DOMINGO 28. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

ESTÁIS INVITADOS A UNA BODA

Un rey celebra la boda de su hijo. Todo listo: el banquete, el vino, la fiesta. Envía a llamar a los invitados.

Y ellos… pasan. Uno se va a su campo, otro a su negocio, otros agarran a los mensajeros y los matan.

Dios no habla de un funeral, ni de un tribunal. Habla de una boda. Porque Jesús no viene a imponer una ley, viene a desposarse con la humanidad. Es el Novio. Y la fe no es una obligación: es un enamoramiento al que se puede decir que no.

¿Quiénes son hoy los que rechazan la invitación?

Los que están demasiado ocupados para Dios: el trabajo, el móvil, el éxito, la agenda. No odian a Jesús, simplemente no tienen tiempo.

Ese “ya iré” que nunca llega. Esa indiferencia que mata al mensajero sin darse cuenta: al que invita, lo ridiculizan; a la Iglesia que convoca, la ignoran.

No basta con colarse en la fiesta. Hay que cambiarse por dentro. Puedes estar dentro del templo y sin vestido: sin conversión, sin caridad, disfrazado de creyente.

La boda ya empezó. La pregunta no es si estás dentro. Es si vas vestido para ella.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 27. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡LA VIÑA NO ES TUYA!

Un dueño planta la viña perfecta y la confía a unos labradores.

Cuando llega la cosecha, envía a pedir fruto. Y ellos golpean, matan, expulsan. Hasta al Hijo lo asesinan por quedarse con la herencia.

Esta parábola no habla de hace dos mil años. Habla de hoy, de Europa, de parroquias vacías y de púlpitos llenos de dueños.

Hay líderes religiosos que confunden la Iglesia con su proyecto personal. Su movimiento, su carisma, su grupo de fieles que les aplauden y les agrandan.

Y cuando el Espíritu sopla libertad, lo bloquean. Cuando un laico pregunta, lo silencian. Cuando una mujer sirve con autoridad, la apartan. Cuando un pobre incomoda, lo ignoran. Matan al mensajero para no cambiar de sitio.
Y se sorprenden de que las iglesias se vacíen. No se vacían porque falte Dios. Se vacían porque sobra clericalismo.

La pregunta de Jesús sigue en pie: ¿qué hará el dueño de la viña?

La quitará y la entregará a otro pueblo. Puede pasar aquí. Está pasando aquí.

La piedra que los arquitectos descartaron —el pobre, el distinto, el que no encaja en el organigrama— se convierte en piedra angular.

Y quien tropieza con ella, cae.

Tú administras. No eres dueño. Devuelve el fruto. Abre la puerta. La viña es de Dios, y Él la entrega a quien de verdad la cuida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

 

DOMINGO 26. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“EL ‘¡NO!’ QUE ABRE EL CIELO Y EL ‘¡SÍ!’ QUE LO CIERRA”

Jesús nos pone dos espejos: un hijo a su padre dice “no” y va. Otro hijo que dice a su padre “sí” y no va. ¿Cuál de los dos eres tú… soy yo?

Jesús va directo: los que se arrepienten llegan primero. Los que aparentan, quedan fuera.

La parábola es un escándalo. Un hijo dice “no quiero”, pero luego va. Otro dice “sí, señor”, pero no aparece. ¿Quién hace la voluntad del padre?

El que se arrepiente. No el que promete. No el que aparenta.

Y hoy pasa igual. Ves a personas que parecen lejos de Dios, que dicen “no creo”, “no voy”, “no rezo”… pero cuando ven la verdad, se arrepienten y se entregan. Y otros, fieles cumplidores, cargan la misa y la comunidad, pero están vacíos, sin amor, sin compasión. Dicen “sí” con la boca y “no” con la vida.

Jesús se pone de parte de los que dudaron, de los que se equivocaron, de los que dijeron “no”, pero después se convirtieron. Y los que se creen justos, los que nunca dudaron, los que nunca fallaron, a veces son los más duros.

Publicanos y prostitutas les llevan delantera. Ellos sí creyeron a Juan. Los fariseos ni se arrepintieron ni creyeron.

Hoy, la parábola nos reta: no importa nuestro pasado. Importa nuestro presente. ¿Dices “no” pero vas? Eres bienvenido. ¿Dices “sí” y te quedas? Revisa tu vida.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 25. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“LA ENVIDIA TE CORROE EL ALMA

Ya lo dice el refrán:

‘Si la envidia fuese tiña, cuántos tiñosos habría’.

Y en la viña del Señor, más de uno anda con sarpullido.

Jesús cuenta la parábola: unos al alba, otros al mediodía, los últimos al atardecer. Al final, denario para todos.

Se arma el jaleo.

Los de primera hora protestan, pero su queja no es hambre, es comparación. Les duele que el dueño sea generoso.

Y el dueño responde:

‘¿Vas a tener envidia porque soy bueno? ¿O voy a ser malo porque soy generoso?’.

Ahí está la clave.

La envidia no es pedir justicia, es no soportar la felicidad del otro. Nos corroe el alma, nos amarga, nos seca y nos separa del hermano. Pasa en nuestra familia, cuando el otro tiene más atención. Pasa en nuestra parroquia, cuando el recién llegado es alabado.

No soportamos que le vaya bien al que empezó mal. Y olvidamos que nosotros ya tenemos el denario de salvación.

¡Dejemos de mirar el plato del vecino! Si la envidia fuera tiña, ¡qué sarpullido!

Pero la gracia es más fuerte. Tomemos el ungüento de la gratitud. Agradezcamos lo nuestro y celebremos lo del otro. El dueño no nos debe nada, pero nos da todo. Soltemos el veneno. Solo así entenderemos que los últimos son los primeros, y los primeros, si se creen jefes, acabarán los últimos.

DOMINGO 24. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

EL PADRENUESTRO NOS DELATA: O PERDONAMOS O NOS JUGAMOS EL CIELO,

Pedro pregunta límites: “¿Hasta siete veces, Señor?”. Jesús le revienta el cálculo: “Setenta veces siete”. Se acabaron las cuentas. El rencor no tiene cabida.

Y para que quede claro, suelta la parábola más incómoda. Un siervo debía diez mil talentos. ¡La deuda de un imperio! El rey, al verlo suplicar, le condona “todo” y deja la deuda a cero. ¡Libre! Ese siervo sale, encuentra a otro que le debe cien denarios, un sueldo de tres meses, lo agarra del cuello y le exige el pago. ¡Qué hipocresía!

Y esto, ¿nos suena? Pasa siempre. Entre hermanos de sangre, y también entre hermanos de fe. Una palabra, un cargo, una herencia, y rompemos la comunión. Ahí está el problema.

Dios nos ha perdonado una deuda astronómica: nuestros pecados, nuestros fracasos. Pero nosotros, ¿ahogamos a nuestro hermano por un disgusto? Esa conducta canceló el perdón del siervo.
Llega el golpe definitivo: el Padrenuestro reza “perdona como nosotros perdonamos”. ¡Cuidado! No es un verso bonito, es un contrato. Pides que Dios te mida igual. Si aprietas el puño, el Padre aprieta el suyo. Si abres la mano, Él abre las compuertas. Suelta esa deuda. Perdona, aunque duela. Perdona, aunque no lo merezca. No…no es opcional. ¡Es cuestión de vida eterna!

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 23. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¿Y SI ERES… EL QUE HA DE SONAR LA ALARMA?

Mira el mundo. Nepal sufre. Terremotos, catástrofes que claman. La alarma suena fuerte. Pero hay otra, más silenciosa y urgente: tu hermano en la fe se despeña. ¿La oyes de verdad?

Dios te dice:

“Eres centinela. Si no avisas al malvado, te pediré cuenta” (Ez 33).

Callar no es caridad; es cobardía. No vale el “yo no me meto”. El hermano perdido duele a Dios. La alarma no es opcional.

Jesús da el protocolo claro:

“ve a solas, sin chismes ni redes. Si no escucha, lleva a uno o dos. Si persiste, díselo a la comunidad entera. “Si ni así hace caso, considéralo pagano o publicano”.

¿Expulsión? No.

Los expertos profundos dicen: tratarlo así es quitar la máscara, reconocer la ruptura, pero no cerrar la puerta. Es darle el sitio donde Jesús comía. Siempre con esperanza de vuelta.

La alarma suena insistente, hasta el aparente rechazo. Es tu responsabilidad. No es condena, es aviso para salvar su vida.

Y aquí viene lo espectacular: el poder de la oración compartida.

“Si dos se ponen de acuerdo en la tierra, mi Padre lo dará”. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo”.

¡Increíble! Nuestra oración conjunta ata y desata realidades en el cielo.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 22. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡PEDRO… “BIENAVENTURADO” Y “SATANÁS”!

El domingo pasado Pedro lo bordó, cuando le respondió a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo llamó “bienaventurado”. Le dio las llaves. Le cambió el nombre.

Y hoy, una semana después, el mismo Pedro recibe el reproche más duro de todo el evangelio: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

¡Qué caída tan rápida! ¿Qué ha pasado?

Ha pasado que Jesús empieza a hablar claro. Que tiene que ir a Jerusalén. Que va a sufrir. Que lo van a matar.

Y Pedro, que le quiere, que no puede soportar eso, lo lleva aparte y le dice: “¡De ninguna manera, Señor, eso no puede pasarte!

Pedro no es malo. Pedro le quiere. Pero en ese momento está pensando como piensan los hombres, no como piensa Dios.

¡Y yo me reconozco ahí!

Cuántas veces le he dicho yo a Dios, de una manera u otra: esto no, Señor. Este camino no. Que haya otra forma.

Cuando la vida duele. Cuando lo que se me pide implica perder algo. Cuando el camino que se abre no es el que yo habría elegido.

Y Jesús no negocia. Dice: el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Negarse a uno mismo. Eso no significa odiarse. No significa no importar. Significa no dejar que el yo, el ego con sus miedos y sus cálculos y sus planes, sea siempre el centro de todo.

Y luego esa paradoja que Jesús repite y que nunca termina de caber del todo:

“El que quiera salvar su vida, la perderá. El que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Creo que hay una forma de vivir agarrado. Controlando. Protegiéndose. Calculando cada paso para no perder nada. Y esa forma de vivir, paradójicamente, te va vaciando por dentro.

Y hay otra forma. Más expuesta. Más vulnerable. Más generosa. Que suelta. Que confía. Que da sin asegurarse primero la devolución.

Y esa forma, aunque duela más, tiene algo que la otra no tiene. Tiene vida de verdad.

Hoy me hago la pregunta que me incomoda:

¿De qué me estoy agarrando demasiado?

¿Qué es lo que no le dejo a Dios porque me da miedo perderlo?

Quizás ahí está exactamente lo que él me está pidiendo que suelte.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 19. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¡SOLO EN LA MONTAÑA! … ¡SOLOS EN LA BARCA!

Después de multiplicar los panes, Jesús hace algo que llama mucho la atención: ¡Manda a la gente a casa… y a los discípulos a la barca! ¡Y él se queda solo! Solo en la montaña. A orar.

Jesús, que acaba de vivir un momento extraordinario, no se queda a celebrarlo. No se deja llevar por el entusiasmo. Busca a su Padre. ¡Eso ya nos dice algo!

Pero sigamos. ¡Es de noche! Los discípulos están en medio del lago. El viento es contrario. Las olas golpean. Y en los últimos momentos de la noche, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. Y ellos se asustan. Creen que es un fantasma.

¿Cuántas veces he hecho yo lo mismo?

Estoy en medio de una tormenta, en medio de algo que no controlo, y cuando Jesús se acerca… no lo reconozco. Busco otra explicación. Me da miedo precisamente lo que ha venido a salvarme. Jesús dice:

“Tranquilos, soy yo, no tengáis miedo”

Y entonces Pedro. Pedro, que siempre va un paso más allá, dice:

“Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.”

Y Jesús dice simplemente: ¡ven!

Pedro sale de la barca. Y camina. Camina sobre el agua. Eso es real, eso ocurre. Pero entonces mira el viento. Mira las olas. Aparta los ojos de Jesús. Y se hunde.

¡Señor, sálvame!

Y Jesús, inmediatamente, le agarra. Inmediatamente. Sin esperar. Sin dejarle hundir más. Y le dice algo que me parece que me lo dice también a mí:

Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?

No es un reproche cruel. Es casi una pregunta triste. Como diciendo: tenías todo lo que necesitabas, estabas caminando, ¿qué pasó?

Lo que pasó es lo que nos pasa a todos.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 20. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

¿EL PAN DE LOS HIJOS… A LOS PERROS? 

Este evangelio me resulta difícil. Lo digo de entrada porque creo que a muchos también.

Una mujer extranjera, cananea, le pide ayuda a Jesús por su hija. Y Jesús… no le responde. Los discípulos piden que la despida. Y cuando por fin habla, dice algo que suena duro: 

No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros.

¿Jesús llamando “perro” a alguien? Me quedo con eso un momento porque creo que vale la pena no esquivarlo.

Jesús está probando algo. O revelando algo. O las dos cosas a la vez. Porque esta mujer no se rinde.

Y aquí está el corazón de esta escena. Ella no se ofende. No se va. No protesta. Dice algo extraordinario:

Sí, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Es una respuesta que tiene humildad y tiene audacia al mismo tiempo. No pide lo que no le corresponde. Pide las sobras. Las migajas. Con eso le basta. Y Jesús, entonces, se rinde él.

¡Mujer, qué grande es tu fe! ¡Que te suceda lo que deseas!

¡Qué grande es tu fe! No dice: ¡qué buena eres! No dice: ¡qué perseverante! Dice: ¡qué grande es tu fe! ¿Y cuál es su fe exactamente?

Creo que es esto: ella cree que en Jesús hay más que suficiente. Que aunque no le toque a ella, aunque esté fuera, aunque los demás la ignoren… algo de él alcanza también para ella.

No pide un banquete. Pide una migaja. Y confía en que esa migaja, viniendo de él, es suficiente para sanar a su hija.

Me pregunto cuántas veces me he ido yo cuando Jesús parecía no responder. Cuántas veces he interpretado el silencio como un no definitivo. Cuántas veces me ha faltado la tenacidad de esta mujer que no tiene nada a su favor y sin embargo no suelta.

Esta mujer es pagana. Es mujer en una cultura que no la escucha. Está sola. Su hija está enferma. Y aun así… Sigue. Insiste. Cree.

Hoy me pregunto, y me lo pregunto de verdad:

¿De qué me he ido yo cuando Jesús tardaba en responder? 

Esta mujer nos enseña que a veces la fe más grande no es la que recibe enseguida. Es la que se queda.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

DOMINGO 18. TIEMPO ORDINARIO CICLO A

¡JESÚS EN DUELO! “… AL VER… SINTIÓ COMPASIÓN”

Jesús acaba de enterarse de que han matado a Juan el Bautista: a su primo, a su precursor, al que le preparó el camino.

Y lo primero que hace es buscar un lugar apartado para estar solo. Necesita silencio. Necesita llorar, quizás. Necesita a su Padre..

Pero la gente lo sigue. Multitudes. A pie, rodeando el lago. No le dejan espacioY Jesús podría haberse enfadado. Podría haber pedido un momento, por favor, que acabo de recibir una noticia terrible. Pero Mateo dice algo que ya hemos escuchado antes y que no deja de impresionarme:

Al ver tanta gente, le dio compasión.

Con su dolor dentro, ve el dolor de los demás. Y se entrega. Cura a los enfermos. Pasa el día con ellos. Y cuando cae la tarde y los discípulos, muy prácticos ellos, le dicen: mándales que se vayan a comprar comida a los pueblos… Jesús dice: no hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer.

Y aquí está el momento que me parece clave. Los discípulos miran lo que tienen. Cinco panes y dos peces. Y la conclusión es obvia: esto no llega para tanta gente.

Jesús no discute la cuenta. Simplemente dice: traédmelo. Traédme lo poco que tenéis.

Bendice. Parte. Y da. Y alcanza para todos. Sobra.


No sé exactamente cómo ocurrió aquello. No necesito saberlo. Lo que sí sé es lo que me dice a mí.

Cuántas veces me he paralizado porque lo que tengo me parece demasiado poco. Poco tiempo, poca energía, poco talento, poca fe incluso.

Y la tentación es esperar a tener más para entonces dar. Pero Jesús no pide abundancia. Pide que le traiga lo que tengo. Cinco panes y dos peces. Lo justo para una persona. Lo ridículo para cinco mil. Y sin embargo es suficiente cuando pasa por sus manos.

Hay algo más en esta escena que no quiero perder. Jesús da los panes a los discípulos. Y los discípulos los dan a la gente. No lo hace solo. Los necesita a ellos. Los necesita a nosotros.


Hoy, si estamos mirando lo que tenemos y pensando que no es suficiente…Quizás la pregunta no es ¿tengo bastante? Sino ¿se lo he dado a él?

José Cristo Rey García Paredes, CMF