LA PUERTA ESTRECHA, QUE NADIE MIRA
Hay una pregunta que atraviesa las tres lecturas de hoy, y no es cómoda: ¿cómo se ejerce la autoridad?
Malaquías no se anda con rodeos. Los sacerdotes debían ser guardianes de la Alianza, ejemplo de fidelidad. Y se habían convertido en lo contrario: engañaban, hacían favoritismos, se dejaban corromper. Habían olvidado lo esencial: dar gloria a Dios. Y el profeta termina con una pregunta que desarma: «¿No tenemos todos un solo Padre?»
Un solo Padre. Ahí está la clave de todo. Si hay un solo Padre, nadie es dueño de nadie. Todos somos hermanos.
Mirad entonces lo que hacen Pablo, Timoteo y Silvano. Escriben a los tesalonicenses y se les nota el corazón: «Os teníamos tanto cariño… os queríamos entregar hasta nuestras propias personas». Así se dirige una comunidad: con ternura, no con dureza.
Y Jesús lo remata en el Evangelio. Retrata a los que mandan para ser vistos: cargan fardos pesados sobre los demás y no mueven un dedo; buscan los primeros puestos, las reverencias, los títulos. Y propone otro sueño de Iglesia: «El primero entre vosotros sea vuestro servidor».
Imaginemos entonces dos puertas. Está la puerta grande, la del vestíbulo, por donde entran siempre las autoridades, entre saludos y reverencias. Y está otra, estrecha, sin alfombra ni protocolo, la de servicio, por donde entran los que trabajan, los que cargan, los siervos. Y por esa puerta entró Jesús mismo: nació en un establo y se ciñó la toalla para lavar los pies.
Y conviene decirlo con sencillez: también en la Iglesia hay favoritismos. Hay quien siempre entra por la puerta grande porque tiene apellido, cargo o influencia, y quien pasa inadvertido porque no tiene nada de eso. Eso es lo que Malaquías llamó profanar la Alianza.
Porque a los ojos del Padre no hay primeros ni últimos de categoría. Hay hijos. Y a veces los preferidos de Dios son los que nadie mira.
Quedémonos con una pregunta, en silencio: ¿hacia qué puerta se nos van cada día los ojos y los pasos?
Dice Jesús que el que se enaltezca será humillado. Que esta Eucaristía, donde el Señor mismo se hace siervo, nos enseñe a cruzar la puerta que nadie mira, que es la puerta del Reino.
José Cristo Rey García Paredes, CMF

