todo cambió.
“Yo tengo que disminuir para que Él crezca”.
Juan se convirtió en pura señal. En dedo que apunta. En voz que grita: “¡ÉL!”.
“Yo no lo conocía” —repite Juan dos veces. Pero Dios le dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése es”. Y Juan estuvo atento. Vigilante. Esperando. Y cuando lo vio venir, supo.
“¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”
¡Corderito joven! (¡ese es el significado de “àmnós”, en griego). No águila imperial. No león rugiente. ¡Corderito! Pequeño, vulnerable, expuesto a los lobos. Y “que carga con el pecado del mundo”: “airón” es el término que indica que “carga sobre sí y se lleva…” ¡Ese es Jesús, Corderito sobre el que desciende el Espíritu Santo!
La paradoja nos rompe el corazón: el que trae el Espíritu es el mismo que carga el pecado del mundo. El inocente que se lleva la culpa. El limpio que carga lo sucio. Para librarnos.
Juan nos enseña tres cosas que nos conmueven
UNA. El evangelizador no se anuncia a sí mismo. Siempre apunta a Jesús. Tú y yo también.
DOS. No transmitimos ideas. Transmitimos experiencia. Solo evangelizamos cuando HEMOS VISTO a Jesús.
TRES. Conocer a Jesús nos habilita para ser testigos. No antes.
¿Qué vio Juan en Jesús para transformarse en “señal” -dedo- que indica a Jesús? Vio ternura: el “corderito” (àmnós”) que no viene con aires de grandeza. Vio entrega sin límites: alguien dispuesto a cargar con el mal del mundo para liberarnos de la culpa que nos aplasta. Vio capacidad de unir: alguien capaz de reunir, restaurar, crear unidad entre los diferentes, establecer la gran Alianza.
Hoy la pregunta no es qué sabemos de Jesús. Es: ¿Lo hemos visto?
Porque solo quien lo ve puede señalarlo. Solo quien experimenta puede evangelizar. Solo quien conoce puede amar.
Juan puso toda su vida al servicio de ese anuncio. ¿Y nosotros? ¿Seremos testigos del Cordero que carga nuestro pecado?
¿Seremos voz que grita en el desierto de este mundo: “¡ÉL!”? Lo imposible es posible cuando dejamos de ser el centro.
Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”
Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.
El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo: 1) la Misión y vocación cristiana; 2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida; 3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia; 4) la oscuridad de la fe; 5) el reinado de Dios y la nueva Alianza; 6) el pecado y el perdón; 7) la hora del Esposo; 8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.
Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.
Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”
Concluye el año litúrgico. Llegamos al final de nuestro camino espiritual. Y la madre Iglesia nos pone ante nuestra mirada a Jesús, rey del universo. Las tres lecturas nos introducen en el misterio de la realeza de Jesús: hijo del rey David o la reunión de los hermanos dispersos (segundo libro de Samuel), el rey Crucificado y la vuelta al Paraíso (evangelio de Lucas) y el “Hágase la Luz” del Reino en la nueva Creación (carta a los Colosenses).
Primero: Reunión de los hermanos dispersos
La primera lectura nos habla del rey David, que reúne en un solo pueblo a las doce tribus de Israel, antes dispersas y enfrentadas. Se acercaron a verlo y le dijeron: “¡Hueso y carne tuya somos!”. Los ancianos lo ungieron como rey de Israel, como su líder y su pastor, reconociendo que era el elegido de Dios. Y Dios le prometió que siempre tendría un descendiente y que su casa permanecería para siempre.
Y así sucedió. El ángel Gabriel le anunció a María, la esposa de José, hijo de David: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin”.
Segundo: De vuelta al Paraíso, al nuevo Edén
La lectura del Evangelio nos presenta el tramo final de la vida de Jesús. Ante Pilato Jesús proclamó: “Yo soy Rey” (Jn 18,37) y, por eso, Pilato mandó poner en la cruz esta inscripción: “Éste es el Rey de los judíos” (Lc 23,38). Las autoridades, el pueblo, los soldados y uno de los malhechores crucificados, se reían, burlaban y hacían muecas ante su Rey. Únicamente uno de los crucificados defendió la inocencia de Jesús y se dirige a Él, como un amigo hacia otro amigo… por su nombre: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc 23,42), al Paraíso. Murió mirando a Jesús, sufriendo con Él, esperando con Él.
Y la respuesta de Jesús fue: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El “hoy” es estremecedor. Le quita al viernes santo todo su carácter trágico. Y el Paraíso era el horizonte de esperanza y de felicidad.
Tercero: ¡Hágase la luz de la nueva creación!
La segunda lectura de la carta a los Colosenses nos pide que demos gracias a Dios nuestro Padre, porque nos ha sacado del reino de las tinieblas; nos ha trasladado -como al buen ladrón- al Reino de su Hijo querido y por hacernos compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Jesús es la Luz del mundo. Nosotros somos hijos de la luz, hijos del día. Donde reina el pecado allí hay tinieblas y queda frustrada la orden del Creador que al principio ordenó: “¡Hagase la Luz!”. Cuando Jesús murió las tinieblas cubrieron la tierra. Pero cuando resucitó, ya hay un ser que todo lo ilumina, es el Hijo querido, la imagen misma de Dios invisible, la primera criatura diseñada y generada, el modelo de toda la creación. “Todo fue creado por él y para él”.
Sin luz no hay creación. Sin Jesús-Luz del mundo nada existiría. Todo existe gracias a Él. Su reino es cósmico. Nada se libra de su luminosidad y su calor: ¡Él es la luz del mundo!
Pero también es la cabeza del Cuerpo, de la Iglesia, porque vino a reunirnos a todos como hermanos.
Conclusión
Confesemos, como el buen ladrón, a Jesús como nuestro Rey de Luz. Integrémonos en su Cuerpo, en su Iglesia, como miembros de Cristo, vivos, activos. No tengamos miedo a que nos reconozcan como sus seguidores. Consideremos a todos como hermanos. No idolatremos a nadie. Si somos de Cristo “reinaremos con Él”. O quizá mejor, nos espera su misterioso Paraíso.
El año litúrgico concluye siempre con un tono apocalíptico. No nos resulta muy agradable. Las tres lecturas de este domingo 33 tienen este tono: el profeta Malaquías contrapone el fuego que abrasa a los perversos a la luz que ilumina a los justos; san Pablo contrapone el trabajo creador a la parálisis destructiva de los vagos; Jesús-Maestro enseña a sus discípulos a no dejarse fascinar por lo que pasa, pero ser valientes en zonas de oscuridad y muerte, porque allí encontrarán la salvación.
¿Fuego que abrasa, o luz que ilumina?
El escenario apocalíptico es siempre estremecedor: en él se presenta la lucha final entre el bien y el mal.
El profeta Malaquías plantea la gran alternativa: el destino de los malvados y perversos será un “horno”, en el que serán quemados hasta que no quede de ellos ni rama, ni raíz. En cambio, el destino de los que honran el nombre de Dios será luminoso y transformador: “los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en sus alas”.
La luz de Dios es, para unos, horno que abrasa y destruye y, para otros, vida. ¡Ese será el destino de unos y otros!
¡La Promesa en medio de la catástrofe!
Jesús no se mostró comprensivo con quienes le ponderaban la belleza del templo de Jerusalén. Los puso alerta ante lo que iba a suceder:
Ante esa terrible profecía, los discípulos le preguntan:
Maestro, ¿cuándo va a suceder esto? Y ¿cuál será la señal?
¿Fuego que abrasa o luz que ilumina?
El escenario apocalíptico es siempre estremecedor: en él se presenta la lucha final entre el bien y el mal.
El profeta Malaquías plantea la gran alternativa: el destino de los malvados y perversos será un “horno”, en el que serán quemados hasta que no quede de ellos ni rama, ni raíz. En cambio, el destino de los que honran el nombre de Dios será luminoso y transformador: “los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en sus alas”.
La luz de Dios es, para unos, horno que abrasa y destruye y, para otros, vida. ¡Ese será el destino de unos y otros!
¡La Promesa en medio de la catástrofe!
Jesús no se mostró comprensivo con quienes le ponderaban la belleza del templo de Jerusalén. Los puso alerta ante lo que iba a suceder:
Ante esa terrible profecía, los discípulos le preguntan:
Maestro, ¿cuándo va a suceder esto? Y ¿cuál será la señal?
Entonces el maestro inicia su discurso apocalíptico. Y les dice:
Habrá guerras de pueblos contra pueblos, revoluciones; en diversos países, habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, grandes señales en el cielo.
También les predice a sus discípulos lo que les sucederá:
Falsos mesías intentarán engañarlos y seducirlos. Serán perseguidos, los llevarán a los tribunales, los encarcelarán; comparecerán ante reyes y gobernadores. Sus mismas familias (padres y hermanos) y los propios amigos los traicionarán y matarán a algunos. Y, por ser discípulos de Jesús, serán odiados por todo el mundo.
Al mismo tiempo, Jesús les pide valentía, porque Dios los protegerá y ni un cabello de la cabeza perecerá y quedarán a salvo.
Jesús – Maestro nos indica con su discurso que no nos dejemos fascinar por el “imperio de lo efímero”. Efímero quiere decir aquello sólo dura un día, o que es pasajero: pasa el encanto de la infancia, la belleza de la juventud, la fama de la adultez.
Jesús nos revela así, que algo inimaginable nos espera. Y conectando con la profecía de Malaquías, nos anuncia que una gran Luz nos iluminará y nos hará vivir sin ningún tipo de amenazas.
¡Nada ni nadie nos paralice!
Jeff Koons
El miedo paraliza y acobarda.
Había en la comunidad de Tesalónica, cristianos a quienes la expectativa del final del mundo les llevaba a “vivir sin trabajar”, “muy ocupados en no hacer nada”. Pablo les pide tranquilidad y ganarse el pan.
Él mismo se pone como ejemplo de cristiano valiente y trabajador. La acción humana en este mundo tiene sentido, aunque a veces se vea brutalmente interrumpida.
Conclusión
La palabra “apocalipsis” significa revelación. ¡Se abre el velo de aquello que estaba oculto!
Una Luz nos llega del Porvenir.
Y esa luz no resuelve nuestras preguntas, pero sí nos indica que el final no es oscuridad, ni frío.
¡Que hay salvación! Y esa es la clave para dar sentido a nuestra vida aquí.
El ambiente de guerra e inseguridad nos hace pensar: ¿qué sentido tiene una vida tan amenazada? ¿Será verdad que somos seres-para-la muerte? En cualquier momento nos vemos amenazados de muerte por dentro -en nuestro cuerpo- o por fuera… y la certeza de morir nos entristece.
Las lecturas de este domingo 32, nos invitan a contemplar la realidad desde otra perspectiva:
1.No hay fecha de caducidad para Amor.
2. Convertir el asesinato en sacrificio.
3. Y si pasa, ¿qué pasa?
¡No hay fecha de caducidad para Amor!
La lectura del Evangelio, nos presenta un escena que hoy también nos interesa muchísimo.
Los saduceos, se sirvieron ante Jesús de la casuística matrimonial para oponerse a la resurrección de los muertos. El mayor argumento contra la resurrección estaría –según ellos– en la misma Palabra de Dios (en el Pentateuco).
Pericle Fazzini
La ley del levirato establecía que si un hombre casado moría sin hijos, su hermano estaba obligado a tomar a la mujer viuda y darle descendencia. Esta era la única forma de escapar del reino de la muerte: ¡tener hijos!, ¡tener descendencia! Si de esto se veía privada una persona, ¿qué bendición de Dios podría tener? Por eso se establece que, al menos, no falte esta descendencia bendita.
Para darle un cierto tono irónico a la pregunta, los saduceos se refieren a siete hermanos –¡posible referencia a los siete hermanos Macabeos en cuyo relato se habla de la resurrección!–. En su respuesta Jesús no aborda el tema de los macabeos. Su respuesta es que los saduceos no conocen las Escrituras, ni siquiera el libro del Pentateuco en el que ellos se basan. ¡No conocen el poder de Dios!
Jesús afirma que después de la muerte todos nosotros, en cuanto hijos de Dios e hijos de la resurrección, no nos casaremos, viviremos como ángeles, hayamos estado casados aquí o no lo hayamos estado. En el mundo de la resurrección ya no se puede morir, como tampoco los ángeles del cielo pueden morir. Esto significa que casarse es una realidad propia del mundo de la muerte. Ése es el sentido de la ley del Levirato. Jesús relativiza mucho esta ley al privarla de su carácter salvador. Si alguien muere sin descendencia ¡no pasa nada! ¡No pasa nada si alguien no se casa! ¡Hay otra vida! Nos espera otra condición de vida para siempre.
Por otra parte, Dios es totalmente diferente a aquel que se crea nuestra imaginación. No hay muerte en Dios. El amor de Dios acompaña a una persona siempre, no acaba con la muerte. Nuestro Dios es un Dios de vivos.
Convertir el asesinato en sacrificio
La primera lectura, nos muestra que la violencia antirreligiosa existe desde hace muchísimo tiempo. Los hermanos Macabeos la experimentaron en su propia carne. Pero los hombres y mujeres que sienten la cercanía de Dios son invencibles, insuperables. Así lo demostró esta familia ejemplar, liderada por su madre. Quienes confían en Dios saben que la muerte, el asesinato, no tiene la última palabra. Por eso, convierten la muerte violenta en sacrificio, en culto a Dios y en misericordia sobre el mundo. Mueren alabando a Dios y perdonando los crímenes de los seres humanos.
Lo peor es cuando hay personas que piensan que matando hacen un favor a la justicia. Son idólatras. Sirven a ídolos de muerte que ellos mismos se han creado. Dios es Dios de la Vida, nunca, nunca de la Muerte.
Y si pasa, ¿qué pasa?
En la segunda lectura, Pablo desea a los cristianos dos cosas: consuelo eterno y hermosa esperanza. Él sabe que la comunidad cristiana, y cada miembro de ella, está amenazada por “hombres malos y perversos… personas que no son de fiar”. Éstos son instrumentos del Maligno.
La existencia cristiana es lucha. Rechaza las armas de la muerte, pero emplea las armas de la esperanza, del amor al enemigo, de la oración, de la paciencia.
Conclusión
Los seguidores de Jesús proclamamos que¡Somos-seres-para-la resurrección! Nos negamos a creer que el Amor sea derrotado por la muerte. El Amor desea superar cualquier barrera. ¿No fue el precioso libro el Cantar de los Cantares un grito de resurrección? ¡La Muerte no anegará a Amor! El amor que Dios nos tiene, no tiene fecha de caducidad. Y Jesús se lo dijo a los saduceos que no creían: nuestro Dios no es un Dios de muertos.
Sí, estamos en manos de la Vida. Y la Vida vencerá a la Muerte.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
Canción: Sin Caducidad para el Amor
TEXTO: SIN CADUCIDAD PARA EL AMOR
ESTRIBILLO]
No hay fecha de caducidad para Amor,
La Vida desafía la muerte y el dolor.
Nos sostiene el poder de Dios viviente,
Su luz nos rescata, nos hace resistentes.
[Estrofa 1]
1. Cuando la guerra y la inseguridad nos cercan
y la muerte amenaza por dentro y fuera
la tristeza invita a rendirse sin consuelo
pero el amor de Dios sostiene nuestro vuelo
2. La ley del levirato buscaba descendientes
creer que la vida termina en los ausentes.
mas Jesús revela que hay otra verdad
¡Vida eterna y resurrección en su bondad!
[ESTRIBILLO]
No hay fecha de caducidad para Amor,
La Vida desafía la muerte y el dolor.
Nos sostiene el poder de Dios viviente,
Su luz nos rescata, nos hace resistentes.
3. La violencia intentó apagar la esperanza
Los macabeos con fe y sin venganza
transformaron el asesinato en sacrificio,
convirtieron la muerte en culto y servicio
4. En la lucha diaria, Pablo nos anima,
consuelo y esperanza nunca se resignan.
Frente al mal, la fe nunca desarma,
en el Amor resucitado, todo trauma se sana.
[ESTRIBILLO]
No hay fecha de caducidad para Amor,
La Vida desafía la muerte y el dolor.
Nos sostiene el poder de Dios viviente,
Su luz nos rescata, nos hace resistentes.
EL CORDERO DE DIOS Y LA OTRA HUMANIDAD: en el día de Todos los Santos
Hoy celebramos a Todos los Santos. Y quizá hayamos venido con esa familiaridad que adormece: las flores en el cementerio, las oraciones de siempre, las imágenes conocidas. Pero dejemos que la liturgia de hoy nos despierte de ese sueño peligroso de la costumbre.
El Cordero inmolado: un escándalo que sigue vivo
Zurbarán
El Apocalipsis nos presenta hoy al Cordero inmolado. Emmanuel Falque, uno de los grandes filósofos contemporáneos, nos recuerda algo perturbador al hablar de las “Las Nupcias del Cordero”: este Cordero no es una metáfora piadosa, es un cuerpo desgarrado que se ofrece. Es “Eros divino” hecho carne vulnerable. No es la imagen edulcorada que colgamos en nuestras paredes, sino el escándalo de un Dios que se deja matar por amor.
Cuando el Apocalipsis -y también la celebración eucarística, en el momento primero de la comunión- proclama: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19:9), no nos está invitando a una ceremonia formal, sino a unas nupcias: al encuentro más íntimo, más comprometedor, más transformador que podemos imaginar. El Cordero nos desposa con su muerte y su resurrección. Y nosotros, ¿seguimos siendo meros espectadores?
Los santos: no devoción, sino comunión viva
Aquí está el segundo despertar que necesitamos. El Concilio Vaticano II, en el capítulo 7 de la Lumen Gentium, no nos habla solo de nuestra devoción hacia los santos. Dice algo radicalmente distinto: nos habla de “esa comunidad que en el Espíritu se relaciona con nosotros”.
¿Lo captamos? No somos nosotros los únicos que nos dirigimos a ellos. Ellos se mueven hacia nosotros. La comunidad santificada en el Espíritu está viva, activa, en relación dinámica con nuestra humanidad peregrina. Los santos no son estatuas que observan desde lejos; son hermanos y hermanas en la plenitud de la vida que nos acompañan, nos impulsan, nos retan.
Esta es una verdad que debería sacudirnos: no estamos solos en nuestro camino. Caminamos rodeados de una nube de testigos que ya han atravesado el fuego, que conocen nuestras luchas, y que desde la cercanía de Dios interceden y colaboran con nosotros en el Espíritu.
La otra humanidad: no es “basura cósmica”
Y ahora la pregunta más incómoda: ¿Qué es lo que celebramos hoy realmente? ¿Una colección de superhéroes espirituales inalcanzables? No. Celebramos “la otra humanidad”: la humanidad resucitada, transfigurada, la humanidad en su verdad definitiva.
Los santos no son la excepción: son la revelación de lo que estamos llamados a ser. No son basura cósmica para los cementerios; para Dios son la recuperación de lo más bello, lo más verdadero, lo más valioso de la creación. Son la promesa cumplida de que nuestra carne, nuestras luchas, nuestras alegrías, nuestro trabajo, nuestro amor… todo eso tiene un destino eterno.
Cuando miramos a los santos, no estamos mirando a extraterrestres espirituales. Estamos mirando a nosotros mismos en nuestra verdad escondida. Ellos son el espejo de lo que podemos llegar a ser si nos dejamos desposar por el Cordero.
El reto: despertarse
Hermanos, la pregunta de hoy no es: “¿Cuántos santos conocemos?” La pregunta es: “¿Nos dejamos tocar por esta comunión viva?”
¿Vivimos consciente de que no caminas solo, de que los santos te acompañan, te empujan, oran por ti?
¿Nos atrevemos a creer que nosotros también estamos llamados a ser parte de esa “otra humanidad” resplandeciente?
¿Nos dejamos desposar por el Cordero, con todo lo que eso implica de vulnerabilidad, de entrega, de transformación?
O seguiremos viniendo a esta fiesta como quien cumple un trámite, sin dejarnos impactar por el fuego que arde en el corazón de esta celebración.
Conclusión: invitados al banquete
Van Eyck “La adoración del Cordero Místico
“Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.” Esta no es una invitación para mañana o para después de la muerte. Es para hoy. Es para esta Eucaristía. Es para nuestra vida concreta, con sus alegrías y sus heridas.
Los santos no son un museo del pasado. Son la comunidad viva que te llama, te desafía, te acompaña. El Cordero no es una idea teológica. Es el Esposo que te espera con los brazos abiertos, con las heridas abiertas.
Que esta fiesta de Todos los Santos nos despierte del adormecimiento. Que nos lance a la aventura de la santidad. Que nos haga conscientes de que ya estamos, aquí y ahora, rodeados por esa “otra humanidad” que nos grita: “¡Ven! ¡Tú también estás llamado! ¡No tengas miedo!”