DOMINGO 4. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA FELICIDAD?
A veces me pregunto: ¿En qué estoy buscando yo la felicidad? ¿En lo que tengo, en lo que sé, en el reconocimiento?
Las tres lecturas de este domingo (Sofonías, Pablo, y sobre todo Jesús) nos dan un golpe de realidad. Nos recuerdan algo que a menudo olvidamos: Dios no elige lo impresionante. Elige lo que el mundo pasa por alto. Lo débil. Lo que no cuenta.
Jesús, el único Maestro, veía a la gente humilde, a la que sufre, y algo en Él se revolvía. Se llenaba de alegría. En ellos veía un terreno fértil para el Reino de Dios. Por eso subió a la montaña y nos soltó este manifiesto que nos sacude a todos:
“Dichosos los pobres en el espíritu
… los que lloran…
los que tienen hambre de justicia…”
No es un “felices los de allá”. Es un “felices nosotros”, cuando nuestro corazón está ahí”. Cuando dejamos de confiar en nuestras propias seguridades y confiamos solo en Él. Cuando, en nuestra pobreza –que todos tenemos de una forma u otra–, no dejamos de creer que Dios está haciendo algo nuevo.
Pablo nos lo dice claro a comunidades como la nuestra, como en Corinto: “Fijáos bien en vuestra propia asamblea”. Miremos a nuestro alrededor, miremos dentro. ¿No es cierto que Dios actúa precisamente en lo que nosotros despreciamos? En nuestras debilidades, en nuestras limitaciones… y en la gente que pasa desapercibida.
Este texto nos humilla si nos creemos muy listos o importantes. Pero también nos “libera”. Nos dice: “Tu valor no está en lo que tienes o aparentas. Está en que, en tu indigencia, confíes. Y desde ahí, seas misericordioso, pacífico, limpio de corazón”.
Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Tal vez esa sea la clave. Dejar de buscar la paz donde no está, y encontrarla justo ahí donde Jesús la proclama: en un corazón que se vacía para llenarse de Él.
DOMINGO 3. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
LA LUZ MISIONERA

Eulàlia Bosch
“¡Luz!… ¡Más luz!” Dicen que fueron las últimas palabras de Goethe al morir. Morimos cuando no tenemos luz. Cuando todo se hace oscuridad. Por eso Dios comenzó la Creación diciendo: “¡Hágase la Luz!” … Y cuando María dio a luz, vino a nosotros la Luz del Mundo.
“¡Galilea de los gentiles!”
Así la llamaban con desprecio. Judea era la tierra santa, Jerusalén la ciudad de luz. Galilea era la zona oscura. Pero el profeta Isaías anuncia: ¡Les brilla una luz grande! Dios escoge precisamente la oscuridad para que la luz brille con más fuerza.
Los místicos nos hablan de la “Noche Oscura”. Hemos de pasar por zonas tenebrosas. Pero entonces escuchamos: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. La luz brilla en las tinieblas. No hay que temer. Es cuando todo está oscuro que la luz puede aparecer en todo su esplendor.
¿Y dónde comienza Jesús su ministerio?
Exactamente ahí: ¡en la tierra de tinieblas! Jesús no es lámpara inmóvil de santuario. Es Luz misionera. Luz itinerante. Por donde pasa, todo se ilumina. Predica la alborada del Reino. Y su luz prende en otros.
Incendia los corazones de Andrés y Pedro, de Santiago y Juan. Por eso dejan padre, redes, familia… y lo siguen. Porque Jesús da sentido a la vida.
Hoy padecemos una enorme falta de sentido.
¿De qué nos sirven certificados de muerte? Jesús y sus discípulos no certificaban la muerte. Iluminaban. Daban vida.
Pablo lo sabía bien. “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?” Qué buena advertencia cuando queremos ocupar puestos de brillo. En la Iglesia no hay estrellas. Estamos llamados a ser una constelación. Quien cultiva su imagen no ama a Jesús. Quien ama a Jesús se oculta como humilde siervo.

Porque sólo Jesús es la Luz del mundo. No hay servicio mejor que ser misionero. Llevar por todas partes la luz que es Jesús. Su ansia: que todo arda, que todo esté iluminado. La misión es como construir un gran cableado hasta los últimos rincones de la tierra. Para que nadie quede a oscuras. Porque la luz no es nuestra. Es Luz del Mundo. Y el mundo la necesita. ¡Nosotros también!
José Cristo Rey García Paredes, CMF
DOMINGO 2. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
EL TESTIGO QUE MUESTRA A JESÚS
Hay alguien detrás de cada Grande. Detrás de cada escritor que conoces, hubo un editor que apostó. Detrás de cada campeón, un entrenador que creyó. Detrás de cada estrella, alguien que dijo: “Este va a brillar”.
¡Detrás de Jesús estuvo Juan!
Juan Bautista era impresionante. Profeta solitario, contracorriente, convocando multitudes al desierto para refundar el pueblo desde cero. Bautismo radical. Cambio total. Un líder indiscutible.
Pero cuando vio a Jesús, todo cambió.
“Yo tengo que disminuir para que Él crezca”.
Juan se convirtió en pura señal. En dedo que apunta. En voz que grita: “¡ÉL!”.
“Yo no lo conocía” —repite Juan dos veces. Pero Dios le dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése es”. Y Juan estuvo atento. Vigilante. Esperando. Y cuando lo vio venir, supo.
“¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”
¡Corderito joven! (¡ese es el significado de “àmnós”, en griego). No águila imperial. No león rugiente. ¡Corderito! Pequeño, vulnerable, expuesto a los lobos. Y “que carga con el pecado del mundo”: “airón” es el término que indica que “carga sobre sí y se lleva…” ¡Ese es Jesús, Corderito sobre el que desciende el Espíritu Santo!
La paradoja nos rompe el corazón: el que trae el Espíritu es el mismo que carga el pecado del mundo. El inocente que se lleva la culpa. El limpio que carga lo sucio. Para librarnos.
Juan nos enseña tres cosas que nos conmueven
UNA. El evangelizador no se anuncia a sí mismo. Siempre apunta a Jesús. Tú y yo también.
DOS. No transmitimos ideas. Transmitimos experiencia. Solo evangelizamos cuando HEMOS VISTO a Jesús.
TRES. Conocer a Jesús nos habilita para ser testigos. No antes.
¿Qué vio Juan en Jesús para transformarse en “señal” -dedo- que indica a Jesús? Vio ternura: el “corderito” (àmnós”) que no viene con aires de grandeza. Vio entrega sin límites: alguien dispuesto a cargar con el mal del mundo para liberarnos de la culpa que nos aplasta. Vio capacidad de unir: alguien capaz de reunir, restaurar, crear unidad entre los diferentes, establecer la gran Alianza.
Hoy la pregunta no es qué sabemos de Jesús. Es: ¿Lo hemos visto?
Porque solo quien lo ve puede señalarlo. Solo quien experimenta puede evangelizar. Solo quien conoce puede amar.
Juan puso toda su vida al servicio de ese anuncio. ¿Y nosotros? ¿Seremos testigos del Cordero que carga nuestro pecado?
- ¿Seremos voz que grita en el desierto de este mundo: “¡ÉL!”? Lo imposible es posible cuando dejamos de ser el centro.
Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”
José Cristo Rey García Paredes, CMF
INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO
INTRODUCCIÓN AL TIEMPO ORDINARIO
Como un río que emerge y después se oculta nos sorprende, tras el tiempo de Navidad y antes de Cuaresma y tras el de Pascua, el tiempo ordinario. Es nuestro tiempo, el de la cotidianidad, el de la vida ordinaria. También en este tiempo, sin notables acontecimientos, el Espíritu guía al Pueblo de Dios.
El recorrido que vamos a hacer es fascinante. Hay en él un programa progresivo de iluminación en aspectos muy importantes de nuestra vida cristiana. El mensaje motivará nuestra oración intensa y también nuestro compromiso práctico. He aquí los temas que irán desgranándose domingo a domingo: 1) la Misión y vocación cristiana; 2) el sermón de las bienaventuranzas como programa de vida; 3) aspectos de nuestra llamada a la misión: consistencia, misericordia, audacia; 4) la oscuridad de la fe; 5) el reinado de Dios y la nueva Alianza; 6) el pecado y el perdón; 7) la hora del Esposo; 8) Política, Amor, Autoridad, Sabiduría, Liderazgo.
Muchos aspectos de la vida personal y comunitaria son tocados por la Palabra que hoy ilumina nuestro camino. Y llegarán las sorpresas de la historia y la providencial proclamación de la Palabra que nos dará claves de sentido.
Cuando nos convertimos en señal. Cuando apuntamos a Jesús y decimos: “¡Éste es!”
José Cristo Rey García Paredes, CMF


















