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"Todas esas maldades salen de dentro"

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Muchos poderes se disputan dominar la conciencia de las personas; muchos intereses de otros pugnan por hacerme esclavo e impedir mi libertad. Es tan "demoníaca" la situación ambiental que, a poco que te descuides, quedas atrapado en un entusiasmo colectivo de libertades falsas "porque hacemos lo que nos da la gana"; es un modo de ser en el que cada persona es un "calco" de las otras; si alguien se sale del guión de lo que se lleva, no es reconocido como libre, sino como raro y peligroso.

En esta lucha de poderes mundanos ¿puede hacerse significativa la voluntad de Dios?. Moisés le recuerda a Israel que sólo la voluntad de Dios, expresada en la Ley del Sinaí, les hace un pueblo libre: "así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor Dios de vuestros padres os va a dar" (1ª lectura). Es vital no olvidar las intervenciones salvadoras de Dios en la historia de Israel y en la historia de la Comunidad de Jesús en la que he nacido a la fe. Entre los que se disputan mi conciencia y libertad, ¿cobra fuerza para mí lo que Dios quiere?, ¿Estoy tan aturdido por el ambiente que olvido sus favores, su Gracia?.

Los Mandamientos son signos de la presencia cercana de nuestro Dios y es respuesta necesaria y libre, por parte de la persona, para entrar en comunión y en intimidad con Dios (Salmo 14).

Jesús corrige una desviación doctrinal que había arraigado en sus contemporáneos judíos y que los profetas ya habían denunciado: la pureza o impureza que acerca o aleja de Dios no viene de fuera del hombre sino de dentro. Jesús propone un nuevo principio de pureza: la limpieza de corazón es el único mandamiento que acerca al Padre y no las leyes pensadas e impuestas por un legislador humano, "porque de dentro del corazón salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro" (Evangelio). Es momento de ser sinceros y mirarnos en nuestro interior para ver si nuestras aguas bajan limpias o bebemos en las que no "saltan hasta la vida eterna". No se puede domesticar el evangelio a nuestra conveniencia egoista.

Nuestra colaboración con la Palabra "que nos engendró" es necesaria para nuestra salvación (2ª lectura): "visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo". Esa Palabra es Cristo, el Salvador que nos hace libres.

Jaime Aceña Cuadrado cmf

Viernes 28 de agosto de 2015, por Parroquia Ido. Corazón de María


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