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"Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino..."

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Todas las religiones practican oraciones...Jesús nos enseña a orar; no da fórmulas, sino un modelo. Lo peculiar de la oración de Jesús se resume en la palabra Padre (Evangelio). Si queremos orar con Él abramos nuestro corazón indigente, contrito, ante el Padre. Nos mueve un ideal, una meta: el Reino porque Dios es mejor que el amigo y que los padres. Él sabe lo que necesitamos para ser felices, para liberarnos de los demonios que nos enfrentan y nos esclavizan.

Lo que anhelamos lo encontramos en el Amor fiel del Padre, más perdurable que nuestros deseos volátiles. El fruto de este Amor es el Espíritu Santo que hizo de la vida de Jesús una continua oración, una entrega obediente a la voluntad del Padre; si aceptamos y nos abrimos a este Amor Fontal, el Espíritu Santo nos hará libres en la obediencia a la voluntad de Padre; los discípulos viviremos de un modo nuevo, hermanos porque somos hijos en el Hijo del Padre. No siempre su voluntad coincide con la nuestra y podemos volver a romper esta armonía que Jesús nos otorga. La condición para vivir es Orar insistentemente, con perseverancia: "si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?".

Abrahán intercede a Dios por la obra de sus manos, pero no bastó el número de los justos (1ª lectura). El patriarca se preocupa de la familia de Lot y de toda la ciudad de Sodoma; conoce que Dios es misericordioso y ora por ellos; se atreve a sugerirle a Dios que la justicia de unos pocos sea suficiente para salvar a todos los pecadores; mejor es perdonar a una multitud de culpables que condenar a algunos inocentes.

En el Nuevo Testamento así ha sucedido: la muerte de uno salvará a toda la humanidad: "Dios os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados" (2ª lectura). Jesucristo realiza en sí mismo el proceso de la Salvación, con su paso doloroso de la existencia en la carne a la existencia en el Espíritu; se anonadó haciéndose Siervo para llegar a la Pascua de la Resurrección y del Señorío. En la teología de San Pablo el bautizado es injertado en Cristo para vivir este proceso del paso de la muerte a la vida, de la existencia según la carne a la nueva Vida en el Espíritu.

"Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama...cuando te invoqué, Señor me escuchaste...no abandones la obra de tus manos" (Salmo 137).

Jaime Aceña Cuadrado cmf

Sábado 23 de julio de 2016, por Parroquia Ido. Corazón de María


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