DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B

UNA ENFERMA EN CASA

    No sólo en la sinagoga de la que acaba de salir, se encuentra Jesús con personas que sufren, que están «limitadas» en su actividad y en su libertad. Resulta que también «en casa» (en la de Pedro) hay dolor. Da la impresión de que los discípulos, tan pendientes de atender a las gentes de los caminos… se hubieran «olvidado» de la suegra enferma… pero al llegar a casa se lo comunican a Jesús «inmediatamente».

    Puede resultarnos curioso, que habiendo visto los discípulos algunas de las espectaculares curaciones del Maestro, no se les ocurriera mencionar a la suegra. Marcos no ha recogido cuál era la enfermedad, ni cómo estaba de grave. Pero en todo caso había tenido que meterse en la cama.

     Pero este «descuido» es más habitual de lo que parece: no nos damos cuenta o no prestamos atención al estado de las personas que tenemos más cerca: la fiebre, el dolor y la postración, el desánimo, el cansancio, tantos malestares… También es frecuente que, aun sabiéndolo, no lo tengamos muy en cuenta y demos por hecho que tienen que comportarse como si estuvieran estupendamente, que colaboren, que estén de buen humor, que no molesten más que lo justo… En vez de comprender y disculpar su malgenio, su poca disposición a colaborar, sus nervios, su empeño en que estemos continuamente pendientes de ellos… perdemos la paciencia, les decimos cuatro cosas, nos pueden las malas formas… y sin embargo tal vez andemos ocupados y pendientes en atender y hacer «fuera de casa» tantas obras buenas por otros que también lo pueden necesitar.

   Afortunadamente para ella (tampoco nos ha quedado su nombre), Jesús es invitado a la casa de Simón y Andrés, y casi como aprovechando las circunstancias, le ponen al tanto de la enferma: le hablaron de ella.  No le piden expresamente nada: sólo le hablan, le informan que está mala en la cama con fiebre. Con todo, están expresando su confianza con el Maestro. Me hace darme cuenta (de nuevo) de cuántas palabras sobran en nuestras oraciones, diciéndole a Dios lo que tendría que hacer. En la sinagoga (recordemos la escena del Evangelio del domingo pasado) había mandado callar al poseso de manera tajante: «¡Cállate!». Y en el pasaje de hoy se dice que a los demonios «no les permitía hablar». Palabras, demasiadas palabras. Me viene a la cabeza aquello que explicaba Jesús a propósito de la oración: «cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos». ¡Como los paganos! Podría haber dicho también «no seáis charlatanes, como los demonios».  También lo advertía hace 24 siglos el Qohélet: «Cuando presentes un asunto a Dios, no te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios. Dios está en el cielo, pero tú en la tierra: sean, por tanto, pocas tus palabras» (Qo 5, 1). He leído, no recuerdo dónde, unas palabras de una carmelita descalza: «En la oración dad el corazón a Dios, en vez de tantas palabras».      Pues bien, a los discípulos les bastó con «hablarle de ella». Y lo dejaron todo en manos de Jesús. 

La enferma en casa    También lo que decimos respecto a la oración es aplicable al trato con los enfermos. A menudo nos llenamos de palabrería: «Verás cómo te curas enseguida». «Yo tengo un conocido que tuvo lo mismo que tú, y salió adelante». «Tienes que tener paciencia y hacer caso a los médicos» (como si el pobre enfermo no estuviera dispuesto a hacerles caso). «Si yo estuviera en tu lugar…» (cosa del todo imposible porque nadie puede estar en el lugar de otro). Incluso: «no te quejes tanto», «ten más paciencia», o «no es para tanto», o… 

     Es verdad que estas cosas se dicen con cariño, buena intención, y pretenden ayudar, pero… seguramente sería más adecuado el silencio. «Jesús se acercó y la cogió de la mano». Sencillamente. Es una buena enseñanza para cualquier cuidador o enfermero, o para los que sabemos de alguien que está «en cama». Acercarse. Físicamente, procurar ir, estar, acompañar al enfermo. Es un gesto de cariño que vale más que mil palabras. No es lo mismo que una llamadita, o que preguntar a quien sea cómo está. Acercarse. Y tomar de la mano. Es otro gesto importante. Cuando uno está pasándolo mal, cuánto ayuda que te den la mano, o un beso en la frente, o un abrazo en silencio. Las caricias, la ternura, las muestras de cariño nunca sobran. Especialmente (pero no únicamente) cuando se trata de personas mayores.

    Es verdad que ahora lo de dar la mano, tocar, dar un beso, una caricia… son «cosas prohibidas». Pero como alguien ha dicho por las redes: «Cuando no podemos abrazar a las personas que amamos, siempre podemos quererlas abrazándolas con una oración. Orar por los demás es una manera especial de amarlos y sentirnos unidos a ellos». 

    El hecho de que Marcos nos diga que la suegra de Pedro está «en la cama con fiebre» indica que no puede  -como era propio de la mujer judía- servir, atender, acoger, dar la bienvenida a los huéspedes… Sin embargo, en cuanto se le pasó la fiebre, se puso a servirles. Parece como si el evangelista sugiriera que la falta de atención, de acogida, de servicio… fueran síntomas de que hay una enfermedad, de que algo no va bien, que hay algo que sanar. Y es cierto, porque cuando uno no anda bien física o espiritualmente, se centra en sí mismo, se encierra, incluso hasta puede volverse exigente y egoísta con los demás… pero no «sirve», difícilmente es capaz de estar pendiente de los demás.

     En esta sociedad nuestra, y en nuestra propia Iglesia, en nuestras familias (en casa) y comunidades religiosas, me parece a mí que el «servicio», la «atención», la «acogida» no son asuntos de los que nos revisemos suficientemente, como tampoco valoramos y agradecemos a quienes lo hacen… hasta que un día dejan de hacerlo por el motivo que sea y nos damos cuenta del inmenso bien callado que estaban haciendo. Quizá Simón y Andrés se «acordaron» de la suegra enferma, al entrar en casa… y no ser atendidos como era «normal». 

    Hacer que el otro se sienta bien cuando se acerca a nosotros, atenderle, aceptarle, acogerle… es una importante clave espiritual, evangélica y evangelizadora. La «acogida» debiera ser un aspecto muy cuidado en nuestras parroquias: el lugar donde se recibe (¡ay Dios mío, algunos despachos, y salas de reuniones…, qué poco acogedores!), gente entrando y saliendo, interrupciones de todo tipo… Pero también el talante personal, las palabras y actitudes adecuadas…

     Un buen deseo, para concluir estas sencillas reflexiones: Que quien se encuentre conmigo, aunque sea por breve tiempo, se marche, cuando menos, mejor que cuando llegó, como proponía Madre Teresa de Calcuta. Que se sienta saludado, acogido, escuchado, atendido, animado… 

    Y mejor aún si se siente «sanado», comprendido. Porque -siguiendo el ejemplo de Jesús- se trata de «tocar» su inquietud, su corazón herido, su necesidad, se trata de «tomarle de la mano», y -¡ojalá!- de ayudarle a «levantarse» y ponerse a su vez a servir.

    Nos queda para otra ocasión el fijarnos en la «oración» de Jesús en este cuadro de ajetreos, demonios, curaciones, palabras y silencios… que le llevó a irse a otra parte.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen de José María Morillo

Domingo IV del Tiempo Ordinario – Ciclo B

CONTRA LOS DEMONIOS

     Después de la llamada a los cuatro primeros discípulos (cf. Mc 1,16-20) Jesús fija su residencia en Cafarnaúm que se convierte en algo así como su “cuartel de operaciones”.  Es huésped de la familia de Pedro, propietario de una casa junto al lago, a pocos pasos de la sinagoga. 

     A diferencia de otros evangelistas, Marcos escoge con mucho cuidado una curación para contarla al comienzo de la tarea evangelizadora de Jesús. Quiere así subrayar que toda la actividad y predicación de Jesús tienen un único fin: la salvación/curación/liberación/felicidad del hombre.

     Es sábado y la gente va a la sinagoga para rezar y escuchar las lecturas y la explicación de la palabra de Dios. Es un un rabino quien suele organizar el encuentro, pero todo judío adulto puede ofrecerse o ser invitado a leer y comentar las Escrituras. Hacer la homilía solía ser bastante simple: bastaba referirse a las explicaciones dadas por los grandes rabinos sobre el texto bíblico proclamado. Atreverse a hacer interpretaciones personales, y salirse de lo que siempre se ha enseñado, era, cuando menos, arriesgado, porque tal comentarista podría ser acusado de presuntuoso.

     Jesús acude como un miembro más del pueblo, y se ofrece para las lecturas. La primera suele tomarse del libro de la Ley, es decir de los primeros cinco de la Biblia; la otra es un pasaje de los profetas. Quien lee la segunda lectura, si se atreve, puede también hacer la homilía. Jesús, aprovechándose del clima de recogimiento y de oración que se ha creado, aprovecha para presentar su mensaje.  Pero no se limita a repetir lo que ha sido dicho antes que él, sino que hace un comentario libre y original del texto sagrado.

    • «No enseñaba como los letrados». Los letrados eran los Maestros de la Ley, especialistas que interpretaban y aplicaban las Escrituras, las verdades, las muchas normas que formaban parte de la tradición religiosa (mandamientos y prohibiciones…) y las imponían a las gentes. Insistían bastante en las «obligaciones religiosas» (los «cumplimientos», que diríamos nosotros hoy)  como clave para estar en orden con Dios, y todas las condiciones y ritos necesarios para ser “puros”. Su modo de hacer discursos era multiplicar las citas de otros personajes anteriores que tuvieran alguna autoridad, otros rabinos y maestros, escuelas espirituales… Pero les faltaba «vida»: ellos se quedaban fuera de lo que decían, sólo transmitían lo que pensaban… Sí, se llenaban de citas, referencias, argumentos, pasajes de la Escritura… que intentaban a aplicar a todas las circunstancias y personas, de manera indiscutible y obligatoria.

     Jesús, en cambio, no anda citando a nadie, ni se muestra como representante de ninguna escuela o tradición, ni multiplica citas, ni siquiera echa grandes discursos. Y no tiene inconveniente en “enmendar” la sagrada Ley de Moisés, cuando ésta no ayuda al hombre, sino que se le convierte en una pesada losa, cuando margina al hombre, cuando le deja “excluido” de la relación con Dios. Su punto de referencia para hablar y actuar está en sí mismo. Es el «Santo de Dios», el habitado por el Espíritu de Dios que recibió en su bautismo, y que le empujar a recrearlo todo, liberar, restaurar el espíritu primero que Dios insufló al hombre en aquella primera mañana de la creación, y hacer callar y expulsar de dentro nuestros males y demonios. 

    • «Precisamente en la sinagoga, había un hombre poseído». Precisamente en la sinagoga, donde se multiplicaban los rezos, los cánticos, las predicaciones y las catequesis. Un «poseído» es alguien que no es dueño de sí mismo; desde fuera, algo se ha adueñado de él, y le impide tomar sus propias decisiones, es más, le hace daño, lo hace dependiente, lo infantiliza, lo anula.  ¿Querrá sugerir San Marcos que aquel hombre simboliza a los que están «poseídos» por aquella mentalidad religiosa proclamada por escribas, fariseos y sumos sacerdotes?  ¿Que es prisionero y víctima de un modo de plantear la religión que, en el nombre de Dios, anula al hombre, lo llena de obligaciones y ritos… que no le permiten ser él mismo?

      La llegada de Jesús supone ciertamente el fin de ese modo de relacionarse con Dios, de ese sistema religioso en tantos casos deshumanizador. Sí, ha venido a acabar con tantas manipulaciones (incluidas aquellas que se hacen en el nombre de Dios), imposiciones, ritos, normas y prácticas… que convierten al hombre en alguien extraño a sí mismo («alienado», diríamos con lenguaje de hoy). Él ha venido a devolver al hombre a sí mismo. Y lo hace con su Palabra. O si se quiere decir mejor: con la Palabra que es el propio Jesús. Una palabra que tiene la autoridad de los hechos: el hombre queda recuperado, liberado, devuelto a sí mismo. Me resulta significativo que Marcos no haya recogido nada de su discurso: la enseñanza y la autoridad de Jesús son las obras.

    • ¿Quién de nosotros cree que no está de un modo o de otro «poseído»? ¿Qué es eso de ‘espíritu inmundo’?

1 – La medicina de aquel entonces estaba muy atrasada y fácilmente se atribuían las enfermedades a causas no naturales y en concreto al demonio. Sobre todo esto ocurría con las enfermedades mentales: epilepsia, histeria, esquizofrenia…

2 – Los judíos consideraban que aquellos que no cumplían las leyes, eran «impuros», estaban sujetos a cualquier castigo de Dios y en manos del demonio.

3 – Lo cierto es que el mal existe desde el principio del mundo con mil ropajes y disfraces. Y también habita en nuestro interior, de donde brotan los instintos animales y fuerzas oscuras que nos arrastran al mal: egoísmo, soberbia, avaricia, envidia, lujuria… Y solemos echar la culpa al demonio, a la tentación, al ambiente… y decimos: «quiero, pero no puedo; me gustaría…, pero algo me frena…, siento la llamada…, pero no lo veo claro, no me atrevo, no sé si es el momento, quizá no sea prudente…»  

No es muy diferente de aquello que experimentaba san Pablo: 

«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que habita en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm 7, 19-23)

     La «posesión» también afecta a la sociedad y a los pueblos. La verborrea de los medios y las redes sociales, los discursos que echan mano de «fuentes», personajes, «opinadores» que no tienen realmente ninguna autoridad ni conocimientos sobre el asunto, o a las previsiones, o a las «encuestas», o a lo que es «tendencia», o a lo que me conviene a mí… 

      O sea: ¡Cuántos «espíritus y demonios» poseen y deshumanizan al hombre de hoy!: ideologías, estructuras, costumbres, tradiciones, intereses… Incluso puede que la misma religión («precisamente en la sinagoga”, como decíamos antes) caiga en esta tentación… de olvidar al hombre, o hacerlo prisionero de normas, tradiciones o intereses que se ponen por encima del bien del hombre, aunque puedan estar revestidas de «voluntad de Dios»… 

    • «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?… Sabemos quién eres…». Es una buena pregunta para hacérnosla continuamente. Aquí son los demonios quienes la dirigen a Jesús. Pero Jesús no entra a debatir con ellos. Los manda callar y actúa. Se enfrenta con los que hacen sufrir a aquel hombre y lo libera de todos ellos.

«¿Que quieres de nosotros?»: ¡Que dejéis de manejar al ser humano, que no le hagáis daño, que no os adueñéis de él, que dejéis de imponerles cargas y leyes asfixiantes, que respetéis su dignidad… 

     Por eso todos los seguidores de Jesús prestamos atención a lo que hace sufrir injustamente al hombre, enfrentándonos con ello, procurando que llegue a ser libre y responsable de sí mismo… Porque cada ser humano lleva dentro el Aliento de Dios que le impulsa a «vivir». Puede que nos ocurra como a los demonios: que «sabemos» quién es Jesús, lo que hizo él y lo que quiere y espera de nosotros… Pero tenemos miedo, temblamos, nos incomoda plantar cara a lo que no nos deja ser nosotros mismos o deshumaniza a otros. Y acabamos por acostumbrarnos a esos “espíritus inmundos” (es decir, contrarios a Dios).

      Jesús imagina a sus discípulos como sanadores: “Proclamad que el Reino de Dios está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios”. La primera tarea de la Iglesia es curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanar la vida, ayudar a vivir de manera saludable. Ser un «hospital de campaña» (JBergoglio). Esa lucha por la salud integral es el camino de la salvación. Ayudar a sentir y visualizar que la fe hace bien. Como decía san Pablo: «para ser libres el Mesías nos ha liberado: manteneos, pues, firmes y no os dejéis atrapar de nuevo en el yugo de la esclavitud y servíos mutuamente por amor». (Gál 5, 1.13). 

La mejor oración que hoy podríamos hacer hoy, a la luz de este Evangelio es: «Señor, expulsa de nosotros todos esos demonios, y que tengamos la fuerza y la valentía para no dejarnos dominar por nadie… que no sea el mismo Espíritu de Dios». Que así sea.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen de José María Morillo

EL NACIMIENTO DEL REINO. domingo III Tiempo ordinario. Ciclo B

“Establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos” (Papa Francisco). 

     El Domingo de la Palabra que hoy celebramos es una invitación a acercarnos a ella como Palabra de Vida, transformadora, que nos interpela, que espera de nosotros una respuesta, que nos hace de algún modo contemporáneos y protagonistas de lo que en ella se nos narra. Vamos a intentarlo con el Evangelio de hoy.

    Lo primero es darnos cuenta que la escena de hoy no es «simplemente» la presentación de unos personajes que van a acompañar a Jesús en su tarea misionera. Tampoco es «simplemente» la descripción histórica de cómo comenzó todo, de manera que nosotros quedaríamos como espectadores lejanos de lo que allí les ocurrió a algunos llamados por Jesús. Uno de los objetivos de los evangelistas es ayudar a las futuras generaciones a conocer y seguir a Jesús, y con ese criterio (no sólo) redactan los evangelios.

     Y es significativo que en los primeros pasos de Jesús en su tarea misionera busque unos discípulos, unos compañeros que irán siendo transformados por él, y que interactúan también entre ellos. O sea: que el Reino que trae Jesús comienza por formar una comunidad, y que sus seguidores le responden personalmente, claro está, pero su respuesta supone aceptar y caminar con otros que el Señor va escogiendo. 

    También es relevante que el «escenario» que elige Jesús para dar comienzo a su misión no es el sagrado Templo ni en la Ciudad Santa, ni en un contexto religioso: es en el lago, en Galilea, en el lugar de la vida cotidiana de las gentes. Como lo es también qué «perfil» busca Jesús: no son especialistas en la Ley, no están especialmente formados intelectualmente, no consta que sean «fieles cumplidores» de los muchos preceptos judíos, ni forman parte de ninguna de las castas político-religiosas de la época: son gente normal. De algunos sabemos que eran pescadores, o un cobrador de impuestos (mal visto y despreciado por su profesión). De otros no sabemos gran cosa. No era lo habitual que el Rabino eligiese a sus discípulos. Era justamente al revés. Y además Jesús les invita a seguirle sin explicaciones, sin proyecto (bueno: ser «pescadores de hombres», pero seguramente no lo entendieron mucho de momento), sin promesas… y sin excusas, en exclusividad (dejando redes, mostradores de impuestos…). No busca «seguidores» a tiempo parcial, ni quiere que los trabajos, la familia, etc estorben en su seguimiento. Se trata de «estar con él» como prioridad absoluta.

     NacimientoReinoPoco antes de estas llamadas, y como un eco de la predicación de Juan Bautista, proclama: «Convertíos y creed en el Evangelio». Pero es un eco y un tono diferente al del Precursor: Está encabezado por una Buena Noticia (=Evangelio) de Dios, no hay asomo de amenazas (como las de Juan o de Jonás, por ejemplo: la ciudad será destruida…). Se trata de que Dios (su Reino) está cerca y eso despierta la esperanza, las expectativas, la alegría, el consuelo de las gentes, sobre todo de los que están peor. 

    Esa cercanía de Dios no está «atada» a un lugar, ni a unas prácticas religiosas, ni a una doctrina, ni tiene más condiciones que «creer» en esa presencia cercana y bondadosa de Dios. Jesús aquí no reprocha ni menciona el pecado o el arrepentimiento. Su llamada a la conversión significa y supone un cambio de mentalidad, capaz de abrirse a la novedad que Jesús trae con su presencia y su Evangelio.  Es lo mismo que le decía a Nicodemo: «hay que nacer de nuevo», hay que hacer limpieza mental y vital de muchas cosas que se han aprendido y bloquean o condicional o limitan el auténtico encuentro con Dios. Precisamente los que no quisieron cambiar su mentalidad, para seguir con lo de siempre y como siempre y defenderlo y protegerlo a toda costa… serán precisamente los que le lleven a la cruz.

    En cuanto al «acento» y contenido principal de su misión es la preocupación primordial de su Padre Dios por el hombre. Y habrá de ser la preocupación y tarea principal de sus seguidores de entonces y de todos los tiempos: los hombres, ser «pescadores de hombres». Buscar las «ovejas perdidas», acoger a los «hijos pródigos», poner la tierra patas arriba hasta que aparezca la moneda que se perdió. Por tanto, su Evangelio no será una colección de doctrinas, ni ritos, ni prácticas, ni… ¡Será la «cercanía», «acercarse» en el nombre de Dios al que tiene hambre, sed, falta de justicia, está desnudo, enfermo, el marginado, el que no tiene derechos…! Esta es la Buena Noticia. Esto es lo que Jesús «hará», del verbo «hacer», acompañado por sus palabras: buscar, perdonar, sanar, bendecir… Y el grupo de discípulos que le acompañan tendrán que «visibilizar» con sus hechos, actitudes, prioridades y palabras («ved cómo se aman») la propuesta de vida de Jesús.

    Pues… nada más (¡y nada menos!). Ahora se trata de ver qué me dice personalmente esta palabra en estos momentos de mi vida: orarla, aceptarla, asumirla en la propia vida y… caminar con otros por las nuevas Galileas.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo

TODOS LOS SANTOS

Solemnidad cristiana instituida en honor de Todos los Santos.
Hombres y mujeres que viven su vida cristiana con gran autenticidad y que predican con su vida y su palabra el evangelio del amor.
Ser cristiano es buscar la verdadera felicidad por el camino señalado por Jesús.
«El Día de Todos Los Santos es una solemnidad cristiana instituida en honor de Todos los Santos, conocidos y desconocidos, según el papa Urbano IV, para compensar cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles.
En los países de tradición católica, se celebra el 1 de noviembre. En ella se venera a todos los santos que no tienen una fiesta propia en el calendario litúrgico. Por tradición es un día feriado no laborable.

QUIÉNES SON LOS SANTOS?

Pincha en la imagen  y sabrás algo más de ellos:

 

HISTORIA

La Iglesia Primitiva acostumbraba celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en el lugar del martirio. Frecuentemente los grupos de mártires morían el mismo día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común.
En la persecución de Diocleciano el número de mártires llego a ser tan grande que no se podía separar un día para asignársela.

Pero la Iglesia, sintiendo que cada mártir debería ser venerado, señalo un día en común para todos. La primera muestra de ello se remonta a Antioquia en el Domingo antes de Pentecostés.
Gregorio IV extendió la celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.
La vigilia parece haber sido llevada a cabo antes que la misma fiesta. Y la octava fue adicionada por Sixto IV en el siglo XV.
Esta vigilia, resultó sin embargo, coincidir con la celebración pagana de Samhain el 31 de octubre, ahora llamado Halloween (nombre que proviene de la frase «All hallow’s Eve» o «Víspera de Todos los Santos» entre los anglosajones), que marcaba el final del año celta. En esta fecha se celebraba entre los antiguos, la apertura dimensional entre el mundo tangible y el mundo de las tinieblas.

Bienaventurados, bienaventurados,
bienaventurados los que saben amar

Dichosos los que son sencillos,
dichosos los que son sufridos,
dichosos los que cuando lloran
su corazón mira hacia Dios.

Felices son los compasivos,
felices los de ojos limpios,
felices los que ven la vida con ilusión.

Dichosos también son los pobres,
dichosos los que son valientes,
dichosos los que nunca pierden
la libertad del corazón.

Felices son los que sonríen,
felices son los que comprenden,
felices los que buscan siempre un mundo mejor.

Centinelas de Dios. domingo XXIII Cilo A

 

Una situación concreta, que muchas veces nos aflige: Ante de una persona amiga que está en el error, ¿qué actitud debemos tomar: Hablar o callar? Las lecturas bíblicas de hoy nos dan una respuesta…

En la 1ª Lectura, el profeta Ezequiel aparece como un “CENTINELA”, que Dios ha colocado para vigiar la «Casa de Israel». (Ez 33,7-9)

CENTINELA es el guardia atento, que vigila el horizonte para prevenir al Pueblo de posibles peligros. Cuando percibe un peligro, debe tocar la trompeta. Así la comunidad se prepara para enfrentarse al enemigo. Si no lo hace, será RESPONSABLE de la catástrofe.

 

PROFETA es el Centinela del Señor en medio del Pueblo para vigilar atentamente la realidad y alertar de los peligros que lo amenazan. Como profundo conocedor de Dios y de las realidades de los hombres, el profeta no puede quedar indiferente ante una persona corrupta. Ezequiel es conocido como el «Profeta de la Esperanza». A los exiliados, que están en tierra extranjera, privados del Templo, del sacerdocio y del culto, y dudan de la bondad y del amor de Dios, alimenta la esperanza de que Dios no los ha abandonado ni los ha olvidado. Dios continúa amando a su Pueblo y enviando sus profetas.
En la Iglesia, todos somos profetas (“centinelas»), por tanto, RESPONSABLES también del destino de nuestros hermanos.

En la 2ª lectura, Pablo enseña que el AMOR es la plenitud de la Ley y una forma de amar y corregir al hermano. (Rom 13,8-10). Dios es Caridad y quiere que seamos caridad en palabras y en acciones. La caridad perfecta es la plenitud de todos los preceptos. La verdadera fraternidad consiste en ayudar al hermano a ser mejor. La corrección fraterna es una señal importante en la vida de la Iglesia. Resulta fácil cuando está animada por la caridad y difícil cuando es sin ella no existe.

El Evangelio sugiere cómo proceder con el hermano que se equivoca. (Mt 18,15-20). Iniciamos el «Discurso Eclesial» (el cuarto), en que Jesús presenta una catequesis sobre la CORRECCIÓN FRATERNA en la Comunidad.

La iglesia es un pueblo profético. Somos “centinelas», que deben dar la alerta, advertir al hermano que no está en el camino seguro.

¿Cómo corregir al hermano que se ha equivocado o provocado conflictos?
El Evangelio propone un camino en VARIAS ETAPAS:

1er Paso: Un encuentro personal a solas con ese hermano… Muchas veces solemos difundir el error a los cuatro vientos… El AMOR es más importante que la VERDAD… La verdad cruda y desnuda, muchas veces destruye la convivencia entre las personas, puede destruir a una persona… arruinar una familia y destruir un matrimonio… ¿Conviene decir siempre toda la verdad? La verdad que no produce amor, sino provoca perturbaciones, engendra discordias, odios y rencor, no debe ser dicha. (Madre que esconde actos de los hijos al esposo, para evitar conflictos… ¿Un Esposo convertido debe contar su pasado infiel?)

2º Paso: Si no hace caso, pedir ayuda de OTRAS PERSONAS, que tengan sensibilidad y sabiduría…

 3er Paso: Si esa tentativa también falla, llevar el asunto a la COMUNIDAD, para recordar al infractor las exigencias del camino cristiano. La intervención debe ser guiada por el amor.

Mas todo debe quedar en casa…  

  • Hablar mal de la propia Comunidad: es negativo…
  • Hablar mal de la familia: puede aumentar los resentimientos…
  • ¿Has oído tú hablar mal a un “creyente” de su iglesia o de su pastor? ¿Has oído a un católico hablar mal de su parroquia o de su párroco? Entonces, ¿de qué iglesia es él?
  • Finalmente: Si persiste en el error, será considerado un pagano. No es la Iglesia quien excluye al infractor, es él quien rechaza la propuesta del Reino y se coloca al margen de la Comunidad.

«Sobre esta piedra edificaré mi iglesia». DOMINGO XXI. TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

La Liturgia nos propone hoy dos temas fundamentales de la fe cristiana: CRISTO y la IGLESIA.

1ª Lectura: Isaías muestra cómo una persona se convertía en ministro de la casa real a través de la entrega de las llaves del palacio real.  Eliacín es aquí figura de Pedro a quien Jesús confiará el gobierno supremo del Pueblo de Dios. (Is 22,19-23). Esa imagen nos ayuda a entender mejor el Evangelio de hoy.

2ª Lectura: es una invitación a contemplar la Riqueza, la Sabiduría y la Ciencia de Dios, que realiza su proyecto de Salvación del hombre. (Rom 11,33-36).

Evangelio: vemos a Jesús entregando a Pedro las llaves. (Mt 16,13-20).

De la adhesión a Jesús, como “el Mesías, Hijo de Dios», nace la IGLESIA: la comunidad de los discípulos de Jesús, convocada y organizada en torno a Pedro.

El texto tiene dos partes:
– La primera, cristológica: ¿Quién es Jesucristo?
– La segunda, eclesiológica: ¿Qué es la Iglesia?

  1. Jesús interroga a los discípulos: ¿Qué dice la gente de Él y qué piensan de Él los discípulos?

– Para los «hombres» Jesús es un hombre extraordinario, bueno y justo, como tantos otros hombres antes de Él.
– Para Pedro y los discípulos, Jesús es mucho más: «Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

  1. Jesús responde a la confesión de fe

La fe de la comunidad de los discípulos, presentada por la voz de Pedro, es el fundamento sobre el cual Jesús va a establecer la Iglesia. «Sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia».

IGLESIA: Es la comunidad de los discípulos que reconocen a Jesús como “el Mesías, el Hijo de Dios». Ella existe para testimoniar a Cristo y para llevar a todos los hombres la propuesta de salvación que Él vino a ofrecer. Para eso, se confía a Pedro y a la Comunidad el «Poder de las Llaves». Una misión particular para mantener la unidad de la fe en Cristo. Recuerda el nombramiento del «Administrador del Palacio», de que habla la primera lectura.

¿QUIÉN ES CRISTO HOY?
A pesar del secularismo cada vez más difundido y de un abandono de la práctica y de las tradiciones cristianas cada vez más generalizado: es interesante notar cómo la pregunta continúa actual:
– Para los JÓVENES, Jesús representa la novedad, la contestación de una sociedad y de un sistema envejecido, árido, privado de fantasía y creatividad…
– Para las MASAS OPRIMIDAS, Jesús aparece como el Libertador, el símbolo de una esperanza, que no está solamente en un futuro misterioso…
– Para los agentes sociales, Jesús es un revolucionario, que lucha contra la injusticia, la opresión, la explotación del hombre por el hombre…
– Hasta en algunas pinturas se presenta hoy a Jesucristo con vestidos extravagantes y coloristas de un Hippie, o de un barbudo guerrillero con el lema de “se busca».

Y también NOSOTROS nos gloriamos de tener una IMAGEN de Cristo: de piedra, madera, hierro, oro, a veces como pieza preciosa de arte…
Su NOMBRE es cantado en fiestas, en momentos de alegría y hasta de holganza, y es recordado en los momentos de apuro, como último recurso…
Todo eso revela una realidad positiva: nuestro mundo no puede prescindir de Cristo.
Nuestra Historia está tan marcada por Él, que no se le puede ignorar.

¿QUIÉN ES CRISTO PARA MI?
Para responder, no basta buscar en la memoria alguna fórmula que aprendimos en el catecismo, o que oímos o leímos en los libros. Es preciso buscar en el corazón, en nuestra fe vivida y testimoniada. Así descubriremos lo que Jesús representa, de hecho, en nuestra vida. Cristo no es un personaje histórico muerto del PASADO. Él resucitó y está vivo.
– Él vive también hoy en el más pequeño de los hermanos: vive en el mendigo, en el migrante, en el borracho, en el revoltoso, en el pecador, en el ladrón…
– Él vive dentro de nuestro corazón. Él vive en nuestros familiares, en nuestros hermanos. 
–  Él vive en el corazón de todos.
– Él nos habla también HOY en su Evangelio: que debemos conocer con fidelidad, vivir con autenticidad, anunciar con renovado ardor misionero…

Lugares de encuentro con Jesucristo (Doc. Ap. 6.1.2):

  • La fe recibida y vivida en la Iglesia; en la Sagrada Escritura;
  • La Sagrada Liturgia (en la celebración eucarística dominical);
  • El Sacramento de la Reconciliación; en la Oración personal y comunitaria;
  • La Comunidad viva de fe y amor fraterno; en los pobres, enfermos…

 

Descubre la felicidad de servir, de amar, de perdonar, y Cristo se encarnará en cada no de tus gestos, y se encarnará en cada rostro de persona humana que tú encontrarás a lo largo de tu camino.

En Dios no hay acepción de personas. Domingo XX. Tiempo ordinario, ciclo A

La salvación es universal. En Dios no hay acepción de personas

Primera lectura: Lectura del libro del profeta Isaías 56,1.6-7: A los extranjeros los traeré hacia mi monte santo

Salmo responsorial: Salmo 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 9,13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15,21-28: Mujer, qué grande es tu fe.

En las lecturas de la liturgia de este domingo resuena la afirmación del carácter universal de la salvación, pues Dios es padre de todos y en él no hay acepción de personas. La 1ª lectura, tomada de un discípulo de Isaías, afirma que la salvación que goza Israel se extenderá a todos los pueblos que acepten sinceramente vivir como miembros del pueblo de Dios. En el Evangelio Jesús cura a la hija de una mujer extranjera, que manifiesta una gran fe en su poder personal. Jesús parece no hacerle caso a la primera petición que le hace, afirmando que su misión era solo el pueblo de Israel. Realmente se trataba de una excusa para provocar el acto de fe decisivo, ante el que actuó. La mujer reconoce su necesidad y expresa su fe, conversión y fe, las dos condiciones necesarias para que la salvación llegue a toda persona. El hecho se presenta como un adelanto del carácter universal de la salvación, anunciado en el AT y que se realizará en la Iglesia.

La 2ª lectura habla de la elección especial de Israel como pueblo de Dios, afirmación que parece contradecir lo anterior, pero realmente lo aclara. Por una parte, ayuda a comprender el carácter de esta elección. No se trataba de excluir definitivamente al resto de la humanidad de las bendiciones de Dios, que siempre actúa por medio de su Espíritu en todos los tiempos y lugares con plena libertad, sino de preparar un pueblo especial donde fuera creciendo la planta que después se trasplantaría a todos los lugares. Como en un vivero se siembran semillas y se cuida con esmero el crecimiento de las plantas hasta que están fuertes y en condiciones de ser trasplantadas a otros lugares, así Dios eligió a un pueblo para educarlo poco a poco como pueblo suyo y ofrecer después esta salvación a todos los pueblos. Por eso la elección de Israel no excluye la salvación universal, como ha recordado la 1ª lectura, al contrario, esta es su última finalidad.

Por otra parte, la 2ª lectura habla de la incredulidad del pueblo judío, el pueblo elegido, por la que actualmente está fuera de la plenitud de salvación que se ofrece por Cristo. El motivo es su orgullo religioso y falta de fe. Quieren un mesías, pero no de acuerdo con los planes de Dios sino de los propios, por lo que rechazan a Jesús. Deseaban un mesías político-religioso que hiciera de ellos un gran imperio, y se encontraron con un mesías que actúa de forma humilde entre lo más humildes del pueblo y que termina fracasando en una cruz. S Pablo comenta esta situación exhortándonos a no despreciar al pueblo judío y a aprender la lección, pues si no aceptamos con humildad y fe viva la salvación según los planes de Dios revelados en Jesús, también nosotros seremos excluidos; si ellos, a pesar de ser pueblo elegido, quedaron fuera de la salvación, igual nos puede suceder a nosotros. A pesar de todo, el pueblo judío, pueblo elegido, se convertirá, pues Dios es fiel a sus promesas, « pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables».

La salvación cristiana se ofrecer a todos los hombres sin exclusión y con los mismos requisitos, conversión sincera que reconoce la propia debilidad moral y pecado y fe viva en el poder salvador de Dios por medio de Jesucristo. Hoy día asistimos a un corrimiento del mapa del mundo creyente, países que fueron cristianos están dejando de serlo y otros nacen a la fe. Esta situación es una llamada a la conversión sincera de todos nosotros.

La palabra de Dios invita a la apertura, ofreciendo el Evangelio a todos y acogiendo a los nuevos cristianos, especialmente a los inmigrantes que viven entre nosotros y que hay que incorporar a nuestras comunidades. En la Iglesia cristiana desaparecen los nacionalismos, todos somos iguales e hijos de Dios. La Eucaristía es sacramento de universalidad, de unidad y de comunión. En ella damos gracias al Padre por el don de la fe y pedimos vivir todas sus consecuencias.

curar enfermos, dar de comer a necesitados. Domingo XVIII. Tiempo ordinario. Ciclo A

Signos del Reino presente: curar enfermos, dar de comer a necesitados

Primera lectura: Lectura del libro del profeta Isaías 55,1-3: Venid y comed

Salmo responsorial: Salmo 144,8-9.15-18: Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 8,35-39: Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14,13-21: Curó a muchos… comieron todos y quedaron satisfechos

 Jesús proclamó la llegada del Reino de Dios con palabras y signos que ayudaban a comprender lo que significa que Dios ya comienza a reinar en un proceso que ya ha comenzado y que culminará en su parusía.

Curar a enfermos significa que Dios no quiere el dolor y que llegará un momento en que compartiremos la resurrección de Jesús, venciendo totalmente el dolor y la muerte en un mundo en que Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el  mundo viejo ha pasado. » (Apoc 21,4). Pero no es sólo un signo del futuro que nos espera sino que tiene una implicación actual, pues la lucha contra el dolor y la enfermedad  forma parte de las tareas del Evangelio. Esto justifica la dedicación de miles de personas   a esta tarea y la obligación de los cristianos de seguir realizando este “signo del Reino”.  A pesar de todo, el dolor es una realidad que nos acompaña, pero Jesús da un nuevo sentido redentor al dolor, que por eso deja de ser una realidad totalmente negativa.

En esta misma línea está el “signo de los panes”. Ya en el AT aparece el alimento gratuito a los hambrientos como signo del Reino futuro (1ª lectura) cf. también Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados… consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros… (Is 25, 6-8). Comer implica, por un lado, satisfacer una necesidad existencial, pero, por otro, es un acto social en que compartimos amistad en contexto gozoso. Esto explica el frecuente uso que hace Jesús de la comida como signo del Reino que anuncia.  Por una parte, come con los pecadores para anunciar que el Reino no es reunión de autosuficientes satisfechos sino satisfacción de necesidades existenciales con personas perdonadas; por otra, instituirá como su memorial la comida eucarística; finalmente durante su ministerio dio de comer a una masa, anunciando con ello que con su obra comienza el cumplimiento del banquete anunciado y las implicaciones que este comienzo tiene para sus discípulos.

Ser discípulo de Jesús implica continuar en nuestro mundo el signo de los panes, trabajando contra la injusticia del hambre en el mundo y favoreciendo un justo reparto de bienes entre todos los hombres. Todo es obra del amor de Dios (2ª lectura): el que recibe el amor de Dios debe compartirlo con los demás trabajando por un mundo mejor. Los que trabajen por hacer de este mundo un “banquete fraternal” recibirán el premio del banquete final del Reino de Dios consumado: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios  (Mt 5,9); Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis (Mt 25,34-35).

La Eucaristía se sitúa entre nuestro trabajo por hacer de este mundo un banquete y la herencia del banquete futuro. Agradecemos el alimento gratuito, el mismo Jesús, que nos sacia, alimenta y fortalece para enjugar las lágrimas de nuestros hermanos y hacer de este mundo un banquete.

fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. 15 de agosto.

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. Una verdad de fe definida por la Iglesia en 1950 por el Papa Pio XII: Es dogma revelado por Dios que la Inmaculada Madre de Dios, la Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial».

Pero la fiesta es muy antigua. En Jerusalén hay dos iglesias de Nuestra Señora:
– De la «Dormición»: En la cripta aparece sobre una mesa la «Virgen dormida».
– Del «Sepulcro» de María donde habría sido enterrada, con una pintura muy antigua de la Asunción.

Las LECTURAS se relacionan con la fiesta:

1ª lectura: Maria, imagen de la Iglesia. (Ap 11,19a; 12,1-10ab).

El texto describe la lucha incomparable de un dragón horrendo, símbolo de las fuerzas del mal, contra una mujer indefensa y un niño frágil. A pesar de las fuerzas del mal, el dragón fue vencido. Vencieron la madre y el hijo por la intervención salvadora de Dios. Esa «Mujer» representa a la Comunidad de Israel, compuesta de 12 tribus. Mas se aplica también a María, de quien nació el Mesías. Como María, la Iglesia engendra en el dolor un mundo nuevo. Y como María, participa en la victoria de Cristo sobre el Mal. El Canto final: «Ahora llegó la salvación” es una invitación a la esperanza.

 2ª lectura: María, NUEVA EVA. NUEVO ADÁN.

Jesús hac de la Virgen María una NUEVA EVA, señal de esperanza para todos los hombres. (1Cor 15,20-27).
El texto es una larga demostración de la resurrección. La Asunción es una forma privilegiada de Resurrección. Pablo no evoca a María, mas esta lectura en la Asunción, lleva a reconocer el lugar eminente de la Madre de Dios en el gran movimiento de la resurrección.

Evangelio: María, Madre de los creyentes.

Llena del Espíritu Santo, María encuentra palabras de fe y de esperanza: ¡a partir de ahora todas las generaciones la llamarán bienaventurada! (Lc 1,39-56).
El cántico de María habla desde el principio del Plan de Dios, que prosiguió en María y que se cumple ahora en la Iglesia.

El SENTIDO DE LA FIESTA: una Mujer que es SIGNO.

  • La primera y la más perfecta discípula de Cristo. La Virgen se constituye en imagen y tipo de Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. María encarnó en su persona y en su vida terrena, el ideal de santidad del seguidor de Cristo.
  • Señal escatológica de la Iglesia: María Asunta es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; y consuelo y esperanza del pueblo peregrino en la tierra. Es el Puente del paso de Israel a la Iglesia.
  • Es una Señal humana de esperanza. La contemplación de María en la gloria nos hace ver la victoria de la esperanza.
«Porque hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra. Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro. (Prefacio).

¿Es María modelo cristiano para hoy?

“La Virgen María siempre fue propuesta por la Iglesia a la imitación de los fieles no precisamente por el tipo de vida que llevó, dentro del ambiente en que vivió hoy superado, sino porque ella se unió totalmente a la voluntad de Dios, porque supo acoger su palabra y la puso en práctica, porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio, porque fue la primera y más perfecta discípula de Cristo». (Pablo VI).

María señal del amor de Dios.

En la vida sentimos necesidad de expresiones de amor y señales de cariño, que los otros tienen para con nosotros y que tenemos para con los otros: un saludo, un beso, una carta, un gesto, una sonrisa. En la vida espiritual también necesitamos de esas señales…
Cristo es el gran Sacramento del Padre y María es la señal perenne y maternal del amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús nuestro Señor.
La fiesta de hoy es señal de lo que Dios prepara para los que son capaces de amar y servir. Es la anticipación de lo que Dios quiere dar: la plena felicidad…

¡ÁNIMO, SOY YO! 18º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo A

La mayoría de las personas cree en Dios y le gustaría tener un trato más cercano con Él. Pero “¿Dónde está Dios?» “¿Dónde lo podemos encontrar?» Las Lecturas de hoy tienen dos escenas muy bellas, que muestran cómo SE REVELA Dios.

En la 1ª Lectura, Dios se revela a Elías, en una BRISA suave. (1Re 19,9a.11-13). Cansado y perseguido de muerte por Jezabel, Elías huye al desierto, Caminando al Monte Horeb, donde Moisés se encontró con Dios… Allí, Elías lo esperaba en el viento, en el terremoto, en el fuego, pero Él no estaba allí. Dios va a su encuentro de una forma diferente: “en el soplo suave de una BRISA…”  y allí le habla…

Dios se manifiesta en la humildad, en la simplicidad, en la interioridad. Es preciso acallar el ruido excesivo, moderar la actividad desenfrenada, encontrar tiempo para consultar al corazón y a la Palabra de Dios, para percibir su presencia y sus indicaciones, en los signos, casi siempre discretos, que Él deja en la historia y en nuestra vida.

En la 2ª Lectura, Pablo habla de que Dios se reveló, ofreciendo a todos una propuesta de Salvación, pero que su pueblo infelizmente la rechazó. (Rom 9,1-5)

En el Evangelio, Dios se revela en la TEMPESTAD. (Mt 14,22-33)

– Jesús envía a los discípulos en misión en la otra orilla del lago y, cansado, se retira de la multitud… va al monte a rezar…
– Mientras tanto, los apóstoles navegan «de noche” preocupados, en la barca agitada por vientos contrarios.
– Jesús interrumpe el descanso… va a su encuentro, «caminando sobre el AGUA».
– Ellos se asustan: “Es un fantasma…»
– Y Jesús se identifica: “¡Ánimo, SOY YO, no tengáis MIEDO!».
– Pedro le contestó: «Se eres Tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».
Jesús le dijo: “¡Ven!»
– Pedro va al encuentro de Jesús; mas, asustado por el viento, comienza a dudar y a hundirse. Entonces grita pidiendo socorro: “¡Señor, sálvame!».
– Jesús primero extiende la mano y después le pregunta: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».
– Jesús sube a la barca y amainó el viento…
– Entonces todos se postraron ante Jesús, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios».
Dios se manifiesta en medio de las dificultades, los vientos de la tempestad. Mientras Jesús está en diálogo con el Padre, los discípulos están solos.
Atravesando el lago. Este viaje, sin embargo, no es fácil y sereno… Es de noche; las olas azotan a la barca y navega con dificultad, con viento contrario. Los discípulos están preocupados, pues Jesús no está con ellos…

Esa BARCA es la COMUNIDAD CRISTIANA: La «noche» representa las tinieblas, la oscuridad, la confusión, la inseguridad en que “navegan” a través de la historia los discípulos de Jesús, sin saber exactamente qué caminos recorrer ni hacia dónde ir…
Las «olas» representan la hostilidad del mundo, que golpea continuamente contra la barca en que navegan los discípulos…
Los «vientos contrarios» representan las resistencias al proyecto de Jesús.

Los discípulos de Jesús se sienten perdidos, solos, abandonados, desanimados, desilusionados, incapaces de enfrentar las tempestades que las fuerzas de la muerte y de la opresión lanzan contra ellos…
Y es ahí, donde Jesús manifiesta su presencia. Él va al encuentro de los discípulos «caminando sobre el mar». El episodio refleja a fragilidad de la fe de los discípulos, cuando tuvieron que enfrentarse a las fuerzas adversas, sin la presencia de Jesús en la barca.

Los discípulos siguen a Jesús de forma decidida, mas se sienten abatidos cuando llegan las persecuciones, las dificultades… Entonces, comienzan a hundirse y a sumergirse por el «mar» de la muerte, de la frustración, del desánimo, de la desilusión…
Sin embargo, Jesús está allí para extenderles la mano y apoyarlos. Finalmente, la desconfianza de los discípulos se transforma en una fe firme: “Realmente eres Hijo de Dios».

El texto es una CATEQUESIS sobre a el camino de la Comunidad de Jesús, enviada a la “otra orilla», para convidar a todos al banquete del Reino y ofrecerles el alimento con que Dios mata el hambre de vida y de felicidad de sus hijos.

  • El camino no es un camino fácil. La comunidad (la «barca») de los discípulos debe abrir camino a través de un mar de dificultades, por la hostilidad de los adversarios del Reino y por el rechazo del mundo a acoger los proyectos de Jesús.
  • Los discípulos deben ser conscientes de la presencia de Jesús.
  • El «fantasma» del MIEDO desvanece y las crisis de fe se superan, cuando aceptamos la presencia de Dios en nuestra vida. Él sigue asegurando: “¡Ánimo! Soy Yo. No tengáis miedo».

Que LOS PADRES puedan percibir siempre esa presencia de Cristo, que viene a su encuentro con palabras de esperanza. “¡ÁNIMO. Soy Yo. No tengáis miedo!».
Cuando Cristo entra en la BARCA, el viento y las olas paran… y vuelve la tranquilidad… la paz.