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"Se puso en camino a donde estaba su Padre"

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Estamos en el Año de la Misericordia. Pero la prensa diaria está llena de noticias de venganzas y violencias. El capítulo 15 de S. Lucas es Evangelio de misericordia; las parábolas de la oveja perdida, de la moneda encontrada y del hijo pródigo nos muestran las entrañas de Dios. (Evangelio). Todos hemos vivido o estamos viviendo la experiencia de estar perdidos, de haber equivocado el camino de la felicidad posible. Hay decisiones equivocadas que nos pueden llevar a la degradación, como al hijo menor de la parábola: la miseria física y moral le llevó a "guardar cerdos...y tenía ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos". En casa de su Padre tenía todo lo necesario para vivir dignamente. Eligió libremente el camino equivocado. Pero no hay nadie tan depravado que no pueda recapacitar...y tomó libremente la decisión de volver; la conversión es rectificar, desandar el camino que nos ha llevado a la esclavitud.

El Padre no olvida a su hijo; le conoce bien; sabe que puede volver; todas las tardes mira el horizonte del camino vacío por el que se marchó y espera contra toda esperanza: "cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo". Sin comentarios.

Si dudamos en volver, meditemos en la actitud del Padre, protagonista principal de la parábola; no se contenta con besarle, lo libra de la miseria y del oprobio; el hijo recobra su dignidad: vestido y calzado nuevos, anillo en la mano y "celebremos un banquete porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado". Hoy cada Eucaristía es banquete del reencuentro con Dios y los hermanos; es banquete que inicia el sacramento del Perdón.

Pero el hijo mayor no se parece al Padre; no se alegra con el regreso de su hermano; no le quiere y no entra al banquete. El Padre también ama al hijo mayor; la fiesta de familia exige el encuentro de los hermanos porque el corazón del Padre no está dividido: "Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado".

Hagamos nuestra la plegaria del salmo 50: "me pondré en camino adonde está mi Padre...misericordia, Dios mío por tu bondad...crea en mí un corazón puro". Entremos al banquete reconciliados, alegres porque los hermanos volvemos a la casa del Padre. Que ningún becerro de oro nos aparte del Amor entrañable del Padre. El pueblo hizo penitencia, se arrepintió de su idolatría y "el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo" (1ª lectura). Supliquemos la alegría del perdón, que es prueba evidente de que seguimos al Señor que no ha venido a condenar, sino a salvar.

Jaime Aceña Cuadrado cmf

Viernes 9 de septiembre de 2016, por Parroquia Ido. Corazón de María


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