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"¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?"

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A todos nos alcanza el cansancio en alguna etapa del camino que un día iniciamos con fe. Más de una vez desearíamos ser como todo el mundo y no tener que remar contra corriente por ser amigos de Dios, no vivir siempre desde lo que esperamos, vivir el día a día sin más, sin esperar la llegada del Reino de Dios, que tarda demasiado...pero los creyentes ya no podemos vivir como si Dios no existiera, como si Dios no nos amara.

Comprendemos bien al profeta Jeremías (1ª lectura). No le sirven los consejos piadosos que solemos darnos en situaciones parecidas: "reza verás cómo pasa tu crisis". Jeremías reza pero con rabia: "No me acordaré de Él, no hablaré más en su nombre" -lo contrario a un propósito al final de los Ejercicios Espirituales-. Quiere desistir, pero Dios le ha seducido y le ha llevado a una situación extrema; el encargo de anunciar la Palabra de Yahvéh ha tenido consecuencias graves porque ha sido fiel a su encargo y no ha dicho palabras lisonjeras para el pueblo: su vida corre peligro. Pero la fuerza de la Palabra de Dios que tiene que anunciar es como un fuego que no se puede apagar, "intentaba contenerla y no podía". Tampoco nosotros podemos apagar el fuego del Espíritu que anida en nuestro interior y quiere encender a todos.

Pedro, como Jeremías, nos garantiza que la voluntad de Dios nunca es confortable (Evangelio). Cristo propone un programa de vida al que quiera seguirle: "negarse a sí mismo, cargar con su cruz, perder la vida"; así es el camino del Maestro que conduce a Jerusalén. Pedro se opone: "¡no lo permita Dios, Señor; eso no puede pasarte". Pedro olvida pronto la inspiración de lo alto y se guía por sus evidencias egoístas, por el sentir común que inspira el miedo, el respeto humano. Y Jesús le reprende: "quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios". Los valores del mundo se oponen al Reino de Dios; ¿qué hacer?; la pregunta que hace Jesús ha cambiado la vida de muchos -entre ellos la de S. Antonio Mª Claret- y puede encender nuestra fe lánguida: "¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?". Tenemos un peligro: seguir a Cristo por inercia, hablar de Él pero seguir pensando en nuestro confort y seguridad. La propuesta de Jesús nos saca del sueño que produce este opio ambiental.

Otra novedad: nuestro culto a Dios no lo hacemos con ofrendas externas, sino con nuestra propia vida, según la voluntad de Dios (2ª lectura). Sólo en Dios puede descansar nuestra alma "que tiene sed de Dios, como tierra reseca, agostada, sin agua". (Salmo). ¿Qué me impide beber en la Fuente?.

Jaime Aceña Cuadrado cmf.

Jueves 28 de agosto de 2014, por Parroquia Ido. Corazón de María


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