DOMINGO 4º. ADVIENTO. CICLO A

EL “FIAT” SILENCIOSO DE JOSÉ

El drama de José

Imaginemos esa noche. Tratemos de entrar en el corazón de este hombre. La mujer que ama, María, su prometida, espera un hijo… y él sabe que ese hijo no es suyo. En aquella sociedad, en aquel contexto, esto no era un simple escándalo social. Esto podía significar la muerte para María. La lapidación. El final.

Y aquí aparece la grandeza de José: el Evangelio nos dice que “era justo”. Pero ¿qué significa esto? A primera vista, podríamos pensar que José quería repudiar a María porque la ley se lo permitía, porque era lo correcto según las normas. Pero no. José era justo de una justicia más profunda, más evangélica, más divina.

José era justo porque amaba más allá de la ley. Era justo porque prefería perderlo todo antes que condenarla. Era justo porque, ante el misterio que se desplegaba ante sus ojos, tuvo la humildad de reconocer: “Aquí hay algo que me supera. Aquí está actuando Dios. ¿Quién soy yo para entrometerme?”

José pensó en apartarse no por dureza de corazón, sino por respeto al misterio. No se sentía digno. María había sido elegida por Dios… ¿y él? Él era simplemente José, el carpintero. ¿Cómo iba él a insertarse en este plan divino?

El hijo de David

Pero hay algo más, que no podemos pasar por alto. José era “hijo de David”. Descendiente del gran rey David. Era davídida. Pertenecía al linaje real de Israel.

Y aquí está la paradoja histórica más impresionante: José, el carpintero de Nazaret, era el heredero legítimo del trono de David. Herodes, en cambio, el que se hacía llamar “rey”, no lo era. Herodes era un usurpador, un rey ilegítimo impuesto por Roma.

El verdadero rey trabajaba con las manos en un taller. El verdadero heredero del trono estaba en la sombra, en el silencio, en la humildad. Y es precisamente a través de él que Jesús será llamado “hijo de David”, el Mesías esperado, el Rey de reyes.

Dios tiene un sentido del humor y una pedagogía impresionantes: el Rey del universo no entra en la historia a través de palacios, sino a través de un carpintero. No a través del poder político, sino a través de la obediencia humilde.

El ángel y el fiat de José

Y entonces, en medio de esta crisis, de esta incertidumbre, de este dolor… Dios interviene. Un ángel se le aparece en sueños a José y le dice: “José, hijo de David” —¡fíjémonos cómo lo llama!, ¡por su dignidad real!— “no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”.

“No temas”. Qué palabras tan importantes. El ángel no le dice: “Va a ser fácil”. No le promete comodidades. No le garantiza que la gente entenderá. Simplemente le dice: “No temas. Hazlo aunque tengas miedo. Acoge. Recibe. Di que sí”.

Y aquí está el paralelismo más hermoso: así como en el Evangelio de Lucas el ángel Gabriel se aparece a María y ella responde con su “fiat” —”Hágase en mí según tu palabra”—, aquí, en el Evangelio de Mateo, tenemos el “fiat” de José. Un fiat silencioso, pero no por ello menos poderoso.

María dijo: “Hágase”. José no pronunció palabra… pero hizo lo que el ángel le mandó.

El fiat de María fue en palabras. El fiat de José fue en acción pura.

Dos anunciaciones. Dos síes. Un solo misterio: la Encarnación del Hijo de Dios.

Obra del Espíritu Santo

Y el Evangelio es muy claro, hermanos: “Lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”.

¡Qué afirmación tan impresionante! ¡Qué obra de Dios tan certera, tan única, tan sorprendente! El Espíritu Santo, el mismo que aleteaba sobre las aguas en el momento de la creación, el mismo que ungió a los profetas y reyes, el mismo que inspira y santifica… ese mismo Espíritu está obrando en el vientre de María.

Dios no necesitaba de José biológicamente. Pero lo necesitaba humanamente. Lo necesitaba para proteger. Para dar nombre. Para dar linaje. Para dar hogar. Para ser padre en el sentido más profundo: el que ama, protege, cuida y enseña, sin necesidad de poseer.

José no es el padre biológico, pero es el padre verdadero. Porque la paternidad, hermanos, no es solo una cuestión de genética. Es una cuestión de amor, de acogida, de entrega.

El hombre que no se pone en el centro

Vivimos en una sociedad obsesionada con ser el primero. Con ser visto. Con ser reconocido. Con el protagonismo. Con el aplauso. Con las redes sociales donde todo debe ser exhibido, comentado, “likeado”.

Y en medio de todo eso, José nos enseña algo revolucionario: se puede cambiar el mundo sin estar en el centro. Se puede ser fundamental sin ser protagonista. Se puede amar sin necesitar el foco de atención.

José protege sin poseer. Ama sin controlar. Sirve sin buscar aplausos. Obedece sin preguntar. Acoge sin entender completamente.

En una sociedad que habla tanto de masculinidad tóxica, de abuso de poder, de control… José es el antídoto perfecto. José es la masculinidad redimida: fuerte, pero tierna. Protectora, pero no posesiva. Honesta, sin ego inflado. Decidida, pero humilde.

José es el hombre que sabe hacerse a un lado para que Dios actúe. Y paradójicamente, al hacerse a un lado, se convierte en indispensable.

La pregunta que nos hace José

Mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, José nos hace una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Podemos acoger lo que no entendemos? ¿Podemos amar aunque nos cueste? ¿Podemos decir que sí a Dios aunque tengamos miedo? ¿Podemos ser “segundo violín” si la sinfonía lo requiere?

Porque José cambió el mundo diciendo “sí” en silencio. Y ese silencio todavía resuena. Ese silencio nos interpela. Ese silencio nos invita a una fe más profunda, más confiada, más adulta.

Conclusión

Cuando José se despertó, dice el Evangelio, “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.

Qué frase tan simple. Qué frase tan poderosa.
No sabemos qué pensó. No sabemos qué sintió. No sabemos si tuvo dudas o miedos adicionales. Solo sabemos una cosa: obedecióAcogióAmó.
En estos últimos días antes de Navidad, pidamos a San José que nos enseñe su secreto: el secreto de la obediencia humilde, del amor desinteresado, del servicio silencioso.
Que nos enseñe a acoger el misterio de Dios en nuestras vidas, aunque no lo entendamos completamente.
Que nos enseñe a decir “sí” con nuestra vida, aunque no pronunciemos grandes palabras.
Que nos enseñe a ser puentes para que otros encuentren a Jesús, aunque nosotros permanezcamos en la sombra.
Porque al final, hermanos, eso es lo que importa: no que nos vean a nosotros, sino que vean a Cristo.
José lo entendió. José lo vivió. José nos lo enseña.
Que su fiat silencioso resuene en nuestros corazones.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

Canción:

“EL FIAT SILENCIOSO DE JOSÉ

Estribillo
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Luz de tu amor, ven a mis miedos,
trae a mi noche tu resplandor.


I. El estupor de José (Narrador)
Tembló José, ardía la noche,
María espera en soledad.
Su pobre mundo se hace pedazos,
viene un hijo y no es su verdad.
El Santo Espíritu obra en María,
sin consultarle el corazón.
Tiembla, se siente atado y solo,
quiere marcharse de esa unión.


II. El ángel y el miedo (Ángel solista)
José, hijo de David, no temas,
todo este signo viene de Dios.
No es infidelidad ni engaño,
es pura gracia sobre los dos.
El que creó la luz con “Hágase”,
busca en tu casa techo y calor.
Toma a María, cuida al Mesías,
tu fiat calla su dolor.


Estribillo (José)
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Luz de tu amor ven a mis miedos,
trae a mi noche tu claridad.


III. El hijo de David oculto (Narrador)
Él, del linaje santo de David,
sin trono, espada ni poder.
Rey escondido en un taller humilde,
con sus heridas y su saber.
Mientras un falso rey teme y mata,
Dios elige la oscuridad.
En manos duras, fiel carpintero,
nace en silencio la realeza real.


IV. El gran arco del Fiat (Coro + Ángel)
Dijo el Señor: “Hágase la luz”,
y hubo caminos, cielo y mar.
Dijo María: “Hágase en mí”,
el Verbo vino a nuestra bondad.
José no habla, solo obedece,
hace en su vida lo que oyó.
Su fiat manso, hecho de gestos,
da un hogar tierno al Hijo de Dios.


Estribillo final (Todos)
Fiat, Señor, en mi silencio,
hágase en mí tu voluntad.
Como en María y como en José,
sea mi vida puro “hágase”.
Fiat, Señor, en mi silencio,
haz de mi noche tu Belén.
Que mi pequeño sí en la tierra
hable de Cristo, Rey y Emmanuel.

DOMINGO 3º. TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO A.

CUANDO HASTA LOS SANTOS DUDAN (Mt 11, 2-11)

La honestidad brutal de Juan

Imaginemos su situación: encerrado en la fortaleza de Maqueronte, en una celda húmeda y oscura. Antes vivía en el espacioso desierto: ahora sólo ve cuatro paredes. El que comía langostas y miel silvestre ahora depende del pan duro que le lancen sus carceleros. El que gritaba la verdad con libertad ahora solo escucha el eco de sus propios pensamientos.

Y en ese silencio forzado, le llegan noticias de Jesús. Pero no son las que él esperaba, cuando proclamaba: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles”. Esperaba un Mesías que derribara a los poderosos e hiciera justicia inmediata. Pero le cuentan que Jesús come con pecadores, que toca leprosos, que perdona a prostitutas, que habla de amor a los enemigos. Y Juan, en su celda, se pregunta: “¿Será este el Mesías que anuncié? ¿O me habré equivocado?”

Es la duda que nos atraviesa cuando la vida no resulta como esperábamos: “¿Todo esto tiene sentido? ¿De verdad vale la pena? ¿No habré malgastado mi vida?”

Nuestra duda cotidiana

Dudamos cuando rezamos y parece que nuestras oraciones rebotan en el techo. Dudamos cuando hacemos el bien y vemos que triunfa la injusticia. Dudamos cuando somos fieles a nuestros compromisos y otros que no lo son parecen más felices. Dudamos cuando enterramos a un ser querido demasiado pronto, cuando la enfermedad nos golpea sin explicación, cuando el sufrimiento de los inocentes nos parte el alma.

Y muchas veces, en nuestras comunidades cristianas, se nos ha hecho creer que dudar es pecado, que la duda es señal de poca fe, que los buenos cristianos nunca cuestionan nada. Pero eso es falso.

La duda no es lo contrario de la fe. La duda honesta es parte del camino de fe. Lo contrario de la fe no es la duda; es la indiferencia. Juan duda porque le importa, porque ha apostado su vida entera por esto. Si no le importara, simplemente se habría encogido de hombros.

La respuesta de Jesús

Y fijémonos en cómo le responde Jesús. No se ofende. No le dice: “¿Cómo te atreves a dudar de mí?” No le manda un discurso teológico ni le receta actos de fe repetitivos.

Jesús le responde con hechos concretos: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”.

Es como si Jesús le dijera: “Juan, sé que estás confundido. Sé que esto no es lo que esperabas. Pero abre los ojos a lo que realmente está pasando: donde había ceguera, ahora hay luz; donde había exclusión, ahora hay acogida; donde había desesperanza, ahora hay vida nueva”.

Jesús no responde con argumentos abstractos, sino con transformaciones reales. Y termina con una bienaventuranza preciosa: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí”. ¿Qué significa esto? Que dichoso el que, aunque no entienda del todo, aunque las cosas no sean como esperaba, aunque Dios actúe de maneras desconcertantes… sigue confiando, sigue buscando, sigue mirando hacia la luz.

Juan es grande precisamente en su duda

Y aquí viene lo más sorprendente del Evangelio. Después de que se van los discípulos de Juan, Jesús habla de Juan ante la multitud. Y no lo critica por haber dudado. Al contrario, lo ensalza: “No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista”.

Esto es revolucionario. Juan es grande ante Dios incluso en su duda. Es grande porque es honesto, porque es auténtico, porque busca la verdad aunque le duela. Dios no desprecia nuestras dudas; honra nuestra búsqueda sincera.

La santidad no consiste en no tener dudas, sino en seguir caminando a pesar de ellas. En seguir buscando luz aunque estemos en la oscuridad.

El Adviento de la duda

No finjamos certezas que no tenemos. Seamos auténticos ante Dios. Acojamos nuestras dudas con honestidad. Porque Dios prefiere nuestra duda honesta y no una fe fingida; prefiere nuestras preguntas y no nuestras respuestas automáticas. Cuando dudamos sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre el sentido de mi vida, sobre si merece la pena seguir creyendo, no estamos solos. Juan el Bautista nos acompaña. Y más importante aún: Jesús no se escandaliza de mi. Él me responde como respondió a Juan: “Mira, abre los ojos: yo sigo actuando”.

Mirar los signos

¿Dónde actúa Jesús hoy? Los ciegos siguen viendo: cada vez que alguien descubre que es amado tal como es. Los cojos siguen andando: cada vez que alguien encuentra fuerzas para seguir adelante. Los muertos siguen resucitando: cada vez que alguien que estaba muerto por dentro vuelve a la vida. Y los pobres siguen siendo evangelizados: cada vez que alguien descubre que su vida tiene dignidad y sentido.

Conclusión

Los cristianos – católicos somos una comunidad de buscadores honestos y no poseedores arrogantes de la verdad. Nuestra fe es un camino que hemos de recorrer, y no un punto de llegada donde todo está claro. Aunque dudemos y nos sintamos frágiles ,el Espíritu de Dios está con nosotros, cuando nos encontramos en la celda de la enfermedad, el fracaso, la soledad, la incomprensión.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

¡Preparad el camino al Señor! (Canción de Adviento)

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy.
Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 1] Una voz que clama en el desierto, susurra fuerte esperanza. Endereza ya tus caminos, pasa el Rey, pasa el amor.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 2] Renace el alma confundida, destierra toda mentira. Que la luz de la verdad brille, y reine la justicia.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 3] Camina con fe y esperanza, abramos la senda al Señor. Con obras de amor y perdón, llena el mundo con tu luz.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

[Estrofa 4] ¡Ven, Jesús, ven a mí, rompe las sombras y el fin! Con tu paz, con tu verdad, llena mi vida, mi cantar.

[Estribillo] Preparad el camino al Señor, escuchad su palabra viva hoy. Preparad el camino al Señor, abre el corazón y la voz.

DOMINGO 2º. TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO A

EL HOMBRE QUE GRITABA EN EL DESIERTO

Pero “conversión” no significa añadir alguna práctica piadosa a nuestra rutina. Metanoia, en griego, significa literalmente “cambiar de mente”, dar la vuelta completa. Es dejar de caminar en una dirección para tomar otra radicalmente distinta. Juan no invita a un retoque superficial. Invita a una revolución interior.

Y lo hace porque anuncia algo inminente: “Está cerca el reino de los cielos”. No dice “algún día vendrá”, sino “está cerca”, “ya llega”. El reino de Dios irrumpe en la historia, y nosotros seguimos distraídos, como si nada estuviera a punto de cambiar.

El profeta incómodo

Juan es un personaje extraño. Vestido de pieles, comiendo saltamontes, viviendo en el desierto. Nada que ver con los líderes religiosos de su tiempo, instalados en Jerusalén, con sus vestiduras impecables y su teología acomodada. Juan rompe todos los esquemas. Es la voz que grita donde nadie quiere escuchar: en el desierto, en el vacío, en el silencio incómodo.

Y sin embargo, “acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán”. ¿Por qué? Porque la gente intuía que aquel hombre decía la verdad. Una verdad sin filtros, sin diplomacia, sin concesiones. Y cuando uno está harto de medias verdades y de palabras huecas, la autenticidad tiene un poder magnético irresistible.

Cuando llegan los fariseos y saduceos, Juan no les da la bienvenida cortésmente. Les grita: “¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?”. Palabras que hoy serían inaceptables en cualquier púlpito. Pero Juan no busca agradar. Busca despertar. Y a veces, despertar duele.

“No os hagáis ilusiones pensando: ‘Tenemos por padre a Abrahán’”. Es decir: no vale escudarse en la tradición, en la pertenencia, en las credenciales religiosas. Dios puede sacar hijos de Abrahán hasta de las piedras. Lo que cuenta es el fruto real de la vida, no el apellido espiritual que llevamos.

El bautismo del agua y el bautismo del fuego

“Yo os bautizo con agua”, dice Juan, “pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo”. El bautismo de Juan era un signo externo de arrepentimiento. Importante, sí, pero insuficiente. El que viene después —Jesús— bautizará “con Espíritu Santo y fuego”.

El fuego purifica. Quema lo que sobra, lo falso, lo accesorio. Deja solo lo esencial, lo verdadero. Y eso, hermanos, es lo que necesitamos en 2025. No más barniz. No más apariencias. No más religión de escaparate. Necesitamos ese fuego que transforma desde dentro, que nos devuelve a nosotros mismos pero renovados, auténticos, vivos.

El poeta polaco Czesław Miłosz, Premio Nobel de Literatura, escribió algo que resuena profundamente con este Adviento: “En la vida de cada uno hay un momento en que está cerca de la grandeza, la luz, lo real. Y luego se olvida”. Juan nos recuerda ese momento. Nos sacude para que no lo olvidemos.

El vástago de Jesé: el sueño de Isaías

El profeta Isaías, que Juan cita, había anunciado algo imposible: un brote del tronco de Jesé, un rey dotado con la plenitud del Espíritu —sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios—, que juzgaría con justicia y defendería a los pobres. Un rey bajo cuyo reinado el lobo habitaría con el cordero, el leopardo se echaría con el cabrito, el ternero y el león pacerían juntos.

¿Utopía? Quizá. Pero el cristianismo es precisamente eso: creer que lo imposible puede hacerse presente. Que los incompatibles pueden reconciliarse. Que la violencia puede ser vencida por el amor. Que el odio puede ser transformado en perdón.

En nuestro mundo de 2025, polarizado hasta el extremo, donde cada bando se atrinchera en su verdad y demoniza al otro, este sueño de Isaías suena ridículamente ingenuo. Pero ahí está la radicalidad del Evangelio: no se adapta a nuestro cinismo. Nos desafía a creer que otro mundo es posible.

Lo escrito es para nosotros

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos dice algo crucial: “Lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñanza nuestra”. El pasado no es arqueología. Es memoria viva, alimento para el presente. Las promesas de Dios a Israel no han caducado. La esperanza de los profetas no es nostalgia. Es combustible para hoy.

Pablo nos invita a “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, a acogernos mutuamente “como Cristo nos acogió”. No se trata de una moral de manual, sino de compartir la mirada de Jesús sobre el mundo, sobre los demás, sobre nosotros mismos. Y esa mirada es siempre de acogida, de misericordia, de esperanza inquebrantable.

El desierto de 2025

Juan gritaba en el desierto de Judea. ¿Dónde está nuestro desierto hoy? No es geográfico. Es existencial. Es el ruido constante que nos impide escuchar. Es la saturación de información que nos deja sin criterio. Es la soledad en medio de la hiperconexión. Es la ansiedad que nos paraliza.

Y en ese desierto, sigue resonando la misma pregunta: ¿estás dispuesto a cambiar de dirección, o solo das vueltas en círculo?

Juan preparaba el camino al Señor. ¿Cómo preparamos nosotros ese camino? No con grandes gestos, sino con honestidad radical. Con la disposición a reconocer dónde nos hemos equivocado. Con la valentía de dejar morir lo que ya no da vida. Con la apertura a ese fuego del Espíritu que purifica y renueva.

“Ya toca el hacha la raíz de los árboles”, dice Juan. No es una amenaza. Es una invitación urgente. El tiempo se acaba. No para condenarnos, sino para liberarnos. Para que dejemos de fingir y empecemos a vivir de verdad.

Adviento: el tiempo de lo real

Este Adviento no nos pide ser perfectos. Nos pide ser reales. Reales con Dios, reales con los demás, reales con nosotros mismos. Como Juan en el desierto: sin máscaras, sin poses, sin mentiras piadosas.

El reino de Dios está cerca. El “más Fuerte” viene. Y cuando llegue, no nos preguntará por nuestras credenciales religiosas, sino por el fruto de nuestra vida. ¿Hemos amado de verdad? ¿Hemos acogido al diferente? ¿Hemos trabajado por la justicia? ¿Hemos sido, aunque sea un poco, anticipo de ese mundo donde el lobo habita con el cordero?

Hermanos y hermanas, después de tantos años reflexionando sobre estas cosas, les digo con toda sencillez: no compliquemos el Evangelio. Juan no lo complicó. Una sola palabra: Convertíos. Porque está cerca el reino de los cielos.

Que este Adviento sea para cada uno de nosotros ese momento de cercanía con “la grandeza, la luz, lo real” del que hablaba Miłosz. Y que no lo olvidemos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

1 DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO A

¿Y… CUANDO LLEGUE … “EL QUE TIENE QUE LLEGAR”?

¿Qué nos está diciendo Jesús hoy?

Algo que nadie quiere escuchar: ¡tu vida puede cambiar en un instante!. No cuando estés listo. No cuando hayas terminado tus proyectos. Sino justo cuando creas que todo está bajo control.

Y luego viene esa imagen que nos estremece: “Dos estarán en el campo: uno será tomado, el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será tomada, la otra será dejada.”

Esta es nuestra experiencia humana más dolorosa: ver cómo las relaciones se desgajan, cómo los caminos se separan. Dos personas juntas, haciendo exactamente lo mismo. Mismo lugar, mismo trabajo, misma vida. Y de pronto, cada uno por su lado.

Pero escuchemos bien: Jesús no nos habla de una tragedia cósmica. La llegada del Hijo del Hombre no es el fin del mundo como castigo. Es la llegada en gloria del Jesús de los Evangelios, del Hijo de Dios que viene a encontrarse con nosotros.

¿Cómo será este encuentro?

Y aquí está la pregunta que nos atraviesa: ¿cómo será ese encuentro?

¿Tendremos que avergonzarnos? ¿Será bochornoso, incómodo, porque no hemos creído en Él? ¿Porque hemos vivido como si no existiera? ¿Porque lo hemos dejado en segundo plano mientras perseguíamos mil cosas que al final no importan?

O, por el contrario, ¿será el encuentro más esperado, más maravilloso de nuestra vida? ¿Podremos mirarle a los ojos y decirle: “Tú sí que eres el Redentor del mundo, el Liberador, el que hace realidad nuestros mejores sueños”?

Esa es la diferencia entre los dos que estaban en el campo. No es dónde estaban. Es cómo estaban. Despierto o dormido. Presente o ausente. Vivo de verdad o solo sobreviviendo en automático.

¡Estad en vela!

Por eso Jesús nos dice: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.”

Adviento no es nostalgia de un nacimiento de hace dos mil años. Adviento es ahora. Es prepararte para lo Inesperado que irrumpe en tu vida hoy.

Esa llamada que no esperabas. Ese diagnóstico que lo cambia todo. Esa oportunidad que aparece de la nada. Ese encuentro que parte tu historia en dos. Y sí, también esa llegada definitiva del Señor que no sabemos cuándo será.

Cuando llegue lo Inesperado

Y cuando llegue lo Inesperado —porque llegará—, puede ser de dos formas: gracia que te transforma, te eleva, te despierta… o desgracia que te encuentra vacío, distraído, ausente de ti mismo.

Adviento es recuperar la capacidad de sorprendernos. De soñar. De esperar lo extraordinario en medio de lo ordinario.

No vivamos como si Dios fuera un espectador lejano de nuestra rutina. Él viene. Está viniendo. Quiere irrumpir en tu vida, no para condenarte, sino para realizarte, para hacer realidad lo que ni siquiera te atreves a soñar.

Conclusión

La pregunta no es cuándo vendrá lo Inesperado.

La pregunta es: cuando llegue… ¿nos encontrará despiertos?

Que este Adviento nos despierte del sueño. Que reavive en nosotros la esperanza. Que nos prepare para recibir al que viene no con vergüenza, sino con el corazón abierto de quien espera al Amigo, al Salvador, al que da sentido a todo.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 4. TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO C

EL SALUDO DE LA VIDA

Dividiré esta homilía en cuatro partes:

  • El saludo de María
  • El himno-respuesta de Isabel
  • El trasfondo del encuentro de las dos mujeres-madre.
  • ¿Por qué Jesús nos pidió “no negar el saludo a nadie”?

El saludo de María

Las palabras de María, cargadas de energía poderosa, son “dabar” – acontecimiento, como decían los hebreos. Esta palabra vigorosa transforma a Isabel, llenándola del Espíritu Santo.

El Evangelio de Lucas nos presenta la fuerza imprevisible de un saludo. María, portadora de la Vida divina, entra en casa de Zacarías y saluda a Isabel. No es un saludo convencional, sino un deseo profundo de vida para su pariente anciana, que ha concebido tras años de esterilidad.

Se produce una admirable comunicación entre el Espíritu que habita en María e Isabel, la antes estéril, ahora fecunda y morada del Espíritu.

El himno-respuesta de Isabel

Isabel, llena del Espíritu, responde con energía. Su palabra se vuelve profética, bendiciendo a María y al fruto de su vientre.

Para los hebreos, la bendición del vientre era primordial, pues un vientre estéril se consideraba una maldición. El salmo 127 celebra esta bendición:

 “La herencia del Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre”.

El saludo de María provoca un segundo efecto: el niño en el vientre de Isabel salta de alegría – “agallíasis” en griego – la alegría de la victoria final.

Los Santos Padres interpretaban este momento como la santificación de Juan el Bautista en el seno materno.

El trasfondo del encuentro de las dos mujeres-madres

La carta a los Hebreos interpreta este encuentro como la entrada de Jesús, el Mesías, en el mundo. Él llega como la ofrenda más agradable a Dios, superando el sistema de sacrificios del Templo. El hijo de María cumplirá la voluntad de Dios, santificándonos a todos por la oblación de su cuerpo.

Miqueas profetiza que este acontecimiento ocurrirá en una pequeña aldea de Judá. La madre dará a luz al pastor de Israel, trayendo paz y unión entre los hermanos.

¿Porqué Jesús nos pidió “no negar el saludo a nadie”?

Jesús nos enseñó a no negar el saludo a nadie: “Si solo saludáis a los que os saludan, ¿qué mérito tenéis?” (Mt 5,46-47).

El saludo inaugura la llegada de la vida y la buena noticia. Como María, los discípulos de Jesús deben salir presurosos a anunciar el Evangelio.

Reflexionemos: ¿Qué estamos haciendo con nuestros saludos? ¿Transmiten vida? ¿Somos conscientes de nuestro poder para dar vida a los demás? Quien está lleno de Espíritu, transmite espíritu; quien está vacío, solo formalismo.

Conclusión

Como dijo el poeta John O’Donohue:

“Un saludo puede ser un misterio, una manera de tender un puente y tocar la vida de otro ser humano”.

Este último domingo de Adviento nos enseña cómo saluda un mensajero de esperanza: sus saludos estremecen, cambian vidas y abren puertas a la novedad esperada.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 3. TIEMPO DE ADVIENTO. CICLO C

ALEGRÍA EN LA ESPERA

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • El “Ave María” del Antiguo Testamento – Sofonías
  • En la desgracia llega la Gracia – Pablo
  • El mensajero de la Esperanza – Juan el Bautista

El “Ave María” del Antiguo Testamento

El profeta Sofonías nos trae un mensaje de júbilo: 

“Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo Israel… El Señor, tu Dios, en medio de ti es un guerrero que salva”. 

Estas palabras evocan el saludo del ángel a María, y hoy se dirigen a nosotros. Nos presentan a un Dios que baila y grita de alegría por nosotros, una imagen que desafía nuestras concepciones tradicionales y nos invita a una relación más íntima y gozosa con Él. 

El profeta, añade algo sorprendente: ¡Dios baila y grita de alegría! “Esta imagen revela a un Dios que celebra nuestra existencia con alegría exuberante y amor incondicional. Activamente presente en nuestras vidas, nos invita a encontrar gozo en Su deleite por nosotros. Esta metáfora desafía nuestra fe, llamándonos a una relación más íntima con un Dios que nos valora profundamente.”

En la desgracia llega la Gracia

Pablo nos exhorta: “¡Alegraos siempre!”. La razón de esta alegría es la cercanía del Señor. En momentos de tribulación, esta conciencia de la presencia de Dios nos ofrece consuelo y paz. 

La cercanía de Dios es activa y nos da motivos para no inquietarnos, para presentar nuestras necesidades ante Él, y para vivir en paz.

El mensajero de la Esperanza

Juan el Bautista emerge como el heraldo de la esperanza, preparando el camino para Aquel que es mayor. Su humildad nos enseña a no idolatrar a ninguna persona o cosa, reconociendo que solo Cristo es la fuente verdadera de nuestra esperanza. 

Juan nos muestra cómo podemos ser mensajeros de esperanza en nuestro propio entorno, invitándonos a la acción concreta y a la apertura hacia la verdadera Luz que está por venir.

Conclusión

Evoquemos las palabras del papa Benedicto XVI: 

“El Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo particular, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede borrar”.

José Cristo Rey García Parees, CMF

DOMINGO 2. ADVIENTO. CICLO C

¡ESPERAD Y CAMBIARÉIS!

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • ¡Fuera el luto! ¡Ilumina esa cara! – Baruc.
  • La obra buena será completada – Pablo –
  • ¡Preparando el camino – Juan Bautista

¡Fuera el luto! ¡Ilumina esa cara!

Hoy nos ha hablado el profeta Baruc. Fue mensajero de esperanza para el pueblo de Israel, y le dijo: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”.

Como en tiempos de Baruc también nosotros tenemos hoy experiencias de destierro. En la oración de la “Salve” decimos: “Y después de este destierro ¡muéstranos a Jesús!”. Estamos en la tierra… pero des-terrados. Esta no es nuestra casa definitiva. Estamos des-consolados, porque nos falta suelo para morar. Baruc nos insta a despojarnos del luto y vestirnos de fiesta: Dios está llegando y nos dará la tierra y nos consolará. Para ser felices sólo necesitamos sentirnos envueltos en su Presencia.

¡La obra buena será completada!

También Pablo es hoy mensajero de esperanza. Sentía un afecto muy especial por la comunidad de Filipos. Se ve constantemente en cada uno de los versículos de la preciosa carta que les escribió: “Esta es mi convicción: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante”“Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores”.

Dios no inaugura sus obras para abandonarlas después. Dios es fiel a sus proyectos y constante en sus propósitos. En nuestro obrar tenemos a Dios como nuestro humilde Aliado, que todo lo puede cambiar para mejor. En el día de Cristo estaremos ante Él limpios, irreprochables, cargados de frutos de justicia.

¡Preparando el camino!

En un contexto de estructuras imperiales y religiosas -el evangelista Lucas menciona a Tiberio Cesar, Poncio Pilato, Herodes, el tetrarca Felipe, Lisanias, los Sumos Sacerdotes- Dios no dirigió su Palabra a ninguno de ellos, sino al hijo de Zacarías, Juan, que moraba en el desierto en la más absoluta pobreza. Y fue Juan el elegido para gritar la gran noticia, alegría del mundo y camino hacia lo imprevisible, la luz de un nuevo amanecer.

Conclusión

Baruc, Pablo y Juan el Bautista nos han invitado a esperar con alegría la llegada del Señor. Aunque la realidad parezca desesperanzadora, “esperemos contra toda esperanza” porque Dios no dejará de cumplir sus promesas. Y la esperanza será el motor de nuestra transformación anhelada.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

1 domingo de adviento. ciclo c

DESPERTAR A LA ESPERANZA

  1. Un vástago de esperanza
  2. La sorpresa divina
  3. El abrazo universal de la redención

Un vástago de esperanza

Este es un momento para despertar. Imaginemos por un instante el anhelo de aquellos que vivieron antes de nosotros, que esperaron pacientemente la llegada del Salvador. Su esperanza no era una ilusión; era una promesa viva que resonaba en sus corazones. Hoy, nosotros también estamos llamados a vivir esa misma expectativa, a creer que soñando lo imposible se llega a lo imprevisible. En esta homilía, exploraremos tres aspectos fundamentales de esta esperanza renovadora:

En la primera lectura Jeremías, con visión profética, anuncia: “Llegan días en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá”. Esta promesa se materializó en el anuncio del ángel Gabriel a María. Aunque la espera fue larga, no fue en vano. En este tiempo de anticipación, el amor crece y el futuro se vislumbra con claridad.

La sorpresa divina

En la segunda lectura Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses, nos recuerda que la venida de Cristo no es un evento pasado, sino una realidad futura que transforma nuestro presente: “Vendrá el Día de improviso”, nos advierte el Evangelio. Esta espera activa nos invita a “levantar la cabeza” con esperanza, pues nuestra liberación se acerca.

El abrazo universal de la redención

La salvación que Cristo trae no es selectiva, sino universal. Como dijo Jesús: “Mi carne para la vida del mundo”. Estamos llamados a vivir en vigilia, expresando nuestra atención a través de la oración y contemplando los acontecimientos a la luz de su venida.

El Adviento nos desafía a vivir con esperanza audaz y a soñar con un futuro lleno de promesas divinas. Como dijo San Agustín: “La esperanza tiene dos hijas hermosas: la indignación y el coraje. La indignación nos enseña a no aceptar las cosas como están; el coraje, a cambiarlas”.

Conclusión

Y deseo concluir con unas palabras de San Agustín, “La esperanza tiene dos hijas hermosas: la indignación y el coraje”. Esta frase no desafía. Es una llamada a la transformación. Que nuestra indignación ante las injusticias nos impulse a actuar y nuestro coraje nos permita ser agentes de cambio. Este tiempo de espera es una oportunidad para reflejar la luz que deseamos ver en el mundo, renovando así nuestros corazones y nuestro entorno.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

Cuarto domingo de Adviento. ciclo b

“SI EL SEÑOR NO CONSTRUYE LA CASA” 

La liturgia de la Palabra de este domingo cuarto de adviento nos ofrece unas claves de respuesta. Dividiré la homilía en tres partes:

  • ¿Quién le construirá una casa a Dios?
  • En la “casa” de José y de María.
  • “Mi casa es toda de viento”

¿Quién le construirá una Casa a Dios?

La primera lectura tomada del segundo libro de Samuel nos relata un buen proyecto del rey David: mientras él moraba en un palacio de cedro, el arca de la Alianza estaba depositada en una humilde tienda de campaña. Con remordimiento, David se propuso construirle al Arca una digna morada: un templo y el profeta Natán -su profeta- lo animó a ello. 

Sin embargo, quedó David muy sorprendido cuando Dios le respondió: “No serás tú quien me construya una casa… Seré quien te construya a ti una casa permanente para que tu reinado no tenga fin y dure para siempre”.

En la “casa” de José y de María

La lectura del Evangelio ratifica aquella sorprendente promesa hecha por Dios a David. Un lejano descendiente de David, José, el esposo de María, sería el padre legal de Jesús. Y Jesús sería su hijo “legal” y, por lo tanto, descendiente también de David. El ángel Gabriel le ratificó a María, que su hijo heredaría el trono de David… y para siempre: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33). Con José y María se cumplió la inaudita profecía hecha a David: “tu reino no tendrá fin y durará para siempre”. 

Jesús no es una improvisación de Dios: es el final de un bendito proyecto. En él converge toda la historia: desde Adán y Eva “pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza” (Gen 3,15), desde David y el pueblo de Israel.  

A María se le revela todo el misterio del hijo de su seno: será Grande, será llamado Hijo del Altísimo, será Santo, reinará en la Casa de Jacob por los siglos de los Siglos, se sentará en el Trono de David su Padre. 

Sin embargo, el escenario nos volverá hacia la pobre tienda, donde estaba el arca de la Alianza. ¡Ahora se trata de una cueva de pastores, de un pesebre y no de un Gran Palacio! Además, el Niño Rey es perseguido a muerte por enl usurpador del trono davídico, Herodes. José protegió al Niño y a la Madre y “huyó a Egipto” y después volvió a Nazaret. A su hijo Jesús lo aclamaría la gente diciéndole: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! 

Mi casa es toda de viento 

Un villancico -con letra y música de los claretianos P. Tomé y P. Mielgo- se titulaba así: “Mi casa es toda de viento”. Todos tenemos experiencias de la inconsistencia de nuestras casas, de nuestras familias y comunidades.  Cualquier evento es capaz de tambalearla, de crear desunión, conflictos, abandonos… Cuando Dios bendice un matrimonio, se sueña con la casa construida sobre roca… pero a veces se descubre que fue construida “sobre arena” y ante las menores dificultades, comienza a derrumbarse. 

En cada celebración del matrimonio Dios desea “construir” con una casa con sólidos cimientos. María dijo: “Fiat” (¡hágase!). Porque “si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles” (salmo 126). 

Toda casa construida por nosotros es frágil, incierta. Hay que confiar mucho en quien la construye, que es nuestro Dios. Necesitamos una fe-roca, una casa construida sobre la roca, que es la fe. “Si el Señor está con nosotros, ¿quién contra nosotros”? En la segunda lectura nos lo recomienda san Pablo: ¡sed obedientes a la fe y esperadlo todo de Dios! 

Conclusión

Dios suele elegir a instrumentos débiles, para confundir a los fuertes. Nuestra debilidad tiene que convertirse en fortaleza. Los que se creen fuertes, en cambio, pueden perderlo todo. Se acerca la Navidad de los débiles, que lo pueden todo en Aquel que es su fuerza.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO B

LA ALEGRE ESPERANZA

  • La espera y la esperanza
  • La puerta de la Esperanza… siempre abierta 
  • Los rasgos de la esperanza

La espera y la esperanza

El pensador español Pedro Laín Entralgo nos regaló una excelente distinción entre “La espera y la esperanza”. La espera no es todavía esperanza: es “aguardar”. Cuando se aguarda, la incertidumbre se apodera de nosotros. ¡Estoy a la espera!¡Estoy aguardando… al autobús, mi turno… que me toque la lotería! 

La Iglesia se encuentra ahora en estado de “sínodo”. Estamos a la espera de sus resultados. Pero ¿tenemos esperanza o indiferencia? ¿Nos lanza hacia un futuro que creemos cierto o hacia lo incierto e inesperado?

La puerta de la Esperanza… siempre abierta 

La primera lectura respira esperanza. El profeta no está a la espera, sino que ya disfruta de aquello que esperaba: ha sido ungido por el Espíritu, proclama la realización de las promesas de Dios. Desborda de gozo. Ha llegado el momento del triunfo. Todo lo soñado está ya brotando. Y el salmo idéntifica a este profeta con María, la madre de Jesús, que proclama el Magnificat.

También la lectura del Evangelio abre la puerta de la esperanza. Tras largos siglos de espera, por fin, se le concede a Israel lo que esperaba: “por los profetas lo fuiste llevando con la esperanza de la salvación” -dice una de las plegarias eucarísticas-. Y ahora el evangelio proclama: “Surgió un hombre enviado por Dios…” Anunciaba el fin de la espera y abrió la puerta de la esperanza: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis… viene detrás de mí… no soy yo”. Y repite una y otra vez: ¡no soy yo! Hay uno que no conocéis, que viene detrás de mí”. ¡Hay que pasar de la espera a la esperanza!

 Los rasgos de la esperanza

La espera suscita en nosotros inquietud, nerviosismo, incertidumbre. Nos desagrada el tener que “esperar”, guardar fila, aguardar. Sin embargo, la esperanza nos moviliza, nos alegra. Y tenemos muchas razones para ello. Exclamemos con la primera lectura del profeta Isaías: ¡desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios”… hemos triunfado… brotan las semillas… Y con el Magnificat de nuestra madre María: el Poderoso ha hecho obras grandes por nosotros… su misericordia de generación en generación

La segunda lectura no pide algo que les falta a no pocos cristianos: ¡Estad siempre alegres! ¡Siempre! ¡Sed constantes en orar! ¡Constantes! ¡Dad gracias en toda ocasión! ¡En toda ocasión! Y el gran deseo: ¡Que el Dios de la paz os consagre totalmente hasta la venida de nuestro señor Jesucristo! El vendrá… cumplirá sus promesas.

Conclusión

La espera nos coloca ante la incertidumbre. La esperanza ante lo cierto.

Gran parte de la humanidad está a la “espera”. Quienes hemos recibido la gracia de la fe tenemos esperanza. Y una esperanza audaz, que supera cualquier contradicción. Por eso, un santo triste es un triste santo. Un adviento triste es un triste adviento.

José Cristo Rey García Paredes, CMF