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"No es Dios de muertos, sino de vivos"

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Hay muchos que se consideran cristianos y no creen, en la práctica, en la Resurrección de los muertos. Recuerdan a los saduceos del tiempo de Jesús: grupo judío influyente entonces, que negaban la Resurrección de los muertos porque rechazaban toda evolución del judaísmo. En general, el Antiguo Israel no creía en la vida de los individuos tras la muerte. Creía en la superveniencia del pueblo (o de la humanidad). Los individuos mueren, desaparecen. El judaísmo experimenta una evolución en su fe; hay grupos antes de Cristo que creen en la resurrección de los que han sido fieles a la Alianza. La resurrección pertenece a los justos del pueblo elegido. Los saduceos no lo creen y, molestos, con el mensaje de Jesús le hacen la pregunta maliciosa a propósito de los siete hermanos que van falleciendo y cada uno se va casando con la viuda para asegurar la descendencia en la familia (ley del levirato): "Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? porque los siete han estado casados con ella" (Evangelio).

Jesús les responde que los que resucitan y entran en la vida futura "no se casarán"; su vida es una nueva Creación; viven como Abraham, Isaac y Jacob, "ya no pueden morir...el Señor es un Señor de vivos no de muertos".

La fe en la Resurrección de los muertos sostiene a los siete hermanos en su martirio, delante de su madre ( 1ª lectura). Esta esperanza en la vida futura, perdurable, acrisola la fe de los mártires cristianos, de la edad antigua y de la edad moderna, la fe de los mártires de siempre que mueren en Cristo, perdonando a sus verdugos y confiando su vida al Padre, como el Maestro en la cruz.

La plegaria del salmo 16 expresa la fidelidad de los mártires y su esperanza en que el Dios de la Vida cumple su promesa: "al despertar me saciaré de tu semblante, Señor". Este valor de la oración y la confianza en la fidelidad de Dios son los cimientos del compromiso evangelizador de S. Pablo, que nos invita en su segunda carta a los Tesalonicenses, a una vigilante espera hasta el encuentro glorioso y definitivo con Cristo, el Señor Resucitado que nos resucita dirigiendo "nuestro corazón" (2ª lectura)

Jaime Aceña Cuadrado cmf

Viernes 4 de noviembre de 2016, por Parroquia Ido. Corazón de María


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