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"No tentarás al Señor tu Dios".

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Después de su Bautismo en el Jordán, Jesús se encamina al desierto; quiere fortalecer su mesianismo humilde, obediente a la voluntad del Padre que le ha proclamado "su Hijo amado" en la ribera del Jordán. Israel sucumbió a las tentaciones en el Éxodo por el desierto hacia la tierra prometida; Jesús es tentado por Satanás en tres lugares diferentes: el desierto, el templo y el monte. (Evangelio).

La primera tentación acontece después de un largo ayuno de cuarenta días y cuarenta noches; Jesús está solo, hambriento; el tentador sugiere a Jesús que aproveche el ser Hijo de Dios para convertir las piedras en panes. Jesús resiste la tentación porque vive y se alimenta "de toda Palabra que sale de la boca de Dios". El pan material no sacia toda hambre del espíritu humano que se abre a Dios y a su Palabra.

La segunda tentación es el Templo: Aquí la tentación consiste en usar a Dios para el prestigio personal, colocando a Dios al servicio del propio capricho y ostentación; es pretender apoyarse en Dios para medrar socialmente. Se mantiene fiel al Padre lo mismo que hará en la Cruz: "no tentarás al Señor tu Dios".

Y la tercera en la cima de un monte, contemplando los reinos y riquezas del mundo; el tentador pone como condición para satisfacer la avaricia, adorarle a él. La respuesta de Jesús es contundente: "Vete, Satanás, al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto". Jesús fortalece así su opción de obedecer la voluntad del Padre siendo Mesías humilde, que salva dando la vida, sirviendo.

Los discípulos aprendemos con Él a vencer las inclinaciones "originales", comunes a la especie humana: preocuparnos sólo de saciar el hambre y la sed de nuestros sentidos corporales; utilizar la relación con Dios para medrar en prestigio social y las riquezas o el becerro de oro que nos impide adorar y obedecer al Dios de la Alianza. Poseer, poder y aparentar son los frutos del pecado original en la especie humana (1ª lectura).

La Cuaresma es tiempo propicio para vencer las tentaciones-mentiras que nos pueden esclavizar; el Espíritu de Jesús nos ayuda a reconocer nuestros errores y a pedir perdón para mantener nuestra unión con Dios: " Misericordia, Señor, hemos pecado". (Salmo 50). Oremos con el corazón contrito.

Pablo presenta la antítesis Adán-Cristo que influyen en toda la humanidad: "así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos". La gracia de Cristo conduce a la Vida total que ya disfrutamos, en germen, mientras peregrinamos aquí hasta la Pascua Eterna. Ejercitemos nuestra libertad optando por Cristo que nos ha liberado de toda esclavitud, de toda atadura.

Jaime Aceña Cuadrado cmf

Sábado 4 de marzo de 2017, por Parroquia Ido. Corazón de María


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