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DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO - Para Dios todos están vivos

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Vivimos como si no fuéramos a morir. Son pocos los que viven mirando la muerte de frente, como una realidad que forma parte de la existencia humana. La muerte nos golpea a diario: familiares, amigos... y, a veces, nos hace guiños por una grave enfermedad personal. A todos nos cuesta la pérdida de un ser querido, su ausencia, su silencio; es difícil asumir que se ha ido. Cuando los empleados de la funeraria levantan el cadáver de tu padre y dejan sus restos en el interior del féretro, es normal que nos preguntemos por el sentido de la vida aturdidos por el dolor. La liturgia de noviembre ilumina nuestro final desde la fe, aunque el claroscuro permanece en nuestro corazón.

Un tirano arresta a siete hermanos y a su madre (1ª lectura). Dios es el Señor de la vida y estos judíos, alentados por la fe de su madre, se la entregan antes que quebrantar la ley de sus padres. "Vale la pena morir cuando esperamos que Dios mismo nos resucitará".

S. Pablo fundamenta nuestra fe en la certeza de la resurrección de Cristo: "si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es inútil". Esta fe nos hace firmes en los caminos de la vida y "al despertar me saciaré de tu semblante" (Salmo). La muerte es como despertar a la vida verdadera que colma la esperanza de los creyentes: "Todo sucede para bien de los que aman a Dios".

Los saduceos no creen en la resurrección; hacen de la religión su fuente de riqueza y no aceptan la evolución de la fe judía (Macabeos). Quieren dejar en ridículo a Jesús apoyándose en la ley del levirato: si una viuda se casa con siete hermanos después de morir cada uno, "cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?" -preguntan-. Jesús responde que "los que sean cosiderados dignos de la vida futura no se casarán... son hijos del Dios"; y cita a Moisés que llama al Señor "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob"; concluye Jesús: "No es Dios de muertos, sino de vivos".

Jesús no engaña; muere entregando su vida al Padre, y cuántos creyentes le imitan en su lecho de muerte: "Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu". Padre, a tus manos encomiendo mi vida, mi destino. Qué sugerente este versículo del Apocalipsis: "al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida". ¡Gratis!, sin merecerlo. Pregúntate: ¿tengo sed de vida eterna?

Jaime Aceña Cuadrado cmf

Viernes 8 de noviembre de 2013, por Parroquia Ido. Corazón de María


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