DOMINGO 5. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A
¡MUÉSTRANOS AL PADRE!
Tomás dijo lo que todos pensamos pero nadie se atreve a decir.
“Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?”
Qué valiente. Qué humano. Qué parecido a nosotros.
Porque hay momentos en que uno no sabe adónde va. En que el futuro es niebla. En que rezas y el cielo parece de piedra. Tomás no fingió entender. Y Jesús no lo regañó. Le respondió con una de las frases más grandes de la historia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
No dijo: te doy un mapa. Dijo: soy yo. El camino no es una idea. Es una persona. Pero entonces Felipe pidió algo que me llega muy adentro. Algo que yo mismo he deseado en más de un momento:
“Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”
Detengámonos aquí.
¿Hay algo más grande que pueda desear un ser humano? Ver el rostro del que nos creó, del que nos pensó antes de que existiéramos, del que nos ama sin límites. Felipe no pedía riqueza ni poder. Pedía lo único que colma el corazón hasta el fondo: contemplar la belleza de Dios Padre.
Y Jesús le respondió con ternura: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Jesús es el rostro visible del Padre. Su abrazo hecho carne. A ese corazón turbado —el de Felipe, el mío, el tuyo— Jesús le hace una promesa: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.
No nos pide que entendamos todo. Confiemos juntos en que Él va delante. En que en la casa del Padre hay lugar para cada uno. Con nuestra historia. Con nuestras dudas. Con nuestro nombre.
No necesitamos saber adónde vamos. Necesitamos saber con quién vamos. ¡Aleluya!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 4. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A
LA PUERTA QUE NADIE ESPERABA
Jesús estaba hablando de ladrones y bandidos. De pastores que entran por la puerta y de salteadores que saltan la tapia. Y ellos no entendían.

Entonces Jesús hizo una pausa, y dijo lo que nadie esperaba: “Yo soy la puerta.” No un maestro. No un profeta. No un líder religioso más. ¡La puerta que da acceso a la vida verdadera!
Los bandidos …los que roban, manipulan a las ovejas… no pasan por esa puerta. Se la saltan y entran por la tapia, aunque no están autorizados.
El Papa Francisco llamó mundanidad y clericalismo a este mal antiguo que corroe a la Iglesia. Esos pastores ya “no huelen a oveja”: vive lejos del rebaño; hablan un idioma que nadie entiende; se instalan cómodamente en el poder… Y Jesús hasta los llama “bandidos”. Cuando aparecen las ovejas tiemblan. Y huyen.
Cuando las ovejas escuchan -en cambio- la voz de Jesús, el corazón se aquieta. Se detienen. Lo siguen. No porque les obliguen. Porque lo reconocen. Porque esa voz les suena a casa.
El Buen Pastor huele a oveja. Se mete en el barro. Conoce tu nombre. No el nombre de tu expediente. Tu nombre. El que solo saben los que te quieren de verdad.
Junto a Jesús, en cambio, se respira. Se vive. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.”
Hoy quizás hay alguien aquí que siente que Jesús lo llama a ser pastor, a cuidar, a servir. A entrar por la puerta. A oler a oveja.
No lo pienses demasiado.
Y aunque camines hoy por sendas oscuras, no temas. Él va contigo. Su vara y su cayado te defienden.
Porque conoces su voz. Y ella te basta. ¡Aleluya!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 3. TIEMPO DE PASCUA. CICLO A
¡RECONOCER!

Iban caminando. Tristes. Con la cabeza gacha. Llevaban un cadáver dentro. Y Jesús estaba a su lado. Y no lo veían.
No es que fueran malas personas. Es que el dolor cierra los ojos. La decepción pone un velo. Cuando algo que esperabas no ocurrió, dejas de esperar cualquier cosa. Así iban los de Emaús.
Antoine de Saint-Exupéry lo escribió en El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos.” Llevaba razón. Lo más importante casi nunca se ve a primera vista.
Jesús no se rindió con ellos. Caminó. Escuchó. Entró en su casa. Y entonces —en ese gesto sencillo y humilde de partir el pan— lo reconocieron todo.
No fue en el gran discurso. Fue en la mesa. No fue en la argumentación brillante. Fue en el pan roto.
Hay personas que llevan años viniendo a misa. Conocen cada gesto, cada respuesta, cada momento del rito. Y sin embargo, algo falta. Van por inercia. Cumplen. Pero no encuentran. Son expertos en la liturgia… y extraños a Quien está en ella. Como los de Emaús: lo tienen delante y no lo ven.
El ritualismo sin corazón es otro camino a Emaús. Mucho caminar. Mucho hablar. Y Jesús, invisible.
¿Cuántas veces ha estado Jesús a tu lado y no lo has reconocido? En la persona que te escuchó cuando nadie más lo hacía. En la palabra que llegó justo a tiempo. En la paz inexplicable en el momento más oscuro.
Y aquí, en esta mesa. En este pan que se parte. En este vino que se derrama. Él se entrega de nuevo. No como recuerdo. Como presencia real. Como el mismo gesto de amor que descubrió todo a los discípulos de Emaús.
La Eucaristía no es un rito que cumplir. Es un encuentro que recibir.
Hoy tenemos otra oportunidad. Abramos los ojos. Dejemos que nos alcance.
¡Aleluya!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 2. PASCUA. CICLO A
“TOCAR AL RESUCITADO” – Domingo de la Divina Misericordia
Tomás quería tocar. No conformarse con palabras. No quedarse con el relato de otros. Quería meter la mano en el costado abierto de Jesús y saber, desde adentro, que era verdad.
Y Jesús no le negó ese deseo. Se lo concedió. Porque ese deseo —tocar al Resucitado— no es falta de fe. Es el deseo más hondo del corazón humano.
«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.»— Salmo 117.
Y ese mismo don se nos sigue dando. Aquí. Ahora. En la Eucaristía.
Cuando extiendes las manos y recibes la hostia, no estás recibiendo un símbolo ni un recuerdo. Estás tocando el Cuerpo de Cristo. El mismo Cuerpo que fue llagado, que resucitó glorioso, que Tomás tocó aquella tarde con el corazón temblando.
Los primeros cristianos lo sabían. Los Hechos lo dicen con una sola frase: perseveraban en la fracción del pan. No era una obligación. Era el centro. El lugar donde encontraban al Señor vivo.
Pedro escribe a comunidades que sufren y les dice: «Le amáis sin haberle visto.» Nosotros sí le vemos. Velado, pero real. En el pan partido. En el vino derramado. En las manos abiertas del sacerdote que repite sus palabras.
Hoy, domingo de la Divina Misericordia, acércate a comulgar como Tomás se acercó a las llagas: con hambre, con humildad, sin miedo. Y escucha lo que Jesús te dice en ese silencio después de recibir su Cuerpo:
«La paz esté con vosotros.»
José Cristo Rey García Paredes, CMF














